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Arturo Michelena

Jacqueline Goldberg
jgoldbergk@etheron.net

Treinta y cinco años es una edad aún austera para definir un talento. Mucho más para morir y dejar pendiente la gloria. Por ello abisma que Arturo Michelena haya legado en su improvisada desaparición un catálogo de más de setecientas obras, entre dibujos y pinturas, bocetos, estudios y trabajos incompletos.

Singular representante del academicismo decimonónico venezolano, Michelena forjó las rutas de una pintura épica y una iconografía nacional apuntalada en la mitología, el paisaje y la fortaleza humana. La exposición «Genio y Gloria de Arturo Michelena (1863-1898) en el centenario de su muerte», no es la primera retrospectiva del artista, pero si la que inaugura una visión antológica de las piezas capitales de quien fuera el primer pintor criollo en hacerse de lauros extranjeros de importancia.

La muestra, abierta entre octubre de 1998 y enero de 1999, transita las páginas de una vitalidad convulsa, enmarcada en gloriosos años del siglo XIX, en los que la oficialidad y el rigor técnico establecían un complejo diálogo con el genio. Michelena supo navegar cómodamente en esas aguas y la exposición de la Galería de Arte Nacional ofrece, precisamente, cuarenta y cinco piezas realizadas entre 1887 y 1898, lapso que engloba dos momentos considerados por los curadores —Rafael Romero y Juan Ignacio Parra— como fundamentales: «La conclusión de su formación académica en la Academia Julien de París, bajo la enseñanza del maestro Jean Paul Laurens; y el apogeo de su genio artístico, desarrollado en París y Caracas, truncado tempranamente por la muerte del artista».

En media docena de salas, la exposición hace énfasis en la participación y premiación de Michelena en eventos internacionales de gran competitividad, siendo los mismos un elocuente marco de referencia y confrontación de la época: los Salones de la Sociedad de Artistas Franceses de París (1886-1889 y 1891-1893), la Exposición Universal Internacional de 1889 celebrada en la ciudad luz y la Exposición Mundial Colombina de 1893, efectuada en Chicago.

De estos años —en los que Michelena se residenció en París en dos oportunidades— impresionan al espectador un significante conjunto de obras. El Niño Enfermo, ejecutada en 1886 y premiada con medalla de oro al año siguiente en el salón galo, fue concebida especialmente para su entrada al evento, capturando el espíritu de desolación y oscuridad que tanto agradaba al gusto del momento. La Caridad (1888) convoca también el sentido requerido por los premios, sin que por ello merme la atmósfera lúgubre y lastimera que con pericia se transmite

Obras de real emoción y belleza destacan en el conjunto: El Granizo de Reims (1889), La Joven Madre (1889), Carlota Corday (1889), Soldados Arabes (1890), Los Morochos (1892). También algunos retratos —incluyendo los más importantes y conmovedores del libertador Simón Bolívar— aún no siendo el fuerte del artista, testimonian una mirada atenta y un gesto seguro, matizado por cierta serenidad.

Sin embargo, es la llamada Pentesilea la seductora de la antología, no sólo por las vicisitudes que estuvieron a punto de borrarla de los predios de la historia pictórica venezolana, sino por ser un trabajo de quince metros cuadrados que por primera vez es mostrado en los muros de un museo. La pintura de tema mitológico, aclamada por las masas y premiada por la crítica, fue concebida por Michelena en un momento de especial fortaleza emocional y física. Una encarnizada batalla hace convivir caballos y rudas mujeres dispuestas a «vencer o morir», todo en un espacio ágil y subyugante, palpitante y expresivo.

Las obras clásicas de Miranda pueden ser apreciadas dentro del grupo en su justa medida. Miranda en la Carraca, por ejemplo, adquiere dimensiones absolutamente nuevas, desbordando su apremiante humanidad, el dolor del encierro, la fuerza de un trazo capaz de transmitir el agobio y sufrimiento de aquel hombre que, pese a todo, se mantiene incólume, pensativo y abrazado por algunos libros. Ubicada en una sala donde sus dimensiones no sobresalen tanto como cuando ha sido aireada en solitario, concede de todas maneras un relato de la especial poetización del mundo de Michelena.

También La Vara Rota (1892), alusiva al mundo taurino, consigue conmocionar al espectador con su colorido y crudeza. Una acción sistematizada por la jornada, ordena en el cuadro los avatares de un torero herido, un caballo muerto, un toro furioso y el público agitado por el festín. Resulta interesante, desde el punto de vista curatorial, la exhibición del repertorio de bocetos definitivos de la obra: retablos de la imagen segmentada, entre los cuales se halla un autorretrato con sombrero de copa, donde el pintor se asume como público de la sangrienta corrida.

Finalmente, y aunque el espíritu de la exposición no contempla el alarde de trabajos inconclusos, cabe resaltar la pieza de gran formato La Ultima Cena, dejada a medio camino cuando la muerte así lo decidió. En ella se impone un andamiaje desnudo que da cuenta de los procedimientos íntimos de Michelena: el dibujo bien estructurado y firme sobre el que luego superponía con certeza el color. Aquí es definitoria la pulcritud y cautela del artista, la audacia que hubiera sido capaz de desplegar en telas que ya nadie habrá de ver.



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