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Zapata según Chávez
El Nacional, domingo 29 de octubre de 2000 He aguardado una semana a la espera de alguna señal que me hiciese pensar que Pedro León Zapata significa algo valioso para los intelectuales y creadores venezolanos. Lo suficientemente valioso como para no ignorar el trato que el presidente Chávez le dispensara en su entrega televisiva del viernes 20 de octubre. Pero, al parecer, la inefable comunidad de los abajo firmantes sólo tiene ojos y oídos para el pugilato que protagonizan, por una parte, un profesor de literatura que aspira a que le entreguen Monte Ávila Editores y así poder dedicarla a publicar los ejercicios narrativos de sus acólitos, y acaso también los suyos propios. En la otra esquina está otro profesor de literatura, actualmente al frente de la editorial del Estado. Para refutar las insidias del profesor aspirante al cargo, el profesor al frente de la editorial del Estado, luego de delatar la delicia de que la última novela del otro profesor fue publicada, mediando su generosa discrecionalidad, como último recurso para quitarse de encima a un solicitante pertinaz e importuno, escribe un artículo que se deja leer como un «informe a la asamblea de accionistas» y que lo muestra candidato al ejecutivo del año. Si son ciertos todo ese extraordinario desempeño editorial y toda esa pasmosa rentabilidad de una editora estatal venezolana, entonces McGraw-Hill debería contratar al profesor Márquez Rodríguez y hacerlo a un tiempo vicepresidente editorial, de finanzas y de mercadeo para Suramérica y el área del Caribe. A su vez, el profesor aspirante, en un arrebato que deja ver el «desinterés» con que hace sus reparos a la gerencia de Monte Ávila, publica otro artículo en el que llega al extremo de exclamar, en plan de «acuseta», una destemplanza servil con la que el impaciente aspira ganar el favor del máximo líder: «¿Van a seguir tratando de engañar al presidente Chávez?». Esto, por lo que atañe a los intelectuales «progresistas». Otra hablilla consume a los intelectuales de «la contra», los que adversan a Chávez: el despido de un amigo mío, antiguo funcionario de la cancillería quien, al ejercer su oficio de crítico de arte, hizo objeciones de orden estético ¡atención!: también de carácter político, a una exposición auspiciada por el país anfitrión de la cumbre de la OPEP. Al parecer, mi amigo aspiraba, después de eso, a conservar el cargo. ( Lo llamo amigo pues probadamente lo ha sido, y espero siga siéndolo, a pesar de la diferencia que aquí expreso). «¡Caza de brujas!, ¡Gulag!, ¡totalitarismo!», grita la contra, sin parar mientes en que un elemental sentido de la realidad debió haber ayudado al ex funcionario a decidir en qué momento dejar voluntariamente de ser agente de la política exterior del presidente Chávez. Entre otras cosas, así habría podido libremente desfogar su justificadísimo escándalo estético ante una exposición que incluía un arrebolado retrato del controvertido jefe de gobierno iraquí. Se me ocurre que el momento mismo en que, hace casi seis meses, el presidente Chávez anunció su propósito de invitar a Saddam Hussein y a Muammar Khadaffi, habría sido perfecto. Era el momento justo de presentar su renuncia por razones de incompatibilidad fundamental con la orientación de la política exterior de Chávez. De haberlo hecho oportunamente habría conjurado la ocasión que hoy tiene mucha gente de juzgar esta madre de las bataholas como un show en el que mi amigo toma para sí el improbable papel del «perseguido político». Enfrascados los intelectuales y creadores venezolanos en asuntos de tanta entidad como los que vengo comentando, y a pesar de haber sido la que termina una semana aturdida por la agitación sindical y por la visita de Estado que nos dispensa el jefe de gobierno cubano, no quisiera que terminase sin consignar mi personal desagravio a Pedro León Zapata, así pasemos él y yo inadvertidos. Como se sabe, el viernes pasado el presidente Chávez dedicó un buen rato de su acostumbrado programa a hacer consideraciones en torno al debate planteado por las reglas de terreno que han de regir la postulación de candidatos a suplir los cargos del Poder Ciudadano. Como derivación de ello, se ocupó de los medios de comunicación, de sus propietarios y de la SIP. Al tiempo que desgranó argumentos a favor de sus posiciones, increpó, con la llaneza que lo caracteriza, a Miguel Henrique Otero y escarneció el acento gringo de su compatriota Andrés Mata Osorio.
«Aclárame esto, Zapata: ¿tú piensas así, o te pagan para que opines así?»; tal es la abrasiva intimación presidencial que merecieron la caricatura y su autor. Al punto, todos quienes de ordinario expresamos en los medios de prensa nuestra opinión, en la creencia de que se presume que ella es nuestra y sólo nuestra, debimos haber erguido nuestras orejitas. Primordialmente, porque lo que motivó el violento comentario del Presidente fue la opinión de un hombre cuya jovialidad, incisiva elegancia expresiva e inefable piedad ante la imperfección ajena, le han permitido padecer medio siglo de gobiernos venezolanos sin agriarse ni transitivamente agriarnos con la obra que a diario nos ofrece. Conozco por dentro (¡y demasiado bien!) los medios radioeléctricos venezolanos como para no escandalizarme con las «cadenas» presidenciales: no las encuentro ni ilegítimas ni desproporcionadas. Con esto sólo pretendo decir que la asertividad con que el Presidente ha «atacado los rollings», afrontando los ataques de todo tipo de que ha sido objeto desde que apenas despuntaba en las encuestas electorales, no es cosa que, en sí misma, entrañe para mí una tentación totalitaria. Pero dicen en el llano que somos también hijos de todo lo que decimos: presumir que una opinión adversa ha de ser siempre una «opinión mercenaria», es postular sin rodeos la negación del espíritu democrático. Y es, por lo demás, inconsistente con la afirmación que con frecuencia hace el presidente: « Bienvenida sea la crítica; bienvenido el debate». Zapata está ya grandecito y nos consta que sabe «taparse las puntas» él solo, pero yo no he querido dejar pasar la ocasión de ayudar la memoria de quienes, diciéndose intelectuales y hombres de ideas, no han tenido nada que decir ante este lamentable episodio. Sabido es que la posmodernidad mediática suele obrar el prodigio de que se tome por intelectuales a quienes no son más que celebridades. Y aunque él no quiera para sí el cognomento de «intelectual», como ha expresado en una reciente entrevista radial, quiero aquí proclamar que, pese a su rutilancia «mediática», Zapata para mí siempre ha sido uno de los más severos intelectuales que la fortuna haya podido entregarnos como nación. En sus casi cuatro décadas de caricaturas resplandecen los atributos más cabales y respetables del intelectual probo: una independencia absoluta respecto del poder, una crítica permanente de las ideas manidas, y un talante demoledor de los dilemas simplistas con que los poderes (políticos y de los otros) tratan siempre de descaminarnos para mejor someternos. El portento está en que esos atributos amanecen todos los días en la diafanidad de unos pocos trazos y una breve y punzante leyenda. Este artículo aspira a inducir en usted, presidente Chávez, la idea de que ofrecerle excusas en «Aló, Presidente» a Zapata por haber sugerido que es un «palangrista» no disminuiría en nada el predicamento de que goza, no solamente entre las masas venezolanas, sino entre muchos hombres y mujeres de ideas (ideas de las llamadas «progresistas») que a un tiempo admiran a Zapata y ven con simpatía su gobierno. Me apresuro a asegurarle que Zapata no me ha pagado un centavo para escribirlo. Desde luego, usted puede muy bien desechar la invitación que aquí le hago sin malicia alguna de mi parte, pero seguramente al precio de ser recordado, entre otros superlativos, como el único jefe de estado venezolano a quien de tal modo sacó de quicio una caricatura de Zapata que llegó a decir de él lo que quiero todavía creer fue un despropósito. Despropósito, por cierto, perfectamente exorcizable con muchísimas menos palabras de las que fueron necesarias para proferirlo.
Entrevista de Pedro León Zapata sobre el tema |
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