|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
[Intervención ante el presidente Hugo Chávez de parte de los intelectuales] Viernes 26 de noviembre de 1999, Caracas, Teatro «Teresa Carreño»
Cierta vez alguien me mostró unos chamanes alcoholizados y unas indias prostitutas en la raya de Elorza. El sabe su nombre, él está aquí entre nosotros y no sé cómo llamarlo porque su dignidad de Presidente y de Comandante es la misma que descubriera en aquél oficial del verano de marzo apureño con José León Tapias. En ese tiempo los seguían unos soldados por la orilla del río Arauca. Yo miré sus ojos y estaban rabiosos, como si aquél encuentro con el envilecimiento humano le recordara una vieja y continua preterición, un reclamo que no ha hecho sino acrecentarse desde 1830. Muy cerca del horror, unos hombres gritaban de contento y sonaban una guitarra, unas cuerdas. Estábamos allí porque éramos cultos, porque escribíamos. Veníamos a celebrar la pureza de Maisanta, del guerrero Pedro Pérez Delgado, de cuya sangre y conducta provenía el oficial que digo, a quien no puedo dejar de llamar Hugo, Hugo Chávez, si él me lo permite y si me lo perdona el celo del protocolo. Me atrevo a hacerlo porque los chamanes ebrios y las niñas vendidas que me mostrara en Elorza se parecen demasiado al país que ahora ha decidido salvar de una larga y vieja vergüenza supuestamente llamada Democracia desde 1958; y porque si no lo hiciera mal podría dirigirme al Presidente y al Comandante sin el suficiente desenfado con que quiero que leamos juntos esta confidencia que le oyera a un hombre de la cultura institucional, acaso un Conac mexicano, a unos campesinos de Luvina que igual podían ser de Carora o de la Guajira: «¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al Gobierno? Les dije que sí. También nosotros lo conocemos. De esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno. Yo les dije que era la patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no [...] y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre». De ese diálogo yo provengo, amigo Presidente, amigo Hugo. De esa conversación venimos muchos de los que aquí se encuentran. El país que usted quiere fundar de nuevo nos ha enseñado a ser inútiles, a babearnos sobre nuestra historia, como hiciera un muchacho en su frecuentación al infierno que regentaran un rey colonialista y sus secuaces, suerte de Fedecámaras de siglo XIX europeo. Nos han dicho, no han dejado de hacerlo, durante 40 años tal vez más, que lo que hacemos no es país alguno sino egoísmo de solitarios; que con nuestros sentimientos de deprimidos y nuestras meditaciones sobre lo inefable no se demarca una frontera política y el fisco nacional no abulta sus bolsillos. «Este es un culto», nos achacan, como si nos acusaran por ello, como si nos señalaran con el dedo entre la multitud, esa multitud que Ramón Palomares llama «nativos» en un poema «donde la gente vive preguntando por los de lejos Eufrasio, denme razón de Eufrasio. ¿Ustedes no me han visto a Eufrasio?». El mismo nadie colectivo lo vi en el sur, donde unos venezolanos del Casiquiare me contestaron hace un tiempo, cuando quise saber si tenían al menos noticias de Bolívar, que el Libertador era el Gobernador de Amazonas porque así lo proclamaba una campaña electoral por toda la selva. Comprendí en esa ocasión que la cultura estaba prohibida en aquellas soledades, o desterrada o mejor grotescamente desfigurada y que era menester que la enseñanza fuera culturizada y fuera la práctica de una soberanía, la educación de nuestra conciencia. Pero cómo íbamos a ir a decírselo a las oficinas de la cultura institucional en la que Kafka sitúa a la burocracia y al reino de Dios en busca de socorro material para que no nos estorbe la necesidad mientras testificamos por escrito o con cualquier otro bártulo nuestros ensueños, más bien nuestra amargura o el desacomodo interior. Si osamos hacerlo lo hacemos a escondidas, no vayan a descubrirnos los celadores de la eficacia, los distribuidores de prioridades y nos llamen parásitos o que «mirábamos en demasía al colibrí», como dice Juan Sánchez Peláez que le reclamaron cuando lo sorprendieron con Rafael Cadenas atento al vuelo del pájaro que es nuestro espíritu; o nos echen en cara que con la dádiva, que la suerte o el azar esa fatalidad nacional nos conceden, un venezolano dejaría de registrar en los basureros. Y en todo caso que el nacionalismo no pertenece a esa estética, a ese idioma de exquisitos con que pretendemos habitar entre los hambrientos y los menesterosos. ¿De cuál Venezuela somos entonces, amigo Presidente, amigo Hugo, los que aquí estamos acompañados por el desencanto, ese sentimiento que día a día se vuelve nuestro camarada más íntimo? ¿Quién dijo que nosotros éramos una banda de pedigüeños, unos chupadores del presupuesto, ya de por sí miserable, del Instituto Nacional de la Cultura?, y además permítame repetirlo porque el epíteto se ha convertido en nuestra carta de identidad unos inútiles, los mandaderos de esta o de otra sociedad con nombre de familia poderosa o de instituto autónomo. La poesía, de la que soy culpable, no tiene casa, no tiene pan, pero qué importa dirían algunos políticos, puesto que con los poetas y los fantasiosos no se estructura un estado. ¿Qué Venezuela es esta, dígamelo usted, amigo Presidente, amigo Hugo, que por ella se desvela, en la que la cultura aguarda el turno del ofendido y en la que donde parapeto como el Conac ¿no es así, Alejandro Armas?, sobrevive a una invención del pacto infeliz aquél de tres políticos de los que no quiero acordarme, y al cual, sin embargo, no sólo se le perdona su intrusión en una República que ha clausurado tanto armatoste administrativo sino que posterga ¿u olvida? que la cultura debería ser el fundamento de este estado, sobre el que descanse su estructura incluso por encima de la economía o de las finanzas y teniendo por aliados justamente a esos que el tecnócrata, el mercader, el jefe de departamento y el que sestea en la curul y en la secretaría general llaman ineficaces, por distraídos, por creer en lo invisible. Usted lo sabe, usted me mostró una vez ese país en el horizonte de Elorza: la cultura no tiene la culpa de nuestro infortunio sino todo lo contrario, nuestro infortunio llámelo usted económico, social, político es nuestra falta de cultura, es decir, nuestra carencia de dignidad. ¿De qué vale la soberanía política sin la soberanía cultural? Por eso este es un país aún sin forma, en el que la gente sigue creyendo que nuestros gobiernos nunca han tenido madre y en el que la gente vive preguntando por una Venezuela que le queda siempre muy lejos y no la encuentra. Y son los soñadores que es la inteligencia misma, diría Baudelaire quienes pueden hacerlo posible. Si alguien es indispensable para darle nombre propio y destino cierto a su Gobierno, amigo Presidente, amigo Hugo, es la cultura. Hágala norte de su reto, usted puede hacerlo, usted lleva este país en el corazón.
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|