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Sección: Bitblioteca
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Los videos de Montesinos El Nacional, sábado 10 de marzo de 2001 1.En alguna página de una colección de ensayos titulada La estrategia de la ilusión, Umberto Eco observa, hablando del cine y la televisión: «los medios de masas son genealógicos porque toda nueva invención produce imitaciones en cadena, produce una especie de lenguaje común. No tienen memoria porque, una vez generada la cadena de imitaciones, nadie puede recordar quién la empezó y se confunden fácilmente el fundador de la estirpe con el último de los nietos». Tal vez haya sido por eso que después de que, a fines de la década de los 40, Dezi Arnaz y Lucille Ball inventaran la comedia de enredos conyugales, a muy pocos importó ya imitar Yo quiero a Lucy, frenéticamente hasta la náusea, sin recato y sin brillo, aunque sí con muchísimo provecho. Lo mismo puede decirse de literalmente cualquier torcedura gramatical que hayan sufrido los géneros trasmutados por y para la televisión en el último medio siglo. Así, un noticiero se parecerá siempre a otro noticiero y el de CNN será a la vez germen y gemelo de los de la televisión rusa, hondureña, malgache o guineana. Cada innovación naufragará en un mar de facsímiles. Y cada gesto, alguna vez idiosincrásico y original, se verá inmediatamente remedado sin embarazo en todas las pantallas. ¿Quién fue el primer productor de noticiario que ideó esa rúbrica reporteril que consiste en decir su nombre, mentar la ciudad donde se origina el despacho y añadir la sigla de la red que comercializa el noticiario? ¿Lo sabe alguien acaso? Y ya que andamos entre noticiarios, ¿podrá alguien rastrear el origen de esa desenvuelta mímica facial que despliegan las lectoras de noticias, a todas luces encaminada a hacernos pensar que las glamorosas palabreras del horario estelar no están leyendo el teleprompter y que todos sus énfasis, todos sus guiños irónicos, y hasta el comentario que se quiere implícito en su sonrisa, son cosa espontánea, algo que emana de sus cabecitas y que no se compra hecho como los trapos y las prendas que anuncia el generador de caracteres cuando indica dónde se peina y dónde se viste la marisabidilla? ¿Quién fue la primera que miró a lateral de encuadre con expresión severa, buscando el monitor de estudio, luego de decir «fulana de tal está en Miraflores y nos trae el siguiente informe»? ¿Quién dispuso por primera vez que los créditos finales del noticiario discurran mientras los locutores se desentienden ostensiblemente del público y de la cámara y adoptan ese aire de «relax-luego-del-esfuerzo» con que entablan una conversación inaudible al televidente? ¿Quién concibió para ellos esa afectada «soledad en público» mientras se apagan las luces y una cámara adosada a la pluma de una grúa se eleva y delata la rejilla de luces, delata el cableado de las cámaras, delata a los técnicos, siempre mestizos e informales? 2.Sirve la televisión para hacer angioscopias y también como auxiliar robótico en la recolección de rocas en Marte, para grabar el último concierto de Vladimir Horowitz en Moscú en 1989 y para volver a ver La Strada de Fellini, por el canal Film & Arts, pero extrañamente nada de ello alcanza a disipar la calidad bastarda sin genealogía ni memoria de esta ocurrencia electrónica. Una pregunta digna de ser la número 13 en el concurso del doctor Lares podría ser: «¿Quién inventó la televisión?» La respuesta correcta es el relato de una contienda en tribunales en torno a una patente, un sórdido caso que involucra a un oscuro y tímido inventor despojado escandalosamente por la RCA, un cuento con abogados, mucho dinero y sin moraleja que no contribuye a que uno sienta por el inventor de la televisión la misma simpatía y gratitud que el telégrafo, la bombilla incandescente o el teléfono despiertan por Marconi, Edison y Graham Bell. Cuando por fin un arreglo extrajudicial estableció cómo se compartiría la patente ya no se supo muy bien para qué rayos serviría la dichosa invención. Del mismo modo que el cine comenzó siendo una atracción de circo, la tentación primordial fue hacer con la televisión bromas prácticas del tipo «cámara escondida». Pero a diferencia del cine, la televisión no parece haber avanzado mucho más allá de su vocación fisgona. Los hoy muy polémicos programas de «supervivencia» que muestran gente linda y confinada en una isla desierta, quizá no sean sólo una sublimación del hastío de la sociedad capitalista posindustrial, sino un refinamiento del único primitivo uso que se le supo dar a la TV: el de instrumento ideal para espiar al prójimo. Pocos han hecho tanto por rescatar la televisión de su vano estado de inanición formal como el productor peruano Vladimiro Montesinos. 3.Los videos de Montesinos no tienen lo que profesionales llaman broadcast quality y por eso no pueden salir al aire sin un mínimo tratamiento de «posproducción» que los haga inteligibles al gran público. La televisión comercial peruana ha debido «intervenirlos», como suele decirse ahora, y de allí los subtítulos que acompañan el audio original, siempre trastornado por reverberaciones y apagamientos. Pero el hecho de que Montesinos haya preferido siempre el mismo inconmovible emplazamiento de la cámara nos recuerda el talante experimental de La tarea, ese celebrado film de Hermosillo, talentoso cineasta mexicano. Se diría que Montesinos es maestro de una sola cámara en un espacio cerrado, como es fama que lo fue Sidney Lumet al comienzo de su carrera. Antes de verlos llegué a pensar que se trataba de videos en los que Montesinos instigaba a un adversario a cambiar de bando con el argumento de un cheque. Así al menos nos lo mostraron los primeros fragmentos editados y difundidos por la televisión satelital sin el audio original: siempre en el gesto de alargar un cheque a un señor de aspecto respetable. Lo asombroso es descubrir ahora que, por el contrario, se trata de una antología del solicitante, pues los sujetos casi invariablemente van a ofrecérsele al señor Montesinos La posproducción que he mencionado obra de modo sencillo y contundente al yuxtaponer las respuestas que hoy día dan los beneficiados a las grabaciones hechas en su momento por Montesinos y que recogen largas y cordiales conversaciones con el prófugo. El resultado muestra alternativamente los discursos privado y público de los imputados. Y, francamente, hay de todo. Sin buscar muy lejos, está el tipo que, ignorante del video aportado por Montesinos a la misma televisora que lo entrevista, se muestra de una vez ofendidísimo por la sola sugerencia de que hayan podido comprarlo y afirma que a Montesinos lo conoce solamente en el plano protocolar. Otros prefieren la «huida hacia delante» y construyen un especioso relato de sus verdaderos y hasta ahora reservados pero filantrópicos motivos para aceptarle cheques al señor Vladimiro. No falta quien haya dicho que acudió al «despacho-plató» de Montesinos justamente porque estaba investigándolo y quiso ver hasta dónde era capaz de llegar la proterva eminencia gris de Fujimori. Otro, en una salida estupefaciente, propone distinciones bizantinas entre «aceptar un soborno» y ser «víctima de una maliciosa simulación de soborno». Para ser un sonsacador, Montesinos casi no habla, y más bien se limita ocasionalmente a ayudarlos a completar una frase que ha quedado en suspenso, a redondear algún énfasis. Aparte de ser un testimonio (apenas uno más) de la miseria humana, los videos de Montesinos aportan una prueba terminante del poder corruptor de toda hegemonía política en una sociedad. Pero lo descorazonador está en que los videos «intervenidos» de Montesinos se cuentan entre los programas que con mayor regocijo ven hoy por hoy los peruanos del común, quienes gozosamente lo dicen las encuestas se aseguran al verlos de que no haya nadie incorruptible en el entorno. Es como si los videos de Montesinos, en un aplastante ejercicio de perverso igualitarismo moral, los ayudasen a desechar la agobiante exigencia de ser honrados además de pobres. V. S. Naipaul, un escritor que cada año alcanza a estar en la «lista corta» de candidatos al Premio Nobel, y a quien su heterodoxia parece apartar del mismo cada año, nos habla en sus obras de un tipo de cinismo colectivo, muy propio de las sociedades mestizas y descolonizadas como las nuestras Naipaul es anglohindú de origen trinitario, y él sabrá por qué lo dice, un cinismo que él entiende como huella inescapable de quienes nunca aprendimos (y tal vez nunca aprendamos ) a vivir sin sumisión ni tutela y que nos hace éticamente disfuncionales. Reaccionaria y odiosa como puede resultar esa idea, hay algo en ella que tal vez no convenga desechar a la hora de juzgar porqué en los videos de Montesinos no sea precisamente Montesinos quien luzca ser el más corrupto, ni el más ruin y despreciable.
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