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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Enemigo del pueblo

El Nacional del jueves 15 de julio de 1999

Los acontecimientos de los últimos años condujeron a una inusitada politización de los ciudadanos en Venezuela, que alcanzó su clímax la noche del 6 de diciembre cuando media Caracas se desplazó a los alrededores del Ateneo para asistir a una pieza de teatro poco común. Tan intensa ha sido la atención prestada a las andanzas del Presidente, las pasiones dentro de su polo, la desesperación de los perdedores y la postración de los otrora «chupagobierno» que pareciera que, acabada la adrenalina, la gente quiere huir de la emoción, volver a sus adentros, recobrar la paz. Con la desagradable confrontación en el Congreso el 5 de julio, día tradicional de discursos intrascendentes y cómodos, el agobio se completó: ¿no es posible rescatar el civismo, el respeto y la tolerancia? ¿No es posible guardar algo de cariño por nuestros antípodas?

Como si no fuera suficiente la ola de acusaciones políticas que inundan el país, ahora los intelectuales se enlodan entre sí. El otro día, buscando alivio de lo cotidiano, me puse a leer, por pura ociosidad, lo que Ibsen Martínez tenía que decir sobre la globalización. Cuál no fue mi desgano al percatarme de que había dedicado sus considerables dotes de cagatintas a despotricar contra un pobre sector de opinantes que casi no vale su tiempo. Ibsen, recordando un memorable artículo de Antonio López Ortega, se lanzó sobre esa clase de «intelectuales públicos» que se atreven a acaparar los espacios preciados y escasos de los periódicos con sus opiniones simplistas acerca del devenir del mundo. Siguiendo la última moda recibida de su lectura profunda de la última revista Time, estos incautos superficiales propagan sandeces que reflejan la superficialidad de sus opiniones. Ni en un coloquio del IESA podrán escaparse de su filisteísmo, aunque sea dictado por la Clío más admirada de nuestro crítico. No importa cuánto lean, hay quienes nunca llegarán a comprender las ironías de la historia, los matices de la verdad, los grises del pantene. No como nuestro Ibsen.

Cada profesión tiene sus sesgos y propensión a vicios especiales. El vicio de los intelectuales es el desprecio por todo que carece de finura, de sutileza —todo lo que huele a perogrullo o gerente. López Ortega y Ortega y Gasset contra el hombre-masa moderno. Ibsen (Martínez) e Ibsen (Henrik) contra el burgués insensible. Ibsen (el noruego) explayó un complejo de superioridad moral similar a Ibsen (el nuestro) al glorificar la figura solitaria del «enemigo del pueblo», un personaje recto y rechazado que insistía en la contaminación de las aguas termales de un balneario contra la oposición y ceguera total de sus vecinos. Orgulloso hasta el final, se complació en concluir que el hombre más fuerte es el que se queda solo, aunque no resuelva ningún problema.

¿Y cuál es la gran verdad que un auténtico ejemplar de la intelligentsia nos revela acerca de la globalización, fenómeno que tiene esclavizados a los pigmeos mentales de la Venezuela de hoy? Nuestro Ibsen tuvo que recurrir a una fuente rebuscada para descubrir que los grandes imperios de la historia dan paso o otros (¡eureka!) Pero no es tan rápido el proceso como para descontar la fuerza de la cultura dominante actual, ni para contentarse con la llegada inminente de la nueva hegemonía. Ozymandias no estuvo presente el día que tumbaron el monumento a su grandeza, pero tampoco estuvieron sus víctimas.

La vía solitaria, de superioridad autocomplacida y ataque gracioso, a lo mejor entretiene igual que una pelea de gallos. A lo mejor sirve para que todos nos cuidemos de los simplismos idiotas. Ciertamente vende periódicos a nosotros, los masoquistas. Pero hay algo en el rol de guerrero implacable que equivale a un Olavarría cualquiera. Hasta quien se acerque en plan de amistad con los peleones de oficio termina quemado en alguna fogata. En estos días, al incursionar plebeyamente en el número especial de Time sobre líderes latinoamericanos, tropecé con un ensayo del novelista Ariel Dorfman, quien hizo un llamado para que América Latina conserve su alma, sus duendes particulares, en la búsqueda de un mejor futuro. Los líderes tienen que apreciar todos los elementos que componen la identidad del pueblo. Dice Dorfman: «...no olviden que nadie seguirá a un líder que no sea, siempre y antes que todo, una persona de una feroz compasión hacia el otro.» Un consejo que vale para muchos.


Roberto Hernández Montoya, ¿Es posible una cultura global?
Ibsen Martínez, Ornitología y globalización


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