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Cuentos de gallegos

Manuel Caballero

El Universal, domingo 6 de setiembre de 1998, p. 1-6

Pocas comunidades sufren más la condena del estereotipo que los pueblos de frontera. Se trata de una forma del aborrecimiento al «otro», al extranjero. Se les siente plenos de todos los defectos que se atribuyen al vecino, entre ellos de haber contagiado con ellos a una parte de los nuestros. Se tiene tendencia a considerar muy limitado intelectualmente a quien habla sea un dialecto, sea más simplemente con un acento que se aproxima al del país fronterizo. En Colombia, nadie le quita de encima la fama de tontos a los provincianos fronterizos con Ecuador, los «pastuzos»: poco importa que de Pasto provenga Nariño, el más grande humanista neogranadino. En Venezuela, son los «gochos» tachirenses quienes cargan con la fama. Pero son los gallegos, fronterizos con Portugal y hablantes del galaico-portugués, quienes se llevan la burlona palma del martirio en el mundo hispánico. A escuchar los chistes con que a diario nos bombardean los graciosos, jamás un gallego ha dado con pie en bola en cualquier actividad para la que sea necesaria una pizca de inteligencia.

Franco y Fidel

Como todos los estereotipos, este no resiste el menor análisis. Comenzaremos con los dos gallegos de nación o de sangre más famosos de este siglo: el caudillo de España (título oficial y aceptado) Francisco Franco; y el caudillo cubano (título peyorativo y rechazado) Fidel Castro. A este último nadie (ni sus peores enemigos de Miami) ha llegado a acusarlo jamás de estúpido, de analfabeta, de «bruto». Lo que se le reprocha es justamente lo contrario: que su tozudez no tenga ni siquiera la justificación de sus limitaciones intelectuales. En el caso de Franco, aquella mala fama de los habitantes de Galicia se acentuó bajo la larga dominación de quien, a los ojos de sus incontables y bien ganados enemigos, unía a sus horribles defectos el imperdonable de ser gallego.

Pero independientemente de sus diferencias, que no son pocas, a estos dos personajes los une en la historia el poseer un genio particular, el más admirado por Maquiavelo: la inteligencia en el trato con los hombres, ese talento político que ha llevado a ambos «príncipes» a una larga supervivencia en un mundo hostil. En 1945, con el derrumbe del fascismo alemán, nadie daba una higa por Franco. Su caída, se pensaba, era cosa de días. Después del derrumbe del comunismo soviético, eran horas, acaso minutos, lo que faltaban para que Fidel Castro se fuese a los infiernos: pero ya lleva varios años de sobrevivencia.

Mi gran hermano

El nombre del Caudillo en España ha opacado el de otro Franco, hermano suyo. Pero en los años veinte, era lo contrario. Mientras que Francisco Franco era un feo y regordete, oscuro y desconocido oficial de colonias, Ramón Franco era un esbelto y buenmozo aviador, famoso y adulado en todo el mundo. El mayor ídolo de la «hispanidad», Carlos Gardel, había hecho célebre un tango, «Franco y galán», que cantaba sus glorias. Es que Ramón Franco y su copiloto habían llevado a cabo, antes de Lindbergh, la hazaña de cruzar el Atlántico en avión. Contrariamente a Francisco, este Ramón Franco tendía hacia la izquierda: llegó a ser anarquista o algo muy cercano, antes de apoyar a su hermano y estrellarse en las Baleares.

Pero nada de eso es bueno para contrarrestar el tenaz estereotipo: se puede ser a la vez estúpido y hombre de acción. Hay que destacar entonces que en el terreno de la inteligencia «intelectual» (valga el pleonasmo digno...¡de un gallego!) Galicia se ha mostrado particularmente productiva. Nombrar en primer lugar al más famoso en nuestros días: al Premio Nobel y muy deslenguado Camilo José Cela. Una vez que uno llega a ser famoso, es muy fácil que todo el mundo lo crea hombre de buena cabeza. Pero se necesitaba una dosis inmensa de real inteligencia para que un jovenzuelo se permitiese burlar la censura franquista haciendo estallar una mina literaria como La familia de Pascual Duarte.

De las barbas de chivo

Antes de Cela, el más famoso representante de sus letras era Ramón del Valle Inclán, «ese gran Don Ramón de la barbas de chivo» como lo llamaba uno de los más grandes poetas de su época. Por mor de la brevedad, nombraremos solamente sus «esperpentos», sus «sonatas» y sobre todo ese Tirano Banderas donde se adelantó con excelente prosa y honda comprensión, a Roa Bastos, García Márquez y Carpentier. Hay una faceta de su personalidad que si bien lo ha hecho carne de anécdota pueblerina, es el más rotundo mentís a la socorrida falta de imaginación gallega. Don Ramón era un mentiroso a cuatro manos, aunque sólo tuviese una. Y para mentir, sobre todo en el volumen y con el barroquismo con que él lo hacía, es necesario tener una imaginación desbocada.

Finalmente, precediendo a Valle Inclán, e injustamente menos famosa, está la gran poetisa gallega Rosalía de Castro (1837-1885). La condición de la mujer en la sociedad española de entonces, el hecho de haber escrito en su lengua natal antes que en castellano y sobre todo la orden dada en su lecho de muerte de destruir su obra (cosa que sus muy gallegos de hijos obedecieron hasta donde les llegó la mano) contribuyeron a esa relativa penumbra. Pero la posteridad la rescató para la fama y la poesía, y también para la mayor gloria de Galicia.

P.D.: En mi artículo anterior, salió escrito que la Divina Pastora era la única capaz «de tener» una epidemia de cólera, donde debía decir «detener». Como el error no es mío, estuve tentado de atribuirlo a mis adversarios. Pero luego recordé que bastante me he burlado de esos héroes del Museo Militar que andan viendo conspiraciones hasta en la sopa. Creo entonces que se trata de una conspiración de ese tipo, pero celestial: la Virgen de Coromoto, de la Chiquinquirá y del Valle, que entre todas no quitan un dolor de muelas, quisieron descalificar a la única verdaderamente milagrosa, la Divina Pastora.


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