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Venezuela ¿es católica? El Nacional, sábado 2 de junio de 2001 1 Debería resultar al menos llamativa para la oposición política, y en general para todo observador interesado, la manera como Chávez ha logrado invariablemente salirse con la suya en cada uno de sus pleitos con la jerarquía de la Iglesia católica venezolana. ¿Qué he querido decir con «salirse con la suya»? Simplemente que Chávez se ha permitido desafiar impunemente un precepto no escrito del trámite político tal como lo practicó la clase política venezolana desde 1958: tratar siempre a la Iglesia con miramiento y discreción. Lo singular está en que al dejar de hacerlo, al tratarla con desafiante arrogancia y estridente desconsideración rayana a veces en lo blasfemo, Chávez no ha tenido que pagar por ello con ninguna de las consecuencias que actitudes semejantes atrajeron sobre la muy volteriana Acción Democrática del trienio 1945-48, por citar el ejemplo que suele caerse de la boca de los politólogos cuando abordan el tema. Es ya un tópico afirmar que los extravíos anticlericales del sector magisterial de AD en aquellos tiempos hicieron posible que, por reacción, se movilizaran políticamente vastos sectores conservadores, hasta ese momento desconcertados e inhibidos por los «pata en el suelo» de AD. Desde el comienzo del actual régimen, muchos analistas, y también gente que sin mucho éxito intenta trazar directrices a la todavía insubstancial oposición, no han dejado de entablar semejanzas entre aquellos arrebatos de secularización a ultranza de la educación y las alternativas que en nuestros días ha mostrado el forcejeo entre el Gobierno y los elementos más activos de lo que se ha acordado en llamar la sociedad civil organizada. Y fundan en esa semejanza la fe en ver aparecer muy pronto un trasunto contemporáneo de lo que en mejores tiempo fue Copei. No han faltado razones para entablar esos paralelos históricos, pertinentes o no. Muy temprano se manifestaron toda clase de episodios evocativos del faux pas adeco del 46, tales como el de la resolución 256, a comienzos de 2000 y, más recientemente, el célebre Decreto 1011, que logró movilizar en sañudas mesnadas hasta a las hermanitas del San José de Tarbes. No tardaron en llegar predicciones que no se han visto cumplidas: una de ellas era, precisamente, la de que Chávez terminaría por enajenarse la voluntad de los católicos del pueblo llano en un país que todas las enciclopedias describen como católico en 95%. Tanto o más que a estos episodios, la crítica ha estado atenta al habla de Chávez. En sus campañas electorales ha hablado de demonios «ensotanados», y no ha ahorrado admoniciones bíblicas, locuciones del Viejo y Nuevo Testamento y parábolas cuya moraleja ha dejado al entendimiento de aquellos de sus adversarios que tengan ojos para ver y orejas para escuchar. De modo reflejo, la calidad obsecuente y emuladora de sus ministros no ha hecho nada por mitigar los efectos reales o imaginados de una tal actitud. Es así como se desestiman los señalamientos del Celam con desparpajo y desdén. Y sin embargo, Chávez no ha sufrido ninguna de las consecuencias que los analistas dominicales anticipan: al contrario, su popularidad se mantiene inconmovible en el lecho rocoso de sus fervorosos simpatizantes de cerro arriba. Prueba de ello está en que las más feroces cruzadas ocurrieron en vísperas de las sucesivas elecciones que ganó con gran soltura. Ni sus arrobadas alusiones al «mar de la felicidad» del castrocomunismo, glosadas inmisericordemente por los medios que le son adversos, ni el designio anticlerical que se le atribuye, modificaron un ápice el caudal de su votación. A la luz de todo esto ¿no sería provechoso para la oposición revisar algunas de sus premisas, comenzando por las que la hicieron vaticinar sin acertar en absoluto graves atolladeros para Chávez por motivos religiosos? ¿No invita todo ello a pensar que, al igual que tantas otras cosas que han sido objeto de mudanza y trastocamiento en la Venezuela de finales del siglo XX y comienzos del XXI, la relación ente la jerarquía católica y eso que por facilidad argumentativa llamamos «el pueblo» ya no es la misma de 1946 ó de 1958? ¿Por qué iguales causas no arrojan hoy las mismas consecuencias de antaño? 2 Por supuesto, no es ningún hallazgo afirmar que el catolicismo en Venezuela no es como el de los personajes de una novela de Roger Martin du Gard. Tampoco es un empirismo advertir que la Iglesia en América Latina desde siempre toleró, y más aún, supo en todo tiempo recoger y asimilar resueltamente todo tipo de manifestación sincrética. Es también cierto que algunos de esos sincretismos desembocaron en esa especie de agnosticismo ferviente, de animismo catecúmeno, de paganismo sedicentemente «cristiano» que reviste la fe católica en el Caribe, y por lo tanto, también en Venezuela. Así, el nuestro es ya un país donde se conmemora el Carnaval de antaño como algo ya perdido. A cambio de esa nostalgia se celebra la Semana Santa como si fuera un Carnaval. Pero esta crónica no pretende ser una monografía de historia de las religiones, sino apenas llamar la atención sobre el cariz evangélico, en su acepción protestante, que cobra la figura de Chávez a los ojos de una masa que ya no ve en la Iglesia católica lo que hace tres o cuatro décadas alcanzaba a ver. No hay uno solo de nuestros estados nacionales que se haya sustraído a los encontronazos con la Iglesia, desde las desmesuras del doctor Francia en Paraguay, pasando por la intransigencia de Guzmán Blanco, hasta llegar a las guerras cristeras de los años 30 del siglo XX, en el México posrevolucionario. Se trataba del enfrentamiento entre dos élites, una de ellas animada de una concepción del estado, laica y liberal en extremo. Frente a ella, una jerarquía eclesiástica que en todo se condujo como cualquier otro factor terrenal, desplazado del poder político y económico, lo habría hecho. Pero lo relevante y paradójico fue que, al igual que con el carlismo español, la masa desposeída pero católica, a menudo tomase en América Latina el partido de la jerarquía, para desconsuelo de sus paladines liberales laicos. Esta sumaria recapitulación no pretende sino poner de bulto un rasgo singular del fenómeno chavista: el que su líder máximo haga incursiones en el terreno de la apologética y de la hermenéutica de la Biblia; que haga frente a «los curas», desestimando su jerarquía, asimilándolos a meros «particulares con sotana», disputándoles el papel de pastores de almas cada vez que aventura interpretaciones de las escrituras; en suma, conduciéndose como un beligerante pastor protestante en trance reformador, sin dejar por ello de decirse católico. 3 Es sabido que en las sociedades protestantes de Europa y Norte América, que llegaron primero a ser políticamente modernas, el jefe de Estado puede invocar a Dios (como en los Estados Unidos) y hasta encabezar la Iglesia (como en Inglaterra) sin especial riesgo de integrismo. Pero en el caso de Chávez, se trata de una singularidad no prevista en el manual de funcionamiento de la Venezuela del siglo XXI y que las élites hasta hace poco dominantes no parecen haber actualizado. En alguna ocasión televisiva hemos visto a Chávez santiguarse, encomendarse al Todopoderoso e inmediatamente comenzar su dominical homilía citando nada menos que... ¡a Nietzche, el autor de El Anticristo! La Biblia y Zaratustra, ¿cabe «sincretismo» más mostrenco y demencial? Y sin embargo, nos luce perfectamente congruente, en su pagano desasimiento de la doctrina católica, con los ritos funerarios que se apoderan de nuestros barrios cuando muere en acción un malandro de renombre. O con las ocasiones de evangelización musical en las que la profana «salsa brava» sustituye como recurso melódico y rítmico a los cánticos espirituales del protestantismo misional gringo. El cariz de socorro mutuo que emparenta el protestantismo marginal latinoamericano con lo que en otro tiempo fue la masonería entre los pobres, la autoridad moral que infunde en el espontáneo la soltura interpretativa de la Biblia y que lo convierte en el pastor local, ergo en un líder, a menudo tan ignaro e indefenso como su grey, y last but not least, la cada vez más notoria ausencia de la Iglesia en un medio que ya no es «barriada popular», en el sentido en que eran populares Los Jardines de El Valle, el El Prado de María, La Charneca, Artigas de San Martín o José Félix Ribas de Petare en 1958, hacen que no resulte casual que 80% de las organizaciones protestantes, presentes en nuestros barrios y que atendieron la invitación al grotesco Congreso Interreligioso Bolivariano manifiesten su apoyo decidido al «proceso» y se definan como chavistas. Al hablar del barrio hablamos nada menos que del locus geometricus del Lumpen chavista quitándole a la palabra Lumpen lo que tiene de denigratorio, de un Lumpen sin dolientes, irradiado de toda posibilidad real de alcanzar aquella «pulitura social» que los marxistas atribuían al proceso urbano y al trabajo organizado como condición previa a la formación de comunidades conscientes de sí mismas. El barrio venezolano es hoy por hoy un no-lugar para la no-vida y para la desesperanza y en el que, pese al imaginario reformador social de algunas telenovelas, a menudo el cura católico brilla por su ausencia. Y su Billy Graham televangelista que se dice católico es Hugo Chávez. Es esta una situación en modo alguno novedosa, señalada en el pasado por los muy esclarecidos sacerdotes católicos venezolanos. Como en tantos otros casos ante los que las élites criollas parecen ciegas, una vez más se deja ver que tal vez no sea Chávez quien hace posible el chavismo sino todo lo contrario.
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