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El lenguaraz

Los albañiles de Babel

Luis Carlos Díaz Salgado
lcdiaz@rtva.es

Diario de Andalucía, Sevilla, 25 de marzo de 2000

La Unión Europea ha hecho público esta semana un comunicado poco menos que sorprendente: su Agencia para la Reconstrucción de Kosovo lleva varias semanas paralizada porque los mismos miembros de la Unión son incapaces de ponerse de acuerdo sobre qué idiomas utilizar en sus reuniones de trabajo. Lo que faltaba. En los Balcanes han nacido varias de las guerras más cruentas habidas en Europa, y allí han tenido lugar algunas de las batallas más sangrientas. Pero lo que uno no podía imaginarse es que iban a ser el origen de un conflicto lingüístico dentro del seno de la ultramoderna, ultrademocrática —y ahora también ultrainoperante— UE. Porque la cosa se resume fácilmente: los albañiles europeos deciden reconstruir Kosovo, y resulta que lo primero que construyen es la mismísima torre de Babel.

El problema comenzó cuando España se quejó de que en las reuniones de trabajo de la Agencia se utilizasen «sólo» tres lenguas, francés, alemán e inglés. Nuestro país adujo que todas las lenguas nacionales de los estados miembros de la Unión son lenguas de trabajo, y que por tanto tenían derecho a utilizar el español. La queja no le agradó mucho al director de la Agencia, el británico Chris Patten, que acusó a España de intransigencia argumentando que utilizar once lenguas a la hora de adoptar decisiones implicaría un altísimo coste en tiempo y dinero. Así que ha optado finalmente por ofrecer una solución de compromiso. Añadir el español y el italiano, a las lenguas anteriormente citadas.

Pero Patten lo único que hace con esta medida es parchear el problema y descargarse de responsabilidades, porque, si lo que pretende es ser realmente eficaz y ahorrar costes, igualmente podría haber utilizado una única lengua desde el principio o haber utilizado cinco, como ahora propone. O incluso haber planteado a los miembros de la Unión que modificaran las leyes lingüísticas. Si antes de que se quejara España sólo se utilizaban en su Agencia el francés, el alemán y el inglés, era porque ni Francia, ni Alemania, ni Inglaterra habrían consentido quedarse fuera de este particular reparto. Y por eso, en cierta medida, le doy la razón a la diplomacia española. Porque, no se engañen, esta situación surrealista de Kosovo no es sino un claro indicio de que la Unión Europea puede vivir muy pronto una auténtica guerra de las lenguas.

Para que se hagan una idea de la magnitud del problema: Bruselas se gasta casi una tercera parte de su presupuesto salarial en pagar a traductores e intérpretes. Algo lógico, si tenemos en cuenta que los quince estados miembros de la actual Unión aportan un total de once lenguas diferentes. Para cuando se produzca la inminente adhesión de países como Polonia, Chequia, Lituania o Hungría, será necesario dedicar la mayor parte de los recursos humanos y monetarios a los servicios de traducción e interpretación. Un gasto que resulta excesivo a todas luces. En un futuro hipotético en el que todos los países europeos formaran parte de la Unión, tendríamos alrededor de 25 lenguas oficiales. Casi cincuenta, si contásemos también las lenguas minoritarias de cada país, caso del gallego, el catalán o el irlandés, por poner algunos ejemplos. Como ven, las cifras son mareantes.

Para comprender cómo se ha podido llegar a esta situación hay que remontarse a 1957, fecha fundacional del Tratado de Roma (que dio origen a lo que hoy es la Unión Europea). En aquella época sólo había tres idiomas oficiales: francés, italiano y alemán. Y quizás por eso el primer Consejo de Ministros de la CEE acordó que todas las lenguas nacionales de los estados miembros serían utilizadas como lenguas de trabajo. Pensaron que era una buena manera de no discriminar a nadie. Pero cincuenta años después la situación es muy diferente, y la Unión Europea va camino de convertirse en un mastodonte reumático. Un megaorganismo sin capacidad alguna de reacción y respuesta, como parece demostrar lo que está ocurriendo en su Agencia para la Reconstrucción de Kosovo. Once lenguas de trabajo son un lastre demasiado pesado para cualquier institución, así que parece que ha llegado la hora de elegir. Ahora bien, ¿cómo hacerlo sin que nadie se sienta perjudicado? Y además, ¿en qué basarnos para determinar la importancia de una lengua?

Si tuviésemos que decidir por el número de hablantes, la solución sería relativamente fácil, ya que el alemán es el idioma más hablado en la Unión (casi noventa millones entre Alemania y Austria). Pero el francés alcanza también una cifra muy significativa, alrededor de setenta millones entre Francia y Bélgica. Y el inglés una muy parecida: sesenta millones entre británicos e irlandeses, (prácticamente el mismo número de hablantes que el italiano). Un poco más rezagada aparece España, con cuarenta millones. Y, ya bastante alejados, el danés (5), el finés (otros 5), el sueco (casi 9), el neerlandés (15), el portugués (10) y el griego (otros 10). Pero, ¿a quién se le ocurriría optar por el alemán y dejar fuera al inglés, que es la lengua más hablada y estudiada del mundo? ¿O al francés, que aún goza de un gran prestigio internacional? ¿O al español, que cuenta con trescientos millones de hermanohablantes allá en América y un interés creciente en todo el mundo? Realmente basarse en el número de hablantes sería estar tan ciegos como en 1957. Es necesario que ahora pongamos la vista en el futuro y optemos por imponer la sensatez y el pragmatismo. Una lengua no es aceptable y once son demasiadas

Así que, en definitiva, no parece tan mala la solución de compromiso que Chris Patten ha propuesto para resolver este nuevo episodio de la guerra de Kosovo. Tener cinco lenguas de trabajo (alemán, francés, inglés, español e italiano) resulta mucho más ventajoso que tener once, y muchísimo más que tener quince o veinte, que es lo que nos deparará un futuro muy cercano. En la ONU, por citar un caso análogo, sólo hay cinco lenguas de trabajo: inglés, francés, español, ruso y árabe, y no hay que olvidar que se trata de una institución de ámbito mundial.

Lo que parece evidente es que, sea cual sea la decisión que se tome, algunos países se sentirán discriminados. Las lenguas no son sólo sistemas de comunicación, sino que conllevan una enorme carga de poder y de influencia. Si España se ha quejado en Kosovo fue porque el problema lingüístico se está haciendo cada vez más evidente en la Unión, y nuestro país quiere dejar claro que el español no puede quedar excluido. España ha enviado un mensaje de esos que hay que leer entre líneas. Que haya ocurrido en Kosovo es una casualidad, aunque trágica, que puede volver a repetirse. Hoy es España la que protesta, pero mañana cualquier otro país lo hará en cualquier otra parte del mundo. Y esto es precisamente lo que hay que evitar. O si no que se lo pregunten a los kosovares. Me parece estar oyéndolos mientras pasan penalidades en sus ciudades destruidas por la guerra: «No necesitamos su Babel en nuestra tierra, lo que necesitamos es su ayuda, así que, por favor, ayuden ya. Aunque para ponerse de acuerdo tengan ustedes que hablar en chino.» Pues eso.


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