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Huerto desecho

Metro Lírico

Félix Lope de Vega Carpio

Al ilustrísimo señor Don Luis de Haro

Haro, de la alta esfera
Gloria, y Honor del monte de Helicona,
donde mejor pudiera
mover el Sol su espléndida corona
y con mayor Eclíptico decoro
que en sus eternos paralelos de oro:

Oye con rostro afable
no de Marte el furor, ni las fortunas
del Mar inexorable,
que entre lares domésticos algunas
suelen causar al sentimiento efectos
que al genio obligan a formar conceptos.

Antiguamente fueron
dignos los Huertos, si las flores amas,
del honor que les dieron
los Griegos y Latinos Epigramas,
vivas estatuas cuya ilustre pompa
no hay fuerza de los siglos que la rompa.

Quejábase la tierra
en su principio, que el celeste manto
tanta hermosura encierra,
y Júpiter, que amó las selvas tanto,
porque no pudo darle luces bellas
las flores igualó con las Estrellas.

En el laurel constante
vivió Ninfa gentil; celosa ardía
Clicie, de Febo amante;
a Narciso mató su Filautía;
Joven era el Jacinto, y las hermosas
plantas de Venus purpuraron rosas.
El fruto del discreto
moral, sangre de Píramo colora;
con tierno y dulce afecto
la madre del Amor a Adonis llora.
Tú, pues tuvieron almas, oye en tanto
que lloran flores los que dellas canto.

En la primera parte
de la tiniebla, en que la noche fría
su oscuro imperio parte,
los temerosos párpados abría
con luz intercadente y breve el cielo,
manchado a nubes el purpúreo velo.

Solo en silencio mudo
a sí misma la Noche se escuchaba,
y en el informe y rudo
principio estar segunda vez juzgaba
cuantas naturalezas tienen forma
del claro Sol que su materia informa.

Temblaba de la Tierra
la cara que afeitaron tantas flores,
amenazando guerra
la caja de los Polos tronadores
y las columnas que los arcos fían
cañones de cristal estremecían,

Cuando de los terrenos
Húmidos monstruos, que el Planeta Cuarto
engendra por los senos
nubíferos, ya rotos, brama el parto,
silbando por el viento y polvo ciego
en selvas de agua, víboras de fuego.

Tantas balas de nieve
escupe la invisible artillería,
y tantos mares llueve,
que parece que en ira y en porfía
con nueva injuria a los Gigantes fragua
en Etnas de temor sepulcros de agua.

Alivio de mis males,
Mísero Huertecillo, que dormía
libre de penas tales,
sus flores acechando el Alba al día
para abrir de pimpollos tanta suma,
y yo su luz para tomar la pluma,

A un tiempo nos quejamos
él con la voz, de que le roba el viento
las flores y los ramos,
y yo de ver que en su furor violento
no respetase Júpiter airado
la verde oliva y el laurel sagrado.

Fulminaba tronantes
rayos al Mundo el Celestial Teatro
que bordaron diamantes,
Y uno en furor los elementos cuatro,
pensaron que el Motor que los gobierna
desengarzaba la cadena eterna.

No bien la blanca Aurora
los jazmines del pie puso en la plata
del coturno que dora
al tiempo que con la luz el Sol los ata,
cuando salí por ver qué fruto alcanza
la fe con que sembré tanta esperanza.

No siente más fatigas
mísero labrador cuyo sembrado
coronaban espigas
cuando miró las líneas del arado
su primero sudor, y del novillo
limpias las eras y burlado el trillo,

Que yo mi inútil Huerto,
robado como Hespérides de Alcides,
y en el campo desierto
otra Numancia de árboles y vides,
un Sagunto de flores y retamas,
las piedras hojas y los muros ramas.

Sobre mojados limos,
Troyas de manutisas y claveles,
pámpanos y racimos
de un cenador, ya título, doseles,
porque le puso el tiempo en alto estado,
la arena de sus pies hicieron prado.

Cual suele de mañana
antes de consultar el claro espejo,
sin falsa nieve y grana,
salir la dama en pálido bosquejo,
que desmintió lo que mentido había,
a la noche Clavel y Lirio al día;

Y ya Huésped extraño,
su amante apenas sabe consolarse,
y llamándose a engaño,
más solicita el irse que el quedarse,
así mi huerto en el lluvioso abismo
amaneció mentira de sí mismo.

Un árbol cuyo fruto
desatados corales imitaba,
volvió la pompa en luto
vengándose un jazmín que le envidiaba,
y le deja esqueleto así, y le priva
del alma natural vegetativa.
¡Condición arrogante!
¡Que no sufras, jazmín, que las mayores
plantas estén delante
porque tu verde red salpiquen flores,
sabiendo que crecer ni vivir puedes,
a no tenerte en brazos las paredes!

La vividora hiedra
¿Qué hiciera el Laberinto de sus lazos,
si amante, con ser piedra,
piadoso el muro no le diera abrazos?
o ¿cómo, no trepando al verde colmo
fuera la vid tan alta como el olmo?
Cuanto el cielo sustenta
precisa ha menester defensa alguna;
todo el favor lo aumenta;
hasta el inmenso mar crece en la Luna;
que nunca vi medrar, o es monstruo raro,
planta sin Sol ni ingenio sin amparo.

Cual quedan en la guerra
manoplas, golas, petos y celadas
sembrados por la tierra,
y entre el sangriento humor rotas espadas,
así del viento bárbaros rigores
rompieron ramas y sembraron flores.

Suspenso yo le dije:
¿Qué es esto, huertecillo? ¿Qué fortuna
tan áspera te aflige?
¿Cuánto la Envidia en humildad ninguna
fue tan cruel? ¿Si el verte tan florido
el exorcismo desta nube ha sido?

¿Qué mucho que desprive
la envidia al siete veces Cónsul Mario
y que al suelo derribe
la gloria militar de Belisario?
¡Mas tú, mas yo, venganzas tan crueles!
¿Por qué triunfos, jardín? ¿Por qué laureles?

Si fueras el Hibleo
de España, Aranjüez, no me admirara
que su feroz deseo
en tu Real grandeza ejecutara;
mas átomo Pensil, verte me admiro
el verde blanco de su alado tiro.

Consuélate conmigo,
que después de dos años pretendiente,
los servicios no digo,
que fuera memorial impertinente;
basta que sepas tú que me pareces,
pues que te pierdes más cuanto más creces.

Áspero torbellino,
armado de rigores y venganzas,
súbitamente vino
a deshojar mis verdes esperanzas,
haciendo el suelo alfombra de colores
tantas hojas escritas como flores.

No fuera el gran Monarca,
porque viviera yo, menor Planeta,
pues cuanta tierra abarca
y ciñe el mar se le rindió sujeta,
que iguales mira al Águila y al Grillo
aquel Topacio del celeste amarillo.
Corre sin desclavarse
del solio de zafir, Alma del mundo,
múdase sin mudarse,
de la naturaleza autor segundo,
Rey de la luz con par de su armonía,
hacha inmortal donde se enciende el día.

Si bien hay tierra adonde
ni aun con oblicuos rayos su grandeza
a su Nadir responde,
tal es de mi fortuna la aspereza,
que no me alcanza el Sol, ni me ha servido
haber junto a su Eclíptica nacido;

Ni mi fortuna muda
ver en tres lustros de mi edad primera
con la espada desnuda
al bravo Portugués en la Tercera,
ni después en las naves Españolas
del mar inglés los puertos y las olas.

Estoy seguro y cierto
de que ha de haber quien a los dos murmure,
mas no te espantes, Huerto,
de que esta narración tanto me dure,
que como fui soldado de una guerra,
cuéntolo muchas veces en mi tierra.

Ni menos el estudio,
ejercicio también de su alabanza,
pero fatal preludio
del suceso infeliz de mi esperanza,
pues que dimos los dos en tantas sumas
tú al suelo flores y yo al viento plumas.

No es posible que falte
quien tu humildad castigue de que llore
el blanco y rojo esmalte,
que tu edad juvenil rompe y desdore
intempestiva furia de agua y viento,
pues vives el más ínfimo elemento.

Fuerte filosofía,
retirada vejez, pero contenta,
que la fortuna mía
con el breve camino el paso asienta;
si algunas esperanzas he perdido
solo del tiempo estoy arrepentido.

Si yo no canto, basta
que otros canten por mí lo que yo lloro,
voraz el tiempo gasta
torres de vanidad, montañas de oro;
único Sol no padeció rüina,
cándida Virgen, la virtud divina.

Ésta, príncipe claro,
sublime en vos y altísimo ornamento
de vuestro ingenio raro
os hace amable a todo entendimiento;
que si el alto nacer sólo ennoblece,
dichoso el que obra el premio que merece.

Huerto, desta ribera
para siempre se fue, ¡qué infausto día!,
la dulce Primavera
que con su hermoso pie te florecía;
por eso te falto sereno el cielo
y a su Occidente Sol siguióse el hielo.

Aquí me daba vida
y a ti te daba flores. Ya la muerte
con su veloz partida
en estériles campos nos convierte,
que a vivir estos valles, no lo ignores,
a mí me diera siglos y a ti flores.

Con licencia lo imprimía en Madrid
Francisco Martínez.
Año MDCXXXIII
1633


Preparado y suministrado por Domingo Ledezma. Email: domingo_ledezma@brown.edu



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