Parece que cuando este Cisne divino expiraba, con más melodía, y sonora voz cantaba, para suspender a todos con la dulce armonía de sus versos, pues el día antes que le diese la enfermedad, hizo con tanta elegancia, y elocuencia esta Silva Moral al Siglo de Oro, y el soneto que va impreso tras ella, a la muerte de un Caballero portugués, en que parece, que pronosticó después de su muerte en lo que había de estimarse hombre tan eminente, e insigne como fue. Advierta el lector, que fueron los últimos versos que compuso este soneto.
Fábrica de la inmensa arquitectura
de este mundo inferior que el hombre imita,
pues como punto indivisible encierra
de su circunferencia la hermosura.
Y copiose la tierra
de cuanto en ella habita
con tantos peregrinos ornamentos,
llenos los tres primeros elementos
de peces, fieras y aves, que vivían
de toda ley exentos,
si bien al hombre en paz reconocían
aún no pálido el oro,
porque nadie buscaba su tesoro,
y el diamante tan bruto, aunque brillante,
que más era peñasco, que diamante.
Los árboles sembrados de colores,
y los prados de flores
buscando los arroyos sonorosos,
en arenosas calles
por las oblicuas señas de los valles
los ríos caudalosos,
y soberbios los ríos
entre bosques sombríos
vestidos de cristales transparentes,
sin volver la cabeza a ver sus fuentes,
anhelando océanos
perdiendo en sus pensamientos vanos,
y sin temor alguno
de verse el Tridentífero Neptuno
oprimido del peso de las naves,
abriendo sendas por sus ondas graves
los hijos de los montes
excelsos pinos, y labradas hayas
para pasar por varios horizontes
a las remotas playas
de climas abrasados,
frígidos, o templados.
Ni el caballo animoso relinchaba
al son de la trompeta,
ni la cerviz sujeta
al yugo el tardo buey el campo araba,
que sin romper la cara de la tierra
con natural impulso producía
cuanto su pecho generoso encierra,
que como en la primera edad vivía
con desorden florida y balbuciente
daba pródigamente
con fértil abundancia
al mundo su riqueza.
Porque como mujer naturaleza
es más hermosa en la primera infancia,
no haciendo distinción de tiempo alguno
daban flores, Vertumno
con diferentes frutas primitivas,
las parras y pacíficas olivas,
y la Dodonea encina por la rubia
Ceres, que no tenía
necesidad de lluvia,
y de su misma caña renacía
matizando los prados de violetas,
de rosas y de cándidas mosquetas.
No de otra suerte, que la alfombra pinta
el Tracio con la seda de colores
en cada rueda de labor distinta
arábicos caracteres y flores,
que la naturaleza aún no pensaba,
que el arte su pincel perfeccionaba.
A la parte oriental Euro tendía
las alas vagarosas,
el Austro y Mediodía,
y Bóreas fiera a las distantes osas
por el Septentrión temor ponía.
El Sol por sus dorados paralelos
comenzaba el camino de los cielos,
que por no diestra del calor la copia
blanca Alemania, fue negra Etiopía,
cuya eclíptica de oro no sabía
el nombre de los signos que tenía,
ni en su campo pensó que espigas de oro
paciera el Aries y rumiara el Toro.
La casta Luna en su argentado Plaustro
no se mostraba al Austro
lluviosa, alternativas las dos puntas,
una a la tierra y otra al claro cielo,
sino pidiendo con las manos juntas
calor al Sol para su eterno hielo.
Sin temer el piloto en los confines
del vasto mar astrólogos delfines,
que pacífico rey de su elemento
se imaginaba superior al viento.
Los hombres por las selvas discurrían
amando sólo el dueño que tenían,
sin intereses, sin celos:
¡Oh dulces tiempos! ¡Oh piadosos Cielos!
Allí no adulteraba la hermosura
el marfil de su cándida figura,
ni la fingida nieve,
y el bastardo carmín daban al arte
lo que naturaleza no se atreve;
ni a Venus bella en conjunción de Marte
al cielo el Sol celoso descubría,
ni en Chipre se vendía
amor artificial: ¡Oh Siglo de Oro
de nuestra humana vida desengaño,
si vieras tanto engaño,
tan poca fe, tan bárbaro decoro!
Todo era amor suave, honesto y puro,
todo limpio y seguro,
tanto que parecía
una misma armonía
la del cielo, y el suelo
que aspiraba a juntarse con el cielo.
En este tiempo de los altos coros
hermosa Virgen con real ornato
bajó a la tierra, que adoró el retrato
de Júpiter divino, y por los poros de
sus fértiles venas
vertió blancos racimos de azucenas,
y las fuentes sonoras
provocaban las aves
a canciones suaves
en las del verde abril frescas auroras,
que del son de las aguas aprendieron
cuantos después cromáticos supieron.
Venía una castísima Doncella
vestida de una túnica esplendente,
sembrada de otras muchas, siendo estrella,
y una corona en la espaciosa frente,
cuya labor y auríferos espacios
ocupaban jacintos y topacios.
Los coturnos con lazos carmesíes
forjaban esmeraldas y rubíes,
que descubría el céfiro suave
de la fimbria talar con pompa grave
un ardiente crisólito la planta
para estamparla en tierra pura y santa.
No sale de otra suerte por el cielo
con frente de marfil y pies de hielo
la cándida mañana,
guarneciendo de plata sobre grana
la capa de zafiros
de las sombras somníferos retiros,
y volviendo de inmensas pesadumbres
reflejos a sus mismas claridades
de montes y ciudades
cúpulas altas de gigantes cumbres,
a la noche tenía
en negro empeño hasta el futuro día.
Los hombres admirados
de ver tanta hermosura,
preguntaron quién era,
no habiendo visto por los tres estado
del aire exhalación tan viva y pura,
ni pájaro raro que pudiera
ceñir la frente de tan rica esfera,
ni dar tales asombros,
resplandecer sus hombros
con alas de oro, plumas de diamantes
no conocidos antes.
Y aun presumir la admiración pudiera,
que el Sol bajaba de su ardiente esfera
a vivir con los hombres, como Apolo,
viéndose arriba, como Sol, tan solo,
entonces de sí misma esclarecida
la hermosa reina a su piadoso ruego,
por una rosa de rubí partida
en el jardín angélico nacida.
Yo soy -les dijo- la Verdad, y luego
como dormida en celestial sosiego,
quedó la tierra en paz, que alegre tuvo
mientras con ella la verdad estuvo,
que cuanto en ella vive,
su misma luz y claridad recibe.
Pero felicidad tan soberana
poco duró por la soberbia humana,
porque en países de diversos nombres
por cuanto el mar abraza
en esta universal del mundo plaza,
el número creciendo de los hombres,
desvanecido el suelo
presumió desquiciar la puerta al Cielo,
y habiendo ya ciudades
y fábricas de inmensos edificios
con armas en los altos frontispicios,
comenzaron con bárbaras crueldades,
intereses, envidias, injusticias,
los adulterios, logros y codicias,
los robos, homicidios y desgracias.
Y no contentos ya de aristocracias
emprendieron llegar a monarquías,
la púrpura engendró las tiranías,
nació la guerra en brazos de la muerte,
los campos dividieron fuerza o fuerte.
Dispuso la traición el blanco acero
para verter su propia sangre humana,
y fue la envidia el agresor primero,
y procedió la ingratitud villana
del mismo bien a tantos vicios madre,
infame hija de tan noble padre.
Bañó la ley la pluma
en pura sangre para tanta suma
que excede su papel todas las ciencias,
tales son las humanas diferencias.
Pero por ser los párrafos primeros,
y ser los hombres como libres, fieros,
no siendo obedecidas
quitaron las haciendas y las vidas
a su propios hermanos y vecinos,
y hicieron las venganzas desatinos,
porque dormidos los jueces sabios,
castiga el ofendido sus agravios.
Robaban las doncellas generosas
para amigas, a título de esposas,
traidores a su amigo,
y todo se quedaba sin castigo
que muchos que temieron,
por no perder las varas, las torcieron,
y muchos que tomaron,
pensando enderezarlas, las quebraron.
¡Oh favor de lo Reyes!
Del Sol reciben rayos las estrellas;
telas de araña llaman a las leyes,
el pequeño animal se queda en ellas
y el fuerte las quebranta.
¡Ay del señor que sus vasallos deja
al cielo remitir la justa queja!
Viendo pues la divina verdad santa
la tierra en tal estado,
el rico idolatrado,
el pobre miserable
a quien ni aun el morir es favorable,
mientras más voces da, menos oído,
el sabio aborrecido,
escuchado y premiado el lisonjero,
vencedor el dinero,
José vendido por el propio hermano,
lástima y burla del estado humano,
y entre la confusión de tanto estruendo
Demócrito riendo,
Heráclito llorando,
la muerte no temida,
y para el sueño de tan breve vida
el hombre edificando
ignorando la ley de la partida,
con presuroso vuelo
subióse en hombros de sí misma al Cielo.
Soneto
Lisboa por el griego edificada
ya de ser fénix inmortal presuma,
pues debe más a tu divina pluma,
docto Gabriel, que a su famosa espada.
Voraz el tiempo con la diestra airada
no hay imperio mortal que no consuma:
pero la vida de tu heroica suma
es alma ilustremente reservada.
¡Mas ay! que cuando más enriqueciste
la Patria, que su artífice te llama,
por la segunda vida que le diste,
Ciprés funesto tu laurel enrama,
si bien ganaste en lo que más perdiste,
pues cuando mueres tú, nace tu fama.