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Cómo mantenerse en el poder El Nacional del 11 de setiembre de 1998 El poder de un presidente reside en su capacidad para persuadir. Con estas palabras, el politólogo Richard Neustadt resume las lecciones de su estudio clásico del poder presidencial en Estados Unidos. La lección es universal; no se restringe al país del norte ni a los presidentes, sino que se aplica al problema central de todo gobernante: ¿cómo aglutinar las mayorías suficientes para hacer las cosas? Como insiste Maquiavelo en El Príncipe, hasta el dictador necesita el apoyo de una coalición fuerte para mantenerse en el poder. Pero el problema no se resuelve con la construcción de una masa crítica de apoyo. También es preciso evitar que se forme una oposición desleal, desesperada por tumbar al líder porque se siente amenazada de extinción. Se puede tener enemigos, pero no demasiados. El aniversario de la muerte del presidente Salvador Allende de Chile es propicio para pensar sobre las consecuencias de acumular opositores dispuestos a cualquier medida para lograr sus objetivos. Sin duda, Allende era un hombre sincero, convencido de la bondad de los cambios que propuso para su país. Hizo alianzas para construir su mayoría, pero éstas le costaron caro. Empujado hacia la izquierda, Allende terminó alejando tanto las fuerzas conservadoras, los inversionistas extranjeros, las élites tradicionales y hasta la clase media, que sembró su propia destrucción y dio lugar a un gobierno cuyo autoritarismo espantaría al mundo. ¿Culpa de Allende o culpa de quienes lo tumbaron sin considerar las consecuencias? La verdad es que no importa: si quería lograr algo, tenía que haber evitado que se constituyera esa coalición en su contra, aun a costa de modificar su estrategia política. Años antes de Allende, Rómulo Betancourt había pasado por un procesosimilar en el trienio. En esa época, el primer gobierno adeco suscitó un gran rechazo en sectores poderosos y se ganó enemigos innecesarios, especialmente entre los católicos tradicionales. Tuvo más suerte que Allende, quizás porque el venezolano prefiere exiliar antes que matar. Betancourt aprendió el arte de la persuasión, hizo sus pactos, suavizó su programa y logró que la oposición fuera leal al sistema. En un momento más reciente, fuimos testigos de una repetición del síndrome del gobernante asediado por una oposición empeñada en tumbarlo. El presidente Pérez no supo como neutralizar el ejército creciente de enemigos que eventualmente su unieron en su contra. No hay fórmulas sencillas ara lograr la supervivencia política. No basta con tener una mayoría grande, si la oposición tiene medios y motivos suficientes para intentar un ataque. Los medios no son necesariamente financieros, como mostró en la India colonial la resistencia pasiva de Gandhi, o en Chile la capacidad de parar el país que tenían los camioneros huelguistas. Cuando lo que motiva la oposición es el odio o el miedo, cualquier líder está en peligro. Tiene que ser capaz de convencer a sus opositores de que sus políticas son tolerables, aunque no las compartan. La alternativa es el uso de la fuerza, la negación de la democracia. A veces, se critica a algún político porque compromete sus propios valores al entrar en componendas con la oposición. En un estudio reciente de los gobiernos de Carlos Menem y Carlos Andrés Pérez, el profesor Javier Corrales de Amherst College concluye que la virtud de Menem (vista como defecto por sus críticos) ha sido la aplicación de tácticas para beneficiar, y callar, a quienes podrían haber sido enemigos terribles. Carlos Andrés, en cambio, acumuló un exceso de grupos dedicados a vencerlo. A veces, se necesita mucho tiempo para que la oposición desleal se organice; pero mientras mayor es su desdén y odio, más segura serásu acción concertada. Un flanco débil expuesto incentiva el ataque, como ha ocurrido con el popular presidente Clinton, quien siempre ha tenido en contra un grupo pequeño pero poderoso lleno de desprecio y a la caza de sus debilidades. Estas lecciones son útiles para cualquiera que aspire a gobernar en Venezuela o en otro país. En el fondo, la oposición se mantiene leal cuando se siente por lo menos respetada, tomada en cuenta y escuchada. La oposición no puede sentirse amenazada; a veces es necesario hacerle concesiones, para mantenerla quieta. El arte de gobernar es lograr el delicado balance de todos los intereses de la colectividad. Ejercer esa destreza es mucho más difícil que ganar una elección.
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