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Una lección de Aníbal Nazoa

El Nacional, lunes 20 de agosto de 2001
Aníbal Nazoa en La BitBlioteca

1.

Una de las más felices ocurrencias de mi juventud fue ocupar, a comienzo de los años setenta, el pupitre contiguo a Leonardo Nazoa en la Escuela de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UCV.

Soy eso que los gringos llaman un college drop out, un caso palmario de fracaso estudiantil, pero ¡atención!, también un caso feliz porque desertar fue mi salvación. Y en aquella deserción que, para bien o mal, cambió mi vida, tuvieron decididamente mucho que ver las sutiles, oportunas instigaciones de Aníbal Nazoa, el papá de Leonardo.

Abandoné la universidad luego de varios semestres dándome topetazos con el Álgebra Lineal y el Análisis de Variable Compleja. Lo hice con la idea de hacerme escritor, persuadido de que en la UCV podían enseñarme el oficio aunque quisiesen. Pero no debería abortar esta historia que, valga lo que valiere, quiere ser mi modesto homenaje al hombre excepcional que acaba de dejarnos.

Ocurrió, pues, como vengo diciendo, que en aquel tiempo remoto Leonardo Nazoa fuese mi condiscípulo. En una facultad de suyo infatuada con las «seguridades» cognitivas que ofrece el pensamiento formal, imbuida del árido «aplomo» intelectual que se presume comunican las llamadas «ciencias duras», Leonardo Nazoa era una rara avis que solía atacar sus ejercicios de cálculo infinitesimal al tiempo que escuchaba música ambrosiana en el acogedor estudio que compartía con sus hermanas, Laura y Sara.

Igual que en tantas otras cosas importantes de la vida, yo no sabría decir a punto fijo en que momento fui admitido a esa masonería que es el clan de los Nazoa. Pero no tengo duda alguna de que la compuerta que se abrió para mí y me dejó entrar a esa afinidad electiva estaba del lado de los tres hijos de Aníbal y Julia Bolívar.

La irrecuperable rutina comenzaba justo al salir de clases. Leonardo proponía casi siempre ir a estudiar a su casa y allá nos íbamos. Trasteábamos todo lo que podíamos con los vectores y los escalares y el para mí siempre inabordable Teorema de Dirac hasta que se nos imponían como un hechizo las mágicas solicitaciones de aquel espacio lleno sugerencias.

Aquellas sesiones de ejercicios de álgebra lineal se deslizaban infaltablemente hacia otras perplejidades menos matemáticas y resultaron en la ocasión de completar mi educación, digámoslo así, humanística. En un cierto momento, Leonardo cerraba de un golpe los libros con gesto de exasperado hastío, despejaba el mesón de papeles y viruta de lápiz, encendía un cigarrillo, iba a la cocina por un par de cervezas y así comenzaba una nueva jornada de ilustración para mí.

Recuerdo que el estudio de los Nazoa Brothers se me antojaba la réplica perfecta de lo que, en mi imaginación, debió ser el apartamento de Sherlock Holmes, en el 221-B de Baker Street: la misma yuxtaposición de objetos utilitarios y hermosos, la misma muelle invitación a permanecer allí durante horas y horas.

El estudio estaba presidido, entre otras imágenes, por el retrato de una inquietante figura andrógina. La foto estaba justo al lado de una litografía: el afiche original, diseñado por Picasso, de Parade, de Erik Satie.

Un día en la vida señalé el retrato con la trompa y pregunté: «¿Quién es ese tipo?» Y Laura, que no cumplía todavía los diecisiete, respondió con un escandalizado: «¿Pero, ¿es que no sabes quién fue Nijinsky?». Y miraba a Leonardo como preguntando cómo habrá podido este infeliz sobrevivir hasta la edad adulta sin enterarse de quién fue Nijinsky, Leonardo, qué clase de gente traes a la casa.

Hasta aquel día yo habría jurado que Nijinsky era un purasangre inglés, famoso porque en 1970 había ganado la Triple Corona Británica, conducido por el legendario jockey Lester Piggott.

La conferencia impromptu con que Laura me impuso sumariamente, sin esnobismo ni pedantería, sino ni más ni menos que como se ilustra al que no sabe sobre la relación que puede haber entre el relámpago y el trueno, así me instruyó Laura acerca de quién había sido Nijinsky. Eso condujo a un comentario casual de Sara sobre Diaghilev y de allí a una sesión fonográfica de Stravinsky, conducida por el más versátil y generoso disc jockey que haya podido yo conocer.

Leonardo se las apañó para hacerme escuchar no solamente el «Stravisnky tópico», como el Pájaro de Fuego o Petroushka, sino también lo que para mí en ese momento fueron revelaciones, como La Historia del Soldado, narrada por Jean Cocteau y Peter Ustinov, o el Ragtime para once instrumentos de viento.

Ese era más o menos el patrón con el que los hermanos Nazoa cultivaban y enriquecían, por emanación, mi omnívora melomanía. Si en mitad de alguna de esas sesiones llovía, se posaba en el estudio la máxima dicha. Jamás he podido olvidar aquellas tardes de escucha de Erik Satie o Jack Teagarden y el Yerbabuena Jazz Band o Paul Robeson o la Sonora Matancera o Darius Milhaud o Kurt Weil, que de todo había en aquel ya perdido jardín de las delicias.

Con suma frecuencia Leonardo echaba de menos un disco en la envidiable colección de los hermanos Nazoa y exclamaba : «Debe estar en casa de Aníbal».

A menudo, como respuesta a una observación mía que les sonaba oportuna o graciosa, alguno de los tres hermanos decía en tono de aprobación: «tú deberías conocer a Aníbal: te va a gustar conocer a Aníbal».

2.

¡Conocer a Aníbal!

Desde mis años de liceísta, yo que jamás he atesorado un carajo, conservaba celosamente una colección: la de una serie que en el suplemento dominical de El Nacional publicara Aníbal Nazoa a fines de se los años sesenta: la serie se tituló Obras incompletas.

Y desde el título, aquellas piezas que extremaban brillantemente y hasta el absurdo lo que hoy un crítico posmoderno llamaría una «ejecución paródica», volvían de revés todos los géneros imaginables, todas las advocaciones posibles del misterio de la escritura.

Aparecían cada fin de semana, ilustradas por Zapata. Temeroso yo de la fugacidad de tinta periódica, las recortaba y se las leía en voz alta a mi novia del 4° Año C quien las guardaba en una carpeta que me devolvió cumplidamente cuando rompimos, más precisamente cuando rompió ella conmigo.

«¡Ser cultos para ser libres!», la máxima de Martí que aprendí de Aníbal, bien ha podido ser el motto de aquella proeza de demitificación que son las Obras incompletas: textos satíricos que ponían al descubierto las trampas y celadas del «humanismo» burgués, hacían crítica de costumbres, delataban las coartadas de la llamada cultura de masas, los ardides insensibilizadores de la «alta cultura».

Y todo ejecutado en un puntilloso y brillante castellano por un militante comunista que nunca creyó que el lenguaje destinado a las mayorías debe ser chocarrero y vulgar, sino al contrario, respetuoso y amorosamente invitador a pensar con la propicia cabeza. La forma de libro que luego tomaron las Obras incompletas es solo un subproducto de aquel generoso esfuerzo periodístico que el liceísta que era yo admiraba con embobada envidia.

¿Conocer a Aníbal? ¿En persona? ¿Cuándo?

3.

La ocasión llegó al fin y, desde luego, la música jugó un papel característico de todo lo Nazoa. Laura, Sara y Leonardo eran, como tanta gente, hijos de una pareja divorciada. Una noche improvisaron una fiesta bailable en casa de Aníbal y María Lucía en la que yo puse mis discos de salsa.

Aníbal se apostó junto a mí, y mientras echaba un vistazo a la carátula de cada uno de mis discos, me iba imponiendo, con pasmosa erudición nunca pretenciosa ni prepotente, de los antecedentes remotos o cercanos de cada son, guaguancó o yambú al que acudían los astros neoyorquinos del momento para trasmutar en salsa un repertorio que para Aníbal era inmemorialmente cubano.

Así nació nuestra amistad: oyendo salsa y discutiendo de política, Yo era un pichón de masista; Aníbal un comunista de uña en el rabo a quien la caída del Muro de Berlín no logró mover ni un ápice de las convicciones justicieras que lo acompañaron toda la vida. En cada jovial encontronazo yo echaba de ver las lagunas de mi formación y corría a cegarlas.

Un día le confié una pequeña mortificación. Me había casado sin haber terminado la carrera, había desarrollado, para ganarme la vida mientras estudiaba, una cierta destreza en la escritura de guiones radiales, se me ofrecía ahora una colocación como libretista de telenovelas, no lo estaba haciendo bien en la escuela...

Por un lado me parecía que vivir de escribir para la televisión era un salto de calidad potencialmente valioso para alguien que quería hacerse escritor. Pero me reprimía el prejuicio culterano contra las telenovelas.

—¿Y qué quieres ser? ¿Un mediocre profesor universitario que escribe los fines de semanas? ¡Vivir de escribir en un continente analfabeta! Yo no lo pensaría dos veces. Además: algo habrá que un tipo con tus ideas pueda hacer desde la TV.

Pero tras el espaldarazo que logró decidirme, vino una advertencia que se quedó conmigo para siempre : «Pero tienes que tratar mejor al castellano, caballo».

Aníbal entonces trajo a colación un artículo mío (sobre salsa, por supuesto: era de lo único que me dejaban escribir por entonces en las páginas culturales), publicado recientemente y del que sentía muy ufano. Yo había aludido con ánimo zumbón a Aníbal y su «cubanofilia» que no veía en la salsa más que una perversión imperial, y escribí algo así como «aquellos que, como Aníbal Nazoa, denostan de la salsa, etcétera...».

El formidable filólogo que también fue Aníbal había recortado el suelto y subrayado la incorrecto forma verbal «denostan». Me confrontó con el artículo como con una letra escarlata y me dijo, mirándome triunfal, por encima de la montura de sus lentes, en un gesto característico que pervive genéticamente en su hija Laura, y con su inolvidable acento sanjuanero que jamás quiso reeducar, me dijo:

«Se dice denuestan, mi estimado, por la misma razón que nadie almorza».

Desde entonces, la risita inimitable que dejó escapar Aníbal en aquella ocasión, resuena invariablemente en mis oídos cada vez que vacilo y echando mano al diccionario de dudas y dificultades de la lengua castellana, no importa cuál sea el motivo de mi duda, repito varias veces en voz baja, como en una jaculatoria propiciadora de la escritura, la admonición del maestro de las Obras Incompletas: «Se dice denuestan, mi estimado, por la misma razón que nadie almorza».

Brille para él la luz perpetua.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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