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Atanasio Alegre: extranjero imperfecto

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

Nuevo Mundo Israelita. Caracas, febrero 1999

Con la enérgica voz del cantaor español, este hombre es capaz de pasearse por todos los temas habidos y por haber. Tan es así, que la comunidad judía venezolana lo ha ganado para muchas de sus faenas reflexivas, concediéndole no pocas veces la responsabilidad de cargar las llaves de la ciudad del conocimiento y los encuentros. En estos días su nombre vuelve a la palestra con la publicación del libro El ojo del mundo no está en su sitio.

Sentado en la punta de una larga mesa de comedor, Atanasio Alegre no puede hablar sino es rayando una libreta. Pareciera que el pensamiento necesitara acompañarse de un alfabeto de garabatos y letras que expliquen la precisa gramática de los nombres que ciñen su discurso. Pero no se trata de un pretencioso erudito. El caballero de tan cantarín acento e hidalga figura, es escritor, filósofo, psicólogo, políglota obsesivo y sobre todo, un maestro.

Pertenece a esa extraviada raza de intelectuales que no temen compartir sus ideas, traducidas a la llana jerga de los mortales. Bien puede pasarse semanas sumergido en el profundo silencio del mundo universitario berlinés, o entablar una improvisada conversación con su vecino de asiento en el vagón que lo conduce al bullicio caraqueño. Sabe leer con igual gozo una entramada argumentación epistemológica y una novela de esas que arrancan lágrimas.

Sin miramientos, hace honor a su apellido. «Al menos interiormente soy alegre. No sufro de apreturas del corazón. Creo que comunico a la gente y la hago sentirse cómoda conmigo, satisfecha de lo que es, porque me gusta reconocer las virtudes de los demás, pero sin exagerar».

Nacido en 1930 en la castellana León —tierra del valiente Mío Cid—, supo de Venezuela cuando contaba 19 años, edad en la que ganó un premio con su primer artículo y vislumbró la posibilidad de permanecer en las aguas de la escritura. El nombre de esta Tierra de Gracia retumbó en sus oídos a través de una obra de Alfonso Paso, un dramaturgo de la época de Jardiel Poncela, en la que se hablaba de un conde venezolano. De ahí pasó a leer unos versos de Vicente Gerbasi que aún no olvida: «es como una flauta sonando en lo hondo de un valle extenso y profundo».

Cuando las circunstancias lo hicieron buscar horizontes, primero en Jamaica y luego en Venezuela, su memoria había trazado ya la secreta cartografía del afecto: «Buscaba simplemente un sitio donde pudiera vivir y trabajar. No es que quisiera salir de España, es que no había otra posibilidad en aquel momento de conseguir un trabajo con una carrera de filósofo. La idea de venir a Venezuela me gustó y este ha sido un país generoso, me ha brindado oportunidades. Pero uno no puede hacerse latinoamericano. Hay aquí una complejidad cultural que no se alcanza jamás.Venezuela es un país que no quiere salir de la adolescencia, por eso en ella todo es posible. No hay horizontes que se cierren ni imposiciones que nos impidan ser infinitas cosas. Eso es parte del desbordamiento que significa América Latina para cualquier individuo sometido a una disciplina en Europa «.

Striptease de un pensador

En tierra natal lo consideraban un parnasiano, término que aún le produce risa. «Eso de escribir y publicar para mi no existía. Yo me creía un poeta porque entendía la poesía y la conocía muy bien.Y con eso me conformaba. Pertenecía yo a la retaguardia de la literatura que se escribía en España en aquellos años cincuenta. Inicialmente hubiera querido estudiar matemática, pero era un carrera que absorbía mucho. No había letras y tuve que estudiar una filosofía sospechosa porque todo los buenos profesores habían emigrado y España estaba muy cerrada sobre sí misma. La cátedra de Ortega y Gasset, por ejemplo, la tenía un escolástico, nada más lejos del vitalismo de Ortega. Eran años muy recortados en lo económico. Como medio de sobrevivencia aprendí algunos idiomas que me sirvieron para fungir como traductor en agencias de noticias».

Por esas convulsas circunstancias que no le permitieron profundizar en la filosofía como Dios manda, se volcó sobre la psicología, decisión en la que pesó un curso que tomara en París con el afamado Merleau Ponty, cuyas doctrinas existenciales sobre la percepción calzaron con sus indagaciones y su propia literatura. Años después, con estudios de tercero y cuarto nivel en psicología —incluyendo doctorado— hechos en Venezuela y una práctica clínica afamada, todo se mezclaría, dando lugar a un hombre casi renacentista, probo y diestro en la palabra que todo lo abraza. «La psicología clínica me enamoró, la ejercí por muchos años y hay gente que todavía me busca para tratamiento de depresiones, en lo que me especialicé. Pero me decepcioné un poco cuando se comenzó a descubrir que todo lo que se creía emocional tenía bases físico-químicas y cerebrales, y para lo que se necesitaba ser mucho más mecanicista».

Paralelamente a sus inmersiones intelectuales —tras haber sido profesor de matemáticas e inglés en bachillerato y haber sufrido las inclemencias de un proceso de revalidación— Atanasio Alegre desempeñó importantes cargos en el ámbito docente y administrativo universitario nacional, llegando a ser director de cultura de la Universidad Central de Venezuela. Con la categoría de profesor titular se jubiló en febrero de 1991. «He estado en un mundo muy árido, de congresos, conferencias, de conflictos universitarios, de leer paja. Es terrible. La escritura ha sido una salvación. En estos últimos tiempos he podido dedicarme a mis cosas. Estoy hasta diez horas frente al computador, con salidas muy esporádicas. Soy un avaro del tiempo, lo dedico a mi propia creación porque tengo una edad en la que cualquier día vivido es un día regalado».

Judío de corazón

No extraña demasiado que un caballero con los bríos y sensibilidad de Alegre haya estado desde muy temprano expuesto a los aires de la cultura judía. «En España tiene raíces profundas, no sólo desde el punto de vista del conocimiento sino también existencial. Yo entré en contacto con la cultura judía a través de Fray Luis de León que es el gran constructor del idioma. También con la literatura española aljamiada. El tema judío tuvo siempre en España la elegancia de lo que se fue».

Pero su acercamiento a la kehilá criolla tuvo su instante genealógico cuando publicó en el diario El Nacional un texto sobre la obra del escritor judío-norteamericano Bernard Malamut, a quien Alegre conociera a los 24 años por casualidad en una librería de Nueva York. «Ese artículo, por alguna razón, impresionó muchísimo y me invitaron a la comunidad a dar una conferencia un domingo de 1990. Cuál sería mi sorpresa cuando asistieron 400 personas y yo aparecí sin nada preparado y hablé hora y media. Sentí que había en aquella gente fascinación».

Después Alegre fue llamado en distintas oportunidades para dar conferencias: ser representante de Venezuela en un congreso sobre Lutero, Santo Tomás y Maimónides; el año pasado estuvo en el comité organizador de Primer Congreso Cultural de Cultura Judía Latinoamericana, organizado por la CAIV y el Congreso Judío Latinoamericano.

Cuenta Alegre que nunca se ha vinculado al mundo social judío, siendo más bien su relación de tipo intelectual a partir de los artículos que escribe. «Siempre he creído que la historias bonitas en el mundo, las de amor, sacrificio y ternura, las ha producido el pueblo judío. Es una gente que ama mucho la vida y la familia».

El ojo del mundo

En estos días el libro El ojo del mundo no está en su sitio (publicado por la Fundación Celarg y la Universidad Católica Andrés Bello, 1998) se suma a la prolífica producción bibliográfica del autor y que amenaza con multiplicarse este año. El libro está armado con un conjunto de artículos, ensayos y cuentos que dejan ver lo que ha sido la idea de mundo de Alegre en estos últimos tiempos. Con la influencia de Anthony Burgess —autor de La naranja mecánica— el libro echa un vistazo a los más álgidos problemas finiseculares: la comunicación, el postmodernismo, América Latina, el poder y la literatura.

El texto que da título al libro diserta sobre la adaptación a lo que llega con la carga de los días, llámese destino o elocuencia política. «El ojo del mundo está desorbitado», señala el autor, «Porque la autoridad se vinculó no con lo epistémico sino con el poder. El otro problema es que todo esto ha producido una gran soledad. Los temas actuales que filosóficamente no tienen un gran registro, como la globalización o la comunicación, nos han llevado a convertir a Dios en la soledad del hombre. Por otra parte, la soledad tiene un pariente cercano que es el solipsismo, la capacidad muy semita de encontrarse con uno mismo. Vivimos en sociedades de grandes aplausos donde el encuentro con el otro es imposible y mucho más con uno mismo. Para eso tienen que haber creadores que digan algo. Los escritores tenemos, humildemente, esa misión».

Pero si alguien no teme al conjuro de los días es él. Cree en el destino y en eso que llaman suerte. Dice que quien sabe averiguar hacia dónde va su vida , viaja más cómodo que quien jamás se lo ha pregutado. «Yo he tenido las cosas siempre muy claras. He construido un hogar y no he perdido la emoción por la lectura».

En poco menos de cinco meses Atanasio Alegre viajará a Alemania, conde permanecerá por un año realizando una heroica pesquiza sobre el siglo XV y Johanes Reuchlin, quien escribió la mejor gramática que se conoce del hebreo en el mundo occidental y fuera el maestro de de Lutero y Erasmo, por no mencionar que fue él el único hombre que derrotó a la inqucisión en un juicio. También en ese viaje atenderá una invitación que le extendiera la Universidad Hebrea de Jerusalem para dictar una conferencia sobre cultura universitaria

Por lo pronto los planes son mantener sus tiendas en Venezuela, aunque no le faltan ganas de quemar las naves. «En España sería un extranjero imperfecto, pues allá las cosas han cambiado mucho y no sería tampoco un latinoamericano. Aquí uno se hace la vida como puede, como se va interpretando. Me gusta la liberalidad y creatividad de aquí, donde uno puede crearse su propio mundo, aunque también sea un extranjero imperfecto».



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