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Los archivos del Edén

El Universal, sábado 15 de julio de 2000


Ibsen Martínez

(foto Andrea Imaginario)
I
Hay un hombre muy sabio —y como se verá, también muy arbitrario, igual que tantos otros sabios— llamado George Steiner, que alguna vez escribió un ensayo titulado Los archivos del Edén.

El propio Steiner admite que de todos sus escritos, el dichoso ensayo quizá sea el más aborrecido, el más odiado. Al menos puede decirse que con él logró sacar de quicio a una fracción considerable de la élite ilustrada estadounidense.

En Los archivos del Edén Steiner se atreve a afirmar que los museos, los archivos, las bibliotecas, las universidades y los institutos de investigación que hay en los Estados Unidos podrán ciertamente ser el centro de su vida cultural, pero que ello es así porque han vivido a costa del arte, la filosofía y la metafísica de Europa.

Va más lejos: Steiner sostiene que los Wittgenstein y los Heidegger de la tierra seguirán procediendo de una Europa suicida, «eventrada» y hecha añicos. Que es la obra secundaria y no la primaria lo que colma la cultura norteamericana.

Afirma también que Alexis de Tocqueville estaba en lo cierto cuando hablaba de ese hondo igualitarismo que es inherente a las esperanzas que abriga la mentalidad norteamericana. Pero, para Steiner, ese mismo anhelo igualitario es curiosamente adverso a ciertas cualidades y necesidades de la creación filosófica y, posiblemente, también de la creación artística de primera magnitud.

Al comentar en una entrevista de prensa las ideas de su ensayo, Steiner observaba que «en la prensa europea aún se reseña en primera plana un suceso filosófico, un debate, la muerte de un pensador eminente. Hay una densidad en el ambiente que recuerda una especie de vibrato de las ideas».

Y ensanchaba su parecer de este modo:

    Desde Portugal hasta San Petersburgo, hay en Europa abundantes cafés, lugares a los que puede uno llegar por la mañana, pedir una taza de café o una copa de vino, pasar el día leyendo los periódicos de todo el mundo, jugando al ajedrez o escribiendo. La bibliografía de los libros excepcionales que se han escrito en los cafés es ingente. Hay personas que siempre han trabajado de esa forma, que es la que más les agrada, pero no las encontrará usted en Moscú, que es una ciudad fronteriza con el Asia. El límite se puede trazar con nitidez: el ámbito del café llega, más o menos, hasta Odessa.

    Yo soy un animal de café, no de pub. En el pub inglés se da un animal muy diferente, mientras que el bar norteamericano es habitat de otro animal también muy distinto. En cualquier rincón de Europa me siento como en casa, porque me dirijo en el mismo momento en que llego y o bien juego una partida de ajedrez, reto al primero que encuentre, o bien pido que me traigan los periódicos que sostienen con esos mangos de madera, a la antigua: esa sí es la sociedad más igualitaria del mundo, ya que por el precio de una taza de café o una copa de vino uno se puede pasar el día entero en una mesa, escribiendo o haciendo cualquier otra cosa. Después de mis conferencias en Ginebra, mis alumnos sabían siempre a qué café me iba a tomar el segundo de la mañana, o una copa de vino, de modo que venían a charlar conmigo. Y es ahí donde la vida intelectual florece en todo su esplendor.

    Mis hijos, en cambio, dirán que Norteamérica es el futuro y que quizás ya sea irremediablemente el presente. Ellos han elegido; me siento orgulloso de ellos y me alegra visitarles a menudo en los Estados Unidos. Para mí, en cambio, los recuerdos son demasiado poderosos; mi enseñanza a la francesa fue demasiado fuerte.

    ¿Porqué no me voy, pues, a vivir a ese cielo en la tierra que afirmo que es Europa y continúo enseñando en los Estados Unidos?

    Desde luego, por muy buenas razones morales, también por razones esencialmente prácticas, y es que ya he estado allí. ¿Qué es el cielo en la tierra? Para mí, la Galleria de Milán. Me siento a tomar un auténtico capuccino; tengo delante de mí La Stampa, el Frankfurter Allgemeine, Le Monde y The Times. En el bolsillo llevo una entrada para La Scala y me llegan diez o doce complejos aromas que flotan en la Galleria, sea el del chocolate, el de la pastelería, el de la veintena de librerías que se cuentan entre las mejores del mundo; me llegan los pasos de la gente que esta noche se encamina a los teatros o a la ópera; noto el modo en que Milán vibra a mi alrededor. Ya he estado allí, ya he estado en el cielo; no quiero ir a otro ni creo que vaya a otro.

    El Lincoln Center no tiene nada que ver con esto que digo; al menos no para mí. Adoro y admiro el Metropolitan, pero no se trata de eso. Somos animales complejos, y mi territorio interior, la territorialidad de todo mi ser, es europea. Aunque tal vez sea —mucho me temo— una Europa perdida.

II
«Densidad intelectual ambiente», «territorialidad del espíritu», «vibrato de la ideas». Quizá tenga razón el maestro Steiner. Se me ocurre tan sólo recordar al paso que Thomas Mann no pensaba como él: se hizo eventualmente ciudadano americano y mientras escribió el Doktor Faustus, vivió en una vecindad de Los Ángeles, California, donde también vivían, pensaban y creaban emigrados tan ilustres y europeos como Albert Einstein, Arnold Schönberg y León Feuchtwanger.

Por lo demás, Mann, Nabokov y otros muchos como ellos, optaron por Norteamérica cuando la «densidad intelectual» de Europa se vio vigorosamente reducida en su «territorialidad del espíritu» al espacio comprendido entre las paredes de un horno crematorio.

Pero no tema el lector: no me propongo glosar ni refutar a Steiner. La vida maleva me ha enseñado además que el peor lugar —el más estrecho y mezquino, sin duda— para un ensayo de antropología cultural comparada es un artículo de prensa.

Esta crónica la escribo sentado ante uno de los computadores que la División Hispánica de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos pone gratuitamente a disposición de los usuarios.

He recordado esta mañana a Steiner porque, justamente, el ensayo de marras —Los archivos del Edén— induce a soslayar el papel que en el ámbito público otorgan los gringos a las bibliotecas y a los centros de documentación: son ellos, ciertamente, un Edén, mal que le pese a Steiner, para el indagador que como Borges imagine el paraíso bajo la forma de una biblioteca.

Han puesto el énfasis en lo documental, pensando justamente en que un sistema eficiente de bibliotecas públicas y de centros de documentación son quizá la manera más efectiva de «densificar» el ambiente intelectual, son el registro grave del «vibrato de las ideas», y que en esa «territorialidad de las ideas» de que habla Steiner, la disponibilidad de los tesoros bibliográficos y documentales trazan la frontera entre lo fértil y lo desértico.

Se trata de una concepción ciertamente igualitaria, pero en modo alguna demagógica, pues puesta a elegir prefiere estar atenta a la indócil individualidad de los pensadores de alta competencia y a «consentirlos».

¡Pensar que a algunos «educadores» chavistas e influyentes, nuestra Biblioteca Nacional de Venezuela, que con tanto y tan denodado esfuerzo apuntalara Virginia Betancourt, se les antoja demasiado «elitesca» en sus propósitos!

La quisieran ruidosa, deficitaria, llena de libros de referencia escolar, de panfletería bolivariana y abierta a todas horas al feroz vandalismo de nuestros liceístas.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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