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El rebelde de Galilea (segunda parte)
Escrito por los bimilenarios autores grecorromanos y judíos

Kornel Zoltan Mehesz

Primera parte
Tercera parte


Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1996, by K. Zoltan Mehesz — Corrientes
Depósito legal No. 91003
Correctora del idioma castellano: Sra. María Josefina Feris

La Diáspora

El destino es el maestro en la escuela de la historia, y él nos enseña que la supervivencia de un pueblo, puesto en medio de naciones —rivales entre sí— solo depende de su vitalidad y del tiempo...

Y precisamente esto le ocurrió al pueblo de los judíos, cuya patria estaba enclavada entre los antagónicos pueblos de Egipto y Siria. Su ubicación geográfica los condenaba a ser un «estado paragolpe», que en el sentido más estricto de la palabra solo recibían golpes de todos sus lados... En esta situación tan precaria, realmente no tenían otra solución mejor que enfrentarse con la realidad de cambiar su geopolítica y dejar correr la misma suerte que tienen las hojas caídas en el otoño — ser arrastrados por todos los vientos que las levantan y dispersan en todas las direcciones.

Siempre en la búsqueda de una patria definitiva... pasaron primero a Egipto, aguantando con resignación la hostilidad de este intranquilo pueblo durante unos cuatro siglos, hasta que lograron regresar de nuevo a la tierra de sus padres, para que desde allí mismo, fueran dispersados de nuevo... Primero por Sargon II —rey de los sirios— luego por Nabuquednazar de los babilonios. Y si bien, Cyro los rescató de un penoso cautiverio, no todos lograron regresar ni con Zorobabel y ni siquiera con Esdras, sino —quizás por causa de una inspiración divina— algunos quedaron en el país de su cautiverio y otros muchos quedaron a la deriva de los vientos orientales, que los desparramaron por todas partes del entonces mundo antiguo.

Como si hubieran querido abrazar la parte sureña del Mare Magnum, llegaron los hijos de Abraham y se asentaron en todo el litoral... Estaban en Cyrenaica, en Alejandría, Fenicia y Cilicia. Desde allí se dirigieron a las ciudades más importantes del Asia Menor. Ellos estaban presentes en la ciudad de Diana, en Efesus; cruzaron luego al Mar Egeo y llegaron a Korinthos y desde allí solo había un paso más para llegar al Centro del Mundo, a la eterna Roma. (287)

ALEJANDRÍA: la mayoría de los judíos, que sentían la necesidad de emigrar, se asentaban en el centro de la cultura oriental, en Alejandría. La cuestión de por qué razón, cuando y cómo vivían allí, merece por lo menos una breve, pero concisa y bien aclaratoria respuesta.

Agatharchydas de Knydos nos comenta, en su obra escrita acerca de los diadokhos, la historia de los valientes judíos, los cuales, por causa de su religión en un día del Sabbath, totalmente desarmados, fueron vencidos y deportados hacia Egipto por el astuto faraón Ptolomei, hijo de Lagos.

Este faraón de los egipcios, —también llamado Soter (Redentor) — al enterarse de que los judíos, por causa de su muy estricta religión festejan el día de Sabbath con una absoluta inactividad, aprovechó esta situación y los asaltó, llevándose por delante la gente de Judea y hasta de Samaria también. Podía capturar un gran número de habitantes y llevarlos todos a Egipto... Los ptolomeos, impregnados por la más exquisita cultura helénica, fueron patronos de la afamada escuela de Alejandría, pero sintieron las consecuencias de una inercia que estrangulaba el comercio en Egipto — un vacío que solo podía ser remediado con la extraordinaria capacidad comercial de los judíos y precisamente fue esta circunstancia la causa etyológica del asalto egipcio. En la historia nada ocurre sin causa.

Hecateos de Abdera de su parte nos dice que los judíos, cuando se enteraron de que los deportados fueron muy bien tratados, comenzaron a emigrar hacia Egipto, conducidos por Ezequias, un anciano sacerdote y una sobresaliente personalidad judía, que además era un experto en cuestiones de finanzas y del comercio. (288)

Los deportados hacia Siria y luego a Babilonia fueron cientos de miles, pero después de que regresaron del cautiverio más de dos generaciones, ante la siempre tirante situación política entre Siria y Egipto, una considerable parte de los judíos en Judea encontró preferible emigrar hacia Egipto, en vez de sufrir las consecuencias de vivir en un «estado paragolpe». (289)

Tomaban entonces una gran parte de ellos la dirección hacia Egipto y se afincaron en las ciudades de Asty y de Saiz cerca del mar; y en el interior, en Memphis habitaba el «campo judío», y entre Onion y Heliopolis era muy conocido el Vicus Judaeorum (¡el Pasaje Judío!). (290)

Las ciudades Asty y Saiz se encontraban prácticamente en el Delta, en la cercanía de la ciudad comercial de Naukratis, centro de exportación e importación marítima; en estas ciudades habitaban los mejores comerciantes judíos, los cuales con una simple operación comercial podían ganar un dineral, pero también correr el riesgo de perder todo. Los judíos en esta área tenían el privilegio de poder tener sus dedos sobre el palpitante pulso del comercio marítimo.

Fueron los judíos además de eficientes comerciantes también valientes soldados de las fronteras. Estos soldados fueron llamados con el apodo de Macedonios por causa de su coraje e intrepidez en la defensa del país que los recibía. El faraón Ptolomeo Soter concedió a ellos la muy codiciada ciudadanía, la llamada «Iso-Politeia» (291).

Precisamente esta situación privilegiada de los judíos en Egipto, motivó a que los nativos, —junto con los griegos— los trataran primero con envidia, que luego in crecendo encendieron protestas violentas...

Philo, el más insigne filósofo judío que vivía en Alejandría —una estrella de la afamada escuela en esta misma ciudad— con su pluma fresca nos relata los acontecimientos, cómo fueron atacados los judíos por los egipcios, instigados éstos por los mismos griegos, siempre antagónicos con los judíos en cuestiones del comercio. Él nos dice que el irrefrenable antagonismo —impulsado por la envidia— comenzó con protestas que culminaban en escaramuzas, seguidas éstas de persecuciones violentas contra todos aquellos que por su ejemplar conducta civil resultaron ser superiores a los revoltosos anfitriones egipcios. (292)

Para que el lector tenga una idea de cómo era la vida cotidiana, a un un siglo después que Joshua apareció en este mundo —en esta siempre agitada y turbulenta Alejandría, ciudad Crisol, en que se mezclan étnias, cultura y comercio— citaremos fielmente la epístola que el emperador Adriano envió a su cuñado Serviano, que al par era cónsul y gobernador de Egipto...

ADRIANO, Augusto al CÓNSUL SERVIANO...

Referente al pueblo de Egipto, cuyos elogios y alabanzas tú me enumerabas, mi dilecto Serviano, quiero que sepas que yo los conozco perfectamente!

La gente de este pueblo es totalmente voluble; ¡ligera y abierta siempre al más pequeño rumor! En este país, los que veneran a SERAPIS son los cristianos y son devotos de Serapis también aquellos que se dicen ser Obispos de Cristo.

No existe en aquel lugar ningún judío que no ostente el título de ser jefe de una sinagoga o que no sea al mismo tiempo también astrólogo, adivino o curandero (aliptes.n.d.a.)

Y lo mismo puede decirse acerca de los samaritanoso de los SACERDOTES CRISTIANOS. El mismo PATRIARCA, cuando viene a Egipto, se ve obligado por unos a adorar a Serapis y por otros a Cristo!

Esta raza de hombres es muy sediciosa, llena de vanidad y muy dada a las injurias.

Su ciudad es opulenta, rica y fecunda y nadie vive ocioso en ella: unos soplan vidrio, otros fabrican papel; todos se dedican a tejer el lino o practican alguna otro arte. Los cojos tienen su ocupación, los eunucos tienen tambien la suya, ¡hasta los mismos ciegos!...

En aquel país ni siquiera los mancos permanecen sin ocupación determinada. ¡El dinero es su único Dios! ¡A este Dios dirigen su adoración los cristianos, los judíos, todos los habitantes de aquel país!...

Quisiera que aquel país sea poblado de mejor gente, ¡pues Alejandría es digna por su grandeza de ser la cabeza de Egipto! Yo les concedí todas las ventajas posibles, les he devuelto sus antiguos privilegios añadiendo muchos otros nuevos de tal manera que mientras yo estuve con ellos, los egipcios me demostraban públicamente su agradecimiento, pero en seguida, cuando abandoné aquel país, comenzaron a propagar muchas cosas contra mi hijo Vero, y creo también, que tú mismo estás enterado de lo que hablaron acerca de Antinoo... Realmente a este pueblo no les deseo otra cosa que sigan alimentándose con sus gallinas, las cuales incuban de un modo, que me da vergüenza explicar... (293)

Te he mandado también con una especial dedicatoria algunas copas y también para mi hermana copas de colores cambiantes y jaspeadas, que me ofreció el sacerdote del templo. Quisiera que tú las utilices en los banquetes de los días festivos. Cuídate, sin embargo, ¡que nuestro pequeño Africano no las use demasiado!

Hasta allí las significativas palabras del emperador — lleno de rencor y repudio contra los egipcios, cristianos y muy especialmente contra los judíos, pues en Judea apareció la fama de un nuevo Mesiash, un tal Bar Kocheba, que poco después desató una nueva insurrección...

Adriano, el emperador, sabía perfectamente que de la chispa nacen los grandes incendios y para apagar el fuego todavía local, envió a Judea a su mejor jefe militar, Julio Severo. Con la intervención de este gran estratega se desató una sangrienta y última guerra sin tregua con un saldo peor que trágico, pues Judea fue prácticamente borrada de la tierra en esta tercera y última guerra... Novecientos ochenta y cinco aldeas y ciudades fueron arrasadas por el huracán romano; el país se transformó en un gigantesco cementerio que recibío más de medio millón de muertos... ¡Ni siquiera la Diáspora logró salvarse! Cincuenta de sus asentamientos en el exterior fueron eliminados por la furia romana.

La ciudad de Hiero-Solima —la sagrada Jerusalén— ha sido arrasada como una vez Cartago; desapareció su Santo Templo, testimonio de tantos vendavales anteriores. En su lugar, erigieron otro en honor de Jupiter como un trágico símbolo de una lucha encarnizada, que se desató entre los dioses en su ocaso y el Dios, que estaba por llegar.. Hasta el nombre de la ciudad —el antes tan sagrado Jerusalén— ha sido cambiado por el nombre de Aelia Capitolina Hadriana. (294)

Sin embargo, el pueblo —con el auxilio de su previa diáspora— sembrada en Occidente y en Oriente, logró sobrevivir el genocidio que hicieron los romanos, a fin de cumplir inexorablemente su cita con el destino, que cada pueblo recibe ya en su cuna al nacer, como un regalo de Dios o de sus dioses.

El destino de este pueblo tantas veces sufrido —escrito en el libro de la Historia— era previsto que un día regresaría y quedaría definitivamente a Hiero-Solima, tierra que fue regada por la sangre de sus padres unos miles de años antes.

Es inútil luchar contra el destino, porque el Hado se llama Voluntad Divina, que se cumple inexorablemente.

LA DIÁSPORA ROMANA: Quizás el más importante asentamiento que tuvieron los judíos fuera de su patria fue la Diáspora en Roma. Que ellos hayan podido hacerse firmes precisamente en la capital de sus peores enemigos, tiene su explicable causa etyológica...

La muy transcendental cosmo-visión del gran estadista romano Cayo Julio Cesar preveía la impostergable necesidad de nivelar y remodelar su todavía república, cargada con las enfermedades de la vejez.

Para este fin, Roma tenía el poder, su derecho ya insuperable en estos tiempos, la fuente natural de una civilización admirable, completada con la colaboración de la Grecia vencida, que llevaba bien alto la antorcha de su excelsa cultura helénica..., pero faltaba todavía algo más.

Acerca de este «algo» Mommsen nos dice que fue el «tercer» pueblo, cuya presencia en Roma resultó ser imprescindible. Este tercer pueblo fueron los comerciantes judíos.

El héroe macedónico Alejandro Magno se asentaba entonces en esos tiempos en Alejandría, donde no obstante las persecuciones resultaron ser imprescindibles. Allí mismo, en Alejandría, Cesar se dio cuenta de lo beneficiosa que sería para Roma la presencia judía; por esta razón los invitaba, prometiéndoles una serie de privilegios y una garantía para el libre ejercicio de su peculiar religión (295) frente a eventuales protestas del sacerdocio romano y griego.

Solo Cesar podía impedir en estos tiempos todavía muy sensibles, protestas del ya decadente politeísmo, que se sentía seriamente enfrentado con el incipiente monoteísmo, proveniente del misterioso Oriente.

El hebreo —una vez asentado— se hizo firme en Roma y, abandonando toda clase de estatismo, estaba en todas las ciudades de Italia; se hizo traficante y el mercader judío seguía al conquistador romano, rivalizando con los mercaderes italianos y griegos, a los cuales repudiaba más que a la peste...

El asentamiento judío en Roma tenía también sus Be-moles, pues apenas Cesar fue asesinado en la Curia, aparecieron para los judíos nubarrones que prometían tormentas... (296)

Kosmopolitismo y la Diáspora

El judío en la diáspora era un ferviente nacionalista, pues se ligaba con su Hiero-Solima por medio del lazo irrompible de su inalterable religión, pero al mismo tiempo —adaptándose a su nuevo ambiente— resultó ser un «cosmopolita nacionalista».

Era gente de doble pasaporte, dueños de un corazón que de vez en cuando se sublevaba contra el cerebro, partidario de sus intereses que lo hicieron proclamar —sin sonrojarse— que «¡ubi bene, ibi patria!», ¡aunque nunca la verdadera!

El judío, que no ha tenido el don de ser un genio político, resultó ser de cierta manera indiferente ante las diversas formas de un gobierno; abandona fácilmente lo constituido por su mentalidad nacional, así como también acepta —sin preocuparse— el traje de otra nacionalidad y de esa manera se liga a todas las naciones, que no pertenecen a la suya... El judaísmo en el mundo antiguo llevaba en sí un fermento activo de Cosmopolitismo, sin que por eso hubiera traicionado jamás su por excelencia teocrático nacionalismo (297), lo que como un invisible pero más que nutritivo cordón umbilical ataba a la ciudad, en que fue erigido su tantas veces destruido templo.

Por esta misma causa el judío en la diáspora —fuera una metrópolis o una aldea pequeña— siempre supo formar dentro del estado de otros un estado propio (¿getho?) que, gobernado por ellos mismos, obedecía a un correligionario alcalde y al par juez inapelable. Esto mismo se repetía tanto en Alejandría como en Roma o en cualquier otra parte en el mundo antiguo; en el pasado y hasta en nuestro turbulento presente.

Otro medio, que mantenía entre ellos una «unidad ejemplar», era el impuesto al Dios.

Los judíos que prefirieron quedarse en Babilonia, Siria, Mesopotamia, Roma, Atenas o en Efesus jamás dejaron de enviar su impuesto religioso a su verdadera patria. (298)

Lo mismo hicieron los judíos que habitaban Antioquía, no obstante que Seleuco I. Nicator les dio la ciudadanía y fueron llamados «Antioquenses», pero en su corazón permanecían judíos y oblaron el impuesto sagrado, que para ellos era como una piadosa oración. (299)

Cumplieron con este deber religioso de igual manera aquellos a quienes los vientos del destino llevaron a Fenicia (300) o a la lejana Cyrene o a Phrygia (301).

Después que Antioco el Grande separó Palestina de la soberanía de los Ptolomeos (302), Antioco III., irritado por las insurrecciones en Phrigia y en Lidia envió una carta al gobernador de Lidia, a un tal Zeuxis, anunciándole que para terminar definitivamente con las revueltas, había decidido enviar allí unas dos mil familias de judíos babilonios, para contar entre los revoltosos gente leal y al par guardián de los intereses nacionales.

Todos estos judíos, antes llamados babilonios, ahora leales phrygios, cumplieron cabalmente con su deber, sembrando entre los sediciosos el ejemplo de cómo vivir en paz, sin haber olvidado siquiera un momento que detrás de todos los posibles apodos fueron leales judíos, que —creando en cada estado su pequeña comunidad— mantuvieron firme su «cordón umbilical» con Jerusalén.

La epístola de Antioco III, enviada al gobernador Zeuxis en Phrygia, era un fiel testimonio del aprecio que tenía para sus judíos «babilonios». (303)

Para epilogar esta cuestión acerca de la Diáspora, consideramos que lo más acertado será citar las sabias palabras de Th. Mommsen, quien nos dice: «¡El pueblo de los judíos es una raza notable. Flexible y pertinaz a la vez. Se encuentra en todas partes del mundo, pero ninguna es su patria. En todas partes del mundo es poderosa, pero en ninguna parte ejerce su poder!» (304)

Solo se les puede comparar con Alejandro Magno, que tanto simpatizaba con ellos. Este rey gigante de la pequeña Macedonia en su marcha triunfal hacia al misterioso Oriente, tenía en una de sus manos su invencible espada y en la otra mantenía bien firme la antorcha inapagable de la magnifica y penetrante cultura helénica.

Los judíos tomaron quizás la dirección opuesta, llevando consigo lo único que tenían, su innata inteligencia, que al fin resultó ser la bienvenida levadura en el pan crudo de tantas naciones.

El gran estadista y visionario C. Julio César sabía perfectamente por qué razón les dio la bienvenida.

Joshua, el rebelde de Galilea

Una muy antigua profecía, extendida en todo el Oriente, anunciaba que el imperio del mundo pertenecerá un día a un hombre, que aparecería en Palestina. Sin embargo, lo pregonado adolecía de un grave defecto: era ambiguo. Cada uno podía interpretar a su gusto, aunque hubiera nacido fuera de este territorio... (305)

Cinco siglos antes de que en Galilea apareciera Joshua, Empedocles anunciaba a los sorprendidos agrigentos que él era un Dios, que había descendido de los cielos para salvar este mundo corrompido.

Fue este ególatra filósofo el primero que con voz en cuello pregonaba el himno de la amistad, diciendo: «¡Ama a tu prójimo!». Cinco siglos después fue este precepto repetido, ¡pero esta vez por otro!

Con semejante programa soterológico apareció en el Oriente un tal Apolonio de Tyana, casi contemporáneo de Joshua; este hombre era un sabio de inmensa fama, un ser sobrenatural, que supo devolver la vida a unos fallecidos. Realizó hechos que no hubiera podido hacer ningún ser humano. Apolonio era venerado en su mundo grecorromano como un Dios que pregonaba doctrinas, repetidas luego por otros. Apareció como una estrella potente sobre el cielo, como un cometa, ¡el que viene un día y se va! Apolonio no tenía discípulos que hubieran podido pregonar luego sus enseñanzas... Sus únicos compañeros fueron el olvido y la soledad..., quizás también los vientos, que borraron hasta las huellas de sus sandalias. (306)

La profecía —anteriormente citada según los aduladores— se refería a un general romano que casualmente estaba en Palestina con sus legiones, un tal Vespasiano; pero los judíos estaban plenamente convencidos de que lo vaticinado en sus sagrados libros, les prometía un hombre, que va a nacer entre ellos. (307)

Sin embargo, ni el posteriormente ya emperador romano Vespasiano, ni su íntimo, Flavius Josephus, ni Suetonio imaginaban que la citada profecía esta vez sin que lo señalaran concretamente, se refería a un Santo Rebelde que revolucionaría la hace tiempo ya injusta e inflexible estructura social y religiosa...

Este hombre es Joshua, hijo adoptado de un sencillo carpintero de Galilea que —autoproclamábase— ser hijo de Dios; por medio de sus revolucionarias doctrinas barrió con todo lo que le parecía corrupto, junto con las estatuas vivientes con pies de barro...

Sus doctrinas fueron las semillas y la planta crecida de una nueva religión que comenzó a propagarse en el oriente, y esta nueva Lux ex Oriente poco a poco conquistó el mundo entero. Bajo el signo de «adaptarse» con su polifacético e irresistible poder de penetración muy pronto saturó todas las instituciones del mundo antiguo.

Y con este breve prolegómeno ha llegado el momento de ocuparnos en adelante de la vida, las doctrinas y los hechos del rebelde de Galilea, llamado Joshua...

Todo lo hasta ahora relatado tenía la exclusiva finalidad de formar un conjunto de mosaicos para presentar al lector los imprescindibles antecedentes históricos, étnicos y políticos, para que la presentación de la vida, de las doctrinas y de los hechos de nuestro rebelde no sean un «¡Deus ex machina!», sino que el lector tenga —por medio de una información previa— la visión necesaria para ubicarlo en la forma más correcta en su mundo antiguo.

Solo así tendremos la oportunidad de penetrar en su más que compleja personalidad y obtener respuestas para una serie de interrogantes; analizando cada palabra y cada uno de sus hechos con el auxilio de la irrefutable lógica. Le quitaremos el mito con que pretende vestirse la dudosa veracidad y ofreceremos al lector en estas páginas solamente la cristalina transparencia de la realidad.

Innumerables son las obras de los autores más antiguos que lograron sobrevivir el desgaste de los infinitos tiempos —una multitud de autores— algunos contemporáneos de Joshua, los cuales por causas inentendibles ocultan la persona de nuestro rebelde; cubren su existencia con un silencio junto con la aldea en que un día llegó a nuestro mundo. Flavius Josephus, el insigne judío y autor de las «Antigüedades Judías» —las guerras judaicas— y escritor de su propia vida, era prácticamente contemporáneo de Joshua, ya que nació unos pocos años después de la tragedia ocurrida con Pilato. Josephus solo recuerda algo acerca de Juan Bautista, y lo que nos dice sobre la persona de Joshua se lo hicieron decir con una interpolación del protocristianismo no muy acertada.

Ni siquiera otro correligionario y contemporáneo de Joshua, Philo de Alejandria lo menciona en sus doce tomos, tratando en un tomo entero acontecimientos de incomparable menor importancia; ni lo menciona siquiera el muy bien informado napolitano Vellejus Paterculus.

Para el historiador del presente es inentendible el llamativo silencio que cubre la persona del rebelde de Galilea..., y esto permitió a algunas personas dudar seriamente de la existencia de nuestro profeta. Menos mal que casi un siglo después de la cruz aparecieron uno o dos evangelios, algunos escritos por aquellos autores, que jamás conocieron al Maestro personalmente. Solo se limitaron a escribir lo que otros —informados a su vez por otros— les dijeron, lo que la memoria de unos ancianos permitía recordar...

Así que nuestras fuentes serán casi exclusivamente los evangelios, cuya exégesis y hermenéutica nos permitirán saber dividir y dominar a fin de sacar saludables conclusiones.

Semejante análisis nos permitirá limpiar a la majestad de Dios de todo revestimiento humano y al mismo tiempo quitar también del hombre toda clase de una pretendida divinidad, que solo corresponde al Omnipotente. De esa manera cumpliremos con el categórico postulado del presente, de terminar de una vez con el pervertido politeísmo, que aparece en la denigrante idolatría y permite humanizar a los dioses para justificar la teificación de los hombres demasiado humanos.

Por esta misma razón, conducido por la exhortación de Kant, que «infunde el coraje, de actuar según lo indicado por nuestra inteligencia» seguidamente comenzaremos a analizar la vida, las doctrinas y los hechos de nuestro santo rebelde de Galilea, desde el momento en que llegó a la tierra y hasta que encomendó muy resignado su alma a su Padre, lo que permitió que fuera tratado por sus correligionarios como si fuera un simple hombre...

Al emprender esta segunda y principal parte de nuestra obra, lo haremos convencidos por Séneca, que nos estimula diciendo: «¡No olviden que los dioses tienden la mano a todos los que pretenden ascender a sus alturas!» (308)

GENEALOGÍA: El escritor del primer evangelio, que antes atendía una aduana en Cafarnaum y luego se hizo discípulo del Maestro, comienza su relato con la presentación de un árbol genealógico — un tronco que carece las correspondientes ramificaciones; lo hizo así, para hacer saber que aquí se trata de una sola persona de suma importancia, un descendiente de Abraham, que después que pasó las tres veces 14 generaciones, ha llegado a este mundo. No obstante que ha olvidado recordar dos personas más en la larga cadena. Admirable es la memoria de un anciano evangelista, que decidió escribir varias décadas después todo lo que podía recordar.

Luego repitió casi lo mismo —con considerable demora— el médico griego, un tal Lucas, que jamás fue discípulo del Maestro, igual que el apóstol Saul, con quien colaboraba en su tarea de misionario.

Lucas era en su carácter de médico un hombre instruido y su genealogía también: en vez de cuarenta generaciones había en realidad setenta y cinco, comenzando con la creación del hombre. Desde Dios llega hasta el carpintero Joseph, que habitaba una —no se entiende, por qué razón tan silenciado— aldea de Nazaret, en la casi inmediata cercanía de la capital de Galilea, Sepphoris.

La genealogía de Lucas facilitaba a Joshua contar a Dios dos veces como su padre. Una vez por Joseph y otra vez por su madre... (309)

Comparando las dos genealogías, hallamos que cada una tiene sus censurables omisiones.

Mientras el evangelista Mateo declara lisa y llanamente el origen humano de nuestro profeta, Lucas, para evitar que su genealogía fuera afeada por una mancha negra, olvidó incluir al rey Salomón, ya que este rey tan grande era lamentablemente un hijo fruto del adulterio de David con la bella esposa de Urias, llamada Beeth Sabe.

Lucas logró pasar por alto al rey Salomón, pero no se dio cuenta de que se le deslizó un pequeño pero no silenciable error, al incluir el nombre de Cain...

En realidad no tenía, ni tiene sentido relatar de dónde vino Joshua, sino comentar quién era y a dónde ha llegado...

La genealogía de ambos evangelistas —cada uno tiene su pro y su contra— pero en realidad carece de sentido investigar la veracidad de las mismas, pues Joshua las refuta categóricamente a ambas diciendo: «¡Padre, tú que me amaste ya antes de la creación del mundo!» (310)

PADRE HONORIS CAUSA: Joseph de Nazaret era un sencillo judío de Galilea; un carpintero pobre. En su biografía tiene solamente el alpha, pero acerca de su vida no sabemos nada, ni siquiera su omega.

Las escrituras canónicas habrán podido cubrir su vida con silencio, pero un solo acontecimiento relacionado con él pudo rescatar para la posteridad que era un hombre, demasiado noble y rico en su corazón, en quien —en vez de sangre— palpitaba el color celeste de amor de un hombre ya más que maduro.

Hemos dicho en el título que era padre «Honoris causa», porque el hijo que esperaba su todavía novia y el nombre de su autor, fueron celosamente cubiertos por dos secretos: uno, referente al autor y padre de este hijo, era un secreto religioso revelado luego para él por medio de un sueño, pero el otro secreto, lo real y nada mítico, lo conocía solamente la futura madre y jamás lo reveló a su posterior marido...

Joseph, el judío maduro y sensato, —libre de las pasiones que suelen invadir a los jóvenes exaltados— al darse cuenta de que su prometida no estaba «sola», tuvo que enfrentarse con el dilema que laceraba su tan tranquilo espíritu. Tuvo que elegir entre dos posibilidades: como judío de alma tenía que respetar y hacer respetar la ley, que para su caso implicaba la lapidación de la mujer junto con su futuro hijo, o salvar la vida para poder cumplir con los postulados del amor..., amor, ¡quod Omnia vincit!

Mientras el hombre —íntimamente humillado— meditaba sobre su caso, luchando con su filoso dilema que postulaba una decisión, quedó sorprendido por un profundo sueño, fruto de su desesperación; así, mientras dormía, le apareció un ángel, que le comunicaba que el autor del «primer secreto» es el omnipotente Dios.

¿El lector puede imaginar qué hubiera ocurrido si este judío —un novio engañado— hubiera sido todavía joven y celoso? Sin duda alguna, hoy el mundo sería un fervoroso creyente del culto Mitra, porque con la mujer ejecutada, el cristianismo hubiera sido enterrado bajo un montón de piedras.

Pero ¿cómo podía ser padre del hijo de su novia el invisible Dios? En su intimidad seguramente le preguntaba y, sabiendo que Dios es omnipotente, no tenía porqué dudar de las palabras del ángel. Era cosa de fe y de creencia que tenía su patria en el misterioso Egipto, donde los judíos habitaron durante 430 largos años. Y allí habrán tenido la posibilidad de saturarse con su cultura religiosa, misteriosa y penetrante.

Fueron los egipcios quienes inventaron la paternidad de los dioses y acerca de esto podríamos ofrecer al lector una serie de casos, para darse cuenta de que el caso del carpintero en Nazaret era solo una repetición de otros semejantes, ocurridos hace un rosario de siglos antes ya. En este misterioso Egipto nació la idea de que Dios puede enamorarse del cuerpo de una belleza humana, y consideraron como más que posible que Dios enviara su «espíritu», para dejar de esta manera un hijo entre los demás hombres. (311)

Detrás de todo este misterio egipcio se esconde en realidad el irrefrenable deseo humano, demasiado humano, de poder comunicarse de alguna manera con el Ser supremo, sin darse cuenta de que Dios carece de sexo, e insistir en su carácter de padre es un intento sacrílego y vano, que pretende rebajar a Dios al nivel del hombre...

Dios es omnipotente, pero solo relativamente, porque carece de lo que el hombre tiene: principio, sexo y un fin. Es para recordar bien y para siempre.

Diodoro Siculos nos comenta (312) que en la dinastía XII —unos veinte siglos antes de Joshua nacer en Nazaret— al faraón Ammenemes le apareció en un soporífero sueño de verano el Dios Hephaistos, un atrevido Dios griego, que le anunciaba la paternidad del hijo que esperaba su mujer. Ammenemes, al despertar lleno de alegría dio luego al hijo de Hephaistos el nombre de Senwosret (¡Sesostris!) y una educación y un trato muy especial, que solo podía merecer este hijo de Dios.

Caprichosos son los dioses, y de vez en cuando, quizás para burlar a la gente, hicieron nacer en vez de un hijo una hija de Dios...

El faraón Tuthmosis estaba casado con su reina Ahmose: no sabemos con certeza, si ella era o no su propia hermana, pero sí la historia de un amor divino quedó grabada sobre las rocas en el desierto de Bahari, que —una vez descifrada— nos comenta que el Dios Amón Crío-Prosopos, el Dios misterioso y oculto, se enamoró de la hermosa Ahmose y el fruto de este amor celestial resultó ser una niña. Esta niña —una vez adulta— subió al trono y bajo el nombre de Hatseputs dirigío durante veintiún años (1489-1468 a.cr.n.) la suerte de su pueblo con gran éxito.

Rhamses II —un faraón de la dinastía XIX entre los años de 1290-1224que era hijo del faraón Seton, el día menos esperado se proclamó hijo de Dios y para conservar el honor de sus progenitores, se apuró a aclarar que él es una encarnación de sus antepasados... No había causa para enojarse.

Referente a la historia de Samos, nos dicen los antiguos anales que entre los numerosos descendientes del fundador de esta colonia, llamada Sema, sobresalía el matrimonio de Mnemarkhos, un sencillo grabador de piedras y su bella mujer Parthenis, quien tenía la fama de ser la más hermosa entre todas las mujeres.

Mnemarkhos viajó en una oportunidad junto con su esposa a Grecia, donde llegaron también a Delphos y aprovechando la rara pero también más que grata oportunidad, se dirigieron al oráculo a fin de solicitar una respuesta acerca de la posibilidad de emprender también un viaje a Siria. La sacerdotisa le advertía a Mnemarkhos, que su viaje a Siria sería feliz, y tanto más, porque su esposa está en dulce espera, pero, el hijo que ella va tener, es del Dios Apolo, y una vez ya adulto, será el más grande sabio y al par un hijo de Dios, un Soter, para salvar a la humanidad.

Mnemarkhos quedó asombrado y —íntimamente conmovido por las palabras de la sacerdotisa— cambió inmediatamente el nombre de su mujer en Pythais. Ambos viajaron luego a Fenicia, en cuya capital Sidon les nació el hijo prometido, dándole nombre de Pythagoras, a fin de conmemorar su origen divino. (313)

El Dios Apolo —joven y apuesto— era muy sincero y no podía mantener en secreto que él era también padre del sabio Platón: lo anunciaba descaradamente en un sueño al mismo padre legal de Aristo, dejando bastante mal a su leal esposa Perictione. Pero el triángulo con un Dios jamás puede ser motivo de preocupación.

De vez en cuando tarda algo el reconocimiento de una paternidad divina. Alejandro Magno, el rey de los Macedonios, al entrar en el afamado santuario del Dios egipcio Amon Krio Prosopos, el Dios le dio la bienvenida exclamando con voz fuerte: «¡Eres mi hijo predilecto!» Una pronunciación que luego se repitió en Palestina tres siglos después. ¡La historia siempre se repite!

Alejandro, íntimamente convencido de las palabras pronunciadas por un sacerdote ventrílocuo, en adelante, denegando la paternidad de Filipo, escribía las epístolas a su madre Olimpia, iniciándolas de esta manera:

«¡Alejandro, el rey de los Macedonios, hijo del Dios Amon, saluda a su madre Olimpia!»

No vamos a decir ahora qué le contestó luego su prudente madre... (314)

El emperador Augusto nació diez meses después y por esta razón le dijeron que era hijo de Apolo. Su nacimiento en el año de 62 an.cr.n. tenía sus llamativos antecedentes. Julio Marato nos dice que pocos meses antes de su nacimiento acaeció en Roma un prodigio del que fueron testigos todos los habitantes de Italia. El milagro significaba que la voluntad divina preparaba un rey para el pueblo romano, y al nacer, el más famoso astrólogo y matemático romano Publio Nigidio Figulo declaró que nació un dueño del universo, un hijo del Dios Apolo.

Para epilogar esta serie de semejantes casos, cerraremos lo relatado con la noticia de que casi en el momento en que el hijo del carpintero de Galilea dejaba esta tierra, ya había aparecido otra estrella, cuya madre había tenido un sueño, en el que le aparecía Proteos, el dios egipcio, y le comunicaba que el hijo que iba a nacer era de él. Theophrastos nos comenta luego la vida de este hijo que llevaba el nombre de Apolonio de Tyana, cuyos hechos y dichos podrían llenar las páginas de una nueva biblia.

Regresando de nuevo a nuestra cuestión, llegamos a la conclusión de que el carpintero de Nazaret en la época del nacimiento de su primogénito probablemente era ya de avanzada edad y —gastado por la pobreza y por las inclemencias de su siempre turbulenta época— un desconocido día, agotado y consumido por los años de duros trabajos, pasó a la eternidad, sin siquiera ser recordado por la ingrata y olvidadiza posteridad. El presente no debiera olvidar, que gracias a su inmensa bondad hoy puede existir la cristiandad. (315)

La concepción inmaculada

Es el epílogo de una visita divina, reservada para algunas mujeres previamente selectas por la voluntad divina... (316)

La definición concisa requiere una información algo más detallada; por eso a título de prólogo creemos conveniente brindar al lector una información previa y exhaustiva para poder comprender luego a fondo el real contenido del término de las dos palabras «concepción inmaculada».

El anuncio de la voluntad divina, que por medio del ángel Gabriel —cuya versión en castellano significa «fuerza de Dios»— ha sido transmitido a la madre de Joshua, tiene numerosos antecedentes.

En la elección de la mujer los dioses fueron muy exigentes: preferían que la mujer fuera ante todo joven y bella, porque no buscaron siempre las vírgenes, donde la paternidad tenía que ser luego declarada, que no era nunca muy grata.

La decisión divina —en la mayoría de los casos— ha sido previamente anunciada por medio de un sueño de un mensajero o (317) el Dios lo hizo personalmente. (318)

Acerca de una visita personal del Dios, Herodotos nos comenta que en Babilonia en el templo del Dios Belo o Bala, en la última torre de este magnífico santuario se hallaba una capilla, en cuyo interior había una cama regia, hermosamente arreglada y a su lado una mesita de oro. No había allí ninguna estatua ni otra cosa.

Esta capilla era un lugar sacro-santo, en que no podía entrar ningún otro ser humano, solo y exclusivamente una mujer, que previamente ha sido declarada como la «hija del país, electa por el Dios Belo».

Nos comentaron los caldeos —llamados así los sacerdotes del templo— que Dios llega siempre en la noche y duerme en esta cama acompañado por la mujer elegida. Herodotos no estaba dispuesto de aceptar lo comentado por los sacerdotes del Dios Belo, y dijo: «¡Yo no les doy ni el mínimo crédito!» (319)

Nosotros creemos lo relatado con cierta reserva, en cuanto estamos convencidos de que el Dios Belo seguramente encargó con su representación a un joven sacerdote. Prestar crédito a lo absurdo es una cuestión de fe. (320)

Ya hemos citado previamente los comentarios de Plutarchos referente a la teología de los egipcios, en virtud de la cual, puede existir el amor divino que un Dios tiene reservado para una belleza humana (321). Ellos sostienen que el espíritu de Dios —la Hagia Pneu o una Rafaga de Luz (322)— puede producir una concepción.

San Agustín en esta cuestión llega todavía más lejos... El sostiene que Dios puede encargar esta tarea también a uno de sus ángeles. (323)

Los egipcios inventaron el sexo para los dioses...

Llamativo era el comportamiento del politeísmo. El Júpiter de los romanos, sin descender de los cielos, enviaba solo su rayo si quería dejar un hijo a los humanos. Osiris de los egipcios, el Dios Sol, se contentaba con enviar una potente Ráfaga de Luz. — El Dios Baal de los fenicios, demasiado cómodo, se hizo representar por uno de sus sacerdotes, el Dios de S. Agustín prefería dejar esta tarea para sus propios seres celestiales, solo los dioses de los griegos, los más desconfiados, preferían hacer la visita amorosa personalmente. Este caso lo trataremos inmediatamente...

Unos seis siglos antes del nacimiento del primogénito del carpintero en Nazaret de Galilea, Eurípides nos comenta la muy instructiva historia de la bella Creusa. Nos dice que ella era la hija preferida del rey Erecteo en la ciudad de Atenas y al par también novia de Xutho, hijo del rey de Corinto.

Creusa decidió un día hacer un paseo solitario no muy lejos del palacio; durante su paseo por la montaña se encontró con un joven pastor de chivas; el joven era sencillo, pero muy ¡muy apuesto! Conversaron animadamente y al fin, cansados de tanto trepar, decidieron descansar un rato en la Gruta de Makra...

Creusa, al regresar a su palacio, pronto se dio cuenta de que ya no estaba «sola» y durante diez meses de angustia, ya que como novia de Xutho, tenía serios problemas de esconder su situación nada agradable para ella. Al fin del décimo mes dio muy secretamente a luz un niño, a quien poco después, venciendo su amor maternal, hizo exponer por sus sirvientas más íntimas en las montañas a la merced de las águilas y demás depredadores. Para no destruir su futuro con Xutho, tuvo que hacer desaparecer de esa cruel manera el fruto de un repentino amor, cuya delicia se trocó luego en continuos remordimientos y un conflicto sin tregua con su vulnerada conciencia.

Creusa de esa secreta manera salvó su manchado honor y muy pronto después se casó con su novio. Su matrimonio, sin embargo, resultó ser infructuoso y por ello —después de varios años— ya demasiado afligida, ella y su marido decidieron dirigirse al oráculo de Delphos a fin de implorar un auxilio para terminar con la esterilidad que la perseguía.

La sacerdotisa, que ya sabía todo, la consolaba diciendo que su desgracia puede trocarse en felicidad, nacida de su propio pecado y para no adivinar el sentido de su dicho, hizo traer el hijo, que el «pastor» Apolo le encargó criar y educar hace unos quince años. Lo presentó a Creusa, diciendo: «Aquí tienes tu propio hijo, Ion, a quien tú abandonaste poco después del parto y Apolo, el Dios —muy enojado— me lo trajo y me encargó criarlo y cuidarlo.»

Creusa, invadida por una catarata de felicidad, abrió sus brazos..., pero el hijo, Ion, no podía creer todavía que estaba frente a su madre. Para convencerlo, Creusa contó a su hijo —bañada de lágrimas— la historia apasionada que había tenido con el pastor de chivas, que era en realidad el Dios Apolo. Al ver que su hijo todavía vacilaba en reconocerla como madre, mostró al indeciso hijo las ropitas que la sacerdotisa hizo traer, y dijo: «¡Mira, mi hijo! Me uní con Apolo en un furtivo lecho en la Gruta de Macra, y en la décima revolución del mes, te dí ocultamente a luz. Después de mi parto, te envolví en estas ropitas con mis manos virginales

Ion, al escuchar el relato de su madre, casi creyó lo revelado, pero con una pizca de duda todavía le dijo a Creusa: «Cuídate, madre mía! ¡No culpes al Dios por tu falta, como le suele ocurrir a las vírgenes que quedan embarazadas!...» (324)

Referente a la concepción inmaculada, algo semejante como los casos hasta ahora relatados ocurrió en una choza en la aldea de Nazaret.

Apareció el ángel Gabriel y después de sus saludos anunció a la sorprendida novia del carpintero, que «va a quedar embarazada y dará a luz un hijo, que será grande y lo llamarán el Hijo de Altísimo!» El ángel, al ser preguntado cómo podría ocurrir esto, le dijo: «El espíritu santo —Hagia Pneu— va a descender sobre Ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso tu hijo será santo y con razón lo llamarán hijo de Dios. (Luc.1/28) Y todo esto ocurriría, porque para Dios nada es imposible». (325)

Para epilogar esta tan espinosa cuestión, creemos que en base a lo anteriormente relatado, el lector sabrá sacar sus conclusiones y tendrá la oportunidad, de decidir a favor o en contra de los grandes escolásticos; coincidir con Plutarchos o negar lo que pregonaron los ebionitas; el autor de esta obra queda con los ebionitas y abraza también a los nestorianos...

La cuestión acerca del censo

El paralelismo bíblico entre los conceptos Herodes el Grande, natividad en Belén y el censo parece ser una columna —teológicamente— firme, pero la realidad histórica halló en este pilar varias y serias fisuras...

Después del total fracaso del gobierno de Herodes Archelao —Señor sobre Judea, Samaria e Idumea— el emperador Augusto tuvo la necesidad de terminar con éste y optó por enviarlo al exilio a la ciudad de Lyon en Galia. Sus territorios fueron anexados a Siria, que fue gobernada por el Legado Pro Praetore, un tal Quirino.

Éste, al mismo tiempo ordenó realizar el correspondiente censo en los territorios, que por orden del emperador fueron anexados a Siria — es decir Judea, Samaria. La forma y finalidad de este censo no era la llamada «Capite censi» para saber la cantidad de judíos que estaban bajo su férula, sino exclusivamente para poder determinar el tributo territorial sobre los bienes existentes del pueblo, que siempre protestaba. (326)

El censo ordenado por el emperador era un postulado de la gran calamidad financiera y política que sufría el gobierno de Augusto. En ese año de 6 p.cr.n., alrededor del fin de septiembre, —cuando las tormentas sobre el Mediterráneo impiden la navegación comercial e interrumpen la continuidad de la importación de los granos desde Egipto— apareció en Roma el temible enemigo, el hambre, que nunca llega solo, sino con sus tres cómplices: la rebeldía, las protestas y la subversión. Los depósitos de granos estaban vacíos y el tesoro de la nación, el dinero, el denario brillaba por su ausencia. Los gritos de los estómagos acallaron los aplausos del circo. (327) Por ello, el censo tributario tuvo que ser ordenado con urgencia (328), pero tenía que ser realizado estrictamente según lo establecido por el Derecho Romano (329).

Referente a la época y el año, en que el citado censo ha sido realizado, Flavius Josephus nos dice que esto ocurría exactamente treinta y siete años después de que Octavio derrotó a Antonio en la batalla naval de Actium, el dos de septiembre de 31 a.cr.n. (330), es decir, en el año 6 de nuestra era, y en el mes de septiembre; pues Roma jamás ordenó un censo durante los meses del invierno, cuando azotaban las tormentas de nieve en Palestina, recordadas por la historia en más de una oportunidad.

Antes de tratar la cuestión acerca de dónde tenía que ser realizado el censo ordenado, para la mejor ilustración del lector consideramos imprescindible informar que el emperador Augusto, después de la muerte de Herodes el Grande, unos cuatro años antes de que comenzara nuestra época, repartió el reinado de su dilecto amigo entre sus tres hijos: Archelao, Herodes-Antipas —ambos hijos de Herodes el Grande y de Malthace madre samaritana— y Philip, cuya madre era Cleopatra de Jerusalén. Este tercer hijo era casado con Salomé, cuyo nombre entró en la Biblia.

Archelao recibía el título de Etnarca y gobernaba Judea, Samaria e Idumea.

Herodes Antipas con el igual título de Etnarca, era el gobernador de Galilea y Perea.

Philip gobernaba sobre los territorios poco y nada judíos de Batanea, Gaulanitis, Trachonitis y Auranitis. (331)

Después de que Archelao, por causa de su desgobierno, fue enviado al exilio, sus territorios Judea, Samaria e Idumea fueron anexados a Siria, gobernada por Quirino, pero para auxiliar a éste en su tarea, el emperador envió por primera vez un «procurador», un tal Coponius, para gobernar estas tres provincias bajo la supervisión del Legado Gobernador de Siria.

Quirino, al poner en el cargo al procurador Coponio, anunció a los sorprendidos judíos en Judea el censo tributario, exclusivamente para los territorios anexados. (332)

De esa manera queda aclarado que el censo se realizó cuando nuestro profeta Joshua ya cumplía su sexto o séptimo año —en un mes de septiembre en el año 6 de nuestra era— exclusivamente sobre los territorios anexados. El censo era con fines tributarios para cargar con impuestos a los respectivos fundos. Nadie, absolutamente nadie tenía que moverse ni un paso, porque los titulares fueron censados en sus respectivos asentamientos y domicilios.

Queda refutado de esta manera el erróneo comentario del evangelista y médico griego Lucas, que jamás fue discípulo del Maestro y muy a posteriori se juntó con el tardíamente convertido Paulus. (Luc. 2. 1-7) Y se aclara también, que el carpintero de Nazaret no tenía necesidad de moverse de su casa sencilla, porque Nazaret en la baja Galilea era gobernada por Herodes Antipas, un territorio, que no estaba cargado con el censo; y si hubiera sido posteriormente, tampoco hubiera debido moverse de su fundo, porque el censo tributario se realizaba en el lugar del domicilio. Repetimos esta aclaración con la finalidad de excluir cualquier duda...

Para epilogar esta cuestión, surgida referente a la simultaneidad de Herodes el Grande, el censo y su relación con el nacimiento de Joshua, creemos que hemos tenido la oportunidad de demostrar con olímpica claridad, que Herodes el Grande murió cuatro años antes de nuestra era, que Joshua no era contemporáneo de este gran estadista y que el censo ha sido ordenado en el año 6 p.cr.n. Pero en este año Joshua cumplía ya su octavo año de edad, como lo veremos más adelante.

Lo imperfecto y erróneo tiene que hacer su genuflexión ante la verdad, revestida de evidencias.

¿NACIÓ EN BETHLEHEM? El rey David y todos los habitantes de esta gran aldea judaica... pero la realidad no coincide con el piadoso relato de la Biblia...

La potente voz de los profetas desde un rosario de siglos ya se confundieron con el infinito tiempo, pero sus escritos exigen rigurosamente que sean indefectiblemente cumplidos por algunos hechos de la posteridad. Lo postulado y anunciado por las profecías es un caso además de un nonsens, en cierta manera es perversa por ser inversa, porque obliga al posterior presente a acomodarse con el anterior pasado.

Una de las profecías predijo que el Mesiash, que un día aparecería en Judea, sería un descendiente de la casa real de David. Los discípulos entonces, para justificar el título de Mesiash del Maestro, lo hicieron nacer en el mismo lugar donde nació el pastor —y luego rey— David; en Bethlehem, olvidando completamente que la identidad del lugar de un nacimiento jamás puede justificar un parentesco.

Insistir en esto —absolutamente ilógico— sería equivalente con el propósito de un viaje que los padres del Maestro hubieran debido hacer desde Galilea hacia a Bethlehem: emprender un viaje de 135 km de largo a través de las montañas con una mujer en el noveno mes de su gravidez solamente para hacer nacer al hijo en el mismo lugar, donde siglos antes nació el rey, realmente hubiera sido un hecho sin sentido. Y menos mal que este viaje jamás se realizó..., pues hoy en nuestro iluminado presente no nos cabe ninguna duda de que Joshua ha llegado a este mundo en una aldea anónima, desconocida en la baja Galilea, llamada Nazaret... (333)

Si el plan —hacer nacer al Maestro y pretendido Mesiash en Bethlehem— era para justificar su descendencia de la sangre de David, el argumento se descalifica por dos diferentes razones:

El lugar del nacimiento de la descendencia no tiene que ser forzosamente idéntico con el lugar donde nació el antepasado.

Además estamos convencidos de que la entera población de Judea puede considerarse como directa descendiente del rey David por causa de la mega-familia de este rey polígamo; David, además de Melcha, que era la hija del rey Saul, se unió con una serie de mujeres (334). Solo en Hebron tenía seis hijos y otros once de otras ocho mujeres y de dos concubinas (335), en total dieciocho hijos representaron una mega-familia, que unos siglos después podía ofrecer un número equivalente con el quántum de toda una población. La descendencia produce el parentesco de todos con todos... y por esta misma razón nos dice Séneca que no hay rey que no tuviera la sangre de esclavos, ni esclavos que no pudieran tener la sangre de reyes. (336)

En la genealogía bíblica de Joshua aparece como su antepasado el nombre de Salomón. Indudablemente era un rey magnífico, pero fruto de un evidente adulterio que el rey David tuvo con la mujer de Urias, la bellísima Beeth Sabe. La muerte del marido engañado Urias no ocurrió por casualidad, sino por causalidad; por ello esta muerte clama al cielo desde ese tiempo...

El evangelista hubiera podido elegir entre los dieciocho hijos a otro, para evitar que el Maestro y Mesiash sea descendiente de un hijo adulterino, pero nacemos todos de un querer sin querer y no fuimos nosotros los que hemos inventado la olímpica mentira, según la cual el amor es un pecado...

Además del pretendido parentesco real, hay otros dos argumentos para recordar...

El tercer evangelista —Lucas, el médico— declaraba lisa y llanamente tanto a Pedro como Juan —el cuarto evangelista— analfabetas (agraphoi) y hasta idiotas. (Act.4.13). Efectivamente sabemos que Juan, cuando dictaba a unos amanuenses sus ya más que deficientes reminiscencias, estaba en una edad muy avanzada, cuando la memoria brilla ya por su ausencia.

Además de esta deficiencia, los evangelistas (Mt.- Mr.- Juan) fueron contemporáneos de Joshua y por ello difícilmente habrían podido presenciar el nacimiento del maestro. Referente al mito del nacimiento, comentado por el médico Lucas, que jamás conoció a Joshua, estimamos que merece un breve comentario.

Creemos que todo este relato mítico era producto de una evidente interpolación de autores anónimos del protocristianismo para justificar el fiel cumplimento, lo que profetizaba Miqueas unos setecientos años anteriormente. La ley «...ut adimpleretur» una vez más entró en vigencia.

Solo Juan nos comenta que Joshua estaba convencido de ser el Mesiash... Fue él el único que pudo testimoniar una larga conversación de Joshua con una mujer de Samaria. La mujer de Samaria, epilogando sus preguntas al fin le dijo: «Ya sabemos que el MESSIAS está por llegar, que nos anunciará luego todo» a lo que Joshua contestó: «¡Ego eimi, ho laloon soi! ¡Ego sum, qui loquor Tecum!» — ¡Yo soy ese Messias, el que habla contigo!

Joshua no nació en Belén, porque por causa de un censo, sus padres no tenían que ir desde Nazaret a Belén.

A Joshua hicieron nacer en Belén solo para justificar lo sostenido por el profeta Miqueas.

Joshua, el Santo Rebelde, nació en una pobre aldea de Baja Galilea, llamada Nazaret, una aldea más que pobre, habitada por un puñado de humildes y menesterosos pobladores, visitado siempre por sus tres vecinos: el Hambre, la Pobreza y los Bandidos de Arbella.

Lo único que esta gente tenía en su lejana y pagana Galilea, lo que nadie, absolutamente nadie les podía quitar, fueron la esperanza y su fe en Dios, que las oraciones contestaba con su silencio y tardaba cada vez más y más en cumplir lo prometido por su profeta MIQUEAS.

In Anno Domini...

Basándose en el relato de Eusebio (337), Joshua nació 28 años después de la muerte de Antonio y Cleopatra, los que fallecieron en el año 30 antes de nuestra cronología, lo que significaría que nuestro profeta habría nacido dos años antes de nuestra cronología oficial y dos años después de la muerte de Herodes el Grande.

Al decir que su nacimiento coincidiría con el comienzo del censo, esto significaría —según los cálculos de Eusebio— que el joven Joshua ya habría cumplido sus seis o siete años de edad.

Eusebio sostiene que la fecha del bautismo de Joshua (338) es el 15° año del reinado del emperador de Tiberio, es decir en el año 29 de nuestra cronología, y en el cuarto año del gobierno del procurador Pontius Pilatus (26+4=30) nos arroja el año treinta de nuestra cronología; y, al agregar que en este año treinta «... Joshua arkhomenos hos eton triakonta» estaba llegando ya a su treinta años de edad, nos permite creer, que Joshua —al parecer— nació en el año «O» de nuestra cronología oficial o quizás algunos meses antes...

Conjeturas acerca de los meses y días de su nacimiento nos las ofrece Clemente de Alejandria, que en su obra de Stromateis nos dice que Joshua probablemente nació el día 19 de abril; parece que no se sentía muy seguro en eso, porque luego dijo que no era posible y que en realidad nació el día 20 de mayo; el sabrá por qué razón luego fijó la fecha exacta en el dia 17 de noviembre. La inseguridad en la fecha del nacimiento de nuestro profeta seguió su curso durante siglos y siglos hasta que el Papa Liberio en el primer año de su reinado (año 353 p.cr.n.) —durante el imperio de Constantino II— fijó una fecha por motivos netamente político-religiosos, indicando que en adelante el día del natalicio de Joshua sería exclusivamente el día de 25 de diciembre. Eligió este día solamente con la finalidad de suprimir de esta manera y para siempre la posibilidad de festejar el día del nacimiento de Mitra, que era el hijo del Dios Sol, que descendió de los cielos una serie de siglos antes del cristianismo para salvar al mundo hundido en sus pecados...

Por si acaso alguien quisiera expresar su duda acerca de la exactitud del año, mes y día del nacimiento de Joshua, sería suficiente recordar las propias palabras del Maestro, que al sostener que estaba al lado de su padre ya antes de la creación de este mundo y en realidad descendió directamente del cielo (Ju. 6,41), no nos cabe ninguna duda de que él mismo indirectamente niega su nacimiento terrenal con toda la topografía inventada... (Joh. 10,30 + 17,5 y 24) (339)

LOS MITOS jamás quieren estar solos; su destino es seguir siempre un acontecimiento...

De esa manera trataremos muy brevemente la mítica historia de los magos y la de la estrella, que se dignó a descender de su curso en el cielo para señalar la senda a algunos reyes perdidos...

La citada visita de los magos —un producto piadoso del único y visionario evangelista, dotado de una realmente envidiable y policromática fantasía— nos presenta un cuento jamás ocurrido, pues jamás los monarcas en los países vecinos habrían tenido interés de averiguar y ver personalmente, dónde y a quién nació un heredero; tampoco habrían tenido interés de alejarse de su propio país, emprendiendo un viaje lleno de doble peligro, ya que en la ida les esperaban los eventuales y casi seguros asaltos y al regresar les esperaba la sorpresa de que en el trono imprudentemente abandonado ya sentaba un otro...

Strabo —el eximio geógrafo— seguramente habrá tenido ganas de entrevistarse con estos tres viajeros que con tanta precisión lograron realizar una cita en ese encuentro imposible, por causa de las enormes distancias que les separaba a uno de los otros... ¿Cómo podía coincidir Gaspar de Caldea con su colega Melchor de Pamphilia y los dos con Baltasar, que habitaban en la inmensamente lejana Etiopía?... pues la comunicación en estos lejanos tiempos era más que precaria todavía.

Lo único que hace simpática a esta fábula son los regalos que trajeron: el oro, el bálsamo y el incienso.

Lamentablemente todos estos magníficos regalos quedaron en el mito, porque si el pobre carpintero los hubiera recibido, nunca habría tenido más discusiones con la indigencia, que le seguía como la sombra... No sin causa su hijo, nacido en la pobreza, perseguiría luego a todos aquellos, que por su inconducta sembraron el pauperismo...

Pero el mito, confabulado con la fantasía, seguía su curso e inventó la historia de una estrella que se dignó descender a la tierra para mostrar un camino, iluminado por los rayos del «invencible Dios Sol» Mitra...

La fábula es un reverendo mito que el hombre, calificado como sapiens, no puede aceptar sin sufrir una auto-descalificación. Sin embargo, el caso merece ser investigado, porque las estrellas, al igual que los ángeles, acompañan en la biblia a algunos privilegiados. Los judíos ya habían tenido contacto anteriormente con la estrella de Remfan (act. 7/43) y mucho tiempo después con la «Estrella del Cielo», llamando así al rebelde Bar Cochebas, que, aprovechando una profecía (340), se declaró «Hijo de la Estrella»...

El procurador Rufus (341) quedó encargado de apagar el incendio que este «hijo de la estrella» desató en Judea...

Pero la estrella no era un privilegio reservado únicamente para los judíos. Aelio Lampridio nos comenta que cuando el emperador Alejandro Severo llegó a este mundo, el día de su nacimiento apareció una estrella de «primera magnitud', que brilló un día entero sobre el Arca Caesarea y el mismo sol quedó envuelto en un halo refulgente..., y los augures proclamaron con voz de heraldo, (342) que en este día había nacido un dueño del Supremo Poder.

El infanticidio

Joshua no nació en Belén y tampoco llegaron allí los magos, los cuales difícilmente habrían podido presentar sus saludos a Herodes el Grande, porque al nacer Joshua ya dormía hace dos o cuatro años en su mausoleo y difícilmente habría podido ordenar una masacre entre los inocentes niños, menos aún, cuando todos ellos en realidad fueron descendientes del rey David... Este infanticidio era un producto más de la multicolor fantasía del siempre visionario aduanero Mateo, el evangelista.

¿Por qué razón incluía en su evangelio semejante fábula? Creemos que su relato tenía dos principales motivos; por un lado quería cumplir con su obsesión, ubicar una profecía existente, que en realidad se refería para otro caso ocurrido en Egipto (343), y al mismo tiempo quedarse bien también con el profeta Jeremías, que lamentaba los niños en el cautiverio babilónico... (344). Mateo «ubicaba» también para hechos no existentes profecías tampoco existentes (Mt.2,23!) El hizo lo imposible para justificar un verbo «...ut adimpleretur».

Mateo inventó también una «fuga» a Egipto, que —por falta de motivo— tampoco se realizó, ya que no tenían porqué temer a un rey hacía tiempo muerto, pero inventó para poder aplicar y justificar de nuevo una profecía de Ozeas, que predijo: «¡Ex Egipto llamé a mi hijo!» (345)

El infanticidio es un macabro invento de los fenicios, que sacrificaron niños en tierna edad para sus Dioses de Baal, sedientos de sangre. (Ver nota 454)

Una costumbre, que luego se propagó y era peor que la peste. De Fenicia, este rito sangriento pasó a su colonia de Karthago y lamentablemente apareció también en el Oriente...

Los romanos mostraron en este sentido por lo menos más humanidad que otros pueblos, porque ellos, a los niños indeseados, sin quitarles la vida los expusieron al lado de la columna lactaria a disposición de cualquiera que quisiera apropiárselas.

Tenemos la íntima sensación de que este infanticidio, relatado por Mateo, era tomado directamente de una página de la historia de Roma, escrita por Dionisio de Halicarnassos o por Suetonius, el Tranquilo. Precisamente este último autor nos comenta que él mismo escuchó de parte de Julio Marato, que pocos meses antes del nacimiento del emperador Augusto se produjó en Roma un prodigio — caso que fue testimoniado por toda la población de la península.

El prodigio interpretado significaba que la naturaleza preparaba un rey para el pueblo romano. El Senado, compuesto en su totalidad por republicanos, se asustó mucho y por medio de un «Senatusconsulto» (¡Ley!) prohibió criar a los niños que naciesen en este año... Sin embargo, aquellos, cuyas esposas estaban encintas, esperando cada cual que la predicción le favoreciese, consiguieron impedir que el «Senatusconsulto» fuera llevado a los archivos públicos y tuviera vigencia...; y de esa manera nació a los diez meses, como los «Hijos de dioses «, el hijo del Dios Apolo, Octavio, el posterior emperador Augusto... (346)

¿Joshua o Emmanuel?

El evangelista Mateo insistía una vez más —fiel a su consabido «... ut adimpleretur»— para que se cumpliera la profecía (Izaias 7,14) en la que Joshua (o Jesús) tendría que ser llamado Emmanuel, cuya versión en castellano significaría el deseo más íntimo de todos los creyentes: «¡Dios está con nosotros!» (Mt. 1/23). Llamativamente el ángel no estaba dispuesto a cumplir la profecía —puesta en su boca por el evangelista— pues eligió el nombre de Jesús, que es la versión helenizada de Joshua, y que en la historia judía era hijo de Nun, un sucesor de Moisés (347) que conducía el ejército judío contra los Amalekites. (348)

UNÍ O PRIMOGÉNITO: es una cuestión o disidencia que la iglesia tiene con los evangelistas Mateo y Lucas, y no nos cabe duda alguna de que la razón tiene la insobornable verdad, auxiliada por la lógica, porque si los únicos dos evangelistas, Mateo (Mt.1/25) y Lucas (2/7) sostienen que Joshua era «primogénito», —¡et non cognoscebat eam (Miriam) DONEC peperit filium suum PRIMOGENITUM!— esta misma afirmación de ambos ratifica Marco (Mr. 6/3) al decir: «¿acaso no es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón y sus hermanas. Acaso no viven aquí entre nosotros?»(349)

Los teólogos del cristianismo insisten y fomentan la virginidad —Post Jesum natum— basándose en un tambaleante argumento del Pentateucos (Mos.1,13,8) y pretenden sostener la tesis «Unigenitum», diciendo que en el texto griego —que tiene el carácter de oficial— las palabras «... kai adelphos iacobou..., kai hai adelphai...» (Mr.6/3) en realidad no significan hermanos, sino primos o sobrinos. La semántica de los teólogos cristianos —además de que es categóricamente errada— pone en evidente duda su correcto dominio del griego antiguo, porque deberían saber que en griego antiguo la palabra anepsios-ai (Koloss 4/10) indistintamente significa primo, pero de vez en cuando también sobrino, aunque el griego clásico para la voz del sobrino tiene diferentes voces, en cuanto el hijo del hermano será «ho adelphidous» y su hija, mi sobrina, será «he adelphide» A su vez el hijo de mi hermana será «ho adelphopais» y la hija de mi hermana «he adelphide».

La correcta semántica refuta directamente los argumentos viciosos de la iglesia e indirectamente excluye la mantención de la virginidad post partum, excepto si la iglesia cristiana en este sentido quisiera incorporar como dogma lo pronunciado por la Creusa de Eurípides, quien al querer convencer a su hijo Ion acerca de su maternidad —agarrando las ropitas en su mano— le dijo: «¡Mira, mi hijo! Después del parto te vestí con estas ropitas con mis manos virginales» (350)

El argumento oficial que pretende defenderse con el parentesco en el grado de «sobrino» —además de ignorar que «Adelphidous» no es idéntico a «Adelphous»— aquel que pretende basarse en un parentesco que se anula en el momento de ser pronunciado, pues ni Joshua ni nadie puede tener un sobrino sin contar con un hermano o una hermana... ¡Lógica locuta, causa finita!

Gracias a este error voluntario, la virgen de los cristianos sigue siendo virgen, igual que Creusa en la tragedia euripídica — ¡porque esto le conviene a alguien! Hoy en nuestro presente la virgen es casi la única venerada, porque casi nadie recuerda ya al hijo y menos todavía al padre.

¡Los únicos que no creían en su virginidad eran Joshua y su madre!

La imagen de Joshua

Los millares de cuadros y estatuas son —sin duda alguna— productos de la fantasía, pues además de sus contemporáneos solo dos evangelistas nos pudieron contar algo y recordar su imagen real y verdadera...

La tradición, que jamás fue íntima amiga de la verdad y menos todavía de la realidad, nos dice que el condenado durante su via crucis —al dejar frotar su semblante, bañado en sudor, sangre y lágrimas— dejó su imagen sobre el velo blanco de la piadosa Verónica; lo lamentable es, que este mismo relato es también un dudoso producto de un apócrifo.

Algo más real merece crédito, que el muy agradecido príncipe Abgar, etnarca de Edesa, había ordenado a un hábil pintor que hiciera el retrato del benefactor suyo y de su pueblo; es realmente una pena, que este cuadro no lograra sobrevivir las inclemencias de los siglos, pues un fiel cuadro hubiera podido servir de fuente a la posterior imaginación de tantos...

La exagerada fantasía ya se muda en mentira, pariente del ridículo. Antonio Piacenza dio su testimonio, que él ha tenido la suerte de ver la impresión de los pies que Joshua dejó sobre la tierra arenosa de Palestina... Tampoco podemos dar crédito a Andrés de Creta, quien pretende haber visto un cuadro que el evangelista Lucas habría pintado sobre nuestro profeta. Lo sostenido es para olvidar, porque este médico griego Lucas jamás conoció al Maestro. Mucho después, cuando Joshua ya no vivía sobre la tierra de Palestina, él se unió con Paulo, asistiéndole en sus peregrinaciones para convertir al mundo.

Gregorio, Crysóstomo, Ambrosio y Jerónimo imaginaron un Joshua bello y hermoso, pero Irineo de Lyon sostenía —ignoramos de dónde sacó su información— que Joshua tenía una estatura escasa... quizás fue influenciado por Orígenes, donde se sostuvo lo mismo.

Comodiano sostenía con cierta maliciosidad que Joshua aparentaba como un siervo de poca categoría y nada bella figura. Probablemente por esa razón escribía el fariseo Saul —que tampoco conocía personalmente al Maestro, sino solo por referencias— a su gente en la ciudad de Philippi, que Joshua, humillándose, tomó la imagen de un siervo. (¡alla heautonekenosen morphen doulou labon!) (Philip.2/7)

Una información más veraz habría tenido el mártir Justino, pero su información la llevó a la muerte... Para no quedar totalmente frustrado, es recomendable leer lo que nos dice en este sentido Clemente de Alejandría (Orígenes, Contra Celso VI.75) y muy especialmente Tertuliano en su obra acerca de «De carne Cristi». (350bis)

Es inútil querer reproducir una imagen — producto de la fantasía libre de sus autores; es preferible sacar conclusiones de lo dicho por un evangelista que conocía al maestro personalmente. Juan nos comenta que cuando Joshua le dijo a los judíos que Abraham se alegró al pensar que vería su día, los judíos le replicaron diciendo: «No tienes ni cincuenta años y dices que has visto a Abraham!» (Joh.8/57)

Solo un ser perseguido por la pobreza —compañera del hambre— se desgasta demasiado y solo así habría ocurrido, que Joshua —que apenas tenía treinta años— aparentaba ser un hombre maduro cercano a los cincuenta.

En la amplia lista de las enfermedades que perseguían al rico igual que al pobre, no estaban ausentes las temidas ophthalmo-patias. La prebiscia de vez en cuando se apuraba demasiado y a otros les visitaba hasta en relativamente temprana edad la miopía.

Este mal sentaba sus reales no solo en la política, sino que estaba también presente en los palacios y tampoco faltaba en las chozas de los pobres...

Al discutir acerca de un impuesto, uno de los discípulos de Joshua le trajo un denario y él miró la moneda y preguntó: «¿De quién es esta cara y el nombre que está escrito?» (Mt.22/20) La pregunta del Maestro nos permite imaginar que su vista no estaba en óptima forma; padecía una prebiscia acelerada o una miopía, que le impedía ya una lectura fluída.

Su vestido era blanco como el de los essenios; vestidos permitidos, siempre que no fueran de tela, pues ésta estaba exclusivamente reservada para la clase sacerdotal. (351)

La palabra higiene no figuraba en el diccionario de todos los pueblos en la antigüedad. Este «privilegio» era reservado para los latinos y judíos. El clima áspero de la península balcánica impedía las frecuentes abluciones, y sabemos que los pueblos Dardanios (hoy llamados Serbios) y los Illyrios se bañaron durante toda su vida solamente en tres oportunidades; dos veces sin su voluntad: ¡al nacer y al morir! y solo se lavaron —quizás muy de mala gana— antes de casarse... (352) Muy por el contrario los judíos: se purificaban a cada rato y las abluciones tuvieron un carácter religioso..., por ello, les extrañaba ver que los discípulos de Joshua comieran el pan sin lavarse las manos.

Joshua defendía a sus discípulos diciendo que «... comer, sin lavarse las manos, no hace impuro al hombre» (Mt. 15/20) y agregó, que para ser lavado, es suficiente que sus pies sean lavados. (353)

Parece que las palabras del Maestro fueron tomadas muy en serio y no solo por sus discípulos, sino por otros de sus oyentes también, pues el emperador romano Marco Aurelio —al cruzar Palestina— quedó sorprendido por la absoluta falta de higiene, comparándolos con los Sarmatas y Quados. (354)

Para epilogar esta cuestión acerca de la imagen y el cuerpo del Maestro —con el derecho de aquellos, que siglos después de dejar esta tierra, se atrevieron a darnos el fruto de sus imaginaciones— creemos que Joshua en su treinta años de edad ya era un hombre exhausto, quemado por el fuego de afuera y de adentro. Agitado por su ser inquieto, deambulaba días y semanas perseguido por su enorme pobreza, por los gritos de su rebelde estómago y por la ardiente sed de hacer el bien y proclamar «urbi et orbi» — su agria protesta contra la trinidad de aquellos oscuros tiempos: La hipocresia, la explotación y la injusticia.

La imagen real de Joshua en nuestro presente —a la manera pitagórica— ha sido estilizada, bien dogmatizada y reducida a la forma de una pequeña, redonda y blanca hostia, obligado de esta manera a estar siempre —día y noche— entre y para los seres humanos.

El alma de Joshua

Este hombre no ha tenido maestro
¿y cómo sabe tanto?
Juan, 7/15

Joshua y sus estudios

De acuerdo con una costumbre inveterada de que el primogénito seguirá la profesión de su padre, no tenemos ni la mínima duda de que Joshua, desde sus trece años de edad, aprendió al lado de su padre Joseph el arte de la carpintería; una idea, cuya veracidad ratifica una pregunta de sus vecinos en Galilea: «¡¿De dónde le viene todo esto? ¿Qué pensar de este don de sabiduría? ¿No es éste el carpintero? El hijo de María y hermano de Santiago...?!» (Mr. 6/3) Él ejerció esta profesión hasta que un día —al sentirse como encarcelado en su aldea— decidió ver lo que existía fuera de su círculo tan reducido.

En la capital de Galilea, en Sepphoris, tuvo la oportunidad de acrecentar sus perspectivas, contactándose con griegos y fenicios, con comerciantes de ultramar y seguramente no le faltó una oportunidad —aprovechando sus conocimientos en el arte de la carpintería— de hacer un viaje prácticamente sin cargo desde el ya famoso puerto de Herodes el Grande en Caesarea hasta Alejandría, donde en las astillerias de Naukratis, todos los que sabían algo de carpintería fueron bien venidos. Una vez en Alejandría, con toda seguridad Joshua pudo haber tomado contacto estrecho con sus correligionarios y ampliar generosamente sus conocimientos, no solo en su profesión artesanal, sino más bien —teniendo contacto con la casta intelectual y con los sacerdotes egipcios de Serapio y con los «terapeutos»— regresó cargado de las más exóticas ciencias del super-culto y al par misterioso Egipto un día, vía marítima, a su patria chica que le resultó ser demasiado estrecha ya para sus amplias perspectivas.

Motivado por las experiencias que tuvo con los terapeutos tomó contacto con los essenios, dispersos en casi todas las aldeas y no solo en Judea sino que también estaban presentes en Galilea...

Ya hemos tratado anteriormente que los integrantes de esta secta no estaban reunidos solamente dentro de su monasterio en Qumran, sino que vivían dispersos en las numerosas aldeas de Judea y desde luego no faltaban tampoco en la mayoría de los 204 aldeas de la «pagana Galilea»; llamada así esta parte norteña de Palestina por causa de su variada mezcla étnica, en que sobresalían los fenicios, egipcios, griegos y la «chusma», que recibieron este nombre porque fueron traídos desde el otro lado del río Jordán de Trachonitis y Gaulanitis para poblar la recién fundada ciudad de Tiberias.

Estaban presentes los essenios de toda Palestina, dirigidos desde la central de su monasterio a fin de preservar de esa manera la unidad y la inmutabilidad de su teología. Sus grupos aislados —al parecer— no fueron muy pacíficos, porque la manera como los romanos se ensañaron en la destrucción de esta secta, nos permite sacar la conclusión de que —además de los fariseos— fueron estos essenitas los que sembraron a manos llenas las semillas de un ultra-nacionalismo, fueron ellos que en salvaguardia de la fe y de las tradiciones no demoraron en susurrar al oído de sus confidentes lo que luego Joshua propagaba sin temor y con voz en cuello: «¡Yo no he venido a la tierra para traer la paz, sino la discordia! ¡Yo he venido para traer el fuego, y que más quiero, que se incendie ya!...» (Luc. 12/49)

La sorprendente casi identidad existente entre las doctrinas de los essenios y luego de las pronunciadas por Joshua nos permite imaginar que entre Joshua y los essenios existía un contacto estrecho sin siquiera llegar a una real identidad. (355)

GALILEA, tierra de Zabulón y vecina de Fenicia, dueña de tantos caminos y rutas comerciales que juntaron el puerto de Caesarea con el lejano Oriente.

Allí mismo, en estas tierras deambularon y cruzaron en todas las direcciones fenicios, griegos, egipcios y judíos, dispersos en la Diáspora, en Cilicia. Filósofos cínicos epicúreos y toda clase de gente..., comerciantes, médicos magos y demás embaucadores.

Galilea, precisamente por su muy especial situación geográfica, se prestaba a ser un país étnicamente remezclado, también era la vía comercial de la cuenca mediterránea hacia el lejano Oriente.

A pocos kilómetros de Galilea y de Nazaret, uno ya se hallaba en la metrópolis, Sepphoris, habitada por gente mezclada. Era imposible no aprender un montón de cosas, aprender una serie de idiomas; vivir entre esa gente, en cualquiera despertaba la inquieta curiosidad y las ganas de salir de un estatismo aburrido... Estar con esta pigra masa de gente, representante de todas las naciones alrededor, creció en cualquiera el deseo de comunicarse... De esa manera no nos cabe duda alguna que Joshua en este ambiente —además de su arameo— aprendió también el delicioso y fluído idioma de los griegos y de los egipcios periambulantes y aprendió el arte de ventrilocuos; éste resultó ser una destreza que podía en entonces tiempos impresionar y hasta convencer la multitud de ignorantes y necios, especialmente cuando los exorcistas pretendían expulsar el demonio de unos epilépticos... (356)

Mitrídates, el rey de Ponto, dijo en una oportunidad que el hombre tiene tantos corazones, cuantos idiomas habla..., y estamos convencidos de que Joshua habría tenido por lo menos cuatro corazones, pues dominaba el hebreo, entendía algo del idioma egipcio, hablaba fluído el arameo y dominaba el koine griego, que no era precisamente el idioma de Aristóteles. Con ayuda del griego no solo le permitió visitar algunas ciudades griegas como Hyppona y Gadara en Dekapolis, sino que le facilitaba tener un fluído contacto con aquellos predicadores periambulantes estoicos, pitagóricos y con judíos helenizados, provenientes de la afamada escuela de Tarsos en Cilicia. (357) No nos cabe ninguna duda de que en Alejandría habrá tenido contacto con algunos integrantes de la escuela de Alejandría, comparable con una colmena de la que fluía la miel de las ciencias más excelsas, cuya magnitud puede sorprender con irresolubles problemas — hasta a nuestro hiper-civilizado presente. Basta recordar, que entre los tantos que cruzaron las tierras judías estaba el canaaite Sandon, que enriquecía con su exquisita sabiduría al mismo C. J. César.

Joshua, el ya muy esclarecido judío de Galilea, con la ansiedad de aquellos que quieren saber todavía más, no podía resistirse a las excelsas ideas que la cultura helénica sembraba a manos llenas. Aquel que por medio de sus propias esfuerzos y experiencias llega a la cima de las alturas, no podía conformarse con la estrechez intelectual, con la miopía e inflexibilidad de los fariseos y menos todavía con el ateísmo de los sadduceos. Sin importar lo que dirían otros, Joshua proclamaba la «trinidad» del ser humano (358) y el «Anekhou kai Apekhou» —soportar y abstenerse— una teoría de los estoicos. (359)

Durante su temprana juventud —antes de que hubiera salido de su estatismo galileano— estaba atado a su aldea, a los vecinos y a la tradición de los sabbath, concurrir a la sinagoga local, para aprender la ley mosaica. Esta costumbre —en cierta manera innata— siguió durante su misión y peregrinación y cuando el destino le condujó a su pueblo natal, entró en la sinagoga por nostalgia — quizás para darse cuenta de que realmente nadie, absolutamente nadie es profeta en su patria... (360)

Al aprender mucho o ya demasiado, Joshua sentía la irrefrenable necesidad de salir de su estatismo y transmitir a otros lo que él había aprendido.

Por ello tuvo que abandonar a su familia —madre y hermanos— y su salida definitiva del ambiente familiar engendró una jamás reconciliable discordia entre ellos y también una separación afectiva, que se trasunta claramente en algunos tópicos de los evangelistas. (Mt. 12/49 + 10/36), donde el Maestro, frente a su familia carnal, brindó preferencia a sus discípulos. La reacción de su familia —humanamente entendible— no podía ser de otra manera, como nos relata Marco. (Mr. 3/21)

¡El que tiene vocación, se va! Sin siquiera mirar ni un momento atrás y por ello —según los informes del «Evangelio de Acuario»— cuando el principe real de Orisa en la India, Ravanna, llegó a Galilea, impresionado por la inteligencia del joven Joshua, lo llevó a su regreso consigo a la India para que aprendiera la sabiduria de los brahmanes.

Joshua ha sido aceptado como discípulo en el templo de Jaganat y allí estudió los Vedas y las leyes Maniacas. Comienza a interiorizarse con el sistema de las castas y moviéndose entre las Sudras y Vavaysias se subleva íntimamente contra semejante discriminación; como resultado de su cuatro años de permanencia en Jaganat llegó a la conclusión de que no podía aceptar la existente desigualdad entre los seres humanos y al llegar a Katak descalifica los ritos brahmánicos y en Bihar predica la igualdad humana.

Los sacerdotes brahmánicos en Benares lo quisieron eliminar, pero él, al enterarse de semejante macabro plan, huye y en Kapivastu en Himalaya/Nepal se junta entre los buddhistas con Barataarabo y aprende la sabiduría de Gautma; allí se encuentra también con el sabio sacerdote Vidyapati.

Aprovechando la «senda de la seda» llega con unos karawanes por el valle de Kashemira a Lahore, donde queda por un tiempo con el sacerdote brahmánico Ajainin.

Desde Lahore llega a Persia. En Persépolis se encuentra con los magos en las grutas de Cyro y aprende allí la importancia del Silencio.

Después se fue desde Persépolis a Siria, donde conoce a Ashabina, al más eminente sabio de Assiria; junto con Ashabina visita Babilonia y permanece durante siete días en las llanuras de Shinar.

De Babilonia regresa por un breve tiempo a Galilea, pero aquel Joshua con sus ya amplias perspectivas no podía conformarse con el infimo nivel intelectual de su ambiente en la aldea de Nazaret. Desde Caesarea embarcó en una nave comercial y llegó a Alejandría, tomando allí un estrecho contacto con la ya secular diáspora y posiblemente también con la secta de los terapeutas en Heliópolis, donde tomó contacto con los sacerdotes más ilustrados de Egipto en aquellos tiempos.

A su regreso de nuevo a Galilea, separandóse de su familia, comenzó a cumplir con su vocación de enseñar y despertar a la gente hundida en una pasiva y resignante indiferencia ante su propia desgracia.

El maestro, cargado con las mejores enseñanzas del misterioso oriente, abrió la puerta de su escuela y comenzó a predicar...

Vocación con inteligencia

La inteligencia es un don divino que cada uno recibe en el momento en que el Dios Vaticano le auxilia al recién nacido a pegar el grito sagrado de la vida, el primer vagido, anunciando al infante que la vida comienza con un llanto propio seguido luego en la partida por las lágrimas de otros.

Cada uno recibe este don divino ya en la cuna como un pedazo de diamante crudo, que la vida esmerila luego y lo transforma en un brillante...

¡Solo los quilates son los que diferencian al hombre!

Al analizar los dichos, preguntas y respuestas de nuestro profeta, llegamos a la conclusión de que con su natural inteligencia sobresalía siempre a sus oponentes, sin haber estudiado la retórica de Quintiliano, ni siquiera las filosas reglas de la lógica...

Si una pregunta de sus oponentes le resultaba incómoda o compleja, sabía evadir con otra pregunta que a su oponente dejaba perplejo, lo que le permitía no contestar. (Mr. 11.27-33) Creemos que, en semejante situación, ni siquiera un Protágoras hubiera hallado mejor medio para liberarse de la obligación de replicar... (361)

Con semejante habilidad logró salvarse en una oportunidad de una inminente lapidación... pues, al identificarse con la persona de Dios, diciendo «Yo, y el padre somos la misma cosa», sus oyentes, sin increparlo, comenzaron a buscar piedras para lapidar al atrevido sacrílego, pero Joshua los desarmó con las palabras: «¿Acaso no está escrita en «vuestras» leyes el dicho 'Yo lo digo, Uds. son dioses'? (362)

Cuando sus oponentes —referente al impuesto— lo enfrentaron con un dilema, los desarmó magistralmente con su respuesta: «¡Dar al Cesar, lo que es del Cesar y a Dios, lo que a Dios corresponde!» (Mt. 22/21)

Sabía mudar una pregunta de su oponente con su respuesta en una afirmación. Y de esa manera logró confundir al mismo Poncio Pilato, cuando éste le preguntó: «¿Eres tú rey de los judíos?» — «¡Tú mismo lo dices!» le replicó el ya muy sufrido hombre. (Mr. 15/2)

E. Renan nos dice que Joshua era cortante en su manera de hablar, lo que indicaba a un hombre que se siente impotente para persuadir. (363) No coincidimos con el filósofo, pues en las cortas respuestas del Maestro descubrimos un discípulo imaginario del legislador Lycurgo de Esparta, quien recomendaba a su pueblo hablar breve y dar respuestas concisas, que se clavan en la mente de aquel que nos pregunta. (364)

Joshua, graduado en la escuela de su agitada juventud, entre experiencias nuevas, pobreza y desilusiones, sabía manejar su vida, conducido por su natural inteligencia que el Dios Vaticano (365) puso en el primer momento de su llanto en su pesebre en la aldea de Nazaret, un pueblito al fin del mundo en la pagana Galilea.

Para ser grande, no hace falta nacer de sangre de reyes, los cuales frecuentemente nacen de sangre de esclavos... (366) La vida exige del hombre solamente que mantenga pura e intachable su Trinidad Humana: su corazón, su alma y su mente — esa inteligencia, regalo de los dioses.

¡Daemonium habes! ¡Eres loco!

Juan 7/20

En el comportamiento de nuestro profeta aparecieron, en más de una oportunidad, alteraciones y signos preocupantes que permitieron a sus oponentes llamarlo sécamente: «¡Loco!» y a sus discípulos y familiares meditar seriamente acerca de su salud mental pues...

Presentaba una categórica incoherencia mental, una falta de ajuste al medio ambiente, al negar a uno de sus discípulos, enterrar a su recientemente fallecido padre, con un argumento absurdo de tono imperativo diciéndole: «¡Síganme y dejen que los muertos entierren a sus muertos!». (Mt. 8/22) Detrás de todo absurdo existe una probable interpretación. Los teólogos cristianos desde luego tendrán la suya. Ad analogiam de semejante caso hemos leído una convincente crítica de un esteta de gran renombre hecho sobre un cuadro futurístico, diciendo: «Mejor no se habría podido ilustrar la magnífica obra de un excepcionalmente talentoso pintor.» — ¡La sorpresa vino después! ... ¡el pintor talentoso era un chimpancé!...

Referente a su edad, Joshua se proclamó más antiguo que el mismo Abraham y con eso demostraba una indiscutible «desubicación temporal» al decir: «Antes que Abraham hubiera nacido yo estaba ya!» (367) Sus oyentes comenzaron de nuevo a buscar piedras para lapidar al sacrílego.

Joshua seguía exagerando en la cuestión de su edad, pues en unas de sus oraciones le dijo: «Ahora tú, padre, dame junto a Ti la misma gloria que yo tenía a tu lado desde antes, que comenzara el mundo.» (Juan 17/5) «Tú, padre, que me amaste ya antes de la creación de este mundo». (...pro kataboles kosmou...) (Juan 17/24) (368)

Las frecuentes censuras de sus oponentes, que le increparon diciendo «¡ahora sabemos que eres loco! ¡endemoniado!» (Juan 8/52) y el argumento de sus propios familiares, que querían detenerlo porque se hizo loco = quoniam in furorem versus est = ¡elegon gar hoti exeste! — seguramente tenían sus causas más que serias. (Mr. 3/21)

Indudablemente surgía cierta clase de megalomanía. Él se consideraba rey — proclamando esto mismo en la sinagoga de Nazaret (Luc. 4/18) en su aldea natal. Su propia gente, escandalizada por lo dicho, lo agarraron y querían despeñarlo desde la «Roca Tarpeya» de Nazaret. Le negaron el reconocimiento y la genuflexión...

Al ser preguntado por Pilato: «¿Eres el rey de los judíos?» consideraba la pregunta como una ratificación de parte de la autoridad, respondiendo: «¡Tú mismo lo dices!» (Juan 18/34)

Joshua reservaba para sí el soñado título de Mesías —en griego Khristos— pues durante un viaje cruzando Samaria, cansado por la caminata, se sentó sin más al borde del pozo de Jacobo en la aldea de Sikar. Allí vino una samaritana para sacar agua del pozo y le dijo: «Yo sé, que el Mesiash, que se llama Khristos, está por venir... Él al llegar nos enseñara todo» — Joshua afirmo: «Ese soy yo, el que habla contigo». (Juan 4/26)

Progresivamente requería siempre más y más poderes para sí. Se autoproclamaba rey, luego Mesiash y al fin se consideraba ya el Hijo de Dios y algo más: se identificaba directamente con el mismo Dios, diciendo: «¡Aquel que me vio, vio también a mi padre!» (Juan 14/9), porque «ego et Pater UNUM sumus!» ¡Yo y mi padre somos una misma cosa! (Juan 10/30) y porque «¡Yo estoy en el padre y el padre está en mí!» (Ju. 14/10)

Después de que sus propios discípulos lo reconocieron por lo menos como Hijo de Dios (Mt. 14/33), él no tenía inconveniente en insistir en esto, hasta ante el sacerdote supremo; éste —al preguntar «¿Eres tú Khristos, el Hijo del bendito Dios?»— Joshua le dijo: «¡Ego sum! ¡Soy yo!» (Mr. 14/61)

No tenía el mínimo inconveniente en proclamar ante todos sus oyentes: «Ha sido otorgado para mí ahora todo poder — tanto en los cielos como también sobre la tierra» (Mt. 28/18) y llegó a tal extremo, que dijo: «Los cielos y la tierra pudieran desaparecer, pero jamás mi enseñanza».

Solo quedó en el aire una posible pregunta... ¿Para quien servirán sus enseñanzas, si no existiera este mundo, ni nada, ni nadie?

Luego proclamaba ser también un símbolo. «¡Soy el pan viviente, que ha bajado del cielo!» (Ju. 6/41) «Soy el pan vivo... El que coma este pan vivirá para siempre... Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él... y así quien me come a mí, tendrá de mí la vida»... (Juan 6/28-58)

Cuando oyeron todo esto, muchos de los que habían seguido a Joshua, dijeron: «Este lenguaje es muy duro ¿Quién puede escucharlo?» (Juan 6/61) y a partir de este momento, muchos de sus discípulos dieron un paso atrás y dejaron de seguirlo.

Lo proclamado resultó ser para sus oyentes una serie de ideas delirantes, una lisa y llana invitación para una anthropo-phagia.

Comer el cuerpo y beber la sangre del tantas veces autoproclamado Dios era una categórica «theophagia», tomada de alguna manera de la religión griega — muy en boga entre algunos pueblos griegos, los cuales, influenciados por la teología egipcia, estaban convencidos de que el espíritu de Dios, la Hagia Pneu, podría estar presente en una de las vacas que estaban pastando en el campo. Por eso la gente tenía la costumbre de colocar una torta de trigo pisado sobre el altar antes del regreso de la tropa de reses. Al atardecer —mientras regresaba la tropa — aquel animal, que se acercaba al altar para comer la torta, lo indicaron como portador del Espíritu Santo y lo sacrificaron. Seguidamente comieron su carne, para fortalecerse con el cuerpo de Dios —el alma y el cuerpo— mientras la grasa de la vaca sacrificada la quemaron sobre el altar, cuyo humo negro ascendía al cielo como un signo de veneración del consumido Dios.

La idea no era delirante, sino la fiel copia de una costumbre religiosa helénica-egipcia, adaptada y dogmatizada luego por el cristianismo, silenciando que el rito es una evidente theophagia.

Psicodrogas en la Palestina

Referente a la salud mental de nuestro profeta surgió casi espontáneamente el interrogante de si su comportamiento —de vez en cuando inentendible— habrá tenido algo que ver quizás con el consumo de algunas drogas, entonces muy en boga en Egipto y también en la misma Palestina. Creemos que esta cuestión merece ser analizada.

Tanto más porque las frecuentes alucinaciones de Joshua, la incoherencia mental en sus expresiones, su insistente desubicación temporal y su hipertrofiado Ego nos permiten conjeturar, que tanto él como también algunos de sus discípulos habrían tenido algo que ver con la inveterada costumbre de los egipcios y demás orientales, que se estimulaban con algunas de las múltiples drogas de uso común y natural: psico-drogas, cuyo uso contaba con el visto bueno de la religión de turno.

Algunos de estos fármacos tenían efecto curativo; otros efectos hipnóticos o alucígenos, y estaban al servicio de la religión.

Cada uno de ellos merece ser analizado para calmar la sed de los estudiosos.

Según la opinión de los más antiguos autores de lejanos tiempos, el mal está sembrado en nosotros mismos; pero los dioses, siempre bondadosos con el hombre, desparramaron una serie de fármacos, tomados de las plantas y minerales. Plutarchos nos dice, entre otros, que aquellos que perdieron la claridad de la vista, se curaron aspirando los vapores que saturaban el ambiente de una fundición de cobre; esto nos explica que algunos efectivamente tenían la suerte de recuperar su buena vista, pues en caso contrario no hubieran dado a esta clase de remedio el visto bueno. (369)

Drogas de efecto hipnótico fueron los frutos de la belladona y del papaver somniferum (370), el cual con su contenido de opium producía un profundo sueño, con el que se olvidaron también de sus dolores los quirúrgicamente intervenidos. Un poderoso somnífero era también la mandrágora, llamada también «antimalo» o cyrcea, cuyas raíces fueron empleadas para encantamientos. (371)

Las drogas con efectos hipnóticos produjeron sueños visionarios. Referente a esto, M.T. Cicerón nos dice que durante el sueño el cuerpo yace inerme, como si estuviera muerto ya, pero el espíritu y el alma —muy por el contrario— están llenos de vida y se hacen divinos, pues reciben las visitas de dioses; por eso el joven Plinius los llamaba «los avisos del cielo».

Las drogas de carácter y efecto «purificantes» tenían la finalidad de curar a los despiertos, exhaustos y todavía fatigados por el sofocante calor del día; los orientales, egipcios y árabes dormían durante la noche muy intranquilos — la fatiga estaba sentada sobre sus pechos como un pesado duende. Y al despertar en la mañana tenían la costumbre de encender casi inmediatamente unas resinas para ahuyentar el aire pesado y recuperar las ganas de aguantar un día más.

Encendían también myrrha, una clase especial de cipreses; ésta purificaba las almas con su penetrante humo, liberándolas de un pesado aturdimiento. La myrrha ha sido llamada en el Oriente «¡la droga que nos salva del mal!»

La bondad de esta droga ha sido hallada unos cinco siglos antes del nacimiento de nuestro profeta, cuando la peste negra cegaba la vida en Atenas como la guadaña al sorprendido trigo — relatado todo esto tan magistralmente por Tukydides.

Solo el médico griego Akron de Agrigento de Sicilia logró frenar esta peste, por ello fue invitado para salvar a este desesperado pueblo.

Dícese que este médico encendió en la ciudad grandes cantidades de myrrha y por medio de su humo desinfectaba el ambiente y liberaba a la ciudad, destinada ya a ser un gigantesco cementerio...

La droga que liberaba a los egipcios y palestinos de sus congojas fue la llamada kiphi; era una psico-droga, una mezcla de 16 diferentes ingredientes; la llamaron también Kip, lo que significaba «la droga para quemar».

Acerca de su composición nos brinda un amplio informe el Papiros Ebbers; y Manethos en su obra «Egipciaca» — también Plutarchos, en su relato sobre Isis kai Osiris. (372) Según los coincidentes informes los ingredientes de la droga kiphi o kip fueron miel, vino, pasa de corintos, cyrus, resina, myrrha, aspalathus, seselis, mastic, asfalto, hojas de higo, enebro, kardamon y cáñamo. Durante la preparación de esta droga la gente cantaba hymnos religiosos; kiphi desprendía una fragancia aromática y muy agradable al ser quemada. Tenía un efecto algo excitante y al par despertaba cierta euforia. Los que aspiraban su humo, se sentían liberados de sus angustias y apoderados de una benigna indiferencia que tranquilizaba las agitadas almas.

Homero en su «Odyssea» nos cuenta que las mujeres en la ciudad de Theba, en Egipto, inventaron una droga, que ellas la llamaron Nepentik.

Esta droga la tomaban con vino y tenía un efecto tranquilizante, que a las mujeres —infundiendo el sentimiento de cierta indiferencia— permitía pasar por alto las angustias que han tenido por causa de la deslealtad de sus respectivos maridos. Diodoro Siculos nos comenta que el nepentik luego ha sido importado desde Egipto por las damas de Grecia. (373)

Además de Kiphi y Nepentik había en Egipto y en Palestina un arbusto, llamado Silicyprios, que daba un fruto con nada agradable fragancia, pero cuyo jugo ha sido tomado como droga. (374)

Aulos Gellius nos informa que el académico Karneades y el estoico Zenon purgaban sus cuerpos con el Eleboro Blanco para impedir que los humores corrompidos alterasen el vigor de sus espíritus. (375)

El resto de las psico-drogas fueron exclusivamente alucígenos, aprovechados en las diferentes liturgias religiosas.

La Hiedra (¡Efeu!) fue masticada como las hojas de coca en algunos países sudamericanos. Masticar la Hiedra producía alucinaciones exageradas y los que la masticaban creían ser poseídos por Dios. En la ciudad de Nyssus en Arabia sus habitantes introdujeron esta planta para no tener la necesidad de importarla. (376)

Una suave, pero alucinante droga era el incienso (Thus!); esta droga era producto de un arbusto muy común en Arabia Félix; quizás por esta razón la llamaban Thurifera Arabica. (377)

Dioscorides, el gran farmacólogo de la antigüedad, nos advierte que su consumo puede ser peligroso, pues «si se bebe, causa locura y si se toma mezclado con vino, el hombre pasa a la eternidad.» Sin embargo, quemado sobre carbones encendidos, larga un muy agradable humo blanco y despierta en aquellos que inhalan, una sensación eufórica como si hubieran tomado algunos sorbos de un muy fogoso vino». (378) Su tan agradable y fragancioso humo conquistó el mundo antiguo entero: Su uso fue incorporado por los sacerdotes romanos, que honraron de esta forma a sus emperadores. Los egipcios la llamaron «la droga de la inmortalidad» — inventada por la Diosa Isis.

Tanto en Egipto como también en Palestina era una costumbre quemar el incienso ante los altares de los dioses en todas las fiestas religiosas. En el mismo Egipto, cuando la gente comenzó a cosechar el poroto, lo comían con miel y levemente embriagados con el humo del incienso, cantaron himnos religiosos, en que cada verso terminaba con una advertencia: «¡Glotta Tuekhe, Glotta daimon!» — ¡La lengua es la felicidad, la lengua es la maldición! El muy parlanchín pueblo egipcio sabía por qué razón cantaban esta tan prudente exhortación.

El incienso con su humo fragancioso despertaba en la gente cierta clase de euforia —hasta éxtasis— un estado anímico que liberaba a los creyentes de la necesidad de entender lo creído; embobados por el humo y sin entender nada de las doctrinas y dichos, solo exigieron de su religión —saturada de misterios— una protección para el presente y una vida mejor en el más allá...

Los egipcios estaban encantados con el humo y con su religión. Osiris muere y resucita cada año «¡La muerte entierra a la misma muerte!» y promete al hombre la eternidad. Nadie en Egipto quería morir. (379)

Otra droga alucinante era la Kannabios de los esquitas, importados por los comerciantes griegos, que tenían sus colonias y factorías en las orillas del Mar negro. Skythopolis era una ciudad entre Galilea y Judea — en su mayoría habitada por sirios. En estos tiempos lejanos los fenicios y comerciantes griegos hicieron un muy variado intercambio comercial. La kannabios tenía unas aceitosas semillas que fueron quemadas sobre piedras precalentadas; los granos quemados levantaron grandes humaredas de un sahumerio, y Strabo y Herodotos nos dicen, que aquellos que inhalaban este humo, cayeron en éxtasis — teniendo la sensación, de que estaban bañados en aguas de mil fragancias; estos embriagados fueron llamados kapnobatas (380).

Los kapnobatas estaban convencidos de que experimentaban una metempsicosis transitoria en cuanto el alma abandona el cuerpo y luego regresa — y al despertar cuentan sensaciones rarísimas... (381)

También en la Grecia —amenazada casi constantemente por el hambre— aprovecharon la «Metempsicosis de los Kapnobatas». Anualmente organizaban la fiesta de los Hongophagos, reservada exclusivamente para los ancianos. Reunidos estos alrededor del altar, al son de cánticos religiosos, comían el «Hongo de la despedida», la muy conocida Ammanita Muscarina. Era un hongo rojo como la sangre, sembrado de pepitas blancas como el alma humana.

Después de que comieron este hongo, los ancianos cayeron en un largo y muy profundo sue&n