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Sección: Bitblioteca
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Cordial invitación El Universal, sábado 6 de febrero de 1999 En aquel tiempo remoto, era Jaime Lusinchi el presidente y alguien, al parecer muy influyente, lo persuadió de crear una comisión que estudiase la viabilidad de una reforma del Estado venezolano. Al respecto puedo decir, con el verso de Allen Ginsberg, que «he visto las mejores cabezas de mi generación» trabajar en algún momento para la Copre. «Fulana o fulano» o, más característicamente aun, «Carlos Blanco se lo llevó para la Copre», era el santo y seña con que se declaraban las coordenadas políticas de todo un estamento social; el de aquellos que, teniendo un, por lo demás, legítimo interés profesional en la política contingente, y proviniendo muchos de ellos de la izquierda protomasista y sus competidores, no habían hallado un sitio para ellos bajo el tacaño sol del bipartidismo. Vista de lejos, la Copre lucía como una singular corporación de talento para el servicio público. The best and the brightest, la generación nacida del lado acá de la democracia, destinada a relevar a los gliptodontes de la generación del 28 que todavía por entonces nos pastoreaban por interpuesta generación del 36 y no poca ayuda de la generación del 58. Pero vista de cerca, lucía más bien como una agencia de empleos y/o de relaciones públicas para politólogos, abogados, sociólogos y economistas; el ámbito donde el viejo y nuevo mandarinato del Pacto de Punto Fijo se reconocía y entablaba lazos provechosos para chicos y grandes. A medio camino entre el Cendes y el IESA, la Copre también fue, durante casi dos décadas, vaso comunicante entre la burocracia internacional del diagnóstico político-económico y los más prestigiosos organismos internacionales de gerencia social. Así pues, los más jóvenes dieron en llamar con jactanciosa familiaridad «Ramón Jota» al doctor Velásquez, «Simón Alberto» al doctor Consalvi, «Carmelo» al doctor Lauría. Llamaban también «Ildis» al dinero de la munificente socialdemocracia alemana de entonces. Así les iba sideralmente en la vida, siempre girando en torno a los astros del sistema político al que se pretendía renovar con el recurso de integrarse a él para desmontarlo «desde adentro». Algunos citaban a Octavio Paz, pero exclusivamente el Paz de El ogro filantrópico, jamás el de Los hijos del limo o El arco y la lira. Les dejaban tener una imprenta a estos «jóvenes turcos», paladines de la «revolución, sí; pero poquito a poco y sólo cuando haya consenso entre los usurpadores y los olvidados». Y en esa imprenta, en un alarde de amplitud, publicaron un día una larga entrevista que el inolvidable José Ignacio Cabrujas había concedido a la prensa local. En ella, José Ignacio desgranaba sus lacerantes y mordaces pareceres sobre el cariz rutinario y formal, mentiroso y socarrón, desaprensivo y desvergonzado, cegatón, ladronzuelo y vivaracho que desde hacía tiempo mostraba la oligarquía de los partidos que en Venezuela llegamos a entender por democracia. Quizá convenga más decir que los muchachos de la Copre «intentaron publicar» la entrevista: es fama que desde la Secretaría de la Presidencia tronó la voz tutelar del compañero Carmelo Lauría, regañando a la Copre por andar publicando las extremosas instigaciones de Cabrujas, uno de nuestros mejores ciudadanos. Anduvieron mohinos por un tiempo los muchachos, apenadísimos de haber tenido que cumplir la orden y arguyendo percances de imprenta para explicar la tardanza que tuvo el folletito en ver la luz. El episodio clarificó para mí lo que cabía esperar de la vocación del sistema político venezolano de reformarse a sí mismo. Varios años más tarde, la montaña de «papeles de diagnóstico» que llegó a ser la Copre vivió su parto de los montes al publicar, con el debido estruendo institucional, un librito que no era ni siquiera una tímida exhortación al cambio. ¿Saben lo que era? Era una «guía del usuario» del Estado venezolano, un presuntuoso instructivo para entablar relaciones con el Estado, en el que se le indicaba al lector cómo solicitar una licencia de conducir, una partida de nacimiento o una licencia de importación. ¡Una guía para la vida ciudadana en un helvético país de ensueño! La Copre, la inconducente Copre, llegó a rondar los veinte años de edad, sobrevivió al 27 de febrero del 89, al cuatro de febrero del 92, al interinato de Velásquez, y alcanzó a infundir algo muy suyo en los mendaces «pactos para la reforma» y en toda la gesticulación «reformadora» de adecos y copeyanos y en ellos incluyo la Comisión Caldera, tan cara a Pedro Pablo Aguilar en sus recuerdos de esplendor perdido. Muchos de ellos, hoy prudentes cincuentones, una vez más varados en el hombrillo y sin gato, juzgan con ceguera digna de la caduca dirigencia de AD y Copei, que el decreto ejecutivo convocando a un referéndum atropella la posibilidad de un acuerdo». Pero la vida en los trópicos es generosa en oportunidades y todavía hay tiempo de entender que la Constituyente del 99 acaso sea la ocasión de que las mejores cabezas de mi generación cambien en morocotas el valioso menudo de sus diagnósticos y rediman veinte años de vecindad con los amos de AD y con los dueños de los amos de AD.
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