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Historia sentimental del petróleo (II) El Nacional, sábado 24 de marzo de 2001 A Rodolfo Izaguirre 1. El punto de inflexión de la trama de Butch Cassidy & the Sundance Kid es sin duda aquel en el que los bandidos, tras constatar a principios del siglo XX que el lejano oeste ya no es lo que era, deciden mudar su operación a América del Sur, hartos de verse siempre a solo un latido de corazón de distancia del acorralamiento. Los acosa una implacable cuadrilla de cazadores de recompensas que no les ha dado cuartel desde que Butch y Sundance robaron una remesa ferroviaria de la Wells Fargo. En sucesivas escaramuzas los hostigadores han logrado diezmar su partida de asaltantes de bancos y ferrocarriles. Bucth (Paul Newman, en el inolvidable film de George Roy Hill, 1969) es el de la idea: «Solo yo tengo visión, el resto del mundo usa bifocales», dice de sí mismo, en son filosófico, cada vez que Sundance (Robert Redford) rechaza ásperamente su propuesta, al tiempo que se las arreglan para huir desesperada y aparatosamente, apenas un paso adelante de sus tenaces rastreadores. Al cabo, Sundance se persuade también de que nunca más estarán seguros en los EE.UU. Junto con la amante de Sundance, una joven maestra de escuela (la bella Katharine Ross), ambos pistoleros marchan a Bolivia. Butch solo sabe que en Bolivia hay minas de estaño y que allí hablan español, pero eso no le ha impedido describírsela a Sundance como el sitio ideal para un par de schumpeterianos asaltantes camino al retiro y seguros de que su know how de bandidos yanquis puede hacer un diferencia. El deslumbrante guión de William Goldman dispone que un tren de los Ferrocarriles Nacionales de Bolivia los deje en una estación desierta, en el medio de ninguna parte. Sundance, malhumorado, echa un vistazo por las cercanías mientras su amante y Butch se quedan en el andén y lucen desconcertados. La estación, a medias derruida, está junto a un baldío donde pastan las llamas y hozan los cerdos. Sundance pisa el excremento de un puerco y mira con odio al tipo que lo convenció de ir a Bolivia. Toda Bolivia no puede ser como esto exclama Butch, adelantándose al comentario corrosivo que ya ve venir, huyendo hacia delante, siempre optimista y razonable. ¿Cómo lo sabes? estalla Sundance, feroz. A lo mejor esto es lo mejor de Bolivia, a lo mejor la gente viaja miles de millas solo por venir aquí, a lo mejor esto es un lugar santo, un lugar de peregrinación. La Venezuela a la que llegaron los hombres de la Shell y de la Standard, en la primera década del siglo, XX no era mejor que la estación de tren a la que llegaron Butch Cassidy y el Sundance Kid. 2.La leyenda negra del petróleo prescribe que cuando la Royal Butch Cassidy Petroleum Ltd. y la Sundance Kid Oil Co. llegaron a Venezuela éramos una feliz Pomona agrícola, y por mejor decir, cafetalera. Que el petróleo, disruptivo «excremento del Diablo», no solo acabó con la agricultura y con los valores que, con razón o sin ella, se le atribuyen convencionalmente: sentido de la tierra y de la tradición, una ética del trabajo. Haría falta un serio y denso tratado de metahistoria para poner en su sitio tanta y tan descaminadora producción de significados respecto de la «maldición del petróleo» como ha producido buena parte de la historiografía venezolana cuando le da por nuestro siglo XX. En el transcurso del siglo pasado, nuestra imaginación económica logró componer un relato extrapunitivo, descoyuntado y moralista. Ese relato canónico se nutre de halagadoras supersticiones intelectuales, de lo que François Furet llama con sorna «econometría retrospectiva», de máximas antimperialistas segregadas por el marxismo vulgar, de ideas recibidas y puestas de nuevo a circular, de generación en generación, sin someterlas al menor examen. Con mucha razón, uno de nuestros más perspicaces pensadores ha señalado: Se habla de la ruina de la agricultura. Pero ¿de qué ruina se habla?, ¿de cuál agricultura? Venezuela, hasta la aparición del petróleo, era una economía de subsistencia con apenas dos productos que producían excedentes: el café y el cacao. No se puede hablar de la ruina de la agricultura porque eso obliga a suponer que la agricultura se hallaba en una situación próspera, y ese no era el caso. (Manuel Caballero, en «El siglo XX venezolano conversado con Manuel Caballero», Venezuela siglo XX. Visiones y testimonios. Asdrúbal Baptista, editor. Caracas: Fundación Polar, 2000). 3.La verdad es que ni siquiera producíamos ya excedentes. ¿Sabe el lector cuál era la productividad del arbusto cafetero promedio en la Venezuela de 1913, año en que técnicamente puede decirse que apenas termina la fase de prospección y comienza apenas la era comercial del petróleo en Venezuela? Hagamos presente al lector, solo para dramatizar la comparación, que un arbusto costarricense promedio arrojaba en 1913 una cosecha de dos kilogramos. ¿Los nuestros? Menos de ¡300 gramos! Tal es el testimonio asombroso que nos ha legado quien fue en vida una suprema autoridad a la hora de justipreciar el estado de nuestra agricultura a principios del siglo XX. Nada menos que un botánico de origen suizo, especializado en fitogeografía y, para colmo de superlativos, cultivador él mismo de café en Centroamérica durante las mejores décadas de uno de los mejores ciclos cafeteros que haya tenido Costa Rica Este sabio trabajaba como experto en la Secretaría de Agricultura de los Estados Unidos, en Washington y vino a Venezuela porque lo mandó a buscar expresamente el gobierno de Gómez. Se llamaba Henri Pittier y los pocos venezolanos a quienes les hace tilín ese nombre lo asocian con un parque nacional que alberga un retazo de bosque tropical húmero amenazado hoy por invasiones ilegales y por el ecocidio. Le encomendaron justamente eso: que hiciese una evaluación exhaustiva de nuestra agricultura. Encontró la mayoría de nuestros cafetales degenerados a un extremo solo explicable por más de medio siglo de incuria y abandono, por bárbaras técnicas de cultivo y de cosecha. Escuchémosle evocar aquella, su primera visita, en carta al doctor Vicente Lecuna: En 1913, en mi primera visita aquí tuve la oportunidad de una conversación con el entonces Ministro de Instrucción Pública, doctor Guevara Rojas [ ] Le hice ver lo anticuado de los métodos venezolanos en esta rama de la agricultura y el perjuicio que se infligían a sí mismos los cafetaleros. Tanto entusiasmo despertó nuestra conversación en el ánimo del señor Ministro, que en el acto me exigió una conferencia pública sobre la materia. Esta tuvo lugar , con gran concurso de público, del cual probablemente una mínima parte estaba directamente interesada. A la salida, estando el Ministro y yo parados en el edificio, oímos uno de tres señores plantados frente a nosotros exclamar: ¡Ese musiú que quiere venir a enseñarnos a cultivar el café! (Tomado de Yolanda Texera, La modernización difícil. Henri Pittier en Venezuela, 1920-1950, Caracas: Fundación Polar, 1998) Y añade con amargura: «En Venezuela no hacen falta para nada las luces de los musiúes». El testimonio de Pittier es solo uno entre una abrumadora masa de evidencia que señala en dirección del pésimo desempeño de la ¿élite? cafetera criolla durante la segunda mitad del siglo XIX y no en dirección del petróleo como sospechoso habitual de todo lo que ha salido mal entre (digamos) 1870 y la llegada de la Butch Cassidy Petroleum Co. en 1908. ¿Habrá que enfatizar que el desaprensivo auditorio de aquella conferencia estaba compuesto por la crema de la cámara cafetera venezolana? Esa élite de «abogados con ideas generales», como la describió un embajador europeo de época, que ya había fracasado rotundamente en su empeño de más de ochenta años por instaurar una república pasablemente liberal y por insertarse en el comercio mundial con un producto tropical, se vio de pronto ante un problema que desbordaba sus capacidades: construir un modelo cognitivo de lo que significaba para ella el hallazgo de vastos yacimientos de hidrocarburo bajo sus pies. Un vástago esclarecido de esas élites fue Arturo Úslar Pietri. El pueblo venezolano lo ha tratado con rara justicia poética: no hizo presidente de la República en 1963 al hombre que se resistió hasta el derrocamiento a que las mayorías venezolanas accedieran al voto universal, directo y secreto, pero lo compensó con creces haciendo suya una frase que resume un programa : «sembrar el petróleo». Esa frase forma ya parte de los escasos enseres intelectuales con que el venezolano afronta el mundo desde hace casi un siglo. Esa frase informa de manera inconmovible las representaciones que el venezolano hace de sí mismo, de su suerte como nación y hasta de su fortuna moral. Úslar Pietri acaba de morir y en la prensa escrita y radioeléctrica han menudeado las notas necrológicas que hablan de nuestra «orfandad intelectual» y hasta nos dicen de la necesidad de «sembrar úslares». Se lamentan todas de que el autor de Las lanzas coloradas no haya logrado hacerse escuchar. Pero, si se miran bien las cosas, resplandece la paradoja de que el populismo venezolano no ha hecho otra cosa que hacerle caso a su archiadversario de medio siglo. La verdad verdadera es que, a despecho del mismo Úslar Pietri, no hemos hecho otra cosa que sembrar el petróleo. Y basta asomarse a la ventana para ver los desastrosos resultados. De cómo esto ha sido posible es el asunto de la próxima y última entrega de esta serie con la que he pretendido hacer justicia al pensamiento de un venezolano sencillamente insoslayable.
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