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Carta abierta a Reina Lucero

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 31 de julio de 1999

Respetada señora: La verdad no ofende ni teme: no tengo un solo disco suyo en casa. Y es lástima, porque soy tremendo melómano, como pueden atestiguar mis vecinos.

Trabajo y huelgo oyendo música. Y soy melómano omnívoro: en cualquiera de mis jornadas, mis pobres vecinos igual se «calan» a Paul Hindemith, que a Coleman Hawkins, pasando a veces por Manny Oquendo o los danzones de «Arcaño y sus maravillas».

No he tenido el gusto de conocerla personalmente, pero me consta que su fama la precede más allá del confín nacional. Una vez, no hace mucho, me ocurrió hallarme en Villavicencio, en el lado colombiano de nuestras vidas, y desde donde en noches claras se columbran las luces de San Fernando de Apure. Pude apreciar lo mucho que allí se escuchan sus canciones y cuánto la requieren como artista. Claro, no en balde hubo un tiempo en que los llanos altos de Casanare y los nuestros eran la misma cosa.

En ese país prodigiosamente radiofónico que es Colombia, se la promociona a usted con un apelativo cariñoso que no repetiré, sólo para mortificar a los «pundits», que últimamente andan muy desconcertados, y obligarlos a averiguarlo. Algo aprenderían sobre Venezuela y lo que acaba de pasarles, ¿no le parece?

Tampoco voté por usted, Reina; ésa es otra verdad que espero no la hiera ni tome a mal. En la circunscripción nacional, voté sin titubeos por el doctor Allan Randolph Brewer-Carías, y por el candidato # 34, doctor Gustavo Linares Benzo, dos caballeros que recomiendo a usted sin la menor reserva, ahora que usted y Randy van a trabajar juntos.

Ambos fueron los tories de mi chuleta «cruzada», porque son gente de fiar, muy averiguada y estudiosa; tipos intelectualmente probos. Para compensar, en la columna whig de mi chuleta, estaba el doctor Escarrá Malavé —la «boa constrictor», como lo llaman sus detractores, que no dejan por ello de admirar su estilo impertérrito e inexorable de argumentar—. También el profesor Aristóbulo Istúriz, por razones de moral y luces que no necesito elucidar.

Me atrevo a escribirle, Reina, de pura solidaria «arrechera», y me perdona el lenguaje, porque algunos dolientes del «esplendor republicano» que se inauguró en enero del 58, gente que al parecer tenía identificados varios Licurgos y Pericles, a Thomas Jefferson y a Benjamin Constant en la Gaceta Electoral, la «tienen cogida» con usted y la escarnecen como ejemplo de la incuria que, según anticipan, hará de la Constituyente no sólo una nueva frustración, sino un espectáculo bochornoso.

Esa descalificación ni es arbitraria ni es casual: son el secular miedo y el añejo asco por el pueblo. Una reacción tan miserable ante la derrota que, en el cuarenta y cinco tampoco se animó sino a esto mismo que hace ahora: chistecitos a costa de los «pata en el suelo»; alarmada duda sobre su competencia.

Tienen la misma estirpe supremacista que descaminó a la clase política y los llevó a subestimar a Chávez por ser indio. Pero son sólo pretensiones, porque en este país el linaje podrá rastrearse hasta muy lejos en algunos casos, pero sólo hasta el primer encomendero; rara vez hasta a Carlomagno. Hay demasiada blanco «con la encía morada», solía decir Job Pim con regocijo inigualable. Pero como es de todos sabido, Venezuela no es racista, y nadie va admitirlo.

El reparo que le hacen a usted, entonces, es el de su presunta incompetencia como constituyentista, y la razón que dan de ella es que no es usted experta en Derecho Administrativo Comparado, sino cantante. ¡Y de música criolla!

Confieso que me pareció excesivo que usted se describiera a sí misma en la Gaceta Electoral como «experta en folclor». Hay algo en esa afirmación que, sin ser improbidad, al menos resulta hiperbólico.

Pero no es menos cierto que la única experta en folclor venezolano que en mi vida he conocido era ¡argentina!, de apellido centroeuropeo e impracticablemente antipática. Presumo que el terreno es aún tan virgen e inexplorado que ha requerido sus Rosemblats de la quirpa y el seis «numerao».

Bien visto, es algo que dice mucho de este país, sobre todo contrastado con el hecho de que las pocas disqueras venezolanas independientes, las más vendedoras, las más exitosas, las que son un verdadero caso de estudio para Venezuela Competitiva, son sólo cuatro, y todas difunden música llanera.

Pero volvamos a lo de la incuria jurídica, la nuez de lo que alarma a muchos de mis amigos: «¡hazme el favor, Ibsen, déjate de vainas: no es más que una cantante de joropos!» Me pregunto que dirían de ella si la admirable Margot Parés Reyna, otra venezolana de excepción, por quien yo habría votado sin melindres, se hubiese postulado y hubiese ganado un puesto en la asamblea. Dirían que Verdi, Donizetti, Mascagni, y sobre todo Leoncavallo son escuelas de vida.

Al respecto, y para no ir muy lejos en procura de luces, el doctor Brewer-Carías ha declarado —lo vi en televisión— que no está escrito en ninguna parte que sea preciso ser un Oliver Wendell Holmes para participar en esta constituyente.

Locke —he hecho mis lecturas, no vaya usted a creer— sólo exige que se trate de un cuerpo de ciudadanos representativos y dispuestos a acordar qué cosas no han de ofrecerse al vaivén de lo contingente, qué cosas van a quedar, ojalá para siempre, al margen del debate partisano.

Con la misma lógica que descalifica a una cantante de música criolla por el solo hecho de serlo, puede uno preguntar qué rayos puede aportar un economista, por el mero hecho de serlo, al diseño de una constitución. ¿El diamante de Porter? ¿Las insostenibles pamplinas utilitaristas que escriben sus paladines intelectuales? «No son más que economistas», podría uno decir con la misma excluyente fiereza con que denigran de usted.

Para no hablar de los titulados venales. La lista del Polo Patriótico (y hablo de los ya electos a la asamblea), está —y todo hay que decirlo, querida amiga— trufada de deshonestidades intelectuales «en paltó y corbata», de «académicos» del tres al cuarto, de gente que se jubila de las universidades luego de un cuarto de siglo sin haber pasado de ser instructores contratados, de charlatanes sin obra conocida, de exudados del viejo parlamentarismo; en fin, de insuficiencias basales que cogen cola oportunista en el aluvión.

¡Ah, pero es a Reina Lucero a quien hay que menospreciar! A una persona que una vez que termine la Constituyente, no importa cuál sea su desempeño, siempre podrá volver a su oficio o arte —Dylan Thomas no hacía diferencia entre uno y otro— con dignidad y provecho.

¿Puede decirse lo mismo de ese vagón de pretendidos historiadores, de abogados sin musculatura para hacer siquiera de picapleitos con mediana destreza que se ha colado en el hegemónico tren del Polo Patriótico?

Pero no hay que dejarse espantar por esas insuficiencias, tan evocadoras del año 47. Si uno se toma la molestia de echar un vistazo a la nómina de la constituyente de aquel año, encontrará allí toda una escuadra de adecos «bates quebrados», muy parecida a la del Polo Patriótico de hogaño, y cuya única función fue alzar la mano. ¿Qué decir de esa figura inapiadablemente estalinista que fue Luis Alfaro Ucero?

La senadora Gamus y el editor Poleo hicieron, en el fragor de la campaña electoral, más de un esbozo de biografía intelectual del buen primitivo que no pasó del primer grado. Y argüían, con razón, que en ninguna universidad enseñan a ser presidente. Hablaban de la capacidad de trabajo, de la intuición, de la compenetración con los problemas nacionales, de la ciencia infusa que dizque tenía el Adeco Mayor por el solo hecho de venir de abajo. También hay que anotar que al final trataron a su admirado buen salvaje con bastante desparpajo, por decir lo menos, y lo cambiaron por un doctor de ojos azules con posgrado en Princeton.

No quiero terminar sin contarle una vainita que quizá la anime a no dejarse ningunear por los «estudiaos». La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos fue fundada en 1800, en principio para servir de apoyo documental para al trabajo parlamentario. Rebasó con creces esa función y hoy alberga 19.000.000 de volúmenes, 5.600 de los cuales fueron impresos antes de 1501, y ofrece al investigador más de 33.000.000 de manuscritos originales.

Nuestra Biblioteca Nacional, un organismo al que hay que acreditar mucho mérito, porque no todo ha sido ladronismo en estos 40 años, quiso ofrecer el mismo servicio a los diputados y senadores del antiguo régimen.

En consecuencia, abrió una oficina «de asistencia al parlamentario», con eficientes referencistas puestos a su exclusiva disposición. No tenían sino que cruzar la calle, porque estaba en la vieja sede de la Biblioteca, en el Palacio de las Academias.

¿Dónde cree Ud. que iban los jefes de fracción a sabanear a los diputados ausentistas cada vez que algún «guiso» los obligaba a hacer quorum? ¿A la Biblioteca Nacional? Jamás iban; nunca fueron ni a pedir prestado un clip. Hubo que cerrar la sección...

Hasta aquí, Reina, esta bagatela que quiere servir de desagravio y mostrar mi simpatía. Y la confianza en que no será usted una borreguil «levanta brazos», que sabrá normar su propio juicio, con humildad y con autonomía.

Suyo, amigo y compatriota,

El Carrao del Prado de María



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