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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Elly y Siegbert Holz

De Allenstein a Cariaco

Nuevo Mundo Israelita, Caracas, noviembre 1998

Cada dos semanas, el miércoles por la tarde, Siegbert Holz espía desde el estrecho pasillo a su esposa Elly. Arropado por el deleite de la puntual travesura, adivina los larguísimos y aún esbeltos dedos de la dama deslizándose sobre el piano que acuna toda la casa con una sonata de Chopin. Una profesora guía los pasos de Elly por la brumosa partitura que conoce desde los años de Allenstein —ciudad entonces alemana y hoy llamada por los polacos Olsztym—, cuando la madre era concertista y el niño con el que más tarde se casaría tomaba clases para el barmitzva con su padre, cantor y profesor de hebreo e historia judía.

Siempre la música, siempre el piano: en la Prusia Oriental en la que ella nació en 1910 y él en 1911; en Berlín, donde él estudiaba medicina y ella arribó con intensiones de seguir la misma carrera, empresa mutilada por los inminentes aires del nazismo; en Italia, donde ya casados, él se doctoró en ginecología y ella en pediatría; en Cariaco, poblado rural del oriente venezolano al que fueron conducidos, apenas pisaron suelo americano en la década del cuarenta, para iniciar una fértil labor en el campo de la investigación y la práctica médica, justamente reconocida el pasado mes de abril con la orden presidencial Francisco de Miranda en su Primera Clase.

Y es que también a orillas del imponente Caribe hubo un piano que les marcó la vida: un impecable teclado alemán que apaciguó las angustias de los padres de Elly cuando a tiempo fueron arrancados a las fauces de la Segunda Guerra Mundial. Elly buscaba por todo el pueblo un piano y fue en el puerto que le dieron noticias de uno que se encontraba justo al lado de su casa. Desde ese momento la madre de Elly deleitó a la familia, vecinos y curiosos, con melodías venidas de un esplendor que pocos conocían y del que, sin embargo, nutrieron la futura nostalgia.

Aquellos primeros años en Cariaco fueron agridulces. Las noticias del viejo continente llegaban con sabor a fuego y muerte, entremezclándose con el duro trabajo cotidiano que la pareja de médicos realizaba para luchar contra desconocidas enfermedades tropicales. Los días se escurrían en las fangosas carreteras que comunicaban a los diversos poblados del estado Sucre, a los que asistían como fascinantes alquimistas —él de enorme estatura, ella rubia de ojos oceánicos— empecinados en socorrer al prójimo con los prodigios de la ciencia. Reconocen que aquellos fueron momentos difíciles, pero los agradecen, pues nada se comparaba con lo que hubieran padecido de haberse quedado en Europa. El calor, la plaga, la dificultad del idioma, la separación de la familia, nunca hubieran sido peor que el holocausto al que estaban destinados.

Los aportes de los Holz a la salud venezolana rebozan docenas de cuartillas. Ella fue la primera mujer que revalidó en el país en el campo médico. Ambos difundieron los temibles efectos de la Talidomina en mujeres embarazadas. Juntos combatieron importantes males, obviando sus especialidades y dedicándose a atender todas las necesidades de la zona. Un diploma fechado en 1967 y escrito en ingenua caligrafía, da cuenta del agradecimiento de Cariaco a los Holz, declarados hijos adoptivos del poblado por su dedicación al estudio de la enfermedades endémicas.

Seis años anduvo la pareja por los montes y playas sucrenses. Al llegar a Caracas se instalaron en una sobria casa de La Florida y pasaron a formar parte del mundo académico y de salud pública. Siegbert Holz ingresó a la Universidad Central de Venezuela —invitado por el doctor Marcel Granier— en calidad de profesor de la cátedra de farmacología de la Facultad de Medicina y posteriormente fue solicitado por la Facultad de Farmacia. Paralelamente ejercía funciones como jefe de la división de drogas y cosméticos del Instituto Nacional de Higiene, era miembro de la junta revisora de esa institución y realizaba numerosas investigaciones, cuyos resultados fueron publicados en prestigiosas revistas internacionales. Por su parte, Elly Holz trabajó en el Instituto Nacional de Higiene en diversas labores investigativas y de servicio, desdeñando de la actividad académica por considerarla en extremo absorbente y ajena a sus expectativas vitales. Ambos se jubilaron en 1981.

Los Holz han estado siempre juntos, en las buenas y en las malas. Aún setenta años después de que se vieran por primera vez, siendo adolescentes, ella roza con ternura la enorme mano del marido. El la mira con picardía, quizá recordando en secreto inmemoriales instantes: «Lo hemos pasado bien, no podemos quejarnos», dicen casi a coro, atravesando con parcas palabras de un castellano muy bien pronunciado, vaivenes profesionales, familiares y afectivos, en los que no dudan en intercalar anécdotas de bailes emprendidos con absoluta pasión en Europa y luego en Venezuela, bajo el aliento cálido del bolero.

Los Holz ya no piensan en ir a ningún lado, mucho menos regresar a los parajes de la infancia —nunca lo hicieron— aunque por momentos se sienten solos y lamentan que los familiares más cercanos estén en otros países. «Un árbol viejo no debe trasplantarse», dice Elly sin que lo rotundo de la frase la perturbe siquiera. Ambos hablan con esa serenidad que otorgan las certezas y los caminos de regreso.

Desde una aireada terraza, la pareja de eminentes galenos vislumbra cómo los verdores de El Avila se pavonean al compás de un atardecer de noviembre, mientras el hilo de sus historias se teje como en una esponjosa trenza de jalá. Unas notas de Chopin parecen venir sigilosas y acompasarse a la tenue voz de ambos, como algunos miércoles, sobre todo cuando Elly toma clases de piano y Siegbert la acecha orgulloso, en completo silencio.


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