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Internet no sube cerro El Nacional, sábado 18 de diciembre de 1999 I La mañana del miércoles, un número indeterminado de «sifrinos por el no» descorrió sus cortinas y, al ver que el cielo seguía cayéndose a mares, dieron en telefonearse los unos a los otros. ¡Los «cerruchos» seguro que se rascaron anoche y no van a ir a votar porque está lloviendo! se alentaban a borbotones por teléfono, como Chip & Dale, cuando una de las dos ardillitas descubre una bellota y va a contárselo atropelladamente a la otra. Según la experiencia patronal que han tenido muchos de los sifrinos con el Soberano, las precipitaciones de tanto volumen por centímetro cuadrado y tan prolongadas vienen invariablemente asociadas a un alto porcentaje de ausentismo y de excusas inverosímiles. Sus plegarias habían sido al parecer escuchadas: todavía a las once de la mañana, muchos pensaban que el «No» tenía aún meteorológicas posibilidades de acortar distancias. ¿Qué prodigios aritméticos no habría hecho Alfaro Ucero, con una pequeña ayuda de Morales Bello y de las actas que mataban votos, de haber contado un día de elecciones con un temporal como el que nos atribula desde principios de semana? Sin duda, algo ha cambiado en Venezuela. La «corrida» telefónica del miércoles en la mañana estaba en congruencia con las manifestaciones más características que la Internet pudo ofrecer a un estudioso de nuestro proceso político en los días inmediatamente anteriores al Referéndum. En especial, para un estudio de las actitudes excluyentes, supremacistas, egoístas y negadoras de la realidad de esas capas que, no se sabe por qué, se ha convenido en llamar «las élites» nacionales. El estudio sería relevante para responder a la pregunta «¿cómo es que no se manifiesta todavía una oposición que merezca llevar ese nombre?». II En el entendido, claro está, de que las efusiones moralizantes y los exordios constitucionalistas del doctor Olavarría no hacen oposición, porque simplemente expresan una vez más lo que a lo largo de su carrera pública nos ha mostrado el doctor Olavarría de sí mismo: una singular disposición para el entusiasmo y la decepción, ambas en grado superlativamente histriónico. Supremamente articuladas, brillantemente argumentadas, pero justo con ese dash de patología que lo aleja a uno del vendedor de carros usados demasiado empeñoso y vehemente. En efecto, y ya que estamos en ello, pregúntese el lector o la lectora, para estar a tono con la igualitaria gramática bolivariana cuántas veces ha visto al doctor Olavarría entusiasmado con alguien. Y cuántas veces el objeto de su entusiasmo ha decepcionado al crédulo Olavarría, casi hasta el llanto del que desespera y se mesa los cabellos sentado en una acera apocalíptica. Tengo la impresión de que, concedido el tiempo suficiente, todos los venezolanos sin excepción terminaríamos por exaltar e inmediatamente descorazonar de modo irremisible al doctor Olavarría. Chávez no podía faltar en su lista de providenciales, ungidos y fulminados. Descartado Olavarría como «pivote» de una oposición bien plantada ¿cuánto tardaría el propio Olavarría en desilusionarse y romper con ella?, cabe considerar a Claudio Fermín. Imposible no simpatizar con Fermín, con su vocación de ecuanimidad a todas luces genuina. Imposible no estar de acuerdo con él en el diagnóstico y en el nombre que sabe poner a las soluciones. Pero tiene, como Polonio, la propensión a desaparecer en el penúltimo acto de Hamlet, justo cuando se anuncian las resolutorias pescozadas, los machetazos y las copas de vino emponzoñadas. Se ha reservado Fermín demasiadas veces para cuando haya una mejor constelación de circunstancias y la vida tanto como Hamlet enseña que el talante irresoluto siempre opta por esperar una mejor constelación de circunstancias para la cual reservarse. Fermín aguardó ¿el favor de Alfaro? hasta que se le «pasó el parto»; cabe que pase trece años en el callejón, esperando su tercio de banderillas. Una vez disuelto el Congreso, lo dicho casi nos deja a solas con el Colegio de Politólogos Madrugadores del DF (esos que acuden, puntuales y recién afeitaditos, a todos los programas de opinión), con los habitués de los foros moderados por Cira Romero y con los denodados hackers de la resistencia en Internet. III Un artículo del profesor Lorenzo Lara Carrero, matemático que coordina la cátedra de Tecnología de la Información en el IESA, apareció en el número de noviembre de Internet World. El artículo desglosa cifras de la encuesta «Omnibus» de Datanálisis, hecha pública en septiembre pasado. La encuesta sostiene que 21,1% de nuestros adultos urbanos tiene una computadora en su casa, mientras que de ellos, sólo 5,4% tiene acceso a Internet desde su hogar. Añade que la penetración de las computadoras entre las personas de clase A/B alcanza 75%, mientras que en la llamada clase E no pasa de 9%. En lo que toca a Internet, casi 41% de la clase A/B tiene acceso a Internet en sus hogares mientras que para todo fin práctico, en la clase E nadie en absoluto la tiene. En términos de la enfadosa «teoría de conjuntos», la intersección de los dos redondelitos (el de los que tienen Internet y el de los que no tienen ni «un clavo pamarrá un gallo») no muestra elementos en común: está vacía. Luego es muy poco lo que desde Internet puede hacerse por mover el ánimo de la mayoría que consistentemente ha estado con Chávez desde hace dos años. Salvo desfogarse electrónicamente, hacer catarsis, mover electrones en círculo. Con todo, «por no dejar», seguí la corriente a uno de estos combatientes ciberespaciales, un señor de apellido Granados, y ¿qué creen que encontré?: más de la mitad de los destinatarios de su lista no estaba ya en sus servidores. Lo supe al hacer clic en el botón «responder a todos»: mi buzón se llenó de «message undeliverable»: la lista requería actualizarse desde hacía medio año. En cambio, tenía literalmente colapsados los buzones de la otra mitad con exhortaciones del tipo «¡otra Cuba No!» y vacuidades tipográficas como «Soy venezolaNO». Una víctima de apellido Cols le suplicaba día y noche que por vida suya no le mandara más majaderías. Otra le hizo ver que «no se escribe impresionastes ni se forma el comparativo diciendo Chávez es más malo que ...». Granados respondió diciendo que no era justo que lo desalentasen con fruslerías gramaticales, precisamente a él que era el último combatiente checheno en la barricada. Ni la radio rebelde húngara en 1956 sonaba tan desgarradora. Quien gana la palma es uno que se firma a veces fjsr@net-uno.net y otras Florentino, y quien proponía a los que estuviesen por el «No» pasar a la acción: «impriman volantes con mensajes que tengan garra para el pueblo llano y formen equipos de 4 personas para ir a las estaciones de metro, paradas de autobuses, salidas de fábricas, etc., y repartirlos». ¿Qué entenderá Florentino por «garra para el pueblo llano»? ¡Imprimir volantes!, como si su vocero natural no fuese «la otra cadena» de radio y televisión, esa que comienza diariamente a las seis de la mañana con Marta Colomina y termina con «Vox Pópuli», mucho después de media noche. Pero Florentino es un activista nato, no cabe duda. Está lleno de ideas para la agitación entre las masas, para nadar como un pez en el mar que es el seno del pueblo. Veamos: «vístanse de una manera que no choque al público a quien van a entregar los volantes, llevándolos a comentar o pensar que ustedes no tienen nada que ver con ellos. Al entregarlos, mírenlos a los ojos, sonrían sin falsa adulación (sic) y entreguen. Si tienen preguntas, respondan honestamente y con seguridad». Dejando a un lado las inconcordancias de plural y anotando que toda adulación es falsa, ¿no inspira ternura Florentino? ¿No conmueve la idea que se hacen del pueblo? Esa noción de que la diferencia entre un descamisado del barrio La Lucha y un patrocinante de Salas Römer es cuestión apenas vestimentaria ¿no es como para desahuciarlos del éxito en política los próximos trece años? Verdaderamente, eso de «mírenlos a los ojos y sonrían» es de lo más cool, de lo más New Age, aunque no sé cómo funcionará cuando en el barrio San Andrés de El Valle o en Las Vegas de Petare te le acerques a un compatriota y le alargues un volante por el «No», mirándolo a los ojos y sonriendo, así sea sin «falsa adulación». ¡Ayyy!, este como que quiere que lo detonen sería seguramente la respuesta más benigna y cordial. Por eso es que los matan un 15 de diciembre, con todo y «palo de agua», con todo y la encuesta esa que decía que la diferencia en el Distrito Federal iba a ser cosa de doce puntos. Serían de sutura, digo yo.
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