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Sección: Bitblioteca
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Un viaje por los fulgores de la Diáspora Nuevo Mundo Israelita, Caracas, febrero 1999 Hace pocos días fue presentando el libro Sinagogas en Venezuela y el Caribe, coeditado por el Rabino Pinchas Brener y Marianne Kohn Beker, mientras en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber se inauguró una exposición con el mismo nombre que da cuenta de las fotografías de Thea Segall que ilustran esta joya editorial. Un viaje memorioso y asombrado por los fulgores del Mar Caribe revela la soterrada historia del judaismo en el continente. Durante cinco años el Rabino Pinchas Brener estuvo hilando la delicada filigrana de una joya editorial que transita los espacios religiosos del judaísmo caribeño. Bajo el sello Boker, Sinagogas en Venezuela y el Caribe, convoca las imágenes e historias de un puñado de templos recapitulados desde su desconocida presencia arquitectónica y el tímido esplendor de sus objetos rituales. «Pero la idea no fue mía», apunta Brener, «El libro surgió del asombro de Marianne Beker ante las majestuosas sinagogas venezolanas. Pensamos entonces el la posibilidad de dejar un testimonio de nuestra comunidad, pues quién sabe qué será de nosotros en el año 2200 y cómo nos recordarán». En un principio el libro recogería tan sólo los rostros de las sinagogas venezolanas, pero el propio proceso arrojó la necesidad de arropar un contexto mucho más amplio y echar un vistazo a esos templos que otrora fueran la semilla del judaísmo en el continente. Así comenzó una investigación bibliográfica y de campo que poco después conduciría a Brener y la fotógrafa venezolana de origen rumano Thea Segall a Saint Thomas, Curazao, Surinam, Jamaica, Barbados, Cuba y cuatro ciudades venezolanas Caracas, Maracaibo, Coro y Margarita. El libro con textos de Jacob Carciente, René De Sola, Adela Darwin, Francis Rosales y una notoria introducción del premio Nobel Elie Wiesel cuenta con una edición en inglés y otra en español, a fin de facilitar su distribución internacional así como contribuir a que las comunidades caribeñas reseñadas en la obra se sientan parte de ella. «Por otro lado, con el libro y la exposición de las impresionantes obras de Thea Segall hemos querido abrir las puertas de las sinagogas al público general para que se acerque a la comunidad judía y se identifique con sus anhelos, que son de hermandad entre todos los seres humanos», señala Brener emocionado y orgulloso del lujoso tomo empastado, resultado de un congruente proyecto que fuera patrocinado por los descendientes de la familia Rubinstein Starosta. Muros prodigiosos Es difícil hablar de una arquitectura de sinagogas, pues por años las mismas han constituido construcciones basadas en un carácter portátil, a diferencia de lo que ocurre con la mítica Beit Hamikdash. «El judío no es un pueblo al que se le reconoce por sus monumentos», escribe Marianne Kohn Beker en el epílogo. «Esta afirmación puede resultar sorprendente, especialmente, si se toma en cuenta que, en la actualidad, algunos de los representantes prominentes de la arquitectura más innovadora son judíos; pero esto es un fenómeno circunstancial, propio de la aculturación sufrida a partir de su participación en la Civilización Occidental ( ) Su interés tardío en la arquitectura puede haber sido el resultado también del predominio del tiempo sobre el espacio en su cuerpo doctrinario, por su concepción moral de la historia, según la cual ésta es un proceso que debe tender al perfeccionamiento del hombre. Doctrina ésta que, a su vez, dio lugar a la exigencia del cumplimiento de obligaciones individuales y colectivas, que se desenvuelven en el tiempo más que en el espacio». El libro señala que «fueron tres las instituciones las que probablemente, le dieron al pueblo judío el fundamento espiritual indispensable para sobrevivir como tal durante un período de casi dos milenios de exilio: la familia, la yeshivá (centros de estudio judaicos) y la sinagoga, ( ) la cual, con su ambiente de cordialidad y hermandad, produjo el entorno social indispensable para relacionarse con el prójimo y, al mismo tiempo contribuyó a crear el ambiente propicio para establecer el contacto con Dios a través de la tefilá.». «La sinagoga surge para suplir la ausencia del Beit Hamikdash y los korbanot, pero al ir desarrollándose se va convirtiendo paulatinamente en el auténtico centro espiritual, social y comunitario del pueblo judío en los diversos lugares de su dispersión. Los problemas comunitarios se discuten y resuelven en su recinto. El predicador itinerante, el maguid, comparte sus inquietudes espirituales con los feligreses. En la sinagoga se da albergue y comida a viajeros e itinerantes y, en beneficio de estos, se instituye la recitación del kidush al terminar los rezos de Kabalat Shabat. De esta manera, la sinagoga, Beit Tefilá, se convierte también en Beit Knéset, el lugar de reunión para encontrarse con el prójimo. En la Edad Media especialmente, la sinagoga se torna en el lugar por excelencia para escuchar las noticias provenientes de otras comunidades y de la Tierra de Israel. Se debe subrayar que el Beit Knéset también asume el rol del Beit Midrash, la casa de estudio. Incluso en los momentos de gran necesidad económica, grupos de personas se reunían en las sinagogas para profundizar sus conocimientos de la tradición, de la Torá y del Talmud. También se desarrolló la yeshivá como casa de estudio independiente aunque, en un gran número de casos, funcionaba dentro del recinto de la sinagoga». Asimismo, atrapar los conceptos que definirían una cultura judía caribeña también conduce a múltiples interrogantes, pues en la mayor parte de las ciudades e islas de esta zona las comunidades están casi extintas. Sin embargo, se observa un esfuerzo por mantener las sinagogas como edificios, aunque la observancia de las leyes judías no sea muy rigurosa. «Hay que destacar la tenacidad de comunidades muy pequeñas al mantener una sinagoga y conservar un mínimo de la identidad judía», acota Brener. Hallazgos entre las aguas Según Brener las sinagogas venezolana asquenazis no se parecen en nada a las del resto del Caribe, que son casi en su totalidad de sabor Sefardí. Una de las hechos que más impactaron al religioso es la arena que se halla sobre el piso de las sinagogas de Jamaica, Saint Tomas y Surinam. «Ello se debe a la difundida creencia de que el pueblo judío no ha encontrado aún la Tierra Prometida y ese polvillo representa la arena del desierto por el que deambularon durante 40 años. Pero probablemente la razón más auténtica es que muchos de los conversos se reunían en España clandestinamente para celebrar el culto religioso y entonces colocaban arena sobre el piso para disimular el sonido de sus pisadas y no ser descubiertos. Cuando llegaron a este lado del mundo esos mismos conversos seguían teniendo miedo a la Inquisición. Hoy en día no hay razón para haya arena pero con el tiempo ciertos elementos se vuelven parte integral de una cultura, convirtiéndose en tradición. Cuando se entra a estas sinagogas, uno siente un atávico temor de ser descubiertos y que se trata de una construcción antigua». El Rabino Brener recuerda una anécdota que tal vez recalca en secreto su misión al fungir como editor: «Hace 27 años oficié el matrimonio de una pareja trinitaria y nos reencontramos en Barbados durante el trabajo. El padre del joven que yo había casado en aquel entonces me relató que en 1931 su familia había salido de Polonia rumbo a Venezuela, pero el barco ancló primero en Barbados y decidieron quedarse allí. En 1988 el gobernador de la isla decidió tumbar un depósito para ensanchar el estacionamiento de la Corte y este señor judío le pidió que no lo hiciera porque en otra época ese edificio había sido una sinagoga y era un lugar sagrado. Por esa humilde petición se decidió en Barbados rehacer la sinagoga, ahora ampliada y con un museo, aunque sólo se utiliza en épocas de afluencia turística. Hasta 1988 este señor no había sabido porque Dios lo envió a Barbados en lugar de Venezuela. Pero la reconstrucción de la sinagoga lo convención de cuál era su misión». La sentencia del discurso visual «Una vez pensado el proyecto del libro, buscamos para la parte visual quién era el fotógrafo más célebre de la comunidad y resultó ser Thea Segall. La conozco desde hace muchos años y reanudamos nuestra amistad a partir de su extraordinaria colaboración. Además de ser una estupenda fotógrafa, es una mujer muy trabajadora, responsable y consecuente. En los viajes, mientras yo conversaba tranquilamente, ella se estaba montando en andamios, moviéndose por todo el lugar, sudando la gota gorda, pero sin jamás quejarse», menciona Brener. Y es que si en algo tiene experiencia Thea Segall es precisamente en materia de viajes y en el difícil oficio de capturar el alma de los espacios y los pueblos. Las fotos que conforman la exposición Sinagogas en Venezuela y el Caribe, abierta a partir del 5 de mayo en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, se deslizan por el interior de un repertorio de sinagogas cuyas atmósferas pautaron la manera de mirar de la artista. Segall trabajó sin flash, dejando que la luz natural y la edad del mobiliario religioso impusiera su voz. La artista describe los espacios con un sosegado colorido y un pulso elocuente y revelador que no se aparta de su particular estilo. La publicación del libro calza con el criterio que Segall ha desarrollado a lo largo de una cincuentena de años en el oficio fotográfico. Para ella la memoria es una frágil polvoreda que debe ser combatida con esa trascendencia que sólo otorga la imprenta. El libro Sinagogas en Venezuela y el Caribe es una realidad que consentirá entonces la permanente travesía del conocimiento y los sentidos. Un prólogo de altura Por Elie Wiesel Una sinagoga ¿qué es? Casa de estudio, de oración, de encuentro, ella atrae a los fieles en busca de saber y de memoria. Ella simboliza y debe sustituir al Templo de Jerusalén para los servicios, y a las academias talmúdicas para el estudio en común. Para emplear una expresión profética, es una suerte de «Mikdash meat», un santuario en miniatura itinerante. Ninguna comunidad puede prescindir de ella. Para las grandes ocasiones o para las pequeñas, toda la familia la requiere. Así como una comunidad judía no puede existir sin cementerio, tampoco puede funcionar sin sinagoga. A ella se acude en Tishá beAv para llorar por la destrucción del Templo, y en Shabat y en las festividades para unir nuestra alegría al regocijo ancestral que nos fue legado como herencia. Sinagogas, las hay de todos los géneros. Grandes y pequeñas, ricas y pobres, antiguas y modernas. Lo que tienen en común es que ellas sirven- o deben servir-de centro. Otrora, los judíos acudían a ellas porque todos los acontecimientos se desenvolvían en su recinto. Era allí donde se acogía a los huéspedes ilustres que estaban de paso, allí el rabino pronunciaba sus sermones tradicionales en Shabat Teshuvá y en Shabat Hagadol. Durante las Cruzadas y en la Edad Media, mientras el enemigo se aproximaba, ávido de sangre judía, era en los patios de las sinagogas donde, alrededor de sus rabinos, los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob se reunían para esperar la hora de su martirio. En la Unión Soviética, durante el período dominado por el terror policial, fue en las sinagogas donde vi, con emoción, a judíos, jóvenes y ancianos, proclamar su fe en la fe de Israel. Porque una sinagoga es eso: un vínculo viviente con el Dios de Israel quien, según el Zóhar, acompaña a su pueblo incluso en el exilio. Se puede honrar a Dios en todo lugar, pero se le honra mejor en un lugar lleno de oraciones, de cánticos y de las palabras de la Torá. Los refugiados judíos que desembarcaron hace siglos en América Central y América del Sur, lo comprendieron así. Es por ello que construyeron sinagogas por doquier. Obsérvenlas en este magnífico libro preparado por el Gran Rabino Pynchas Brener de Venezuela. Ciertamente, cada estilo es diferente ya que la arquitectura debe corresponder a su entorno. Pero el alma que allí habita es siempre la misma. Es el alma de un pueblo cuya fidelidad a su pasado garantiza su derecho a soñar con el porvenir.
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