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Militares, mentiras y video

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 1º de julio de 2000


Ibsen Martínez

(foto Andrea Imaginario)
I

Desde hace una semana, en todos los Estados Unidos se ha conmemorado el comienzo de la guerra de Corea.

Uno de los más notables subproductos de esa guerra olvidada vino a realizarse en los años sesenta y cobró la forma de una película inolvidable, cuya disparatada premisa argumental y cuyos disolventes personajes alimentaron, algún tiempo después, una de las series más exitosas de la televisión mundial: M*A*S*H. Así, con un asterisco entre cada inicial.

Son las siglas del cuartel general de un ficticio cuerpo estadounidense de cirugía de campaña, estacionado en Corea durante los primeros años de la década del 50.

La película original, que dio pie a una comedia de situaciones seriada, fue coprotagonizada por Eliott Gould y el canadiense Donald Sutherland. Entre ambos daban vida a un equipo de desasidos y guasones cirujanos militares que desafían reglas y jerarquías.

El «método en la locura» que hay en M*A*S*H no es otro que ceñirse escrupulosamente, hasta reducirla al absurdo, a la petulante lógica del ordenancismo militar.

No era la primera vez que en un país con dilatada historia bélica se manifestaba esa vena de humor cuartelario que vindica la tropa ante la oficialidad.

La ley que parece regir el fenómeno permite a los pueblos de conscriptos que han sido diezmados en las guerras desfogar su rabia y su dolor en irreverencia contra el alto mando. En carcajada a costa de sus propios jefes militares y de sus hábitos mentales, de su oratoria, de su pompa y su circunstancia.

Desde luego, a nadie en los EE.UU lo declararon traidor a la patria por dirigir o actuar en M*A*S*H o escribir Catch 22.

Sin embargo, piénsese en lo que harían en nuestros países con cineastas, actores y novelistas si les diera por «vacilarse» a nuestro estamento militar —el insurgente y el otro— con la genial vesania con que lo hizo M*A*S*H.

II

Un rasgo, digamos, «antropológico» que dice mucho de nuestras culturas, para bien o para mal, es ese precisamente: no destacamos los hispanoamericanos por reírnos de buena gana a costa de lo militar.

Desde que Bolívar nos legó esta nuestra especial cepa de militarismo subregional andino, con su emoción y su liturgia adyacentes, pareció condenarnos a una reverencial unción de lo civil por lo militar.

Como corolario de ello, se entiende que lo militar entre nosotros no sea cosa de chiste.

Otro indicio elocuente, que habla de demasiadas aberraciones a la vez, es la inclinación que tienen algunos líderes de la izquierda, antiguos guerrilleros incluidos, a atribuirse presuntos saberes y experticias militares.


Hugo Chávez Frías, comandante del golpe del
4 de febrero de 1992
Douglas Bravo, a este respecto, es sencillamente trágico: si hemos de creerle al legendario guerrillero falconiano, él mismo fue quien, allá por los sesenta, indujo la insurgencia del 4 de febrero del 92, con una clarividencia y un sentido de anticipación que no ha sabido aplicar a su propia biografía política.

La pretensión de Pablo Medina de que el golpe del 4 de febrero se lo debemos a él, tanto en lo teórico como en lo práctico, subraya esta curiosa disposición de muchos civiles a tratar de singularizarse por la vía de la asimilación al mundo militar.

Tenemos, pues, los latinoamericanos, un ojo ciego para esa inagotable fuente de irrisión que han sido la prepotencia y el supremacismo moral de los militares, sean populistas o radicales de derecha, en nuestro continente.

Pero el ojo más ciego sin duda es el de los propios militares. La ablación del lóbulo cerebral que aloja la función síquica del ridículo ha sido en muchos casos completa.

III


Francisco Arias Cárdenas
La discusión acerca de quién cumplió o dejó de cumplir el juramento bajo el Samán de Güere parece no permitir a ninguno de los conjurados darse cuenta del ridículo implícito en la proposición: «Vamos a jurar como boy scouts en un jamboree».

Lo mismo vale para el hecho de haber escogido el paraje menos auspicioso para la magia empática que ofrece toda la geografía nacional. Chávez, Arias Cárdenas y Urdaneta hablan de la explanada aragüeña donde retoña un hijo del samán original como si el distribuidor de Palo Negro de la Autopista fuese Tenochtitlán, «la región más transparente del aire». Como si Güere fuese la planicie del castillo de Elsinor donde ocurrían las apariciones del padre de Hamlet, príncipe de Dinamarca.

¡Cuánta falta hace ahora el video que habría inmortalizado aquella vela de armas!:

—Bueno, hermanos, vamos a jurar, pues.

—Suelta esa polarcita, Yoel Acosta, que vamos a jurar.

—¿Jurar qué?

—Jurar no dar descanso a nuestro brazo hasta que el último corructo (sic) haya desaparecido de la faz de la tierra. ¿Dónde está Arias Cárdenas?

—Está rezando un trisagio debajo de aquel samán.

—Pero si eso no es un samán, mi llave; eso es un semeruco: ¡Arias, ven acá, chico!

—Bueno, ya estamos todos juntos: juremos.

Se instala una pausa perpleja.

—Dale tú.

—No, dale tú.

—No, dale tú. Es que no sé cómo se juran estas vainas...

—Primero, nos agarramos las manos...

—¿Agarrarnos las manos?

—Oye, Hugo, ¿no podríamos jurar sin agarrarnos de la mano?

—¿Y eso qué tiene, pues? La gente cuando jura se agarra las manos.

—Okey, pero vamos a esperar que termine de pasar esa vieja.

—¿Cual vieja?

—Esa, la recogelatas, la que viene empujando esa carrucha. Está mirando p’acá. No sé. Por más que sea, vale; me da vaina que nos vea así, agarraditos de la mano.

Lo inefable de estos tipos es que de allí salieron a protagonizar una de las intentonas más desternillantemente chapuceras que registre la historia, no digamos militar, sino la historia del astracán y «el teatro de la calle» en el Nuevo Mundo.

IV

Y ya que hablamos de video, en el seno del llamado Frente Militar Institucional el estilo cómico involuntario se manifiesta en grado sumo. Estos generales aspiran a restituirnos la institucionalidad perdida entrando en tratos electorales precisamente con uno de los golpistas que la desquició. Su forma de lucha es el club de video circulante.

Entre los títulos más solicitados estuvo últimamente el video de los comandos cubanos. Con la oferta de esta semana te puedes quedar dos tardes con el video que demuestra el descontento en los cuarteles si lo devuelves antes del sábado.

Lo que nos lleva a otra de las pesadillas del civil en América Latina. Los civiles venezolanos, desde el momento en que «alegamos excepción» para evadir el servicio militar obligatorio, no tenemos puta idea de cómo es la vida cuartelaria y nos las vemos negras cuando toca interpretar el fárrago masónico de los militares, hecho de fintas y señales de ocultismo golpista:

—No hubo desfile en Carabobo, ¿qué estará pasando, caballo? ¿Habrá desfile el 5 de julio?

Lo peor del club de video institucional es que ahora cualquier guardia nacional, prediabético de tanto apiparse de whiskey incautado ilegalmente, y con callos en la garra de aceptar sobornos aduaneros, se quiera hacer pasar por una cruza moral de Antonio José de Sucre y Benito Juárez, con tal de que lo saquen en un video. Los videos del Frente Institucional Militar son la respuesta castrense a ¿Cuánto vale el show? El Club Blockbuster Institucional Militar nos propone que atendamos al capitán de la Guardia Nacional como si se tratase de un video del General Santiago Mariño proclamando la Revolución de las Reformas en 1834.

Pero uno, el civil, por más que mira y mira el video, sólo alcanza a ver a un improbable Oliver Cromwell, gordito y despechado, tartajeando, delatando, amenazando, conminando, invocando a Bolívar y la Patria (¡cuándo no!), quizá y tan sólo porque en vísperas de los ascensos de julio lo dejaron a él por fuera. Como la guayabera.


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