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Éxito y fracaso de la ortografía

Diario de Andalucía. Sevilla, 12 de febrero de 2000

Tengo un amigo que dice que la culpa de la mala ortografía de la gente la tiene la Real Academia. Sostiene mi amigo que nuestras reglas de escritura son buenas, pero mejorables, y argumenta que la última y exitosa Ortografía de la Academia no resuelve ni uno solo de los problemas que padecemos los hispanohablantes a causa de las letras. «Además,» comenta, «la nueva Ortografía es la vieja ortografía. La misma Academia lo reconoce en el prólogo del texto donde señala que apenas hay ‘novedad de doctrina’. Pues bien, si apenas hay nada nuevo, ¿para qué publica entonces esta obra?»

Y lleva razón mi amigo, porque la última simplificación ortográfica de importancia se produjo en 1752. En aquella fecha se decidió que la grafía f fuese la única encargada de representar el sonido efe. Desde entonces philosophía se escribe filosofía. Y desde entonces no ha habido ninguna otra simplificación relevante. Como bien recuerda la Academia, en 1844 se paralizaron las reformas, y la Real decidió tomarse un tiempo para reflexionar y realizar consultas entre las personas doctas. Pero desde entonces ya ha pasado mucho siglo y medio. Mucho tiempo para hacer tan sólo algunas modificaciones en las reglas de acentuación. Sobre todo porque se puede pensar que la Academia —al publicar como nueva una obra en la que apenas hay novedades— considera que la ortografía española ha alcanzado ya su máximo grado de perfección. Y esto sería como admitir la derrota, porque, no nos engañemos, nuestra ortografía es buena, pero aún puede serlo mucho más.

Ajeno a las polémicas, el nuevo texto académico es ya un éxito de ventas. En España es el libro de no ficción más vendido de las últimas semanas; en Colombia creo que ocurre otro tanto, y desde México se ha producido tal aluvión de peticiones que la misma Academia se ha visto desbordada para atenderlas. Y no es raro este súbito interés de la gente. Si en algo estamos todos de acuerdo es en la importancia sociocultural de la ortografía. La escritura es el traje que viste nuestro discurso, y una falta es como un siete en ese traje, un siete que deja al descubierto las partes pudendas de nuestra anatomía lingüística. Vean si no el caso de la h, una letra muda —dicen—, salvo cuando se nos olvida. Entonces bien alto que grita lo burros que somos. Saber escribir correctamente es, y mejor no olvidarlo nunca, condición sine qua non para ser considerados personas cultas. Pero este tipo de consideraciones socioculturales no debe hacernos olvidar que en realidad una ortografía no es sino una herramienta, y que cuanto más fácil sea su manejo mejor para todos.

En español casi todas las faltas de ortografía vienen motivadas porque, en ocasiones, un mismo sonido es representado por dos letras diferentes. Tenemos, por ejemplo, que hay gerencias e injerencias, a pesar de que ambas suenan igual. Pasa lo mismo con las bes y las uves, que tantos problemas causan a todos aquellos que aprenden nuestro idioma. Y con la q y la k y la c, ¿quiosco, kiosco, kiosko...? Por no hablar de las haches: ¿quién no ha dudado alguna vez sobre la de desahucio? ¿Y qué me dicen de exuberante, la lleva o no la lleva? ¿Y exhausto? Escribir una letra que no representa sonido alguno es un verdadero lujo que nos causa muchos quebraderos de cabeza.

Y todo se produce porque la Academia, encargada desde 1847 de establecer las reglas ortográficas, utiliza tres criterios a la hora de elaborar sus normas: la pronunciación, el origen de las palabras, y el uso establecido. De todos ellos, la pronunciación es el único necesario. Establece como ideal el principio de: «Un sonido, una letra. Siempre el mismo sonido, siempre la misma letra.» El español es una lengua que se acerca mucho a este ideal. Si en inglés, francés o alemán utilizáramos únicamente el criterio de la pronunciación a la hora de escribir, nos encontraríamos con unas ortografías peligrosamente diferentes a las actuales. Nuestro idioma es, ortográficamente hablando, más perfecto que el de estas otras lenguas. Pero no lo es totalmente.

Primero a causa de la etimología, mala consejera en asuntos ortográficos. Si escribimos humildad con h es porque la palabra procede del latín humilitas. Pero nunca nos paramos a pensar si en latín esa h se pronunciaba o no, como sucede en español. Y lo cierto es que nosotros hablamos español, y no latín. En segundo lugar, cometemos errores porque permitimos usos que, aunque admitidos por la costumbre, no responden a reglas fijas. Por eso escribimos, por ejemplo, hueso, con h, aun cuando en latín se escribía ossum, palabra de la que derivan las actuales óseo, osario, osamenta, etc. No hay duda, en cuanto abandonamos el ideal de «un sonido una letra» empiezan los líos. Y entonces olvidamos lo más elemental, que una ortografía tiene que ser lo más simple posible, y que sus reglas deben admitir el menor número de excepciones. Dejamos de considerar a la ortografía un instrumento y la convertimos en un test continuo de cultura general. Piensen, si no, si es necesario saber etimología para escribir las palabras que decimos, o si les parece sensato mantener usos basados en el error, por más tradicionales que sean.

Somos fetichistas conversos. Y creemos que las haches, las ges y las bes no son sólo letras, sino parte del «acervo cultural común». Esto es cierto, pero el patrimonio no sólo hay que conservarlo. Si podemos, también hay que mejorarlo. Cervantes no se levantará de su tumba si decidimos escribir «injenioso» en vez de ingenioso, o «idalgo» en vez de hidalgo. Y seguramente las generaciones posteriores nos lo agradecerían. Conviene que pensemos en este tipo de cosas porque, la encargada de hacerlo —la Academia— parece estar más interesada en vender libros con la filosofía ortográfica del siglo XIX que en poner las bases de la ortografía del siglo XXI. Mi amigo lo sentencia de manera muy certera: «La Academia ha convertido el fracaso de la ortografía española en el éxito editorial del año».


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