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Sección: Bitblioteca
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¿Existen las élites? El Nacional, sábado 24 de junio de 2000 Aquí en Washington, D.C., más tarde o más temprano alguien te pregunta por el desempeño de las élites de tu país.
Un colega del New York Times, por ejemplo, que en otro tiempo estuvo destacado durante años al otro lado de la Cortina de Hierro, me pide que entable una analogía: ¿A cuál dictador de los antiguos países satélites asimilarías tú a Chávez? me pregunta. ¿Es posible esa analogía? ¿ O se trata más bien de una cruza de caudillo «andinocaribeño» con líder integrista islámico y en la que el bolivarianismo toma el rol aglutinante del chiísmo? What exactly is the Chavista ideology? ¿Es un «discurso ambiente», como diría a un pensador jungiano? Esta cosa bolivariana, ¿es una idea «práctico-inerte», como diría Sartre? ¿O provee un plan elaborado para convertir a Colombia, Ecuador y Venezuela en un, dos tres, muchos Vietnams? ¿Quién es Chávez? What makes him tick? Uno comprende al colega: él quiere saber; es su trabajo. Quiere dotarse de una explicación funcional, captar la Gestalt de la vaina en su conjunto, más allá de toda la emocionalidad que alcanza a leer conectándose al web page Venezuela Analítica. ¡Pero vaya manera de arruinarle a uno el whiskey justiciero del final de la tarde, después de una larga jornada! Con todo, disfruto mucho este ejercicio de «frenología política» acerca del verdadero cariz ideológico del régimen, de la dureza o blandura moral de Chávez.
Pero es la pregunta sobre las élites la que resulta para mí indicativa de que el interlocutor es un musiú realmente perspicaz. Sencillamente porque, por alguna extraña razón, no es pregunta que se haya hecho mucha gente allá, en el país de Omar Vizquel y Viviana Gibelli. ¿Qué hacen las élites? te espeta siempre el gringo despabilado, a quien el sentido común le dice que se requieren dos para bailar el tango y que lo que ha ocurrido en Venezuela tiene que ver, no sólo con el accionar de Chávez, sino también, y mucho, con las omisiones o errores de las llamadas «élites». La cosa intriga al periodista de agudo olfato tanto como al funcionario intuitivo del Departamento de Estado o del Banco Mundial. No es casual que esto de «pensar las élites» latinoamericanas de antaño y hogaño sea el núcleo de interés académico de los muchachos y muchachas que, llegados de todos los confines de América Latina, vienen a estudiar «políticas públicas» en Georgetown University o en la Kennedy Government. Llegado aquí, me permito pasar la papa caliente al lector: sí; a Ud. El que compró este matutino hoy sábado dizque para leerme y pasar un buen rato; ¡póngase de pie, infeliz, y conteste! ¿Qué le diría Ud. a un gringo preguntón cuando el gringo deja de inquirir por Chávez y le pregunta por las élites venezolanas y su desempeño político durante los últimos 16 meses? 2.Porque ese momento llega, ¿eh? No existe el yanqui pendejo: el yanqui huevón se muere chiquito: los EE. UU. no llegaron a ser imperio unipolar masticando chicle. Llega, pues, como le digo, el momento en que el gringo, tras incorporar a su disco duro lo que buenamente le hayas podido decir del telurismo y del «fenómeno Chávez», te mira y requiere mejores respuestas: ¿Cómo pudo pasarles esto a sus élites? What went wrong? Eran el país más rico de América Latina, la segunda democracia más estable del hemisferio. Sus jóvenes más destacados estudiaron con los jesuitas, o escaparon al Primer Mundo con el Plan Gran Marshall de Ayacucho. Fueron a Harvard, fueron a Cambridge, fueron a la École Normale Supérieure. Hicieron amistades influyentes, además de buenas lecturas. Se esperaba de ellos experticia y capacidad de maniobra en tiempos de crisis. El crudo Tía Juana llegó a venderse a treinta y tres dólares el barril, tuvieron la Copre, tuvieron el IESA, tuvieron a Pérez. Hasta tuvieron la ocasión de hacer un simulacro de reforma política y económica: salieron relativamente bien librados del 27 de febrero del 89. ¿No aprendieron nada? How come Chávez? 3.Les diré lo que hago con el gringo al llegar a este punto: le vendo un libro.
Luego de venderle el libro al gringo, le cuento la historia de Luis Vallenilla, el Mantuano Rojo. Y más tarde, la de una fracción de nuestra burguesía que ha sido diligentísima, desde hace por lo menos un cuarto de siglo, en promover la difusión de las ideas y valores del liberalismo económico, en exaltar las ventajas de un estado pequeño y eficiente, en propalar las excelencias de la economía de mercado. Al mismo tiempo, y en un alarde de esquizofrenia deliberada, digno de un movimiento dadaísta, esa misma élite venezolana es capaz de solicitar un amparo constitucional precisamente para que no funcionen las leyes del mercado. Para que unos particulares no puedan vender sus acciones de una empresa de energía eléctrica cuando les venga en gana y al postor que más les convenga. Incredible! deja escapar el gringo y pide el segundo Bombay Sapphire Dry Martini. Eso no más les cuento a los preguntones, sólo para ilustrar lo que me deja pensar el desempeño «político» de nuestras élites: el amparo del cuento fue solicitado «a cielo abierto» y en pleno clima «posmegaelectoral», para que todo el que tuviere ojos entendiese de qué va la sociedad abierta y el libre mercado en Venezuela cuando se trata, ya no de un simposio de esos con cotillón bibliográfico y afiche de Adam Smith incluido en la entrada para escuchar a Vargas Llosa de charlista alternante, sino de lo que los cursis y los simples llamamos «la vida real» Un sentido de oportunidad llamativísimo por lo impúdico, ¿no es cierto?. Como si todo el episodio del amparo constitucional contra «la mano invisible del mercado» ocurriese en una cámara oscura y no en la pecera que es un país con libertad de prensa y en momentos de instigación al odio de clases que se atribuye, con mucha razón, al discurso público de Chávez.
Después andan por ahí, clamando por los marines, quejándose de la insensibilidad del Departamento de Estado y del criptochavismo del embajador Maisto, sin comprender por qué los miran con arrechera los recogelatas del Parque Vargas, los mismos que hicieron sancocho con las gallinitas que dejó olvidadas el comando de campaña de Arias Cárdenas, si al fin y al cabo, los recogelatas del Parque Vargas no son accionistas. Ahora entiendo mejor: los ricos de Venezuela también lo esperan todo del Estado regulador. Son chavistas concluye el gringo y cambiamos de tema. Washington, junio del 2000
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