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La máquina de ofuscar

El Nacional, sábado 21 de julio de 2001

1

Era previsible que mi entrega de la semana pasada moviera tráfico en el buzón electrónico del odio.

Una corresponsal, autora de unas metáforas que ella pretende aptas para denunciar mis soterrados motivos, se pregunta qué es lo que tengo contra los medios televisivos.

¿Acaso no advierto que son los únicos «que están dando la pelea a la barbarie»? ¿Por qué en esta materia llevo agua al molino de Chávez y los que piensan como él, y para el caso, al molino de tanto crítico «intelectualoide» de la televisión? ¿No me alarma —se pregunta ella— «que cada vez haya en la televisión menos espacios para la crítica y la reflexión»?

Sin entrar a dirimir qué cosa esperar en Venezuela de esa permanente invitación a abrir «espacios para la crítica y la reflexión», me apresuro a compartir, con los lectores que todavía me sean adictos, lo que la quejosa tiene por emblema de «espacio abrierto a la crítica y la reflexión»: nada menos que el desaparecido programa Ni tan tarde.

No; no estoy fraguando un chiste: el indignado e-mail, con todo y broncíneo ejemplo de espacio para la crítica y la reflexión, está en depósito en la carpeta de correos recibidos, a la orden de quienquiera confrontar otro ejemplo de la autocomplacencia de cierta oposición en Venezuela.

En cuanto a lo de «abrir espacios para la crítica y la reflexión», ya la propia expresión va resultando un sospechoso formulismo que significa «espacios para juntarnos todos los que estamos de acuerdo de antemano y donde podamos excluir a los disidentes, sean de allá o sean de acá».

La vocación paradójicamente excluyente de muchas de esas convocatorias a «abrir espacios para la reflexión y la crítica» se deja ver a menudo en la hipócrita desmaña con que se enuncian sus motivos. Dichos enunciados suelen traslucir sin pudores el extremismo recalcitrante de quienes los proponen, sean del bando que sean.

Desde luego, con todo y mis recelos de la televisión, creo que nadie en sus cabales puede estar contra la creación de un clima civilizado, en el que pueda discurrirse sobre la suerte de la República sin temor a verse achicharrado, ya sea por el chavismo maximalista, redentor e inepto, ya sea por cierta oposición, de estirpe «oenegista», que no concibe, ni mucho menos tolera, que alguien prefiera afrontar a Chávez de manera distinta a las suyas.

Pero de algo estoy seguro: no es la televisión el sitio ideal para ese tipo de encuentro.

Y no hablo de la nuestra, exclusivamente. Me refiero a la televisión, simplemente. Ella está al parecer ontológicamente negada para contribuir al esclarecimiento de nada. No hay que ser Pierre Bourdieu para advertirlo. Si la lisura mata, la televisión oscurece.

Ha habido, desde luego, excepciones. Déjenme hablarles de un tipo que considero una de ellas.

2

Se llama Bill Moyers, y alguna vez fue subdirector del Cuerpo de Paz y jefe de prensa de Lyndon Johnson, cuyo trabajo televisivo admiro mucho, desde que dejó la política activa.

Moyers trabajó durante un largo trecho de su vida en la cadena CBS y desde hace ya algún tiempo se desempeña con éxito como productor independiente del sistema público de televisión estadounidense. ¿Qué tipo de televisión produce Bill Moyers? Bueno, Moyers ha estado detrás de series como Un paseo por el siglo XX, El mundo de las ideas y Joseph Campbell y el poder del mito.

Para normar mejor el juicio del lector, considérese, por ejemplo, que Joseph Campbell no es un autor llano y espontáneo, no es en absoluto un autor para las multitudes; su especialidad es el análisis literario y en él ha desplegado, de modo deslumbrante, las técnicas psicoanalíticas. Al respecto, confróntese su legendario El héroe de las mil caras (México: Fondo de Cultura Económica,1972).

Pues bien, con un tema a todas luces escarpado y «cultiparlista» como puede serlo el de los mitos y el psicoanálisis, Moyers logra reconciliarnos con lo que llamaré «usos pacíficos» de la televisión: la suya no es una televisión aburrida, ni mucho menos logra la atención televidente a costa de banalizar un tema frondoso.

Ah, y lo más importante: las series de Bill Moyers no solo no aburren letalmente al televidente, como sí logran hacerlo, por ejemplo, los programas de opinión matutina, sino que suelen alcanzar cotas muy respetables en la medición de audiencia.

¿Por qué invoco aquí la figura y los logros de un musiú llamado Bill Moyers? Por el cochino principio de autoridad, desde luego, y también porque hace pocos años, Moyers habló ante un grupo de estudiantes del Centro de Estudios Avanzados de Cine y Televisión del Instituto Estadounidense de Cinematografía y las cosas que allí dijo suenan pertinentísimas a la hora de juzgar lo que viene ocurriendo en nuestra televisión, en especial en nuestros noticiarios y en los programas que aspiran a «poner en perspectiva» la escapadiza realidad.

3

Las ideas complejas, vale la pena repetirlo, son las únicas que conducen a alguna parte. Se trata de algo que el poeta Henri Michaux expresa mejor que yo: «Aquel que no acepte este mundo no construirá en él casa alguna». Llegado aquí, no resisto la tentación de compartir un par de observaciones ofrecidas por Moyers al foro de estudiantes del American Film Institute: «La tecnología de la televisión lo vuelve todo plano y, al hacerlo, desciende al más bajo común denominador, desprovisto de matices, sutileza, historia y contexto, con lo que se convierte en promotora de consenso, ¡a menudo de cualquier consenso!, casi siempre el más elemental y fascistoide, aunque desde luego, los productores proclamen no intentar imponer este al público».

Y más adelante:

    El finado Samuel Becket formuló una vez esta idea maravillosa: «En la lectura, una voz nos susurra: ¡Imagina!», y usamos la imaginación. Esto no sucede en la televisión, porque no podemos hacer una pausa cuando la imaginación nos llama; hay que seguir adelante porque los productores se encargan por usted del ritmo y la velocidad de la carrera. En la lectura se puede volver atrás; se pueden hacer comparaciones, que es una de las funciones principales de toda inteligencia. Las ideas complejas no se pueden exponer en la televisión comercial actual y ello explica, en gran medida, por qué no resultan bien los debates de ideas políticas y de políticas públicas en este medio».

Y, todavía, un poco más allá:

    Imagine usted que tuviera que expresar su amor con la fórmula de los «tiempos medidos». Sería algo así: «¿Que cómo te amo?», corte y entra el reportero: «Le dijo a continuación nueve formas en que la amaba». Calcule usted cuál sería el efecto de esto sobre el lenguaje del amor. Lo mismo sucede con el lenguaje del gobierno y de la política. Las ideas complejas no se pueden ventilar como es debido en la televisión actual.

4

Por todo eso, y por un montón de razones afines a las del admirado Bill Moyers, es que rechazo la idea de tratar de poner algo en claro sobre la Venezuela actual contrastando Aló, Presidente con la ración de improperios catódicos que ofrece nuestra televisión comercial.

Y todo ello, so capa de hacer «periodismo de investigación», «reportajes de denuncia», o «imparciales programas de interés social», versiones audiovisuales de la carpa de monstruosidades que solían mostrar los circos de la legua, y justificadas del mismo modo que aquellas: con el pretexto «filantrópico» de divulgar «verdades científicas» desplegaban toda una botillería de frascos de formol que alojaban fetos, desechos de la morgue, tumores descomunales, histología morbosa, sazonada con figuras de cera que ilustraban casos criminales famosos, decapitaciones, malformaciones congénitas, lóbulos leprosos.

Todo, desde luego, bajo el «formato» de la «valiente» indagación insobornable de la realidad. La crítica de Moyers se ciñe a las limitaciones de la tecnología y los modos de hacer de la televisión comercial respecto de lo estrictamente cognitivo. No en balde es Moyers un abogado de la televisión pública. Pero ¿qué decir cuando esas limitaciones son estimuladas deliberadamente para perturbar maliciosamente el talante de un país? Imprudente sería mencionar las felizmente honrosas excepciones que acudirían en favor de mi argumento, pero hacerlo las pondría seguramente en el enojoso aprieto de explicar allá adentro «porqué un tipo como Ibsen Martínez dice que tú sí lo haces bien».

Pero me consta que todas ellas, sin excepción, libran día a día un combate, inimaginable por los televidentes, con la inercial estulticia de los ejecutivos.

Cierto: los analistas de mercados advierten una inquietante sobrevaluación del bolívar y una inocultable fuga de capitales. Y el hampa, esa transnacional sin burocracia, sigue batiendo sus macabros récords. Para no hablar de las pancartas que, como sudarios de Christo, el artista conceptual, cuelgan cada vez más profusas de la fachada de nuestras quintas, con el consabido «Se vende».

Pero todo esto ocurre al mismo tiempo que, por ejemplo, Morgan & Stanley mejora nuestra calificación de riesgo, nos abrimos con relativo éxito al negocio del gas y el BID advierte mejorías sensibles en las cifras de desarrollo humano.

No luce al alcance el acuerdo que haga posible que la televisión que tenemos, la privada con tanta más responsabilidad que la del Gobierno, ofrezca sin torcedura estas paradojas y deje a los particulares el trabajo de ponderar cada quien su propio riesgo país, balancear algebraicamente sus ansiedades y sus esperanzas, sus simpatías y sus diferencias.

De ahí lo trágico que resulta el que una nación otorgue tanto crédito como el que, según dicen las encuestas, conceden los venezolanos a esa máquina de obnubilar llamada televisión.


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