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Los intelectuales y los privilegios de la libertad... Caracas, 15 de diciembre, 2002 Intelectuales con el paro [miércoles 11 de diciembre de 2002]
El rol de escritor no está libre de tareas difíciles. Por definición, no puede estar al servicio hoy en día de los que hacen la historia; está al servicio de los que la sufren. De otra manera se quedaría solo y sin su arte. Ni todos los ejércitos de la tiranía con sus millones de hombres podrían liberarlo de su aislamiento, aun y si particularmente, anduviese a su mismo paso. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a la humillación en el otro extremo del mundo, es suficiente para sacar al escritor de su exilio, al menos cuando en medio de los privilegios de la libertad, se las arregla para no olvidar ese silencio, y transmitirlo para que resuene a través de su arte. Nos permitimos, con toda la modestia del caso, hacer nuestro este papel y lo extendemos, respetuosamente, al del intelectual y al del artista en nuestra sociedad venezolana de hoy. Aspiramos también a que todos seamos en las presentes circunstancias, con humildad, dignos de él. Es a partir de esta meditación de Camus que nos dolemos profundamente cuando vemos un grupo importante de nuestros intelectuales y artistas alzar voces desde la confusión o el desaliento. Deseamos fervientemente que estén equivocados de buena fe y que logren sortear las dudas y salir de los errores que nos acosan a todos, y que pueden oscurecer nuestras conciencias en los difíciles momentos que vivimos. Pero resulta difícil pensar que en las lúcidas mentes de aquellos cuyas obras hemos leído, escuchado y visto y que nos han formado, no solo resida sino que pase a ocupar la totalidad de sus conciencias esa parte de nosotros mismos que Carl Jung llamó «sombra» y que en una entrevista concedida a John Freeman definió como «aquello que no queremos ser». Pienso que una meditación apropiada para este difícil momento que vivimos los venezolanos, es una «meditación negativa», justamente, la meditación sobre nuestra sombra y sobre «lo que no queremos ser». No queremos ser, por ejemplo, excluyentes, queremos ser abiertos y dar espacio a todos los que consideramos que piensan «diferente» y esto nos indica que debemos seguir un principio de pluralidad. No queremos ser, de ninguna manera, descalificadores, ni hacer listas negras, ni pensar que la solución a nuestras aspiraciones y deseos más que legítimos sean juicios sumarios a los que se nos oponen o adversan en cualquier campo de actividad o pensamiento. No queremos ser, para nada, arbitrarios y mentirosos y asignar falsos sentidos y significados a palabras y hechos que resultan transparentes a cualquier mirada libre. No queremos y no podemos ser oportunistas sin compromiso, únicamente pensando y actuando en función de nuestros intereses más inmediatos. No queremos ser indiferentes a nuestra propia culpa y a nuestra propia conciencia, pues nuestra cuota de responsabilidad en lo que nos sucede es tan real como la de quienes nos adversan y como las de aquellos a quienes adversamos. En otras palabras, juguemos limpio. Juguemos un juego digno de intelectuales y de artistas, de hombres y mujeres de ideas, palabras, imágenes y sentidos. Para nosotros, los de la cultura así como para la «gente de la cultura», tal vez se trate sólo de eso: de ser capaces de jugar limpio en estos momentos decisivos. Si fuésemos capaces de actuar desde un corazón limpio y con una intencionalidad correcta, nos evitaríamos a nosotros mismos y seguramente también a un buen número de compatriotas, males nada difíciles de prever, pues los hemos visto en circunstancias muy cercanas, tales como Chile, Nicaragua, España, etc. Mostrar nuestros dientes antes de la pelea verdadera y gruñir con todos nuestros pulmones y gargantas tal vez nos haga sentir muy valientes, pero no se trata de una lucha territorial entre mandriles. Lo que nos ocupa es una disputa que debemos mantener en el lugar que nos ha correspondido ocupar en nuestra sociedad venezolana de hoy, el de la cultura, señores. Nada más y nada menos. Estoy segura de que la historia no nos absolverá, y no está demás recordar que «hay una sola ley en la historia y esa ley es ¡ay de los vencidos»! * No me cabe la menor duda de que, si seguimos como vamos, abismo abajo, la cultura será vencida. Tal vez en otros compatriotas se pueda comprender y perdonar la indiferencia, el oportunismo, la arbitrariedad y la mentira, la descalificación y la exclusión, pero no en los hombres y mujeres de la cultura, no en nuestros escritores y escritoras, artistas de todos los medios y disciplinas, gente del pensamiento, del sentido, las ideas, la imagen y la palabra. Lo que el país está reclamando en estos momentos, por encima de todo, es mesura; distancia frente a las identificaciones fáciles y el pensamiento único, antes hablábamos de pensamiento-masa en medio de la veloz caída y antes de la llegada del Ángel Exterminador con su flamígera espada, porque como la vida y la historia no tienen sentido sino retrospectivamente, es esa posibilidad de futuro para el encuentro con el sentido, la que estamos obligados a garantizar, esa es nuestra principal misión. Todos, no un solo bando, porque hasta ahora seguimos sin salir de nuestros respectivos exilios, unos más dorados que otros, pero exilios al fin, exilados de nuestras propias conciencias y de la del colectivo. Escuchemos entonces nuestras propias palabras, no solo las del otro, y nos sorprenderemos de lo que, muchas veces, somos capaces de decir, escribir, ver e imaginar. Nota* Guy Débord. Manifiesto Situacionista, Paris, Mayo, 1968. |
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