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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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Mandini y la semántica del desempleo

El Universal, sábado 13 de marzo de 1999

Siempre me ha intrigado, cuando no divertido, la manera en que, entre venezolanos, se organiza la condición de desempleo como instancia productora de significados.

Usted dirá que exagero, pero advierta que en rigor el desempleo no es contingencia que «etnoantropológicamente» inquiete a un venezolano cabal.

Me refiero a cualquiera de los nuestros cuyo árbol genealógico se doble por la carga de atavismos caribes, andaluces y africanos.

Note usted que el venezolano suele narrar su propio despido con un desapego por los cotidianos apremios del estómago verdaderamente brahamánico. En pocas ocasiones nos mostramos los venezolanos tan despreciativos de la adversidad como cuando nos despiden del trabajo.

Hasta solemos afectar una irónica gratitud hacia el antiguo patrón por habernos devuelto a la patricia condición de dueños y señores de nuestro tiempo que se resuelve en la frase «más bien me hizo un favor». Añádese a ello una «mitología de la liquidación» que nos lleva a atribuir al dinerillo de la indemnización por cesantía poderes de transmutación alquímica capaces de convertirnos en nuestro propio jefe: «abrirme por mi cuenta», es el giro que usa en estos casos el émulo de Bill Gates.

La mitología de los «chavos» de la liquidación tiene un singular efecto ansiolítico y sosegador, cuando no francamente epicúreo: uno de los mejores usos concebibles es adquirir una caja de White Label para mejor afrontar lo que haya de venir.

A los idólatras del mercado y de «la mano invisible», cada vez que se conduelen de nuestra poca productividad, les da por recriminar nuestra idiosincrasia y echan mano a la socorrida fábula weberiana sobre la ética protestante en el origen del capitalismo, la moral del trabajo y todo ese jazz. De paso diré que no encuentro nada malo en que nos enrostren la laboriosidad calvinista; lo que me repatea es el retintín ejemplarizante y predicador.

Al respecto admitiré que ignoro cuánto tenga que ver la ética de trabajo y la legislación laboral, digámoslo todo en la estadística de muertes por herida de bala en los EEUU, pero juzgo que, después de todo, es menos letal ser herederos de la Contrarreforma y del culto al ocio de los hidalgos del siglo XVI: en los EEUU cuando despiden a un tipo, éste va y compra rifle Savage, calibre 30-06 y seis cajas de munición.

Y en lugar de acudir a la Inspectoría del Trabajo, se dedica a abrir fuego contra su ex jefe y sus antiguos compañeros de trabajo mientras salen del MacDonald’s hasta que un equipo «Swat» lo pone fuera de combate alojándole una bala del tipo “hollow point” en el bulbo raquídeo.

Admítase que al sur del río Bravo desplegamos mayor creatividad «actitudinal» ante el desempleo que el gringo rabioso y francotirador.

Para éste, ciudadano de una cultura que rinde culto al éxito en su mundana contabilidad de ingresos anuales, el despido es ni más ni menos que una oprobiosa degradación. Es el fracaso; el temido fracaso estallando en sus propias narices.

En cambio, en el ámbito criollo, la palabra «botado», el giro «estoy botado» trae consigo una orgullosa noción igualitarista que no asocia la cesantía con la incompetencia: equivale a preciarse de que «estoy botado, porque soy un insumiso, porque no le acepto vainas a nadie, etcétera».

Basta escuchar cómo lo cuenta, con cuánta fruición evoca el altercado. Es que en su versión siempre ha ocurrido un altercado acerca de la política empresarial y la insuficiencia de su superior para ejecutarla: «Le canté cuatro vainas a ese g..., agarré mi paltó y me vine. ¡Que va oh!: yo no nací ese día».

El despedido dedica los días siguientes a recibir toda clase de manifestaciones de solidaridad y aprobación por parte de familiares, amigos y allegados, que son la apoteosis del providencialismo: el desempleado vive estos días como una epifanía de posibilidades.

Recíprocamente, la retórica de quien se ve obligado a despedir a un compatriota, evita escrupulosamente calificar el profesionalismo y la competencia laboral del inminente desempleado.

Luego el motivo del despido es siempre un inescapable designio de la superioridad, un fenómeno meteorológico que escapa a la racionalidad cartesiana: el sujeto que te despide siempre se conduce como un verdugo vergonzante que desaprueba la sentencia «es la orden que hay, mi llave» pero no puede negarse a ahorcarte porque él también tiene familia y nueve giros pendientes del Honda Accord.

Roberto Mandini ha declarado a la prensa que «la base de nuestro recorte no es hacer rodar cabezas», en el mismísimo trance en que el ministro de Energía y Minas, Alí Rodríguez Araque, reconoce, ante el directorio de la CTV, que los despidos promedian entre siete mil y diez mil trabajadores de Petróleos de Venezuela.

Asirse a la idea romántica de defender los precios del crudo por la vía de las cuotas y el relanzamiento de la OPEP, entraña despedir gente. Cerrar muchos taladros y despedir a muchísima gente. Siete mil despidos. ¡Hasta Carlos Ortega clama ahora por expandir la producción!

La realidad es terca e insidiosa y ya deja ver que no basta con botar a Luis Giusti de viva voz y en cadena de televisión para ¡sembrar el petróleo».


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