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lacamaradejuani.com

Luis Carlos Díaz Salgado
lcdiaz@rtva.es

Diario de Andalucía. Sevilla, 8 de mayo de 2000

Aviso a navegantes hispanoamericanos

Este artículo está escrito poco después de hacerse público que el concurso de televisión Gran Hermano ha alcanzado cuotas de audiencia hasta ahora desconocidas en el panorama televisivo español. Según los últimos sondeos, este programa fue visto por más de 11 millones de españoles hace algunos días, lo que representó picos de hasta el 70 por ciento de la audiencia. Es más, Gran Hermano llegó incluso a desbancar al fútbol como programa más visto del miércoles 3 de mayo. Y eso que el partido contra el que competía era el Real Madrid-Bayern (semifinales de la Copa de Europa). Un hecho insólito hasta ahora en España. Puede que usted, amigo hispanoamericano, desconozca de qué va el programa en cuestión. Se trata de reunir en una misma casa, llena de micrófonos y cámaras, a 10 personas que durante 90 días tendrán que compartir su existencia y su intimidad con todos los televidentes, que semana a semana votarán por aquel que desean que abandone la casa. Al final sólo quedará un concursante que se embolsará 20 millones de pesetas (algo más de cien mil dólares estadounidenses). El concurso llega desde Holanda y Alemania donde se ha llamado Big Brother, en clara referencia a la obra de Orwell, 1984. En estos países el fenómeno de la audiencia también ha sido el mismo. Por último, hay que reseñar que la cadena de televisión CBS de EE.UU. ha decidido ponerlo en antena dentro de pocas fechas, y le ha asignado un horario de máxima audiencia. Así que si usted se cree a salvo del Gran Hermano, siento comunicarle que dentro de poco hará como casi todos: sentarse ante su televisor y dedicarse al ¿sano? oficio de husmear en la vida de otros. Como en el caso de la novela de Orwell, nadie está a salvo del Gran Hermano. Milagros de la globalización...


Yo también voy a hablarles del Gran Hermano. Pero sólo un poquito. Bueno algo más que un poquito, pero será al final. En realidad será la segunda parte de este artículo en el que voy a tratar sobre la actual crisis del periodismo televisivo. Una crisis de imagen y concepto que llega precisamente en los momentos de mayor gloria y difusión de este medio de comunicación. Porque, por más paradójico que parezca, en la sociedad de la información la información aparece como un concepto ambiguo y vacío de contenido. Es una palabra comodín que ya no significa prácticamente nada. Ahora todo es informativo: los telediarios, los programas rosas, los de fútbol, los de crímenes y violaciones... Todo es noticia y todo es importante. Y eso es tanto como decir que nada lo es.

Es la propia esencia de la televisión, que puede servir para todo. Es el medio de comunicación más manipulable porque al telespectador le basta con tumbarse en el sofá para ser testigo de la gama más extensa de miserias y virtudes humanas. La televisión puede servir para entretener y para embrutecer. Para educar y para confundir. Para informar y para desinformar. Y por eso la figura del periodista y el concepto de información tienen que ser aclarados y definidos lo antes posible. Lo que dicen los periodistas y la manera en que lo dicen gozan de prestigio entre la población. Y por eso es necesario ser sumamente críticos tanto con la ética como con la estética televisivas.

Ahora está muy de moda en los noticieros que haya presentadores y periodistas con pinta de serios. Suelen tener un rictus trascendental mientras nos cuentan las noticias. Como si nos estuviesen revelando la verdad de la vida, vamos. Parece que nos dijeran: «Esto que les voy a contar es importante, qué digo importante, importantísimo, básico, esencial ¿o se cree usted que con esta cara le puedo contar algo intrascendente?».

Es el estilo característico de CNN Plus. Si se fijan, verán cómo sus periodistas y presentadores ni siquiera parpadean, que ya es difícil. Esta uniformidad en la expresión llega incluso más allá, y las edades, el vestuario y los acentos de estos periodistas también parecen el mismo. Da igual que nos cuenten la noticia desde Tarifa, Gramanet o Buenos Aires, el caso es que da la impresión de que todos han nacido en el mismo barrio pijo, tienen el mismo sastre y han hecho el mismo máster millonario.

Y qué quieren que les diga, pues que yo esto de la uniformidad no me lo creo. Me produce el efecto contrario al deseado. Cuando escucho a algunos periodistas despedirse desde Nueva York o Almería con un acento que parece que acaban de salir de una clonadora, me quedo desconcertado. Ni siquiera hablan los tíos como los de Valladolid, no es eso. Es que hablan como máquinas, y hacen imposible que uno adivine de dónde es el que le está contando las noticias. Mucha seriedad, mucho modelito, mucho lo mío son acontecimientos creíbles y resulta que más que informadores parecen informeitors.

Pero que conste que la pretensión de lograr una marca de empresa basada en la credibilidad no es mala. Con lo que no estoy de acuerdo es con la idea de que para ser creíble haya que ser uniforme. Creo que es un error suponer que para dar información veraz y objetiva haya que ponerse trascendental, lucir impecable y ser monoacentual, casi inhumano. Qué le voy a hacer, yo me creo mucho más a los periodistas descorbatados, a los que no dan la impresión de estar haciendo un papel ante la cámara, a los que tienen algo que decir —además de algo que contar—, a los que se les nota que son de Lugo o de Jaén, o de Bogotá; total, qué importa el acento de cada uno, el caso es que lo tengan, como las personas. Por eso no comprendo cómo una cadena que ofrece información tan seria la viste con un traje tan gris y tan monótono, donde la diversidad y el mestizaje brillan por su ausencia. Es la estética del periodista virtual, una estrategia de márquetin que intenta que los informadores aparenten que a ellos ni les va ni les viene. Que son un simple transmisor, una pieza más del engranaje mediático. Y quizás de ahí lo maquinal, lo irreal de sus apariencias y de sus acentos.

Pero la verdad, creo que me estoy poniendo muy duro con los compañeros de CNN Plus —cuya estética confunde objetividad con distanciamiento— cuando lo peor son los periodistas faltos de ética que confunden la ficción con la realidad, como es el caso de la Milá (Mercedes Milá) y su nuevo espacio televisivo.

Resulta que dice la que antaño fue informadora de prestigio que presentar el Gran Hermano es «algo apasionante para cualquier periodista porque se sigue desde fuera la vida de un grupo de personas». Ahí es nada. Y yo que creía que el periodismo era otra cosa. Pensaba que consistía en hacer reflexionar a la gente sobre los acontecimientos de la vida, y que había que hacerlo, además, desde dentro: pringándose. Y resulta que no, que sólo estriba en contar cosas desde fuera, a una distancia prudencial. Esta es la nueva ética del periodismo en televisión, donde los actores hacen el papel de periodistas y los periodistas no son más que «ganchos» para conseguir audiencia.

Y esto es lo que más me molesta, que me engañen, y no la zafiedad del programa en sí. Porque lo del Gran Hermano de la Milá no es periodismo, sino otra cosa que seguramente lleva muchos ceros detrás. Periodismo es lo de su otro hermano, lo del pequeño, el que presenta las noticias en la 2 (un informativo alternativo de la segunda cadena la TVE). Lo del Grande es puro teatro. Una función continua protagonizada por actores de pacotilla que venden sus derechos de imagen por ciento cuarenta mil pelas a la semana, y que intentan conseguir veinte millones más por enseñarnos lo que ya deberíamos saber, que todos somos un compendio de virtudes y miserias. Este Gran Hermano es un teatrillo donde el periodista no es sino un actor más que también actúa por dinero. Y, mientras, los periodistas de verdad se las ven y se las desean para llegar a final de mes, trabajan sin horario y la mayoría de ellos no tienen ni convenio colectivo. ¿Sabrán esto los miles de estudiantes de ciencias de la información que sueñan con llegar a trabajar en televisión? Mejor harían estudiando arte dramático.

Pero en realidad la culpa de esta falta de ética televisiva es nuestra, de todos. Porque no tenemos sino lo que nos merecemos. La televisión es como un cante de ida y vuelta. Nos dan lo que queremos que nos den. Y, según los últimos sondeos, el 50 por ciento de los españoles queremos ser el gran hermano. Aunque sólo seamos grandes primos que creemos estar observando un mundo real cuando la única realidad es que son las agencias de medición de audiencias las que nos observan a nosotros. Y nos dan lo que pedimos: periodismo virtual en un mundo virtual. Donde todo es creíble, pero donde casi nada es real o verdadero.

Y además el Gran Hermano ni siquiera es algo nuevo. Meterse en la vida de los demás ya hace tiempo que lo inventó lacamaradejuani.com. Un lugar de Internet donde usted puede estar todo el día viendo como la tal Juani se levanta, desayuna, se lava los dientes, se viste, se desviste, se pone, la ponen, se la pone a quien sea, y demás vicisitudes. Vamos, que es un sitio donde se puede satisfacer la curiosidad de ver a alguien en sus momentos más íntimos, que en definitiva parece ser el nuevo entretenimiento nacional. La única diferencia es que con la Juani hay que echar mano de la Visa, y con el «hermanito» el precio lo pagamos en neuronas y dignidad. Y no sé yo qué es lo que nos saldrá más caro.

Sin embargo, no quiero terminar dando la impresión de que yo soy de otra galaxia. A mí también me gusta el morbo, como a todos, y si reniego tanto del Gran Hermano es porque entre ese programa y yo hay algo personal. Me cae mal porque me está haciendo quedar como un idiota. Resulta que aposté con mi mujer hace una semana que iba a durar menos en antena que un programa de microcirugía. Que era imposible que la gente viera semejante bodrio.

Mi mujer no ha parado de reírse desde que aparecieron los primeros índices de audiencia. Y no quiero ni pensar en lo que me queda...


Luis Carlos Díaz Salgado en La BitBlioteca



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