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Prohibido decir «talibanes» Sevilla, 30 de abril de 2001 En los últimos años los talibanes se han hecho tristemente famosos en todo el mundo. A la desdichada situación de las mujeres afganas, condenadas a ¿vivir? detrás del «burka», una túnica con reminiscencias de cárcel, se ha unido la reciente destrucción de los budas gigantes, intrusos indeseables en este lugar integrista, islámico y afgano en el que no hay más dios que Alá, ni más razón que el fanatismo religioso. Hasta hace poco, estos talibanes eran unos completos desconocidos para la mayoría de nosotros. Tanto que ni siquiera el término que los designa existía en nuestro idioma. Sin embargo, la actualidad obliga, y desde los medios de comunicación nos hemos visto en la necesidad de crear un neologismo en español para referirnos a esta gente. En situaciones así lo normal es que se eche mano de la etimología, como ha sucedido ahora. El término talibán proviene de la palabra árabe talib: estudiante, que a su vez se deriva del verbo talaba: estudiar. No en vano, estos nuevos inquisidores afganos son estudiantes de teología islámica que, por esas extrañas sinrazones de la política, han acabado malgobernando los destinos de su país. Pero volviendo al neologismo que nos ocupa, en la totalidad de los medios de comunicación españoles y en muchos de los hispanos se pregona con machacona insistencia que, en plural, el término talibanes es incorrecto y debe ser sustituido por el etimológicamente exacto talibán, plural de talib en árabe. Es este un claro ejemplo de cómo la etimología tiene en ocasiones poco que ver con el sentido común. Porque lo cierto es que nosotros no hablamos árabe, sino español. Y en nuestro idioma un singular que acabe en b: talib, es tan extraño como un plural que acabe en n: talibán. No hay dudas de que la etimología es una ciencia docta, pero en ocasiones tan solo sirve para que los que la conocen puedan alardear de su sabiduría. Al resto de los mortales lo único que nos resta es hacer de tripas corazón y construir frases tan anómalas como: «Los talibán amenazan con destruir los budas gigantes» (en el que talibán es un plural). «Aumenta el fanatismo talibán», (y ahora la misma palabra es un singular). «El talibanismo no entiende de arte» (derivada no se sabe si del singular o del plural). Y así nos encontramos con que al aplicar tan peculiar criterio etimológico olvidamos que en español hace ya mucho que existen los divanes, y los mazapanes y los zaguanes, etc. Y que la terminación -an es inmediatamente tomada por un singular: diván, zaguán, pan, desván, etc. En fin, los medios de comunicación parecen empeñados en que aprendamos árabe y para ello nos prohiben decir los talibanes. Sin embargo, este debate lingüístico no debe hacernos olvidar que lo mejor que nos podría haber ocurrido es que jamás hubiésemos tenido la necesidad de crear este neologismo: que los budas gigantes contemplaran todavía el cielo de Afganistán; que no se produjesen más ejecuciones en nombre de una cruel e inescrutable ley divina; que las mujeres de ese país todavía pudiesen ir a la escuela, o al trabajo; o que simplemente pudieran caminar con la cara descubierta. Qué buena noticia sería, en definitiva, que en los medios de comunicación nunca más tuviésemos que hablar de los talibán... ni de los talibanes.
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