
La escuela de la sospecha.
Nuevos ensayos polémicos,
Caracas: Monte Ávila, 1990
|
No deja de ser una triste ironía que los primeros partidarios del aborto sean los anti-abortistas: su sola misión es hacer abortar el aborto. Sin importarles ni las consecuencias, sociales y humanas, ni siquiera la racionalidad de su postura. De sobra saben que si se prestaran a escuchar argumentos, no es que fueran a convencerse de las ventajas del aborto, pero bien podría vacilar su intransigencia. Por lo mismo, practican a toda hora el aborto del aborto: aun antes de que nazca la posibilidad de su discusión, niéganse a razonar.
Para ello, suelen refugiarse en el parapeto de las leyes: si está prohibido es por algo; no quieren saber más. No deja de ser la más endeble de las defensas: las leyes son perecederas y mudables. También estuvo prohibido que las mujeres y los analfabetas votasen. O que los curas entraran legalmente al país. Además de ser una débil postura, raya en lo irracional: es malo el aborto porque así lo creen ellos, y basta: no se discuta más. Sin embargo, con todo, aun es preferible semejante cerrazón de mente a los escasos intentos de argumentación que han ensayado los anti-abortistas. Razonar razonan, pero incorrectamente, es decir, echan mano de cuanta falacia puedan manejar porque no parten de una posición neutra, dispuestos a ver los pros y los contras, sino que de antemano ya han tomado partido y, de hacer el esfuerzo de argumentar, sólo tienen un propósito: afirmarse en lo que sostienen.
Quién duda que el aborto tiene inconvenientes: particularmente, si se practica clandestinamente, por cualquiera, en condiciones antihigiénicas, cosa que no parece preocupar lo más mínimo a los anti-abortistas. Pero, aun en condiciones normales, plenamente autorizado, siempre será un acto traumático para la mujer que lo sufra. También lo es sacarse una muela o ponerse una inyección. El punto no es ése: a lo que hay que atender no es a las consecuencias del acto mismo del aborto o interrupción de embarazo, sino a las otras: a las consecuencias síquicas, fisiológicas, económicas y morales de un embarazo y consiguiente alumbramiento no deseados por la mujer por la causa que fuere. Aspecto éste que jamás pondrán en la balanza los anti-abortistas. Se negarán a ver más allá del hecho del aborto y si acaso se logra presionarlos para que se pronuncien, lo más que se conseguirá arrancarles es una declaración despectiva y mezquina: que lo hubieran pensado antes. No deja de ser una concepción medieval de la responsabilidad de los actos humanos: quien la hizo, la paga. Pero es revelador que «razonen» así: porque prueba que en el fondo no les preocupa tanto el aborto cuanto su idea de la moral. Son furibundos anti-abortistas porque son vengativos: les molesta la libre disposición del cuerpo que pueda hacer la mujer. Y piensan, rencorosos: que pague lo que disfrutó.
Su argumento favorito es sólo uno: el respeto a la vida. La falacia subyacente al empleo de ese término es doble: en primer lugar, nunca se toman la molestia de explicar qué es eso tan vago de «vida». También las plantas tienen vida y no se deja por ello de podarlas; sólo sería sería su postura de respeto sacralizado a la vida si procedieran como ciertas religiones a no matar ni a las cucarachas y a sólo comer vegetariano. Y obsérvese que ni siquiera los budistas son consecuentes, ya que las lechugas que mastican con fruición también tienen vida. «Vida» es término confuso que necesita afinamiento científico. ¿Puede decirse de las uñas de alguien que tienen vida? ¿La tienen su pelo o su nariz o sus senos? Pero nadie protesta porque se corten uñas y pelos y se refaccionen narices y senos. ¿Cuándo tiene vida el feto? Y sobre todo, ¿qué tipo de vida tiene un feto de menos de ocho semanas? Con lo que se llega a la otra falacia encubierta: equivaler un feto a un ser racional y pensante. Un aborto, terapéutico o del tipo que fuere, practicado en el momento aconsejable y en condiciones correctas, es un operación que no mata a nadie porque nadie existe aún, ya que sólo se puede matar, con consecuencias morales y penales, a un ser humano, es decir, a quien, además de vivir, piensa y razona. Deberían los furiosos anti-abortistas revisar la doctrina de la Iglesia, que no concede la espiritualidad a los fetos sino a partir de determinado momento, porque el alma no es algo que resida en los genes ni que se desarrolle a partir de un cromosoma. De modo que, como quiera que se ponga, es un abuso de lenguaje y de razonamiento hablar de «matar», «asesinar» y semejantes exageraciones tremebundas.
Eso para no hablar de los aspectos sociales, complejos y delicados, que encierra un embarazo peligroso o no deseado. Pero sería mucha ingenuidad exigirle a los implacables anti-abortistas comprensión y compasión hacia sus semejantes. Quizá tenía razón aquel cínico francés cuando advirtió que hacer abortar es prueba de impaciencia: que dadas nuestras civilizadas costumbres, es mejor esperar a que sean mayorcitos.