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Cazadores posmodernos

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

I

Un día el solitario se harta de esgrimir en tono de bolero su habitual soliloquio. Decide que no se arrastrará más por las barras de moda ni accederá a otra cita a ciegas pautada por un benévolo amigo. No más fiestas aburridas en busca de una oportunidad, ni expresiones de lástima ante su irreconciliable modorra sentimental.

Un día el solitario se sirve un trago y decide encender el computador con el rotundo propósito de levantar todas las piedras y hallar a la mujer de su vida. Experto en la redacción de memorándum y cartas comerciales, está dispuesto a esculpir la más seductora de sus misivas. Se introduce entonces en uno de esos salones de conversación que tanto abundan en la Web, pero la superficialidad de sus interlocutores lo lleva a vagar por otros recovecos cibernéticos. Quiere algo más puntual, inmediato, una suerte de flechazo electrónico que detone una memoriosa historia.

Sirve otro trago, pone a sonar un mareado jazz y mira lejos, imaginando las tantas parejas que a esas horas de la madrugada sabatina estarán haciendo el amor en las pocas ventanas que aún permanecen encendidas. Vuelve a su pesquisa. Coloca algunas palabras claves: solteros, amigos, matrimonio. El ímpetu de la búsqueda le permite abandonar a ratos su bien gerenciada timidez y teclear vocablos mucho más acordes a la borrasca que se le ha despertado en el cuerpo. Aquella noche su paseo virtual se habrá resumido a unas cuantas imágenes pornográficas y confusas conversaciones con seres del otro lado del mundo que sólo hablan de sadomasoquismo, criaturas de ciencia ficción devorándose en el acto sexual y fantasías hermafroditas que, de todas maneras, llevarán al solitario a una contundente descarga cibersexual y un sueño sereno.

Pero al día siguiente el solitario despierta más harto que nunca. Va de nuevo a la pantalla –sin desayuno ni buen aliento– y apunta directamente hacia uno de esos club de amigos en los que se confeccionan medias naranjas a la medida. Sabiendo que no quiere amoríos con ciudadanas australianas o marroquíes, llena las casillas correspondientes exigiendo a una joven de buena presencia, entre 25 y 30 años, de su mismo domicilio y ocupación. En cosa de segundos aparecen ante sus lentes de miope una docena de nombres y sus respectivos correos electrónicos. Se dispone entonces a ejecutar su más excelsa calistenia escritural. Apunta, ante todo, que no está desesperado y que la soledad es un bálsamo. De inmediato pasa a describirse como un hombre sencillo, afectuoso, amante de la buena mesa, el arte y el cine, no sin reírse de sí mismo, sabiéndose maromero del lugar común y el desasosiego. Pero de eso se trata, parecer asquerosamente corriente, un ejecutivo medio dispuesto a conciliar un futuro promisorio y perfilarse como una pareja estable.

Una vez tejido el anzuelo autobiográfico, el solitario procede a enviar el mismo correo electrónico a un rosario de por lo menos ocho damas. Pocas horas después comienza a recibir respuestas. Al cabo de una semana ha desechado a cinco posibles candidatas –por aburridas, gordas, o ansiosas– quedándose con tres, a las cuales citó con apenas días de diferencia en el mismo restaurante.

El primer encuentro fue grato, prometedor, incluso. El segundo un desastre. Finalmente el solitario halló su princesa azul en la tercera de las sherezades finiseculares. Aún meses después de un pomposo matrimonio, la pareja se envía breves postales amorosas –de una habitación a otra– donde confiesan que nunca se habían sentido «tan felices de estar vivos».

II

Pero no todas las historias pavonean un final feliz. Al menos así lo asegura Anastasia, periodista colombiana que a sus treinta años decidió zambullirse en la red para hacerse de un romeo. La bella caleña penetró en los predios de la Web anotando los ingredientes básicos de su acariciado sueño. Como caído del cielo apareció Isaías. En un mes los e-mails de la pareja se convirtieron en huracán: 3 o 4 al día, todos llenos de apasionadas confesiones y poemas que sólo reiteraban estar hechos el uno para el otro. Por fin el momento del encuentro llegó y pese a cierta desilusión visual —el era demasiado ancho y algo calvo— la química les revolvió la piel: se fueron esa misma madrugada a un motel y hablaron de matrimonio.

Pero el cálido afán de Anastasia duró poco. La fantasía con nombre bíblico resultó un bluff: el tipo mató al tigre y le tuvo terror a la piel. Las llamadas y visitas –el galán vivía en otra ciudad– comenzaron a espaciarse y un abismo de excusas hizo entender a la tristona poeta que aquel cybergigolò era un cobarde, un ilusionista, un mitómano, un saco de adolescentes conflictos. Para finiquitar la relación ella escribió un largo e-mail donde mostraba desencanto, rabia, dolor y un reproche por tanta burla. Finalmente transcribió un fragmento de Oscar Wilde y lloró: «Aunque todos los hombres matan lo que aman,/que lo oiga todo el mundo;/ unos lo hacen con una mirada amarga, otros con una palabra zalamera;/ el cobarde lo hace con un beso,/!el valiente con una espada!».

Un mes después de la debacle amorosa, Anastasia volvió a respirar y, palabras en mano, consiguió hilvanar de nuevo seducciones a larga distancia. «Hay que besar muchos asquerosos sapos para que alguno se convierta en príncipe. Nunca me había sentido tan feliz de estar viva», dice.

III

También hay encuentros cibernéticos que terminan en el horror y hasta en la cárcel. Tal es el caso de «Gris» y «Zutzut5», apodos con los que se conocieron dos jóvenes neoyorkinos a finales de 1996 y cuyo primer y único encuentro llevó al caballero –Oliver Jovanovik, doctorando de la Universidad de Columbia– a pagar una condena de mínimo 15 años de cárcel por secuestro y agresión sexual.

Tras 57 apasionados mensajes electrónicos, «Gris» y «Zutzut5» decidieron no posponer el encuentro y de inmediato arrinconarse en el apartamento de él, donde además de los coqueteos de rigor, vieron fotos y videos de cuerpos mutilados y escenas de torturas sobre las que muchas veces habían hecho referencia en sus diálogos virtuales.

Tras horas de conversación «Zutzut5» se desvaneció ante el señuelo amatorio de «Gris, aceptando que la atara a la cama. Durante las 20 horas siguientes la muchacha fue víctima de grotescas torturas, quemaduras, mordiscos y sodomía, aunque según declaró ella misma ante procaces sonrisas tribunalicias, fue tan sólo 3 horas después de iniciado el rito cuando comenzó a rechazar las atrocidades del desconocido. Los abogados de la chica argumentaron en el juicio que esta había sido intelectualmente intimidada y tenía serios problemas de asertividad. Como si fuera poco, ella no buscó ayuda médica y además escribió a su futuro demandado varios mensajes electrónicos en los que decía estar «bastante golpeada física y psicológicamente», pero que nunca se había sentido «tan feliz de estar viva».



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