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Escritura que da sed

El Nacional, Papel Literario sábado 23 de setiembre de 2000

Antes de 1958 hubo el miedo común, el acoso primario. El régimen castigaba la objeción, la suspicacia. En literatura, en cambio, tales aprensiones fueron pródigas para la fantasía literaria. La crueldad gomecista no consiguió baldar la prosa de Ramos Sucre, la pirotecnia verbal de González Rincones (de, Salustio, quiero decir, no del otro, el secuaz). Pervivieron la muchacha que se fastidiaba, el Brujeador, Juan Crisóstomo Payara, el fantasma del mediodía, Barrabás, Nina Cálice, al dolor de los grillos de La Rotunda, al vómito, a la sepultura viva. Una tienda de muñecos distrajo la ignominia de la castración humanizando lo que afuera se bestializaba entre charreteras y corbatas de lacito. El viaje al amanecer fue un día siempre postergado. La gracia del idioma le prometió la alta lumbre de las cumbres... Más tarde, otro día, igualmente clausurado, estalló en relámpagos de noche porteña, fogonazos y «voces de miedo y de pasión alzaron su llama hacia las estrellas» y un hombre ensilló su verde caballo por un paisaje memoria abajo, como el abismo. Las lastimaduras que infligían nuestras dictaduras del año 20 y del 50 no hicieron mella —como se ve— en la sien del imaginario: más bien sirvieron de ariete al castellano de Pocaterra para convertir un memorial de vejaciones en lo real insólito, en ficción narrativa. La temática de la tierra había sido adornada hasta el bostezo (las excepciones, ya lo sabemos, escaseaban) por ovejones, matas de peonías, sangre patricia…

Al día siguiente de 1958 un libro purpúreo miraba en las vitrinas de aquella librería que fue por breve tiempo Pensamiento Vivo en los pasillos del Centro Simón Bolívar. La carátula casi quemaba las pupilas que leían su nombre donde una mujer vagaba en el centro del resplandor, apenas sostenida por el hilo del dibujo de Manuel Quintana Castillo. El nombre del libro, Las hogueras más altas, explicaban aquella lumbre ardiente que ennegrecía las vocales claveteadas sobre el cielo ardido. Adentro aguardaba otro ardimiento, un ardimiento que nunca cesaría. O un contradictorio frescor en el goce así tocado por la brasa viva de una lectura asediante. Más bien «un cierto fresco de alcanfor», me diría mucho más tarde Adriano González León, el inventor de tal idioma, queriendo así ilustrar el deslumbramiento que nos produce la maravilla escrita, el vocablo, la frase que toca el punto último del éxtasis.

¿Cómo llamar hoy —a varias décadas de su primigenia aparición— esa escritura? ¿A qué estirpe literaria pertenece? Largo rato, la crítica le adjudicó semejanza de cuentística, de anecdotario narrativo; pero cada vez que uno se deslumbra con esos invisibles fuegos, esa mujer Fátima o las llamas y avista a antiguos viajeros o escucha voces lejanas, presiente, en el rehilo de la lectura fascinante y su encandilamiento, al hombre, al «hombre que daba sed» en un país de fuegos invisibles, cuesta arriba, en una montaña atormentada y sofocada por la loción del café y del deseo de hembra expuesta a un ritual de conjuros y maromas propiciatorias. Allí, en ese país escrito como aceza el ciervo, como se cierne el cernícalo, como se pierde la perdiz entre los géneros con que persiguen los críticos a toda escritura de rara excelencia, la gente se asemeja a sus gritos y a sus murmullos, a la canícula y a la centella. La fatalidad de la intemperie deviene la fatalidad existencial. Se habla por exorcismos, por conjuros, se ritualiza hasta el sentimiento y lo crístico vuélvese herejía delirante. Hay profetas que se baten por el sueño de su alma. Y cada quien parece surgir de los pensamientos y los humores, como demonios y los mártires. El frenesí amoroso es la pasión común, la sabrosura de la mujer transfigurada, la mujer desollada viva en el ensueño. Y nadie desaparece ni se aleja, sino que lo olvidan. El cuchillo mismo se humaniza, se convierte en el cuerpo que hiere, es la gana de herir antes que el fin de lo herido. Oigo que dicen (porque en el país de las hogueras más altas sus habitantes son menos ellos que sus voces): «Aunque ya tú no existas seguiré comiendo fuego por ti».

Pero el libro, si es que cabe darle confín tan estrecho a lo que desborda y persiste más allá de su objeto, no se cierra nunca. Es de nuevo el mismo, indistinto. Ahora es una dama quiromántica, una lectora de constelaciones. Luego una anécdota que se hunde, que el delirio se traga. Relatos hay, azotados por la lluvia o extraviados en la niebla de la desmemoria. A veces se diría la glosa de un poema de Saint-John Perse, escrito arriba, a fuer de epígrafe: señor terrible de mi risa, he aquí la tierra humeante con sabor de venado». O la hoguera que en el alma de Van Gogh, o ese flujo, esa náusea, esas tiras con que ulula Antonin Artaud y, en fin, esa vida enterrada, sonando, que escucha Ramón Palomares. ¡Cómo no comprender, entonces, que una prosa semejante, que una escritura así, haya avivado la emoción de Miguel Ángel Asturias, quien escribiera el pórtico de Las hogueras más altas recién encendidas!

¿Por qué me he detenido tan largamente en esa obra admirable, a tantos olvidos de su aparición? La razón es penosa: pronto hará un año que la cuentística de Adriano González León fue reunida por Alfaguara (Todos los cuentos más uno, 1998). Un silencio imperdonable siguió a este hecho trascendental. Acaso a la reciente edición de De ramas y secretos (Rayuela, 1999), un libro de poemas escrito por González León para su amada inmóvil (menos para nosotros, para quienes vivimos aún bajo el hechizo de aquella convulsiva, aquella magmática prosa poética, esquiva a todo género), no la asuele el mismo desamor. Hay allí imágenes por las que nos jugaríamos la vida; pero yo prefiero volver a vivir esa lumbrarada que me detuvo un día de 1958, esa escritura que da sed.


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