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Fidel Castro, calificador de riesgo
El Nacional, sábado 28 de noviembre de 1999 I Mi amigo es un intelectual de izquierda, de esos que han visto seis veces Fresa y chocolate y le siguen encontrando detalles. De los que leen en Le Monde a Ignacio Ramonet para saber qué deben pensar de los talibanes, de las FARC o la Internet. Cada vez que Fidel Castro visita Venezuela, la suya aparece confundida entre otras firmas, al pie de un exaltado manifiesto de bienvenida, reconocimiento y adhesión que comienza diciendo: «Nosotros, intelectuales y creadores venezolanos, saludamos la presencia en territorio nacional del comandante Fidel Castro Ruz», etcétera. Votó por Chávez, y hasta anduvo en brincos con una comisión de enlace. La conmovida salutación, profusa de palabras como «dignidad», «entereza», «ejemplo», «patria», «abnegación», «heroico», «logros innegables», «educación», «deporte», «salud», suele balancear su postrada admiración por el hombre fuerte con invectivas dirigidas a todo aquel que piense que Cuba es una despiadada dictadura absolutista, burocrática y anacrónica. Repudia toda injerencia en los asuntos internos de Cuba, ignora la resistencia democrática que valerosamente actúa al interior de la isla, y satiriza los llamados a democratizar la vida pública cubana. Eso cuando no los califica, como también lo ha hecho Chávez, de hipócritas. Mi amiga, en cambio, es «tarbesiana». Con los apellidos de su rama materna se podría hacer una prosopografía de la sociedad venezolana, desde el marqués de Mijares hasta la quiebra de Corimón. Hizo su finishing school en Suiza, está casada con su primero y único novio que es hoy directivo de un sindicato bancario, tiene tres hijos y un apartamento en Nueva York. A sus horas ha tentado mano en la cerámica utilitaria, estuvo entre las primeras patrocinantes de Ángel Sánchez y llama familiarmente «Mario» a Vargas Llosa. Votó por Salas Römer, ¡faltaría más! Pero cuando Fidel Castro vino a nuestro país para la segunda toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, en el 89, se cayó a pescozones con le tout Caracas a cambio de la tumultuaria ocasión de estrechar, en una recepción, la mano del hombre que fusiló a Arnaldo Ochoa. Al hablar de Fidel, recurre a expresiones como «me dirán lo que quieran, pero no se le puede quitar». Afirma que su mejor amiga es Magda, una Cuban American, condiscípula suya en Montreaux que ahora vive con su segundo marido «muy estrecha, pobrecita, muy alcanzada» en un apartamentico de Newark, Nueva Jersey. Por haber escuchado «los cuentos de esa casa» imagina perfectamente lo que debe ser «que te quiten todo, hasta las escupideras art nouveau» de la quinta que tenían en Miramar, pero te pide que admitas que Fidel tiene «tremenda personalidad, tiene algo, chica, no sé: una vaina, un allure...». Sin embargo, últimamente ambos, el intelectual y la señora «bien», andan literalmente cagados con el fidelismo activista, en modo alguno esnob, y en absoluto «posado» de Hugo Chávez. La «rueda de prensa» del máximo líder de la Revolución Cubana, que en rigor no fue tal, sino un monólogo de once horas, ha infundido en ella un enternecedor frenesí de correos electrónicos en relevo, del tipo «¡otra Cuba aquí no!, por favor no lo borre, envíe diez copias de este e-mail». Y, en el intelectual, la firme decisión de escribir un artículo que lo distancie del militarismo autoritario y populista «para mandárselo a Teodoro». La buena señora y el bien pensante de izquierda, se conducen, aquí y ahora y en lo tocante a Fidel Castro igual que Martín, un barbero que frecuentaba yo en la calle La Pica de mi natal Prado de María, quien proponía que la solución a nuestros males estaba en que del cielo nos cayera «un comunismo bien arrecho, ¿no es verdad bachiller Martínez?, como el de Fidel Castro». Inmediatamente después, como alarmado por sus propias palabras, acaso asustado de su propia receta, se apresuraba a precisar, curándose en salud: «pero seis meses, nada más, caballo. Seis meses y ya, ¿verdad bachiller?». II Ya al menos en una ocasión, Castro protagonizó una operación «comunicacional» en el seno de una sociedad democrática. Fue en Chile, en el 70. Quiso hacer mucho por Salvador Allende, en un momento en que ni la URSS ni los yanquis aprobaban el experimento de la Unidad Popular: moderar el frente interno, amansar a los radicales de Altamirano y del MIR, que encontraban a Allende demasiado reformista, demasiado cauteloso, formalista y atenido a la constitución y las leyes burguesas. El ala prudente del gobierno de Unidad Popular temía ser desbordada por su propia izquierda. ¿Quién mejor que Fidel para el espaldarazo, para una especie de «certificación» de calidades de izquierda, de que Allende era un revolucionario y no un tibio reformista pequeñoburgués? Y allá fue Fidel, el sedativo, en ayuda de Allende. En una de esas lo plantaron frente a una asamblea de furibundos mineros del cobre, en El Teniente, ansiosos de lanzarse a la huelga contra un gobierno encabezado por copartidarios, cómo no, pero patrono en deuda al fin. Fidel les habló con la prudencia de un alto comisionado belga de la Organización Internacional del Trabajo. Ante cualquier auditorio enfervorizado, Fidel era la mismísima jarra de agua fría, una cápsula de «Frisium» de 20 miligramos. Hablaba con perspicacia y facundia didáctica sobre la necesidad de marchar al paso de Allende, al paso de los más lentos. Hablaba en plan moderador, hablaba en favor de la calma y la conciliación, pero inevitablemente su «imago» era y sigue siendo radical: tal es su fatalidad, para su bien y para su mal: Fidel exalta o asusta; no hay nada en el medio. Para colmo, se quedó un mes. En el aire podía sentirse cómo su visita cohesionaba, día por día, a los adversarios de Allende, sin lograr atemperar los arrestos de la ultraizquierda. Si es cierto que «el medio es el mensaje», habría que acordar, a la vista de lo ocurrido en Chile, que al emplearse como medio, un tipo como Fidel, se convierte inevitablemente en el mensaje. No importa que hable como el Gobierno venezolano quisiera que hablasen de él los calificadores de riesgos de Standard & Poors. No importa la deliciosa esquizofrenia implícita en el hecho de que un dictador haga un ejercicio de derecho constitucional comparado ante las cámaras de la televisión para demostrar que, entre la bolivariana y la cubana, la Constitución cubana es la totalitaria y la de Chávez es la democrática. Nada de lo que diga es relevante, como no lo fue en el Chile de Allende: es Fidel el mensaje. III Hay quien no se consuela de que a Vargas Llosa le llamen «apátrida» ofensor de los venezolanos, en tanto que Castro pueda hablar durante horas sobre nuestra política doméstica sin que ello irrite a nadie en el Ejecutivo. Olvida que ello no solamente es cosa de fariseísmo y doble rasero de un gobierno en particular: en parte se trata de la misma pulsión que lleva a muchos gobernantes democráticos de nuestro continente a hacer de Fidel, justamente de él, del más refractario de nuestros dictadores, la vedette de sus ceremonias de toma de posesión. Codearse con Castro en América Latina obra como un baño lustral de independencia frente a Washington, un modo de singularizarse y de dramatizar, al menos por un día, la autonomía de cada quien en política exterior: magias parciales del buen salvaje que en América Latina amparan al buen revolucionario. Es poderosa esa antropología política, esa brujería de «palo bayombe» que ejerció una vez más su embeleco en la mayoría de los periodistas que acudieron a la cita: embobecidos, le dirigían donosas preguntas que habitualmente se formulan a curtidos asesores electorales, olvidando que si hay algo en lo que Castro no ha participado ni participará jamás es en una elección libre. Y a la hora de referirse a Cuba, se esmeraban en escoger sus adjetivos, como procurando no herir susceptibilidades domésticas, como si fuesen ellos y no Castro quienes estuviesen interviniendo en los asuntos de un país extranjero. ¿Pesarán poco o mucho el partido de beisbol en el Estadium Latinoamericano y la «rueda de prensa» en el resultado del referéndum? La «cubanofilia» de Chávez ciertamente ha movilizado elementos que, sin duda, harán sentir su calidad el día del referéndum. Pero, cuantitativamente hablando, parece razonable ponerlo en duda, pues como ha observado Clodovaldo Hernández, en Venezuela «Internet no sube cerro ni baja zanjón». Habrá que esperar hasta el ocho a las ocho.
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