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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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Our man in Caracas

El Nacional, sábado 11 de marzo de 2000

Este país de cola de paja —parafraseando a Juan Carlos Onetti— siempre puede soportar otra decepcionante verdad, una revelación escandalosa más. Siempre puede descubrir, por ejemplo, que es cierto lo que muchos chavistas y gente de la «izquierda borbónica» ucevista sospechan. Lo confieso: soy un pinche agente bajo contrato de la CIA. Pero no soy la estrella del equipo, para mi mal.

Contrariamente a lo que supone el imaginario de la izquierda, jamás voy a la embajada americana a ponchar tarjeta. ¡No me invitan ni siquiera a la celebración del 4 de julio!

Debo ser el único tipo en Venezuela a quien Juan Maisto finge no conocer y a quien deliberadamente no saluda con vivas muestras de simpatía si nos topamos por casualidad en algún sitio: es parte de su trabajo y el mío. Lo comprendo perfectamente, John; «no grudge about it».

Mi superior inmediato, el controlador residente de la Caracas Station de la «compañía» (como llamamos familiarmente a la CIA), nunca me ha tragado; me considera una indeseable herencia de su antecesor. Y me lo hace sentir siempre que puede.

Hasta he debido renovar mi visa de turista como cualquier mortal. La única vez que he pisado el compound de la embajada en todos estos años fue sólo para que una funcionaria consular malencarada me preguntara, a través del vidrio de una taquilla, si tenía medios de vida en los Estados Unidos.

Le dije qué sí, que por supuesto, que trabajaba para la cadena Knight-Ridder, para el Miami Herald. Ella me preguntó, capciosamente, la dirección del Miami Herald.

—¿La dirección del Herald? Uh; a ver, ¡ah sí!: «One, Herald Plaza. Biscayne Boulevard. Miami».

Recité también de memoria el número telefónico de la central y añadí: «Pregunte por el señor Castañeda: es el director, él podrá decirle que yo...»

Impertérrita, hizo la llamada. Y algo le dijeron al otro lado que la hizo asentir con la cabeza, con ese gesto burocrático que universalmente significa: «Lo sospechaba». Y despiadadamente me negó la visa.

Fue así como me enteré de que también me habían despedido del Miami Herald. Debo ser el único informante local bajo contrato de la CIA en todo el puñetero Tercer Mundo a quien los gringos le han negado la visa.

Con todo, la semana pasada, justo antes de Carnaval, recibí orden de presentarme inmediatamente en el cuartel general de la CIA, en Langley, Virginia.

El mensaje me llegó a través de un miembro de la red local del residente: un carupanero que tiene un taller mecánico en Catia, muy cerca de la estación de Plaza Sucre.

Es rutina, así lo hacemos cada cierto tiempo: yo llevo el viejo todoterreno «4X4» y, mientras él recambia el filtro del aceite y entona la inyección, me transmite mis órdenes, de viva voz, según una jerga cifrada.

Eso, siempre y cuando haya instrucciones para mí. Para cubrir las apariencias —somos espías, recuerden—, todo debe hacerse como si en verdad yo fuese un cliente y él en verdad fuese mi mecánico, mi idiosincrático victimario. Inevitablemente él encuentra que hay que «tumbar la caja» y otras cirugías mayores.

No gozo de descuento ni de trato especial por ser de agente de la CIA. Y el hijo de mala madre «se afinca» a la hora de la factura como si yo fuese cualquier hijo de vecino.

Esta vez anduvo misterioso. Nada más verme llegar hizo el gesto clásico de «salgamos fuera»: me convidó a una empanada de cazón en la taguara de un paisano suyo, muy cerca de allí.

Dentro de la segunda empanada de cazón había un microchip que mastiqué y deglutí sin darme cuenta y arruiné por completo el mensaje.

—¡Virgen zantíziima! —exclamó el vendedor de empanadas, obviamente otro de los hombres del residente de la Caracas Station—. ¡Ze acaba de tragar la viza americana «con tó y picante», compay!

Tuve que volver al día siguiente por otra visa de cazón que guardé cuidadosamente en el bolsillo y que traje a casa.

El pasaporte, visado bajo nombre supuesto, era un microscópico chip de silicona expandible, oculto en la masa de la empanada. Un chip del tipo «solamente agregue agua y coloque en el microondas».

En la empanada, además del pasaporte visado, venía un mensaje cifrado que rezaba: «Fling your red scarf faster and faster, dancer».

Le apliqué el escáner decodificador y cuando pude leerlo se me heló la sangre: el mensaje preacordado era un verso de Carl Sandburg, el gran poeta nativo de Chicago. En este contexto, el verso significaba: «¿Qué clase de comemierda tú eres? ¡Ven inmediatamente! Harvey». Harvey es el criptónimo de mi superior más superior en Langley, Virginia.

Harvey se acostumbró a llamar «comemierda» a todo el mundo cuando organizaba equipos de comando anticastristas, en los pantanos Everglades, en 1961.

Los agentes bajo contrato no estamos supuestos a ir al cuartel general de Langley, Virginia.

A propósito, ¿qué tal ese espécimen de espánglish? Puse lo de «no estamos supuestos» para acentuar la atmósfera aculturada y pitiyanqui de esta crónica.

Llegué a Nueva York a tiempo de hacer una conexión que me llevó a Augusta, Georgia, donde toma lugar al abierto de golf de Augusta, Georgia.

Mi «leyenda real», como lo llamamos los del oficio, la engañifa que enmascaraba mi identidad y mis propósitos, el pretexto formal de mi viaje a Augusta era participar, justamente, en el abierto de golf.

Para caracterizarme mejor, llevé uno palos de golf prestados, que otrora fueron de «Manny» Trillo, el notable ex segunda base de los Phillies de Filadelfia y que Carlos Moreán compró en una subasta benéfica. Se suponía que en algún momento «alguien» tomaría contacto conmigo.

Estuve deambulando sin rumbo ni propósito por todo el campo de golf de Augusta. Me mezclé entre el publico, tomé un par de Bombay Sapphire Dry Martinis en el bar del hoyo 19 ¡y nada!

Al final, me inscribí en la lista de los insulsos que practican en el shooting range. El caddy filipino de apenas 5 pies 1 pulgada que me asignaron me dijo de pronto:

—¿Porqué tratas tan mal a «la contra» en tus artículos? ¿Porqué esa saña obsesiva con Diego Bautista Urbaneja? Son celos, ¿verdad? En el fondo tú también estabas enamorado de Irene Sáez, ¿no es cierto?

Reconocí esa voz: ¡Era mi jefe!; un verdadero mago para los disfraces. Me quedé de una pieza.

—Sigue practicando, idiota —dijo el caddy filipino colocando otra Dunlop de titanio en el tee.

—Y esta vez usa el #4.

¡Era «Harvey»! Era el legendario James H. Prendergast III, la eminencia gris de Bahía de Cochinos, el hombre que organizó el apoyo aéreo a la brigada de exilados cubanos en Playa Girón, el mismo que informó a Washington que el ayatolá Jomeini era un inofensivo viejo loco que vivía en las afueras de París y que el Sha de Irán era inderrocable. El que predijo que Somoza podía manejar él solo la insurrección del 78, y que luego vaticinó que Edén Pastora desplazaría a Daniel Ortega en el mando del Frente Sandinista, que Saddam Hussein era un aliado inconmovible de Estados Unidos en el Medio Oriente.

El mismo que vaticinó que Salas Römer ganaría las elecciones en Venezuela en el 98 con una avalancha de votos.

Durante los siguientes veinticinco minutos, recorrimos el campo a bordo de un carrito con motor de dos caballos. Dos matones de «Acciones Especiales» viajaban disimuladamente detrás nuestro, en otro carrito de dos caballos. A prudente distancia y con el rostro oculto tras sendas caretas con la facciones de Tiger Woods.

Harvey estaba descontento, muy descontento en verdad, con mis informes acerca del «proceso» venezolano. Decía que eran iguales a mis artículos de opinión:

—A veces suenan como si los hubiera escrito Aníbal Romero. Y otras como si te los dictara el mismísimo William Lara. Una veces como si fueras Emeterio Gómez o Carlos Raúl Hernández, y otras como si en lugar de sesos te hubieran colocado la tomografía cerebral de Guillermo García Ponce.

Yo no podía aceptar ese trato. De nadie, ni siquiera de una leyenda como James H Prendergast III. Tuve un arresto desafiante:

—¿Porqué entonces no contrata a Aníbal Romero? ¿Porqué no a William Lara?

Su repuesta fue un vigoroso jab, directo a la quijada, que me desmontó del carrito de golf.

Los dos Tiger Woods corrieron a alzarme y, de paso, me aplicaron una llave inmovilizadora. Harvey se encaró conmigo.

—Yo haré las preguntas mientras estés aquí, you schmuck. ¡Suéltenlo! Dame tu credencial.

¿Qué podía hacer? Le di mi credencial.

—También la tarjeta de la Seguridad Social.

No tuve más remedio: le di todas mis tarjetas.

—¿Estoy despedido? —pregunté entonces, con una sonrisa desdeñosa.

—Estás bajo arresto, idiota —me dijo, devolviéndome la tarjeta de afiliado a Blockbuster.

—¿Bajo arresto? ¿Por qué?

—En realidad no me sorprende demasiado: Jesucristo era el mismísimo Dios todopoderoso hecho hombre y hasta él tuvo un agente doble entre sus apóstoles. Pero está claro que nunca debí dejar que almorzaras en Cancillería con José Vicente Rangel: te lavaron el cerebro, muchacho. Es hora de llevarlo a la lavandería.

Por fin lo comprendía todo: me esperaba una sesión de debriefing. Un largo interrogatorio acerca de mis pareceres y mis opiniones en torno al proceso venezolano que contaré a mis lectores si vivo lo bastante, si logro escapar y encuentro el modo de hacerle llegar a El Nacional la próxima entrega de esta serie.

To be continued...


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