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La ira de Carrera Damas

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, domingo 2 de enero de 2000

I

Germán Carrera Damas, ¡oh incrédulos del mundo!, se describe a sí mismo como «un damnificado».

Lo hace en un artículo publicado el 27 de diciembre pasado en este matutino y, como cuadra a un pedante, en él se apresura a puntualizar que se tiene por damnificado sólo en un sentido figurado. Innecesaria aclaratoria en verdad.

Comenzaba apenas diciembre cuando lo vi, de lejitos, en el coctel aniversario de la revista Tierra Firme: lucía ni más ni menos que como el astro rey de un sistema solar de besamanos.

Ventripotente y afectando lejanía, dejaba llegar a los saludadores como Cristo a los niños. Los saludadores lo trataban con la unción que se reserva para un Jacques Le Goff cumanagoto o un Marc Bloch adeco.

Empuñando un bastón respetabilísimo, el otrora diplomático componía un motivo gotoso y próspero, digno de una iconografía que bien podría titularse: «De lo reverencial en la Cuarta República». No; Carrera Damas, menos que nadie, corre riesgo alguno de ser confundido jamás con un desdichado poblador de Carmen de Uria.

Pero los mecanismos de la escritura automática —como es la que suele acompañar al enojo— pueden ser muy certeros al escoger las palabras. No en balde Carrera Damas titula su artículo «Escrito con ira».

Al leer con puntería esa efusión de ira de un particular (que se pretende santa) uno advierte el sentido preciso en el que Carrera Damas reconoce en sí mismo un damnificado, pero no de los flash floods que arrasaron el neonato estado Vargas y cobraron decenas de miles de vidas, sino del naufragio del antiguo régimen inaugurado por Betancourt y Caldera en el 58.

II

Entre mis propósitos de año nuevo está el de contribuir en lo posible a la aparición de una oposición digna de correr mejor suerte que la de Juan Raffalli o la de los antiguos caballeros diletantes de la orden de Irene Sáez.

Es claro que uno de los problemas que ello entraña es el de cómo singularizarla, cómo disociarla de la bulla resentida que meten quienes han perdido privilegios.

¿Cómo hacer inteligible, por ejemplo, que mi desacuerdo con la Constitución sancionada el pasado 15 de diciembre no es el mismo desacuerdo de David Morales Bello o el de Rafael Arráiz Lucca?

Lograr que esa distinción tenga sentido para las mayorías chavistas es cosa más que relevante, es crucial, si no queremos que la hegemonía incontestada pervierta rápidamente este nuevo régimen.

Quien no lo crea así debería al menos reparar en que, justamente, por intentar separar la paja del grano, por desplegar un delicado y en gran medida exitoso equilibrio editorial entre una crítica insobornable de todo lo vicioso y una aprobación decidida de todo lo acertado en la gestión chavista, mi amigo Teodoro Petkoff fue objeto de una operación neutralizadora que el Gobierno no ha juzgado necesario ejercer ante los predecibles, inocuos, plañideros articulistas de El Universal, por citar un ejemplo de supremacismo clasista, de reaccionaria moralina «opusdeísta» y prédica neoliberal.

El tema promete muchas y muy suculentas entregas mías en el año que comienza, pero mejor volvamos a lo que me sugiere la ira del doctor Carrera Damas.

Digamos, pues, que un opositor de Chávez puede ser: a) un demócrata que aspira a que el proceso político venezolano llegue a normarse con la saludable acción de una oposición esclarecida, ecuánime y, sobre todo, que sea percibida como inatacablemente legítima.

O b) un damnificado la Cuarta República, un niño que simplemente chilla desconsolado porque lo apartan de la teta, una gritona y mendaz pervivencia del pasado cleptómano y/o excluyente.

¿Cómo diferenciarlos?

III

Una sencilla «regla del pulgar», muy de fiar, atiende a la temática del «opositor», en el caso de que sea un intelectual.

La regla reza así: «Todo intelectual que haya descubierto la política doméstica y contingente después del 8 de noviembre del 98, fecha del sálvese quien pueda, es sospechoso de ser un damnificado de la Cuarta República».

Hay un poeta caraqueño que provee un acabado textbook case que ilustra la regla: antes de noviembre del 98, su articulismo nos brindaba un acusado interés por Emily Dickinson, Ida Gramcko, Derek Walcott o Angel Miguel Queremel. O nuevas aproximaciones a los poetas de la generación del 18. O tersas impresiones de sus muchos viajes como gerente cultural de varias administraciones del antiguo régimen.

Ahora el hombre se nos ha vuelto un feroz hagiógrafo de Rómulo Betancourt, un constitucionalista hecho en casa y de prisa y que característicamente chilla su becario «¡no!» desde el extranjero.

Si el articulista suele redondear sus piezas de opinión con emplazamientos dilemáticos, con desencanto del pueblo, con pronósticos apocalípticos y mucho civilismo heroico, si cita con frecuencia a Pocaterra y pone de ejemplo a Carnevalli, puede afirmarse sin temor a errar que es un damnificado de la Cuarta República.

En cambio, si discurre como lo hago yo ahora, es porque es un verdadero y desinteresado demócrata de nuevo tipo.

Mi fervoroso deseo de Año Nuevo es que el lector saque provecho de estas observaciones.

IV

En una recensión suya sobre la historiografía venezolana de este siglo, Carrera Damas despacha la obra de Parra Pérez y de Gil Fortoul como debatible subproducto del «ocio diplomático».

Es una paradoja muy venezolana el que haya sido justamente el «ocio diplomático» lo que haya permitido a Carrera Damas escribir un incisivo opúsculo (¿de filosofía de la historia?, ¿de antropología comparada?), sin duda brillante y esclarecedor, titulado De la dificultad de ser criollo, cuya lectura no vacilo en recomendar con entusiasmo porque noblesse oblige.

Quizá no sea justo llamar «ocio» a la función diplomática. A menudo ella trae consigo gravosos deberes que el buen adeco de antaño entendía como «contraprestaciones».

Así, el historiador que en el artículo del pasado 27 de diciembre consignaba su ira por el daño que, según él, Chávez ha causado a lo que llama «respetabilidad y dignidad de la nación», tuvo en su momento que apechugar y hacerse anfitrión de ¡Blanca Ibáñez!, en un bochornoso y sonado acto «de desagravio» que tuvo lugar en nuestra embajada en México, toda vez que la por entonces secretaria privada de Jaime Lusinchi fue «rebotada» por el protocolo presidencial de Los Pinos. Diezmos que la historiografía moderna paga al clientelismo.

En el mismo artículo, Carrera hace suyo un tópico que los adecos glosan, cada cual a su manera, desde que Chávez los volvió pomada: el de la descalificación de las Fuerzas Armadas.

«Costosísismas y ineficacísimas», así las tasa el historiador, solamente porque desde su poltrona de televidente no atina a explicarse por qué tardaron una semana en evacuar una franja de casi 700 kilómetros cuadrados ocupada por medio millón de personas y escenario de una catástrofe de las más devastadoras registradas en un siglo en todo el planeta.

Críticos «duros», como Domingo Alberto Rangel y el propio Petkoff, no han vacilado en elogiar la entrega del ministro Salazar en estas jornadas.

La Tercera División de Paracaidistas, comandada por un hombre que se cuenta entre los ejecutivos más capaces con que cuenta el país, se desplegó en una zona que el comandante en jefe del Comando Sur estadounidense encontró tres veces más devastada que la asolada por el huracán Mitch en Centro América y con misiones inéditas que contemplaban asegurar el acceso al territorio afectado, asistir perentoriamente a los damnificados y restaurar el orden público. Carrera Damas no ve en ello un plan de contingencia que resultó el único viable en breve lapso.

Por una vez no han salido a ametrallar a los menesterosos, como en tiempo de Pérez, pero el damnificado de la Cuarta República siente ira y los tacha de inútiles, onerosos.

Acaso lo que necesite sea otra «ración de embajada» para ordenar sosegadamente una historiografía de cómo Chávez, cautivo y desarmado, logró ponerse al frente de un ejército que AD y Copei habían corrompido hasta el extremo de hacerlo cómplice del genocida Pérez en la jornada del 27 de febrero del 89.

Del porqué del predicamento inconmovible que goza entre los pobres, de cómo en los lustros finales del siglo pasado, el populacho acumuló algo más tectónico y de efectos más perdurables que la ira de un académico despojado de su «ocio diplomático»: una inextinguible arrechera ante todo el orden ladronazo y excluyente que Carrera Damas reivindica desde su butaca televidente.


Germán Carrera Damas, Escrito con ira
Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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