|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
El lenguaraz La hipótesis de Txillardegi Sevilla, Diario de Andalucía, 8 de abril de 2000 Una de las actuaciones más excluyentes de una parte del nacionalismo de Euskadi creer que es necesario hablar vasco para ser vasco tiene su origen en una interpretación errónea de las complicadas relaciones entre lengua, cultura y pensamiento. Son muchos los que opinan que las lenguas reflejan distintas concepciones del mundo, de la realidad en la que vivimos. Como cada lengua tiene su lógica propia, los hablantes de un determinado idioma poseen una manera personal y diferenciada de concebir y describir el mundo. Según estos postulados, la cultura de cada pueblo está determinada por su lengua y viceversa: cada lengua está limitada por la cultura del pueblo que la utiliza. La discusión sobre qué fue primero, si el huevo (la cultura y el pensamiento) o la gallina (la lengua) ha sido objeto de numerosos debates entre los lingüistas. En la década de los cincuenta, los norteamericanos Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf elaboraron una teoría llamada la hipótesis de Sapir-Whorf que en su concepción más radical defendía que nuestros pensamientos están a merced de la lengua que utilizamos. Según este juicio sobre las relaciones entre lengua y pensamiento, los hablantes bilingües tienen dos visiones incompatibles del mundo y pasan de una a otra dependiendo de la lengua que utilicen en un momento dado. No obstante, esta visión extrema de lo que son las lenguas choca con el hecho incuestionable de que los mismos hablantes bilingües confiesan que, básicamente, pueden expresar los mismos pensamientos en una u otra lengua. Una opinión que se ve refrendada por los traductores, que, con muy pocas excepciones, pueden expresar en un idioma lo que anteriormente ha sido manifestado en otro diferente. Es interesante comprobar, sin embargo, cómo algunas parcelas del conocimiento humano son mejor descritas en unas lenguas que en otras. Pasa, por ejemplo, con el vocabulario relativo a los colores, que ha servido tradicionalmente para ilustrar la hipótesis de Sapir-Whorf: En algunas lenguas sólo existen unas pocas palabras para describir toda la gama cromática; es el caso, por ejemplo, de los hablantes de la lengua amerindia zuni que no tienen un vocablo diferente para el amarillo y el naranja, y ello a pesar de que sean capaces de distinguir entre un color y otro cuando se les pide que lo hagan. Estas diferencias a la hora de nombrar los colores se producen porque las necesidades expresivas de los hablantes vienen determinadas por el mundo en el que viven. Así, mientras que para la mayoría de nosotros la nieve es la nieve y punto, los esquimales disponen de muchas palabras para definirla, ya que esto les es utilísimo en su vida cotidiana, una cuestión de supervivencia, vaya. De la misma manera, para un aborigen del Amazonas habrá muchos tipos de verde, cada uno de ellos conceptualizado en una palabra diferente. Vemos cómo, efectivamente, la situación y la cultura influyen en el lenguaje y en el pensamiento. Pero, en su visión más radical, creer que la cultura condiciona totalmente el lenguaje y viceversa nos lleva a olvidar que, en muchas ocasiones, hablar un mismo idioma no significa obligatoriamente compartir la misma cultura. Precisamente, la hipótesis de Sapir-Whorf ha sido utilizada por una parte del nacionalismo vasco para postular la necesidad de que todos los vascos hablen euskera, lo que en la práctica se ha dado en llamar eufemísticamente "inmersión lingüística". Nos lo cuenta Joseba Arregi, un lingüista y filósofo nacionalista vasco en el libro Ser nacionalista (Acento Editorial. Madrid, 2000). En esta obra, Arregi nos recuerda cómo fue Txillardegi, uno de los fundadores de ETA, el que en 1974 en su libro Hizkuntza eta pentsaera (Lengua y pensamiento) postuló, basándose en las teorías de Sapir-Whorf, una visión drástica y vehemente de las influencias entre lengua y pensamiento. Nos dice Arregi: "Cuanto más alejadas están unas lenguas de otras, tanto más alejadas se hallan las realidades en ellas construidas. Siendo el euskera una lengua radicalmente diferenciada en relación a las lenguas románicas de su entorno, la realidad en ella construida también es radicalmente diferente. Si esta diferencia es interpretada en el sentido de que cada lengua y cada mundo construido en ella son entidades cerradas, como lo es en el caso de Txillardegi, la consecuencia es que la lengua y su mundo determinan una manera específica de ser y de pensar. La identidad se convierte en normativa. Otra manera de pensar, de ser, de comprenderse a sí mismo desaparece como opción para las personas". Y así tenemos como el derecho a utilizar una lengua en este caso el euskera se establece como obligación, y no como libertad. La "hipótesis de Txillardegi" es, en definitiva, dictatorial e injusta. Porque dictatorial e injusto es pensar que hay que ser euskaldun (vascoparlante) para que uno sea o se sienta vasco. Sobre todo porque el sentido común y la realidad nos demuestran que tan vasco es el que habla sólo vascuence, como el que sólo habla castellano, o como el que habla las dos lenguas, que sería lo ideal: el lenguaje determina de alguna manera nuestro pensamiento, pero ni mucho menos lo condiciona totalmente. No conviene olvidar que los humanos, homo sapiens y homo loquens, compartimos los que se denominan "universales lingüísticos". Lo explica muy claramente José Antonio Marina en su obra La selva del lenguaje (Editorial Anagrama, 1999): "Existe un repertorio de al menos 55 primitivos semánticos [significados], que formarían un metalenguaje universal con el que podrían definirse las palabras de cualquier lengua". Yo creo, como Marina, que existe una verdad supracultural que nos lleva a buscar un territorio compartido. Frente a las divergencias intrínsecas de las lenguas, los humanos somos capaces de comprender que existen espacios comunes. Insisto muy a menudo en que es una cuestión de educación y generosidad. Generosidad para comprender las diferencias y educación para aunarlas en busca de los objetivos comunes: la convivencia y el entendimiento. Como digo, la búsqueda de diferencias llevó a Txillardegi a elaborar una teoría lingüística que en la práctica se convierte en excluyente: sólo es vasco el que habla euskera, la lengua de los primitivos vascones. Esto le llevó a olvidar que ni los vascos, ni el resto de los españoles, vivimos ya en la Prehistoria, sino a las puertas del siglo XXI. Una época en la que, guste o no, todos hemos recibido la influencia y el mestizaje de otras culturas y civilizaciones. La sociedad vasca es pluricultural, lo mismo que el conjunto del estado español, y este parece un hecho innegable. Algo similar a lo que les cuento de Txillardegi les ocurrió a muchos antropólogos que también en busca de la diferenciación postularon que, hace miles de años, los vascones eran dolicocéfalos (de cráneo ovalado) y no braquicéfalos (de cráneo redondo), y que la presencia de RH en su sangre era superior a las poblaciones del entorno; un argumento que se ha usado en más de una ocasión para convencernos de que sólo hay un tipo de vasco que valga. Un vasco puro e ideal, que usualmente coincide con un vasco nacionalista y euskaldun. Es una manera como cualquier otra de manipular la ciencia y tergiversar la realidad. Una realidad que nos demuestra que, a pesar del RH, todos compartimos el hecho de ser hombres; y que, a pesar de las diferencias innegables entre las lenguas, hablar y pensar no son, en definitiva, sino las cualidades más humanas: las que más nos unen, y no las que más nos diferencian. Es una simple cuestión de matices, pero creo que no me equivoco al decir que, en este caso, los matices importan. Y mucho.
El lenguaje en La BitBlioteca |
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|