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Roma corrupta, Roma perversa

Kornel Zoltan Mehesz


Queda hecho el depósito que previene la Ley 11.723/1996, by K. Zoltan Mehesz — Corrientes
Depósito legal No. 91003
Correctora del idioma castellano: Sra. María Josefina Feris

Índice

  • PRÓLOGO
  • INTRODUCCIÓN
  • COMICIOS
  • Miopía humana
  • Promesas comiciales
  • Compra de votos
  • Lucha de colores
  • Sobornos electorales
  • La Ley isocrática
  • VERRES
  • Hurtos, robos, rapiñas
  • Violador del pudor
  • Verres y Antioco, rey de Siria
  • El hurto en Esparta
  • El hurto egipcio
  • La diosa Laverna
  • EL EJÉRCITO ROMANO
  • Roma y Jugurtha
  • El Tribuno militar Niger
  • El caso de Aureliano
  • La justicia de Pisón
  • La cobardía romana
  • Ignavia et imbellia
  • De paleo-cristianos
  • Juramentos militares
  • Legiones «extranjeras»
  • EL ROMANO COMÚN
  • El romano «Sophokleis» adulador
  • El romano y el dinero
  • Epístola de Adriano
  • Calumnias y traiciones
  • La mentira Cretense
  • ALBIÓN OPIÁNICO
  • Una vida, hundida en el lodo de delitos
  • LOCUSTA
  • Los Pigmentarios
  • Los remedios malos
  • Cornelia y Sergia
  • Tiberio y Calígula
  • El veneno columbiano
  • Claudio y la memoria
  • El caso de Brittanico
  • La muerte de Claudio
  • La risa Sardonica
  • Los médicos, Rupilio y Xenophonte
  • Baccara
  • LAS ESTAFAS
  • La estafa de los navicularios
  • Cayo Canio y Pito el banquero
  • De las religiones
  • Diálogo de los dioses
  • Mundus y Paulina
  • Creusa y Apolo
  • FALSIFICACIONES Y TRAICIÓN
  • Verania, viuda de Pisón
  • Régulo cazador de testamentos
  • La corona de Hieron y Arquímedes
  • Hermodoro y Dionisio
  • La traición de Merico
  • LA USURA
  • Peste y garrapata de los pobres
  • Opinión de Catón
  • Consejo de Hesiodo
  • La negación del Rebelde de Galilea
  • La venta de la vida
  • LOS MÉDICOS
  • La discriminación a la etrusca
  • El médico Herodes
  • Caridemo y su médico
  • Atosa y el médico Damocedes
  • El médico Glycon
  • LA DECADENCIA DE LOS ABOGADOS
  • Régulo, «Nequissimus bipedum»
  • Opinión de Nigrino
  • Industria perversa — obra de seducción
  • Propagadora de rencillas
  • El bostezos de Jurisconsultos y su precio
  • Labios venales y los ignorantes
  • Los prevaricadores
  • El caso de Demóstenes
  • Los cavilladores... usque ad Infititum
  • »O polla klepsas»... los sobornos
  • Alejandro y el pirata
  • LOS JUECES
  • Prisco, proconsul de Africa
  • Hesiodo y los jueces avaros
  • Las prevenciones
  • Los jueces de los faraones
  • Remedios contra la corrupción
  • LA JUSTICIA
  • La frentana
  • La de los Aeropagitas
  • De Caton y de Pisón
  • La justa injusticia
  • De Nerón
  • La justicia de Claudio
  • El acto de Sila
  • El reciprocum de Protágoras
  • El «Skotison» de Ennio
  • El consejo de Pyndaros (epilogo)
  • ROMA PERVERSA
  • PRÓLOGO
  • INTRODUCCIÓN
  • Costumbres
  • De los Tracios
  • En Etiopia — en Hircania — Nabateanos
  • De los Hindues — de los Esquitas
  • Los costumbres pasan las fronteras...
  • Libertas y libertinaje
  • LAS FIESTAS FLORALES
  • Ceremonias nupciales
  • Los cantos Fescennios
  • El «auxilio» de los dioses
  • La fe Defloración religiosa
  • Los cultos phallicos
  • Los «tri-Phallos»
  • Informe de Lukyanos
  • Los «neuropastos»
  • DROGAS
  • La paternidad de los dioses
  • La Hagia Pneu de los Egipcios
  • La prostitución religiosa
  • LAS BACCHANALIAS
  • La seda transparente
  • La peste etrusca
  • La denuncia de Hispala
  • Culpa y pena
  • Bacchanalia hispánica (Fiandeiras en Galicia)
  • AMORES LATINOS
  • La imitación de Menandros
  • Consejos de Plinio
  • La sombra de Marcial
  • Khiomara, la bella Galata
  • Los hermanos Eros y Thanatos, Amor y Muerte...
  • La «Apotheca de Aphrodite»
  • La ranita «Rubeta»
  • Amaltea
  • PERVERSIONES
  • ACERCA DE LAS MUJERES
  • LOS ADULTERIOS
  • ¡Dame más! (¿Amor o dinero?)
  • Messalina
  • Faustina
  • Adulterio comprado
  • El caso de Octavio Sagita
  • Adulterio concedido
  • Cabbas y Caton — Hortensio
  • Consejos de Bias
  • Las Ledas y la desgracia de Galo
  • Targelia y Tesalina
  • Luperco y su mujer Paula
  • Cynna y Marula
  • Cuentos de las Themophorias
  • Acca Larentia y el Dios Mercurio
  • Adulterios en los templos
  • LA POLIANDRÍA GRECORROMANA
  • Causa — fiestas taurinas
  • Efecto — peste de las mujeres
  • Papirio pretextato
  • La ley de Licurgo
  • DIVORCIO Y VENGANZA
  • El hongo de despedida
  • Publicia y Licinia
  • El vino de Cales
  • Cloe y Gala
  • Fabio entierra a sus mujeres
  • Crestil a sus maridos
  • VIUDAS BUENAS..., VIUDAS MALAS
  • Artemisa y Mausolos
  • La viuda de Efesus
  • Megapentes y Gliceria
  • LAS DANZAS INFAMES
  • La cordax y Sykinis
  • Las Korybantes de Phrigia
  • Las bailarines de Thessalia
  • Las «Hijas de la malvada Cadiz»
  • Los Khiro-sophos de Lesbonax de Mitilene
  • LAS ESCLAVAS DEL AMOR
  • Legislación de Solón
  • Las rameras de la diosa
  • Eros Center de Aspasia
  • El santuario de la «Puta Aphrodite»
  • Las «Erothydias» en Thespia
  • Aspasia — Thais — y Agotoklea
  • Demetrio, rey de Macedonia y Lamia
  • Phriné
  • Lais y Demóstenes
  • Caelia
  • Las «Lobas» (Lupas) de Roma
  • Las Parias del Amor y Diogenes
  • Tonis, la egipcia
  • Los «Hijos de Rameras»
  • Temistocles, hijo de la Albroton de Tracia
  • Bion, hijo de Olímpia de Esparta
  • Demóstenes
  • Flora, amiga de Pompeyo el Grande
  • El caso de Verres...
  • Costumbre de los Auses
  • Hypparcha en la Stoa Poikile
  • Lesbia «La Perversa»
  • Clonario y las Lesbianas
  • Incestos
  • El caso de Sexto Papirio
  • Nerón y Agripina
  • Smirna, hija de Ciniras
  • Valeria y Valerio
  • Bestialismo
  • Perro, acusado de adulterio
  • La bella Glauke y su perro
  • Los «Mendezianos»
  • El asno de Apulejus
  • LA CULPA Y LA PENA
  • El ladrón de la honestidad
  • La pena de Sallustio
  • El castigo a la manera egipcia
  • Galitta y la infamia
  • La severidad catoniano
  • La «Günaika onobatos»
  • El problema de Gyges
  • EL CASO DE LOS VARONES
  • Las ubres más henchidas
  • Aspasia y su diálogo con Xenophonte
  • Los adulterios y sus castigos
  • Un indulto para C. Letorio
  • El caso de Egantius Matellus
  • PERVERSIONES
  • HOMOSEXUALIDAD
  • El «Beso de Platón»
  • De Tiberio, emperador de Roma
  • Julio Caesar — Mario Sila — Cicero
  • Gerontophilia de Sulpicius Galba
  • El incesto de Galigula
  • Incesto de Neron con Agripina
  • La opinión de Claudio Neron
  • El cónsul Mamerco Scauro y sus esclavas
  • Los «Brutos» de Tertuliano
  • Homo homini lupus
  • Los pueblos Ombos y Tentira
  • Los Kalagurritanos
  • Numancia
  • Los «Tiphonianos»
  • El sacrificio de los niños
  • El peine de la novia
  • La sangre del gladiador para epilépticos
  • La crueldad de Gyngilis
  • Los condenados por Verres
  • Los «métodos» de Calígula y Macrino
  • Las crueldades que vencieron a los siglos
  • LA CRUCIFIXIÓN
  • EPÍLOGO
  • Fisuras en los muros de Roma
  • La venta del silencio
  • La sentencia de Catón
  • Alejandro y el pirata
  • El derrumbe de Roma
  • La censura de Plinis
  • El pasado, espejo del presente
  • BIBLIOGRAFÍA
  • Erst wägen, dann wagen
  • Moltke

PRÓLOGO

Moltke nos recomienda que antes de echar nuestra hacha en el quebracho de nuestro tema, quizás sería preferible deliberar acerca de la conveniencia de escribir acerca de un tan espinoso tema, o si fuese mejor olvidarlo... Mas, si se trata de un tema que a primera ya vista nos parece como una irrespetuosa antítesis antes que la copia de nuestras cuatro décadas de enseñanza, en que pregonaba solamente la ejemplar gloria del pasado de un pueblo realmente excepcional, un crisol poliétnico abigarrado, los cuales se identificaron con el tan significativo nombre «romano».

Sin embargo, el precepto mommseniano nos obliga al impostergable deber del historiador, tocar también las teclas negras del piano de la historia para evitar las cacofónicas disonancias, y a la par restablecer con la objetividad ciceroniana la armonía de la verdad..., pues cubrir con el silencio de los cobardes los delitos del pretérito sería equivalente a brindar un inmerecido salvoconducto a los pecados del pasado.

Ammiano nos comenta que el romano es feroz y rapaz: ya se había trocado en blando: cobarde ante el enemigo, corrompido por la ociosidad, pervertido en su moral, y sólo experto en cuestiones de oro... quedó debilitado por la cada vez mayor indisciplina: por causa de la decadencia de las costumbres el romano se lanza por una pendiente, y nada lo retiene, pues el remedio resultó ser tan insoportable como el mal mismo.

Si quisieras conocer la baja moral de nuestra generación, es suficiente pasar algunos breves días en una de esas casas.

En nuestro tan infeliz siglo abundan ya los más increíbles vicios, y de esa manera en la sociedad romana acumulábase casi diariamente espesas y envenenadas capas de lodo. En la superficie aparecía un barniz brillante y delicado que podía confundir a los censores y historiadores que sufrían de miopía...

Séneca, el ilustre y eximio filósofo, acusa a su sociedad de increíbles vicios, pero la sociedad se sumerge en su propio lodo, donde el acusador y censor es también acusado...

Publio Suilio, un gobernador corrupto hasta la médula, se defendió vituperando contra el censor y filósofo.

Él dijo que Séneca se dedicaba a enseñar a la gente moza, ignorante y sin experiencia... censuraba los vicios, pero él mismo violaba los lechos de las mujeres en la casa del príncipe... Preguntaba, con voz en cuello, con qué sabiduría y con cuáles preceptos de la filosofía logró este sabio hipócrita durante cuatro años de amistad con Germánico juntar cerca de trescientos millones de sestercios.

No era un milagro que ante semejantes situaciones, fuentes de toda clase de decadencia, tanto en la península itálica como en Hélade, el filósofo Demócritos, venerado anciano y famoso por su sabiduría, apagó la luz en sus ojos para no ver tanta infamia humana...

Sean estas breves consideraciones en nuestro prólogo que en adelante nos impone el pianista de la historia tocar casi exclusivamente las teclas negras, para que el curioso presente —al conocer los vicios del pasado— sepa sacar sus conclusiones y así elegir una senda correcta hacia a un inseguro futuro...

INTRODUCCIÓN

El censor Censorino, en cierta manera casi ex oficio, conocía a sus conciudadanos mejor que cualquier otro, y acerca del carácter del romano en su época dejó una calificación que nos parece que el hombre del pasado de ninguna manera resultó ser mejor que sus descendientes en nuestro presente.

El historiador que sabe interpretar lo comentado por los antiguos autores, nolens volens llega a la conclusión de que ya a los fines de la República entre los descontentos habitantes de Roma había una sórdida conglomeración, un hedonismo sumergido, masa de holgazanes, asiduos asistentes del circo y en las numerosas tabernas en que pululaban las chismerías, injurias baratas: un semillero de calumnias, delatores y demás traidores.

Esa chusma que vivía al costo de los adulados o de su cotidiana mentira y el hurto, agrupado en unas sociedades secretas de pésima fama; en las filas del ejército era el desertor y cobarde, pero ante el indefenso resultó ser cruel y torturador perfecto y maestro en cómo envenenar al molesto prójimo.

De esta sórdida calaña de gente nacieron luego los maestros en estafas, los rapaces usureros, los falsificadores y aquellos que enseñaron luego a nuestro presente, cómo hay que hacer los cohechos, cuándo y cómo los sobornos, que son tan florecientes todavía en nuestro presente...

En estas épocas tan sórdidamente oscuras, prácticamente nadie, absolutamente nadie era exento de alguna clase de los numerosos vicios. En la ciudad de Roma pululaba la más variada clase de estafadores, los especialistas en falsificar los pesos de la balanza o las firmas para testamentos apócrifos... Al miserable habitante de Roma le perseguía la usura, garrapata de los pobres, los sobornos y las coimas estaban en pleno auge...

En estos lejanos tiempos ni siquiera el prolongador de la vida humana, la medicina, logró salvarse de las manchas negras. Los médicos, contagiados por su ambiente, cayeron en la trampa del pálido oro, y —hundidos en un deplorable mercantilismo— en vez de sanar al enfermo, se dejaron sobornar por un enemigo de éste, le ayudaron a salvarse de las miserias de la vida para llegar al más allá...

Dicese que los médicos desde estos inmemorables tiempos, además de su diploma —más de una vez falso— también contaban con un certificado de impunidad real, acerca de lo cual siglos después Petrarca nos dijo que los únicos asesinos que pueden matar impunemente, fueron, son y seguramente serán los médicos...

La perversión y corrupción, una peste del alma, se multiplicó como la plaga, pero también se hereda como la deuda y por ello, lo ocurrido unos miles de años antes, se repetía tanto en la Roma medieval que sigue su curso —sin detenerse— en nuestro presente... Los pecados y el tiempo son hermanos mellizos que jamás se acabarán. Por esta misma causa los vicios que lograron sobrevivir las inclemencias de los siglos, gozan de buena salud y hasta tienen asegurado un feliz futuro...

Ya que el autor de esta obra es sólo un humilde portavoz de los bimilenarios autores antiguos, nuestra tarea será un oficio sagrado, presentar al lector del curioso presente todos los vicios y pecados del pasado por medio de los irrefutables y auténticos comentarios de los más antiguos autores que dejaron sus testimonios sobre las amarillentas hojas de los antiguos anales.

El lector —después de haberse enterado de lo ocurrido unos miles de años antes— se dará cuenta de que somos como las flores del lapacho que desde un rosario de siglos ya, al llegar la primavera, invariablemente florecen siempre con el mismo color rosado... y veremos que el presente en realidad es un perfecto calco del pasado, y ni el pasado mañana será mejor que fue el anteayer...

COMICIOS

Los atenienses, cansados de la crueldad de sus tiranos, al fin decidieron terminar con el excesivo poder de uno, y lo repartieron entre todos... así nació el poder del pueblo, la mal llamada democracia, de tal manera fragmentada que tuvo que ceder su poder debilitado a unos representantes elegidos en comicios, los cuales siempre fueron y serán manoseados por unos astutos que se atreven llamarse políticos.

El pueblo de antes, como el de ahora, sufre de una incurable miopía y se porta ingenuamente como el cuervo de Phaedro, embaucado por los halagos y las promesas del astuto y político zorro. Plagado de este defecto —precisamente en un momento tan decisivo— actúa con capricho, y eligió y elige a aquellos que si bien no se merecían la confianza del pueblo, si tenían la habilidad de convencer a los bobos y sabían cómo comprar descaradamente los votos.

De esa manera llegó desde Atenas también a Roma la corrupción y el soborno electoral; cometido por muchos, con el demos (pueblo); un delito imperdonable que en aquellos lejanos tiempos con un insultante y cínico eufemismo lo llamaron «política».

En Roma —ya mucho antes de las elecciones, llamadas comicios— desparramaron por las angostas calles de la ciudad unas pandillas inescrupulosas que con voces en cuello prometieron dar lo que ya anticipadamente sabían que después de las elecciones nunca irían a otorgar.

Juraron no tocar lo conquistado por el pueblo, aunque ya tenían programado lo que luego le irían a quitar. Pululaban en la ciudad los «paratodocapaces» partidarios, los cuales con una insolencia innata compraban y vendían por denarios —y de vez en cuando por mucho oro— el todopoderoso y decisivo único voto...

Corrió por los pobres barrios de Suburra la plata de los patricios, los cuales, aferrándose a la grandeza pasada querían detener el tiempo, sin darse cuenta de que el presente sólo se limita para el día del hoy, pues mañana pertenece indefectiblemente ya al inescrutable futuro...

En el cabildeo pre-electoral nunca faltaban las sucias prebendas de los timokrates, de los nuevos ricos, gente de vida pletórica que de esa manera querían asegurarse para sí una silla en el Senado y poco les importaba que estaban allí en representación de sus propios intereses.

También participaban en la más descarada compra de los votos los sacerdotes, los pontífices, para asegurarse de esa manera el intocable poder teocrático. Estos hombres de Dios untaban las manos y compraban los votos durante la pretura de Verres en Sicilia con el dinero de la diosa Cibeles.

Las épocas pre-electorales fueron marcadas por la desenfrenada guerra de los más diferentes colores: en esta lucha por el voto no faltaban los patricios «Clodio» que se dejaron adoptar por un plebeyo, y tampoco faltaban los siempre presentes demagogos, los cuales querían a cualquier precio apoderarse del poder para poder cambiar de esa manera su toga plebeya por la de un patricio...

«Vuestras leyes son como la telaraña que agarra lo leve y débil, pero el poderoso las rompe y escapa», dijo en una oportunidad Demóstenes. De esa manera fueron inútiles las leyes de Licinias, porque los políticos depravados de la antigua Roma sabían hábilmente aprovechar la ingenuidad de un senatusconsulto que muy astutamente permitía prometer el soborno electoral... lo único que la ley no admitía, era que la previamente prometida suma luego fuera efectivamente pagada.

De esa manera la misma ley encubría el delito, y si algún corrupto y a la vez bobo fuera atrapado por causa de un soborno electoral, podía salvarse todavía de semejante estafa legalizada, aprovechando la tan afamada ley isocrática; para quedar impune era suficiente que el sorprendido en este soborno denunciara a otro que cometiera el mismo delito... De esa manera los más bochornosos sobornos y sus traficantes en Roma lograron eludir el bien merecido destierro... Pues supieron cargar con esta pena a un último e ingenuo que al fin de quedar impune, ya no encontraba a nadie a quien denunciar para salir ileso...

En la antigua Roma, cuando los electos resultaron ser indignos, entonces fueron sólo tolerados, y el sufrido pueblo —durante el año legítimo— les contemplaba con calma y paciencia, gozando la encarnizada lucha de los fraudulentos, los cuales como toros y osos encadenados se desgarraraban mutuamente y cavaban la fosa, en que siempre caen al final del gobierno saliente aquellos que olvidaron el imperativo de sus principales compromisos: cumplir lo prometido y respetar el juramento hecho, sin lo cual jamás podrán conservar el único sentido de la vida: el honor; pues los que viven sin honor son los verdaderos muertos.

En la antigua Roma había muchos vivos, muchísimos avivados que fueron unos «muertos» ya antes de morir.

Para demostrar la veracidad de lo arriba señalado, presentaremos al lector a continuación la fiel imagen de un gobernador romano...

VERRES

Verres: «¿Por qué ladras contra mí, Cicerón?»
Cícero: «Porque veo un ladrón»

Este memorable gobernador de la provincia de Sicilia era en realidad uno de los productos de las casi siempre fraudulentas elecciones romanas a los fines de la ya enervada República Romana...

Este prototipo de un corrupto funcionario —gracias a sus pecados, escritos sobre las hojas amarillentas de los viejos anales— logró sobrevivir el rosario de los siglos, para demostrar quizás que los vicios del pasado más de una vez no fueron peores que los de nuestro mísero presente...

Cuando las fechorías de Verres habían colmado ya la paciencia romana, M. Tullio Cícero quedó a cargo para calificarlo.

Verres se hizo famoso por sus hurtos, robos y rapiñas en su provincia. Por los exagerados tributos y demás vejatorios logró destruir la producción agraria de Sicilia.

No hubo propiedad que no hubiera sido despojada de sus legítimos dueños. En su carácter de juez todas sus sentencias se destacaron por su infame arbitrariedad. En su tribunal los criminales —pagando dinero— fueron absueltos como inocentes, mientras los ciudadanos más honestos y dignos fueron condenados sin que hubieran sido citados.

Este hombre era un infame violador del pudor, autor que cometió sacrilegios, apropiándose del oro de los templos... En esto, prácticamente nadie podía superar a Verres.

Para que el lector tenga un cuadro inolvidable acerca de la personalidad de este infame ladrón y verdugo de Sicilia, le citaremos las palabras de M. T. Cícero que nos comenta los pormenores de una memorable cena que Verres brindaba al rey de Antioquia...

Los dos hijos del rey Antioco de Siria —después de haber visitado Roma— contando con la protección del Senado, emprendieron su viaje de regreso. Uno de ellos, Antioco, conociendo la fama de Arquímedes quería conocer a toda costa por lo menos la ciudad de Siracusa. Ni imaginaba en qué se metía con esta tan afortunada decisión...

El gobernador Verres, al enterarse de la llegada de Antioco —sospechando que el rey traía consigo sus preciosas joyas— decidió invitar al rey a una cena, organizada por su imprescindible secretario Apronio.

Verres hizo adornar con magnífica esplendidez su sala de comedor. Allí mismo expuso su hermosa colección de platería. La mesa estaba suntuosamente servida. Ante semejante opulencia Antioco quedó encandilado y para devolver la gentileza hizo llegar a Verres algunos días después una invitación, pidiendo que fuera a cenar con él...

En esta oportunidad Antioco ostentaba su riqueza oriental: había platería, copas de oro y aparecieron allí sus afamados brillantes. Tenía un vaso para vino, hecho de una sola piedra muy grande con su asa de oro...

Verres tomaba estos vasos de mil maravillas unos tras otros en sus manos para admirarlos. Atrapado por su codicia sin límites, envió pocos días después su emisario al rey Antioco, suplicándole que le mandara aquellos vasos tan preciosos que había visto en su espléndida mesa, pues quería mostrárselos a sus cinceladores. Antioco —ignorando completamente lo que había detrás de semejante pedido— los entregó con sumo gusto y sin la más mínima sombra de una sospecha.

Un día después que haber recibido los vasos, le pedía de parte de Antioco este vaso de una sola piedra preciosa, so pretexto que deseaba examinarle con más cuidado. Así también este vaso le fue enviado.

Pero Antioco tenía también un candelabro adornado con piedras preciosas y brillantísimas, una obra de maravillosa perfección; una joya única que en estos tan lejanos tiempos sólo podían producir en el misterioso oriente.

Verres, al enterarse de la existencia de este candelabro, le suplicaba al rey que se la enviara, porque deseaba contemplarlo y admirarlo... Antioco, que sí bien era un rey pero todavía demasiado joven que ni por asomo sospechó de la maldad de este pretor, ordenó a sus criados que llevaran el candelabro bien envuelto al palacio de Verres.

No bien los sirvientes de Antioco le presentaron y quitaron las envolturas, Verres exclamaba que aquella maravilla era realmente una joya, digna del reino de Siria, digna de la munificencia de un rey, porque su esplendor era algo fantástico. Por causa de su brillante pedrería, la maravillosa variedad de sus labores, el arte de este candelabro —destinado al Santuario de Júpiter Excelso— parecía competir con una riqueza inimaginable.

Cuando a los emisarios del rey Antioco les parecía que Verres había examinado ya lo suficientemente esta obra tan maravillosa, estaban por envolverla y querían regresarla a su señor... Pero Verres les decía que aun quería contemplarla con mayor detenimiento y les mandaba a irse... Así los sirvientes regresaron al palacio de Antioco sin el candelabro.

Antioco nada temía al principio; no sospechaba nada. Pasó un día, pasaron dos, pasaron muchos días y el candelabro no fue devuelto. Entonces el rey envió un aviso a Verres para que, si le parecía bien, devolviera el candelabro.

Verres ordenó al emisario volver al otro día. Ya le parecía extraño a Antioco; entonces manda por él de nuevo... y nada... Todo intento de recuperar al candelabro quedó sin éxito.

Al fin Antioco va personalmente a ver a Verres y le ruega la restitución, pero se encuentra con una cara dura y un cinismo singular, pues Verres —como era previsible— en vez de devolver el candelabro, ordena al rey Antioco abandonar Siria inmediatamente antes del anochecer, so pretexto que estaba por llegar una flotilla de piratas...

De esa manera tan infame el rey Antioco —amigo y aliado del pueblo romano— el soberano de un reino poderosísimo de vastos territorios en el oriente ha sido expulsado por este gobernador romano de una provincia romana, después de haber sido despojado de todas sus joyas ignominiosamente...

Ahora sí entendemos perfectamente, cuando alguien increpaba a un otro con las palabras «pero Verres —en comparación contigo— era un fino caballero romano», esto no era un elogio sino una imperdonable injuria...

En la antigua Roma estaba muy en boga el proverbio «Nomen omen». El nombre que uno lleva, será su destino.

Y sabemos que la palabra Verres tenía también su llamativo significado, pues los romanos lo llamaron «verres» al puerco castrado.

Al lector, impresionado por semejante e ignominioso hurto y descarado robo de un tan alto funcionario que llevaba el orgulloso titulo de ciudadano romano, casi espontáneamente le surge la pregunta ¿por qué causa habrá rebajado tanto el antes tan elogiado carácter romano?

La respuesta es sencilla. Roma conquistó casi la mitad del mundo, pero luego —casi sin darse cuenta— fue vencido por la exquisita cultura y las costumbres, pero también por los vicios de sus vencidos.

En Esparta el hurto y el robo eran una virtud en servicio de la estrategia militar. El autor de un hurto o robo era castigado, pero solamente en el caso en que se dejara atrapar...

En Egipto —conquistado por Roma— el robo tampoco era descalificado. Muy por el contrario, era tolerado y hasta en cierta manera «legalizado» por las autoridades...

En Alejandría, lo hurtado —según los comentarios de Diodoro Sikulo— fue entregado por los rateros al honorable jefe de los ladrones que tenía su despacho en una oficina pública. Allí mismo llevaban un registro, en el cual anotaban los objetos robados, la fecha de la entrada, el nombre y el domicilio del damnificado.

Luego los perjudicados —en vez de correr a la poco confiable policía— concurrían directamente a esta oficina de los ladrones, y allí —después de haberse identificado para evitar que los ladrones a su vez también fueran robados— el damnificado pagaba la cuarta parte del valor declarado y luego podía regresar alegre y contento con el objeto hurtado.

Roma tampoco podía sustraerse de la tentación de ser algo más flexible y hasta práctico en esta tan espinosa cuestión... Y para legalizar semejante bochorno, los romanos recurrieron al auxilio de sus sacerdotes, los cuales invocaron para semejante vicio el santo patrocinio de una tal diosa Laverna que en adelante dio su bendición para todos los hurtos. Ante el altar, el cako pidió por medio de una oración íntima y fervorosa la ayuda de la diosa, y ofreciéndole una parte de lo hurtado, procedió luego a hurtar y robar a la Verres sin el mínimo remordimiento de conciencia... Quien pudiera reprochar semejante acto, si en lo ganado participaba también el contador de la diosa Laverna, un intocable sacerdote...

EL EJÉRCITO ROMANO

Acerca de esta institución el romanista sólo podía pregonar su himno de grandeza, pero solamente hasta en las postrimerías del siglo que le seguía luego el principado.

Hacia este punto, cuando Roma con su tan acertada política de adaptación ya podía absorber en el estado mismo los étnicos itálicos, entre ellos los superdisciplinados sabinos y los más que valientes samnitas. Roma arrasó con su ejército de hierro la mitad del mundo...

No solamente logró vencer a su peor enemigo, la avaricia, y sucumbió ante las tentaciones del pálido oro...

El proverbio latino «Ex capite phoetat piscis» resultó ser —además de una gran verdad— también una reverenda calamidad, muy especialmente en la expedición que el ejército romano prendía contra Jugurtha... Lo que nos comenta Sallustio, es un rosario de graves reprimendas...

Para no cansar a los lectores, basta citar sólo algunos capítulos...

»...En Roma —por otra parte— todo se vendía... Los patricios, corrompidos por las dádivas, se aprestaban a defender el delito ajeno como si se tratase de defender el honor propio...».

»Venció en el Senado el partido que anteponía el oro... Pocos estimaron más querida su conciencia que el dinero»...

Jugurtha comentaba ya a sus amigos en Numancia que en Roma se vendía todo. Y el interés privado venció al bien común.

Inútiles fueron las palabras del tribuno Cayo Memio que hizo saber al pueblo romano que por obra de unos pocos facciosos algunos hacen lo imposible para dejar impune las monstruosidades.

Pero esto no molestó a Jugurtha, porque se metió ya en la cabeza que en Roma seguían vendiendo todo, y por ello envió al Senado una embajada... Y les encarga que sobornen con oro toda clase de gente... y así cayó Scauro, el general romano, cuya resistencia incipiente fue luego minada por la avaricia, y la cantidad de dinero que recibió, lo arrastró lejos de la justicia... Lo mismo ocurrió con unos comandantes algo inferiores, los cuales —sucumbieron ante el pálido oro— devolvieron a Jugurtha sus elefantes.

Poco después cayó también el tribuno del pueblo; su honor quedó aplastado por el peso del oro...

Al fin cuando ya no tenía el suficiente oro para sobornar, Jugurtha tuvo que abandonar a Roma por orden del Senado. Le abandonó la ciudad, cuyos habitantes sucumbieron ante su insaciable avaricia. Al salir se detuvo frecuentemente, echando una mirada atrás y pronunciando en cada oportunidad sus memorables palabras: ¡Oh, Ciudad Venal! ¡Que pronto llegaríais a tu ruina, si encontrarás un comprador!

Ex capite foetat piscis... ¿Qué se podía esperar de un ejército cuyos conductores estaban hundidos en una detestable corrupción, y en una severamente reprochable inmoralidad, donde un tribuno militar atentaba hasta contra el pudor de un simple soldado...? Y semejante caso no era una perdonable excepción, como lo veremos más adelante...

De todas maneras, donde penetró la avaricia y la pasión por el oro, lo primero que inicia la fuga es la férrea disciplina...

Algunos generales intentaban frenar los excesos, y sin darse cuenta —ejerciendo su justicia— ellos mismos cayeron en excesos.

El general Niger ordenó cortar la cabeza de diez soldados de una misma compañía, por haber comido una gallina que habían robado, y todo estaba listo ya para la ejecución, pero el ejército —sublevándose— le impidió semejante cruel y desmesurado acto. Bajo la presión Niger anuló su orden, pero todavía exigía que cada soldado debería resarcir el daño y dar al campesino damnificado por lo menos cien gallinas vivas...

El emperador Aureliano, al enterarse de que un soldado suyo violó a la mujer de su huésped, ordenó —para castigar al soldado— que los lictores lo atasen por los pies a las ramas de las copas de dos árboles que se habían inclinado hasta tocar el suelo. Al soltar luego de pronto las ramas, el soldado quedó partido en dos quedándose una mitad de su cuerpo colgado en la punta de cada árbol.

El general Pisón era también iracundo, y para demostrar que un iracundo jamás puede ser justo, citaremos aquí el afamado caso de este siempre autoritario y colérico general.

Séneca nos comenta que este jefe militar en un momento de ira había ordenado que llevaran al suplicio a un soldado que había vuelto de un forrajeo sin su compañero.

Lo acusaba de haber dado muerte a ese compañero que no podía presentar. El soldado condenado le suplicó al general que le concediese algún tiempo para buscar el extraviado en el cercano bosque, pero Pisón se lo negó...

Llevaron entonces fuera del campamento al infeliz soldado que tendía ya su cuello para la espada del verdugo, cuando repentinamente apareció su compañero, a quien suponían muerto.

El centurión —encargado del suplicio— suspendió entonces la ejecución y llevó al condenado al general para demostrar su inocencia. Pisón se lanzó furioso a su tribunal y mandó llevarlos al suplicio. Esta vez no a uno sólo, sino a los tres: al soldado que no había matado... Al compañero que no había sido muerto... Y también al centurión —encargado de la ejecución— lo mandó a la muerte, quien —escuchando la voz de la razón y de su conciencia— no había ejecutado a un inocente.

Quedó decidido entonces que perecieran tres hombres a causa de la inocencia de ellos.

»A Ti» —dijo Pisón— «te mando a la muerte, porque has sido condenado. A Ti, porque has sido la causa de la condena de tu compañero. Y a Ti, centurión, te mando a la muerte, porque —habiendo recibido la orden de matar— no has obedecido a tu general».

De esta manera Pisón imaginó tres delitos, porque no encontró ni uno entre los tres inocentes...

¿Cuáles podían ser las consecuencias de semejante trato? Simplemente negar los servicios militares...

Las altas clases comenzaban a huir del servicio militar hasta tal punto que al estado le costaba demasiado trabajo llenar los cuadros de los oficiales para las guarniciones en España...

Negar el servicio militar, sin eufemismo, se llama lisa y llanamente cobardía... y este detestable pecado cambiaba su color como un camaleón... Una legión del cónsul en Dardania —al frente de una empresa peligrosa— primero se amotinó y luego comenzó a desertar. Otros huían y no faltaban algunos medrosos que —temiendo la muerte al frente del enemigo— se suicidaron... Pero ¿qué era este acto sino una insensatez, matarse por no morir? Los antiguos —según los comentarios de Ammiano Marcelino— conocían tres clases de cobardía...

Los prevenidos —por no decir avivados— para evitar los riesgos emplearon el método del general griego Gilokles, en cuanto dejáronse seccionar el pulgar de su mano derecha quedando de esa manera ineptos para el servicio militar.

A la segunda clase de cobardía pertenecían aquellos que eran tímidos para luchar, pero se avergonzaban de huir.

Los peores de los ignaves, cobardes fueron aquellos que pasaban al otro lado o confiaban su seguridad a la velocidad de sus pies. Lo lamentable era que precisamente le dieron un ejemplo para la cobardía aquellos que no cesaban de pregonar la importancia de la valentía humana... Entre estos seudovalientes no faltaban nunca algunos generales y los siempre presentes filósofos, los cuales gritaron «adelante», pero jamás dijeron «síganme».

Dícese que Demóstenes, el príncipe de los oradores, antes de llegar a la batalla de Queronea arrojó su escudo y su lanza y emprendió una veloz fuga. La fama de su vergonzosa huida llegó hasta Atenas, pero él restó importancia a su fuga, se rió y para defenderse dijo: «Aner ho pheugon, kai palin makhéesetai» — «Pero el hombre que hoy huye, mañana podrá pelear»... Seguramente pensaba que es preferible que muera el enemigo por la patria y no él...

La cobardía —casi sin darse cuenta— se institucionalizó con la llegada del paleo-cristianismo de carácter netamente «antinacional»; era un frente firme contra el odiado imperio romano, por medio de su política que carcomía tanto activa como también pasivamente los pilares ya no tan firmes del imperio romano.

Las armas del paleo-cristianismo que empleaba para este fin fueron su estoicismo —tipo essenita— acompañada por su fe ciega y su obediencia incondicional al cumplimiento de los preceptos de sus doctrinas y las órdenes de sus sacerdotes.

Su otra arma era su olímpica indiferencia, nacido de su cosmopolitismo que al romano lentamente se hizo neutro e indiferente ante los problemas nacionales. La actividad del protocristiaismo —de carácter directamente antinacional— completaba todavía su conducta pasiva, cuyos efectos aparecieron luego como peligrosas fisuras en las columnas que tenían que sostener el imperio, el poder y la defensa nacional...

Este incipiente cristianismo, impregnado por su estoicismo helénico, pero en concepción netamente essenita, por su debilidad y pasividad resultó ser para la mentalidad agresiva romana directamente peligrosa, pues el cumplimiento de su precepto «no resistir al mal» y «Amad a vuestros enemigos» invitaba al soldado lisa y llanamente a ser cobarde y a cometer la alta traición.

La iglesia es un estado, en que caben imperios. Para un cristiano su iglesia es la patria que desconoce las razas, lenguas y fronteras. El cristiano y el judío dentro del imperio romano vivían en el país y también del país, pero se consideraron como extranjeros, pues la patria además de su iglesia estaba lejos, muy lejos en el tan distante Hiero Solima...

El cristiano, «ayer» todavía considerado como una secta judía, fue siempre indiferente en cuestiones de nacionalidad; interrogados en los tribunales por su nacionalidad, contaron siempre con las concisas y muy significativas dos palabras «Cristianus sum». Esto era su tarjeta de presentación e igual como los judíos, en su mundo antiguo llevaba en sí un fermento activo de su cosmopolitismo; vivían en el país, pero como peregrinos, fieles a otro mundo, no se consideraban ciudadanos de imperio...

Esta fue la causa por la que el paleocristianismo, esta secta todavía judía, demostraba frente a los problemas nacionales una olímpica indiferencia, hasta que expresaba una inocultable alegría, cuando el imperio, su nolens volens patria en este mundo, tuvo que enfrentarse con problemas más que serios. El odio de la Apokalipsis destilaba su veneno a través de sus fieles...

No podemos pasar por alto la circunstancia que semejante conducta antinacional —por no decir traicionero— del paleo-cristianismo la descalificaba para los siglos venideros, y no obstante que este cristianismo, fiel a los preceptos «diligite inimicos vestros» —»amad a vuestros enemigos»— poco a poco, olvidando el odio que les impregnaba el Apocalipsis al ofrecer a sus perseguidores los ríos de sangre junto con su policromática cultura (egipcio, babilónico, essenita, oriental, sirio, griego y judío) intentó ofrecer al imperio un elemento unificante que por falta de la clara visión de los ya enceguecidos romanos no podían o no querían comprender.

Regresando al cauce de nuestra exposición, no podemos pasar por alto la resistencia activa del cristianismo contra toda clase de lucha armada y guerras del imperio. Ellos sabían «luchar» para no luchar por los intereses de una patria que no la consideraron como tal. Para cumplir con su programa no les faltaban ni el consentimiento de sus superiores, ni sus preceptos religiosos. El buen cristiano estaba convencido de que no puede, ni debe servir al mismo tiempo a dos muy diferentes señores.

Además el único Señor de ellos les advertía que todos aquellos que sacaban la espada, «a espada morirán». El verdadero «Miles Christi» sólo defenderá su patria celestial, es decir su fe y su iglesia.

Para librarse del servicio militar, junto con los judíos pregonaron el muy convincente argumento, según el cual sería un grave pecado militar contra los conciudadanos participarse, porque para Cristo no existían ni diferentes razas, ni lenguas, ni fronteras nacionales...

Tertuliano sostenía que «no puede existir una coincidencia entre los juramentos ofrecidos a Dios, y los ofrecidos a los hombres tenían la santa obligación de abandonar inmediatamente la bandera de los hombres.

Lactancia resultó ser más exigente todavía, hasta intransigente, pregonando con voz en el cuello que «un hombre justo no puede, ni debe militar».

Semejantes consejos, hasta imperativos categóricos, fueron en realidad incitaciones abiertas para la rebelión y con serias amenazas para todos aquellos, los cuales —conducidos por su fe— abandonaron la milicia, pero tentados por provechosas ofertas regresaron de nuevo a las filas del ejército. El concilio de Nicea condenaba a estos traidores luego a tres años de meditación...

La cobardía, sembrada a manos llenas por el paleocristianismo, y los cristianos en las filas del ejército —apresados por el dilema— no tenían otra alternativa que morir luchando u ofreciendo su cuello al enemigo o morir como un vulgar cobarde por el brazo de la ley...

Sabemos que los emperadores Aureliano y Diocleciano condenaron por su pasividad —por no decir cobardía al frente del enemigo— a cientos y cientos soldados cristianos, los cuales «preferían morir en vez de hacer morir a sus enemigos».

No podía subsistir un ejército corrupto con pulgares mutilados, cobardes innatos, traidores y tránsfugas todavía saturados con los cristianos que amaban a sus enemigos y que se dejaron degollar como corderos...

En la antigua Roma florecieron las librerías, y para satisfacer a los lectores se abrieron varias bibliotecas públicas... Entre los patricios y demás acaudalados era de buen tono tener la propia biblioteca... La biblioteca de Origines, la de Luculo y de Syla eran muy apreciados por sus ejemplares ya en estos tiempos considerados como muy antiguos, sumamente preciosos y desde luego saqueados de la colección de Atelicon y de Atenas...

Roma estaba inundada por los libros de origen extranjero, de origen griego y babilónico. Llegaron estos libros en forma de un botín, una abigarrada masa de libros de las bibliotecas saqueadas, sin la mínima selección cualitativa, sin la mínima revisión censoriana. Una gran cantidad de estos libros era de carácter expresamente destructivo, los cuales, como soldados invisibles, con sus letras envenenadas transformaron poco a poco la victoria latina en la Grecia en una ya casi incurable decadencia romana.

Nos dice Plutarco que después de la vergonzosa derrota de Crasso en Persia, el gran vezir de los partos presentó ante la asamblea de su pueblo los libros que encontraron en el equipaje de los soldados romanos. Eran estos libros los muy obscenos del pornógrafo griego Aristides, llamados «Milesiacos» que estaban muy en boga entre los soldados de las legiones romanas. El persa Surena infamaba al ejército romano diciendo que ni siquiera en la plena guerra podían prescindir de entretenerse de semejante libros decadentes e inmorales...

No nos cabe ni la menor duda de que en esta batalla tan decisiva de Crasso los aliados de los persas fueron estos obscenos milesíacos...

A este ejército le había llegado el momento de elegir la desaparición o la supervivencia... y gracias a esta decadencia moral, Roma comenzó lentamente a llenar las filas de sus antes tan gloriosas legiones con los hijos de los pueblos vencidos en forma tan acelerada que sus legiones, las más destacadas, fueron luego sirios o batavianos antes que romanos... Ya el nombre de algunas legiones, estacionadas en la Dacia —la legión V. de la Macedonica «Pia Fidelis»— la legión XIII Gallimeniana, la II Cohorte Hispana, el Cohorte I Británica, el Cohorte II de Comagenes (Sirios) y otros reclutados de Marocco. Quizás —por lo menos por parecer— la Cohorte de Milliaria Civium romanorum —La Largina— pareció ser puro romano, pero tampoco fue esta de la tierra itálica, porque los integrantes de esta cohorte fueron reclutados en las Islas Británicas; solamente les llamaron romanas, pues recibieron la tan anhelada ciudadanía romana...

EL ROMANO COMÚN

El habitante de la antigua Roma nunca fue un santo. Muy por el contrario. Para demostrar lo sostenido, intentaremos —por medio de unos coloridos mosaicos de sus vicios— presentar al lector un cuadro ilustrativo...

El antiguo romano —por su artificialmente construida posición social— era un adulado y un adulador innato. Tenía que adular para sobrevivir en su ambiente demasiado cruel y estrecho, pero también tenía que ser adulado, porque la adulación le daba la falsa sensación que estaba viviendo en la gloria...

Cada día a la mañana el cliente abrazaba las rodillas de su patrono, le besaba el pecho y sus manos para demostrar su lealtad como lo hacen todavía los cakos con sus patronos de la mafia y los creyentes en lo absurdo besan cualquier cosa... anillos o zapatos les daba lo mismo... porque el pros—kynesis en la antigua Roma estaba y hasta en nuestro presente está todavía muy en boga...

El himno acerca de la amistad escribió M. Tullio, pero esto no significa que esta palabra tan noble era exenta de toda clase de vicios. Habían sido grandes amistades en la antigua Roma, p. e. la de Cató y Hortensio, pero detrás de este tan intima amistad estaba escondida una oscura codicia. Ya sabremos más adelante acerca de esto... aunque podemos adelantar que detrás de todo estaba el dinero.

El dinero tenía un increíble poder en la antigua Roma. En el siglo de oro el dinero hizo feliz la vida. Con dinero se compraba la más cerril fidelidad. Hombres y dioses se conquistaban con dinero. Ni el mismísimo Júpiter rechazaba las dádivas... «Es fácil presumir», dice Ovidio, «que es lo que hará el necio, si el mismo sabio rinde a los sobornos».

Al romano del principado poco y nada le importaba si lo llamaban malo. Lo importante era tener dinero. Confesó sin sonrojarse que «si conseguimos riquezas, nadie nos preguntará, cómo ni cuándo, solamente cuánto»... porque no se encuentra jamás nada malo en el rico.

En Roma fue el dinero y exclusivamente el dinero que hizo feliz a la gente. No el cariño de la madre, ni los méritos del padre, si los tenía. El oro dulcificó el hermoso pero ávido rostro de Venus, y Plauto nos confiaba que hasta en el amor triunfaba con el oro.

Las más frecuentes preguntas entre la gente de bien en la antigua Roma eran: «¿Quién es tu padre? ¿Y cuánto tienes?» Y estas depravadas preguntas parecen lograr sobrevivir las injurias del rosario de siglos, porque hasta hoy, si alguien no entiende bien mi nombre, me repregunta «¿cuánto?», como lo hicieron unos miles de años antes ya...

Esta detestable y casi inextinguible peste de nuestro presente, donde la diferencia del nombre y culto del único posible Dios siembra las sangrientas guerras entre hermanos, porque uno suplica a su Alah para ayudar a destruir a aquellos que le conocen a su Dios con el nombre Jahve, los cristianos que mandan al infierno a los ortodoxos y los anglicanos y estos a su vez a los papistas... En este sentido había cierta paz en esos lejanos tiempos, porque el Dios de todos tenía un sólo nombre: Mammon, una palabra cuya versión en castellano significa «el dinero».

Para que el lector tenga una sana y correcta idea acerca de esta cuestión, nos parecía lo más acertado dejar hablar al mismísimo emperador Juliano que por medio de una epístola se dirigía a su cuñado y a la vez gobernador de la provincia Egipto, en aquellos tiempos el granero del imperio...

»Adriano, el emperador, al cónsul Serviano, gobernador de Egipto. Salud.

El pueblo de Egipto, cuyas alabanzas Tú me enumerabas, mi dilecto Serviano, yo se perfectamente bien que esta gente es voluble, ligera y siempre abierto al más pequeño rumor.

En aquel país, los que honran al Dios egipcio Serapio son los cristianos y también son devotos de Serapio los que se dicen ser obispos de Cristo...

No existe en aquel lugar ningún judío que ostente el título de «jefe de Sinagoga» que no sea al mismo tiempo astrólogo adivino o curandero (alipta = masajista) y lo mismo puede decirse de los samaritanos o de los sacerdotes cristianos. El mismo patriarca, cuando viene a Egipto, se ve obligado por unos a adorar a Serapio, y por otros a Cristo.

Esta raza de gente es muy sediciosa, llena de vanidad y muy dada a las injurias. Su ciudad Alejandría es muy opulenta, rica, fecunda, pues nadie vive ocioso en ella... Unos soplan el vidrio, otros fabrican el papel, todos se dedican a tejer el lino o a practicar alguna otra arte. Los cojos tienen su ocupación, los eunucos tienen la suya, hasta también los ciegos...

En cuanto a la religión... El dinero es su único Dios. A este Dios dirigen su adoración los cristianos, los judíos y todos los habitantes de aquel país.....»

Y en nuestro miserable presente que es un fiel calco del pasado, estamos firmemente convencidos de que la citada epístola del emperador Adriano se dirige también a todos los pontífices, en cuyos santuarios nunca faltan las alcancías y hasta venden sus bendiciones... Laverna, la diosa de los bandidos, sigue cobrando por sus servicios...

En son de la verdad, no podemos ni debemos cubrir con el silencio la realidad que también los romanos ejercían cientos de diferentes labores de artesanía que la magnífica obra de Mommsen logró perpetuar para nuestro presente, pero ahora no es nuestra tarea comentar a nuestros lectores, cómo trabajaron los albañiles, los cinceladores orfebres y fontaneros, sino más bien presentar que esa gente tan trabajadora a su vez tenía que tolerar a su lado un tumulto de los hedonistas y ociosos holgazanes, eternos huéspedes de las tabernas y del circo, siempre listos para condenar al gladiador caído con sus pulgares u elogiar al victorioso...

Esa masa de patoteros que desde el momento, cuando en el otoño las tormentas comenzaron a cabalgar sobre el mediterráneo, empezó a vociferar por la demora de la llegada de los barcos que transportaban el trigo desde Egipto al siempre hambriento «Populus Romanus». Pan y circo. Fueron en aquellos tiempos el alimento más imprescindible que sólo podía acallar el grito del estómago vacío.

Esa pigra masa de gente que prácticamente vivía al costo del otro, lo único que sabía era cómo explotar al vecino, y por ello —al conquistar con fuerzas ajenas la mitad del mundo antiguo— se degradó al rol de ser una parásita de sus vencidos...

Fueron revoltosos como los egipcios y sus gritos se acabaron sólo con las prebendas estatales, con el trigo gratis y demás beneficios. El pueblo que se cambiaba como el tiempo...

El himno acerca de la amistad de Cicerón que hoy era algo más que sagrado, mañana ya podía trocarse en una injuria y luego en traición que era peor que una enemistad silenciosa.

En Roma el íntimo amigo tuyo, mañana ya podía ser tu calumniador. Esa peste que como herencia griega que desde Grecia cruzó las fronteras sin pasaporte, en Roma se hizo una epidemia y ningún curandero halló un remedio... Sólo Isokrates se atrevió levantar su voz, recomendando a los legisladores que para salvarse de semejante peste en el futuro, había que dar a los calumniadores la misma pena que hubieran dado al calumniado, si realmente hubiera delinquido... Pero este mal aparece todavía en nuestro presente como un cáncer que asegura el pan cotidiano a los integrantes de los tribunales... hasta para el futuro...

Kalumniar (con «K») era algo peligroso, pues en una época Roma resolvió —para liberarse de esta epidemia— penar al calumniador con la pena de la Kappa griega, grabando con un hierro candente la letra «K griega» en la sien del delincuente...

La traición del prójimo resultó ser un buen negocio, pues se vendía muy, muy caro, y en Roma nunca faltaba gente que ejercía este infame negocio, aprendido del español Merico, aunque ignoramos, cuanto cobraba este infame de parte del general Marcello en el año de Júpiter (212 a. Cr.n.), cuando éste sitiaba a Siracusa.

Por causa de la traición de Merico murió en su modesta casa el genio de Siracusa y de su siglo. Sobre su tumba en Agrigento vierten todavía sus lagrimas los matemáticos de nuestro presente...

La insobornable historia en sus Anales acusa al pasado, diciendo que los romanos, plagados de los vicios griegos, se destacaron per ser irreparablemente mentirosos y también cobardes.

El que analiza los hechos del pasado —y si lo hace con la objetividad de Tácito— nolens volens tiene que admitir que la realidad confirma y ratifica lo sostenido por la historia.

La mentira que hoy es un pecado mortal para los cristianos, pero que lo ejercen sin sonrojarse también aquellos que lo inventaron, para esto los consabidos infiernos, por todo ello ni antes ni ahora la gente hace de esto un escándalo, salvo si en esto dejan patinar la cabeza de un estado... Pero ni en Grecia ni en Roma lo tomaron en serio, pues ninguna novia confiesa al bobo que tiene un otro en reserva...

La gente que miente rara vez admite su culpa, y si lo hace, como lo hizo un mentiroso Cretense, tampoco le faltaba inmediatamente un avivado que lo defendiera con elegancia...

Un Cretense —acusado en una reunión de mitomanía— se defendió con mucha inteligencia, pues admitió ante todos los demás presentes, ser efectivamente un mentiroso. Su espontánea confesión causó perplejidad y confusión, más todavía, cuando un tal Philetas de Kos les dijo que el asunto no era para tanto, pues un mentiroso que también miente, cuando dice que miente, ya no es un mentiroso, sino un hombre sincero que —mintiendo que miente— no miente sino dice la verdad que demuestra claramente su mendacidad...

ALBIÓN OPIÁNICO

No podemos agradecer lo suficiente al insigne abogado y orador M. T. Cicerón que por medio de una de sus obras rescatadas de las inclemencias de los siglos, nos permite presentar a nuestros lectores la imagen verídica de un caballero romano, llamado Albion Opiánico.

Este romano de la clase media estaba perdidamente enamorado del único Dios que en estos lejanos tiempos hasta en el politeística Roma adoraban todos: la diosa Pecunia, llamada y conocida también con el nombre «Dinero».

Ya hemos dicho que en la antigua Roma el dinero fatigaba a los foros, movía los tribunales, sus jueces y una caterva de abogados corrompidos... Por dinero y por causa del dinero compraban y mezclaban en la sopa o en el vino del honor los venenos... El dinero puso en lucha a los padres contra los hijos y los hijos contra los hermanos y contra los demás parientes.

En estos lejanos tiempos, cuando los hombres y los dioses se conquistaban con regalos y cuando los mismos dioses estaban acostumbrados a ser sobornados, qué se podría esperar de parte de los tan frágiles humanos, hundidos en sus avaricias, la fuente de innumerables malos...

Lucio Albión Opiánico no podía ser una excepción...

Oriundo de un municipio de Larino en Apulia en el sur de la bota itálica, al llegar a la edad, cuando el hombre comienza a sentirse solo, busca a una familia opulenta para acercarse mejor al dinero que tanto le fascinaba.

Se casaba entonces con Magia, la hija del ya fallecido Aurio, y con este primer matrimonio comienza una serie de tragedias humanas que una por una presentaremos al curioso lector...

Vaya saber qué habrá pasado con la joven esposa Magia, pues apenas haberse casada, comenzó a marchitarse como las hojas en el otoño. Muy pronto su corta vida ha sido llevada por los vientos, y Opiánico, el inconsolable viudo, se sentía algo incómodo en el círculo de los cuñados y muy especialmente al frente de su suegra... Nadie quiere a las suegras, y parece que él tampoco. Cuando la suya, Dinea, se enfermó de un resfrío, Opiánico inmediatamente trajo el médico para curarla. El médico —famoso por su impericia— que mandó decenas de pacientes al cementerio, fue rechazado por Dinea que se enteró del plan de su yerno.

Opiánico entonces trajo un charlatán de Ancona que por 400 sestercios recetó un remedio que la hizo más enferma todavía... Dinea, al sentir su fin, hizo su testamento y luego pasó a la eternidad. Opiánico falsificó inmediatamente el testamento, corroborado con sellos falsificados.

Pero todavía vivían los molestos cuñados... A Marco Aurio que habitaba en Galia, lo hizo asesinar por una suma bastante módica. Así ya se liberaba de uno de ellos.

Otro, Cnejo Magio, al sentir su fin, dejó como heredero a su hijo que todavía su esposa llevaba en el vientre, y un legado a Opiánico...

La inconsolable viuda de Cnejo Magio se casó cinco meses después de la muerte de su marido con Opiánico, y al recibir la suma del legado, se abortaba el hijo para eliminar de esa manera un molesto heredero... Murió la suegra, murió el cuñado en Galia, desapareció el heredero, murió la segunda esposa y Opiánico quedó con todo...

Pero no es conveniente ser un viudo, y ya sabemos que lo que más rápido se secan son las lágrimas, y de esa manera ocurrió que Opiánico esta vez entró en la familia de un opulento caballero romano, Aulo Cuentio Avito, casado con una ilustre mujer —corrupta hasta la médula— que llevaba el nombre de Sasia.

En estos lejanos tiempos los maridos que ya peinaban canas —sabrá Júpiter por qué razón— como si fuera una maligna peste lentamente desaparecieron, dejando detrás una viuda, hermanos e hijos. Sasia un día quedó viuda y contaba sólo con una cuñada Cluencia y con sus dos hijos Cluencio y Cluencia, una hermosa muchacha. Ésta, cumpliendo los deseos del fallecido padre, se casó con su primo Aulo Aurio Melino, un joven muy apuesto. Pera la felicidad de la pareja no duró mucho, porque Sasia, la madre, envidiando la suerte de su hija, conquistó al yerno y logró separar la pareja, y sin inmutarse se casó con su yerno Melino.

Referente a este incalificable acto, Cicerón tenía su propia opinión que merece ser citada palabra por palabra...

»Sasia, repito, madre de Cluencio y de su hija Cluencia, enamorada de su yerno Melino, si bien procuró al principio (que no duró mucho tiempo) reprimir su criminal pasión muy pronto dejóse arrastrar por su desenfrenada locura, y —entregándose al impuro fuego que la abrasaba— lo que ni la vergüenza, ni el pudor, ni el cariño materno, ni el temor de deshonrar a la familia, ni el respeto de la opinión pública, ni el dolor del hijo, ni la desesperación de la hija casada con este ayer todavía yerno pudieron dominar, y extinguir el nefasto deseo.

La hija Cluencia sufría como sucede a todas las mujeres en semejante caso...

Separóse Cluencia de Melino, sin repugnancia porque la había ofendido, y esta madre inhumana a su vez hizo pública ostentación de su alegría... y al poco tiempo —todavía no satisfecha de que el escándalo permaneciese oculto— hizo que el lecho nupcial, dispuesto dos años antes para su hija Cluencia, lo prepararan y adornarán para ella misma en la propia casa, de donde ya había expulsado a aquella desdichada... La suegra convirtióse en esposa del yerno...

Sasia, una mujer de increíble maldad, liviandad indómita, inmoralidad desenfrenada, audacia inaudita.

Esta mujer no temía ni la cólera de los dioses, ni la indignación de la gente, ni la noche que presta sus sombras al himeneo... su furiosa liviandad atropella y pisotea a todo. Vence en ella la lujuria al pudor, la audacia al miedo, la demencia a la razón.

No puede ver al hijo, sin amarga pena, la vergüenza de su familia, la deshonra de su estirpe... la creciente pena por las incontenibles lágrimas de una inconsolable hermana.

Ni un momento este hijo Cluencia podía quedarse en la casa, donde el ayer cuñado se transformó ahora en un padrastro...

Pero todavía no es todo. Falta la paprica que le comentaremos con lujo de detalles y con gusto...

Opiánico no quedó viudo por mucho tiempo... se casó entonces con la cuñada de esta mujer depravada, Sasia. La novia era la hermana del ya fallecido Cluentio, llamada también con el mismo nombre que tenía la hija traicionada, Cluentia. La solterona ni imaginaba que en vez de la felicidad la esperaba en realidad la funesta muerte, pues un día menos esperado tomó la copa de las manos de su marido Opiánico, y al beber solamente la mitad que había en ella, exclamó que sufría horribles dolores y repentinamente cayó muerta. Esta tan inesperada muerte y los desesperados gritos de la moribunda infundieron más que justificadas sospechas en algunos de los pocos presentes, entre ellos Cayo Opiánico, el hermano del nuevamente viudo Opiánico...

No es conveniente tener testigos de un delito, y por esta misma razón Opiánico cometió otro grave delito, pues invitó a su hermano a tomar también una copa del dulce vino de Lesbos. Ni su hermano tuvo siquiera tiempo para quejarse de los dolores, porque en el acto cayó muerto a los pies de su hermano asesino...

Opiano, que quedó otra vez viudo, miró a su alrededor y descubrió que su cuñada Sasia era todavía una mujer además de fogosa y linda, dueña de cierta suma de dinero y opulencia. Decidió entonces conquistarla primero y luego casarse con ella... El hecho de que ella era ya casada con su yerno, el marido de su propia hija, no era un impedimento para Opiánico que contaba con más venenos que escrúpulos... Así un buen día Sasia quedó viuda, porque su flamante marido Melino, al beber unas copas con su cuñado Opiánico, pasó a la eternidad...

Sasia odiaba ser viuda de nuevo y apenas le sacaron las falsas lágrimas, estaba dispuesta a casarse con el fogoso asesino de su marido, pero le puso condiciones a Opiánico en tal sentido que tiene que liberarse de sus dependencias, pues él estaba ligado todavía con los tres hijos de sus ex compañeras. Una se llamaba Novia que tenía un hijo todavía lactante, y la otra compañera Papia que vivía con su madre en el municipio de Teana de Apulia y tenía junto consigo dos niños de tierna edad...

Opiánico, amante de los niños, pedía de sus ex amantes que les dejan estar un rato en la compañía de sus hijos... Sabrá Juno qué habrá pasado a estas criaturas, pero las tres murieron en pocos días de diferencia en los brazos del padre Opiánico que les amaba tanto...

Libre de toda clase de impedimentos, Opiánico se casó con la alegre viuda, Sasia, llena de alegría y llena de las más halagüeñas esperanzas, porque lo que Opiánico codiciaba, era solamente el dinero, el mucho dinero de Sasia.

Sin embargo, para llegar a una herencia tan opulenta, Opiánico tenía todavía un serio impedimento que tenía que ser eliminado... Decidió entonces asesinar al hijastro Cluentio, pero sus planes de querer envenenarlo, resultó ser un tiro por la culata, pues fue denunciado por este hijo, de ser un vulgar asesino que por medio de sus venenos mandó mucha gente a la muerte...

Una loca carrera detrás del dinero, pues para Opiánico los encantos del dinero fueron más atractivos que la belleza de Sasia, una mujer algo marchitada ya.

Su próxima finalidad era casarse con Sasia, para un día eliminarla y quedar con toda la opulencia.

El medio para sus fines era costumbre en su época: el veneno, la peste artificial, inventada por el hombre. Una peste que hizo estragos en la población en aquellas épocas remotas en la historia del hombre.

El otro medio para cubrir con silencio sus fechorías era sobornar a los jueces. Para este fin halló un tal Estaleno que exigía para sí no menos que seiscientos miles de sestercios.

La avaricia impulsaba a Staleno para quedar con toda la plata. Calculó que para este fin lo más conveniente para sus intereses era la condenación de Opiánico, pues de lo contrario tenía que distribuir la suma entre los otros jueces, o devolverla, mientras que si lo condenaban, Opiánico ya no podría reclamarla. Dominado por esta idea, imaginó la estafa que superó la viveza del más astuto Siciliano...

Resolvió entonces prometer dinero a algunos jueces menos decorosos y no dárselos después... calculaba pues acertadamente que los jueces honestos darían espontáneamente una condena severa a Opiánico, junto con los menos escrupulosos que irriataría contra Opiánico al no entregarles la suma prometida.

De esa manera en un juicio público, integrado por jueces honestos y otros engañados, condenaron a Opiánico y lo condenaron por medio de un destierro, donde pocos años después murió, al parecer, envenenado...

Pero su repentina muerte despertó la sospecha del hijo de Opiánico, y éste demandó luego a Cluencio, pensando que el envenenador era también víctima de un veneno...

Sasia se enviudó ya por tercera vez, y esto ya no podía perdonar a su propio hijo...

En el juicio que seguía, se reventaba como un furúnculo una serie de horribles crímenes, incestos, envenenamientos, falsificación de testamentos, un conjunto de espantosos delitos, cohechos de jueces, sobornos de testigos, todo lo sucio que uno puede imaginar...

Todo lo ocurrido nos parece como si fuera un calco del presente o nuestro presente quedó incurablemente contaminado por el pasado que antes nos parecía siempre como si hubiera sido un pretérito intacto.

El tiempo que ve y revela todo y la objetividad de Tácito no nos permite cubrir los errores del pasado con el silencio bondadoso...

LOCUSTA

Parece que Opiánico cometió un fatal error... Si él hubiera estudiado los comentarios del jurisconsulto Gajus, hubiera podido defenderse contra la acusación de Cluencio con cierto éxito, pues Gajus sostiene que también los remedios son venenos..., y para demostrar la verdad de su tesis, cita las palabras de Homero, según lo cual el veneno —en su versión griega «Pharmakos»— es un concepto genérico, pues en su forma benigna es un remedio y cuando es dañino, llevaba el nombre latino «virus», cuya versión en castellano significa veneno, un tóxico.

Mezclar «pharmakos» o venenos en la antigua Roma era un respetado oficio de los «pigmentarios», llamados así en entonces tiempos a los droguistas del presente... Los pigmentarios preparaban los «venenos buenos», los remedios en sus boticas.

Desde luego no faltaban las farmacólogas, las cuales con frecuencia preparaban los «remedios malos», los virus, los «tóxicos». Estas farmacólogas fueron llamadas «virólogas»...

Los testimonios de los antiguos Anales demuestran que a este gremio de los envenenadores pertenecían no pocas sino centenares de mujeres...

Livius nos comenta en algunos de sus libros que el año ciento decimotercero olímpico (328 a.Cr.n.) fue algo trágico y escandaloso, por la crueldad del cielo o por la incalificable perfidia de las mujeres.

Ocurrió pues que en Roma en este año murió en una casi ininterrumpida cadena un gran número de ciudadanos, los más ilustres y distinguidos: cónsules, pretores, senadores y otros patricios; hombres de cierta edad con cabellos ya plateados sucumbieron de una misteriosa enfermedad que presentaba en todos los casos idénticos síntomas.

El pueblo de Roma estaba asombrado y aterrado por los estragos de una nueva epidemia, y más todavía porque los mismos médicos estaban totalmente desorientados.

Revelar la identidad de semejante peste, parece que por el destino era reservado para una sencilla esclava, cuyo nombre quedó para siempre cubierto con el benigno velo del olvido...

Ella se presentó ante el Jefe de la Policía de Roma y le ofreció a Q. Fabio Máximo revelar el secreto de esta epidemia funesta, siempre y cuando su confesión no le causará daño alguno.

Fabio, el Jefe de la Policía —una vez autorizado por los cónsules y por el Senado— dio las garantías necesarias a la muchacha, quien a su vez con lengua suelta brindó un amplio informe, narrando con lujo de detalles, cómo las más distinguidas señoras romanas eliminaban a sus maridos por medio de sus «remedios malos».

La policía —en base de la información suministrada— pudo sorprender a unas veinte mujeres que estaban cocinando las drogas y tenían los venenos cuidadosamente ocultos. Todas fueron conducidas al Foro Romano para tratar los asuntos ante el mismo pueblo congregado en esta plaza.

Dos de ellas, Cornelia y Sergia, ambas distinguidas damas de familias patricias, sostuvieron en su defensa que las drogas decomisadas en sus casas eran unas medicinas saludables.

El magistrado actuante a su vez expresó que acerca de la veracidad de lo declarado no tenía ninguna duda, pero sería más que conveniente que ellas —para convencer también al pueblo allí presente— tomaran sus tan saludables remedios...

Cornelia y Sergia vieron entonces que su causa estaba perdida y para acelerar un fin que ya no podían postergar y tampoco evitar, decidieron tomar sus drogas en presencia del pueblo y de los magistrados romanos.

Livius nos comenta que Cornelia y Sergia, al tomar sus drogas, murieron en el acto como víctimas de sus propias perfidias.

Las otras mujeres detenidas denunciaron enseguida a las demás expertas «farmacólogas» que no fueron pocas, pues en esta oportunidad fueron condenados cerca de ciento setenta personas.

El Senado —perplejo por lo ocurrido— se dirigió al Colegio teocrático de los Pontífices, pidiendo una respuesta acerca de las posibles causas de semejante escándalo. Los Pontífices lo calificaron al hecho como un prodigio divino, y por eso lo ocurrido tenía que ser calificado como un acto de dementes antes que como un delito criminal... Vaya a saber ¿por qué motivo los Pontífices fueron tan benignos en su veredicto?...

Envenenar al prójimo estaba muy en boga en la antigua Roma en estos lejanos tiempos; de semejante mal fueron contaminados también los hombres y semejante costumbre cruzaba hasta las doradas puertas de los palacios imperiales...

Algunos emperadores de Roma tenían cierto apuro, es decir poca paciencia... y de esa manera habría ocurrido que Tiberio que frisaba ya sus 78 años al enfermarse, su sucesor legal Cayo Calígula le ayudó a pasar hacia el más allá.

De acuerdo a los comentarios de Suetonio, Cayo Calígula le había dado un veneno lento que le parecía ser demasiado lento; por ello para «terminar con este asunto» Calígula intentó quitarle al moribundo el anillo, pero Tiberio mantuvo su puño firme y encerrado. Entonces Calígula ordenó empujar encima un colchón y estranguló al hombre ya inerme con sus manos... Ni por eso había tenido algún inconveniente pronunciar sobre el cadáver de Tiberio un elogio fúnebre (... de mortinus nil, quasi bonum...), vertiendo abundantes lágrimas. El cínico asesino lloraba sobre el cadáver de su propia víctima.

Calígula estaba enamorado de los venenos... Contaba con venenos de diferentes clases; tenía unos lentos, otros más acelerados... y de vez en cuando probaba en otros seres sus efectos. Él era muy adicto a los gladiadores y muy especialmente apreciaba a los Tracos, pero no se sabe por que razón odiaba a los gladiadores mirmilones. En una oportunidad uno de ellos —un tal Columbiano— ganó la batalla, pero a precio de una herida abierta. Calígula se ofreció personalmente curar su herida, pero en vez de remediar, puso uno de sus venenos en la herida... El gladiador —gracias al remedio imperial— dejó este mundo, pero su nombre sobrevivió las inclemencias de los rosarios de siglos, pues todavía sabemos que el «remedio» preferido de Calígula se llamaba en adelante con el nombre de este gladiador: «veneno Columbiano»...

Un antiguo proverbio dice que a los polígamos persigue la amnesia pisándole los talones... Algo semejante era el caso del cuarto emperador romano, T. Claudio Druso que se casó primero con Urgulanila, luego con Petina y por tercera vez con la afamada Messalina, cuyo hijo Británico entró luego junto con su madre disoluta en la historia...

Por haber mandado a su tercera mujer al verdugo, cometió un fatal error casándose por cuarta vez con Agripina. Ella vino ya de otro matrimonio junto con su dote, llamado Nerón, un hijo adolescente que —mimado por su madre— logró convencer a su padrastro, el amargado y anciano Claudio, dejar al lado al hijo de Messalina y adoptar a su hijastro como sucesor en el trono imperial. Este acto era un grave error, lo mismo como hacer un testamento a favor de su mujer...

Claudio ya ni sabía lo que había hecho, pues estaba sumergido en una amnesia que no tenía remedio alguno...

Acerca de este mal que sufría, nos dicen los comentarios de Suetonio que poco después de la ejecución de su tercera esposa Messalina, al sentarse a la mesa preguntó al sirviente: «¿Por qué tarda en llegar la Emperatriz?» Ordenaba a menudo convidar a comer o a jugar los dados con él a ciudadanos que había mandado a matar el día anterior, y cansado de esperar, enviaba a mensajeros a reprenderles por la tardanza...

Lo que sí recordaba diariamente era que se sentía arrepentido de haberse casado con Agripina y haber adoptado a su hijo Nerón.

Agripina se dio cuenta de que estaba en peligro y decidió hacer lo que ya no podía ser postergado... Ella encargó entonces a la afamada Locusta preparar un veneno. La orden fue cumplida, ella y el eunuco Haloto, un confidente de la emperatriz, lo mezcló en un guisado de hongos, un plato que a Claudio le gustaba mucho...

El tóxico, sin embargo, al parecer no tenía mayor efecto, pues Claudio, después de varios vómitos comenzó a mostrar señales de franca mejoría... Agripina, temerosa de que su nefasto plan pudiera ser descubierto, decidió obrar inmediatamente. Llamó a su confidente —al médico Xenophonte— y le dio las instrucciones necesarias.

Este galeno malvado, so pretexto de provocar vómitos aliviantes, tocó la garganta del emperador con su pluma medicinal. Dícese que el emperador Claudio murió esta vez repentinamente, porque la punta de la pluma había sido previamente untada con un veneno que mata en el acto.

Al emperador Claudio muy pronto después tenía que seguir su hijo Británico que había nacido de su anterior esposa Messalina, pues la existencia de este resultó ser demasiado peligrosa para los ambiciosos planes de Nerón. Celoso de Británico que tenía una mejor voz que él, y temiendo que por el recuerdo de su padre, pudiera adquirir el favor popular, Nerón resolvió deshacerse de él por medio del empleo de un veneno.

La celebre envenenadora Locusta proporcionó a Nerón un brebaje, cuyo efecto defraudó su impaciencia, pues no produjo a Británico más que una diarrea. Nerón castigó a la mujer y la reprendió por haber preparado una medicina en vez de un tóxico.

La obligó a preparar en su palacio y en su presencia el veneno más activo y lo más rápido posible. Luego lo ensayó en un cabrito, el cual sobrevivió al efecto del veneno unas cinco horas.

Entonces lo hizo concentrar y le dio a un cochinillo que murió en el acto...

Nerón, para ejecutar su plan funesto, recurrió a un método que merece ser comentado...

Él sabía que la vianda destinada a Británico, por razones de seguridad, sería probaba como siempre por el «Salva», llamado así el oficio del esclavo pregustador, y como la repentina muerte de éste podría hacer fracasar su plan, inventó un ingenioso ardid que no podía fallar.

Le presentaron a Británico la bebida sin veneno, pero tan caliente que al no poder beberla, echó a su acostumbrado «Salva» y fue templada con agua fría envenenada.

Después de haberlo bebido, cayó muerto bajo la mesa. Parecía que había sufrido un ataque de epilepsia, la enfermedad que padecía, pero el acusador silencio de los comensales dio a entender que estaban asistiendo a unos de los tantos y nefastos actos del futuro emperador... Locusta con sus venenos parece que estaba destinada a intervenir en la historia romana. Su actividad nefasta —como Tacitus nos dice— ha sido considerada como un importante instrumento en la turbulenta política del Imperio.

Envenenar al prójimo molesto estaba en aquellos lejanos tiempos muy en boga, no sólo en Italia, sino también en sus vecindades... Pausanias de Magnesio, en una de sus brillantes descripciones geográficas, habla de la isla Sardinia (Cerdeña) que mucho tiempo antes fuera conocido con el nombre de «Ikhnusa» que en griego significa «la huella de un pie». Más adelante recibió el nombre de Sardos, un navegante que había llegado allí desde Lidia, y él bautizó con su nombre a esta tan grande isla. Desde entonces la llaman Sardonia.

Había en esta isla una planta, un runúnculo sumamente venenoso, llamado «sardonia». Su consumo resultó fatal... el inevitable fin comenzaba con contracciones de los músculos faciales que torcían la cara de tal manera que parecía como si la víctima hubiera querido reírse acerca de su propia desgracia.

La fama de esta planta llegó hasta el poeta Homero que lo recuerda en los «Sardonios Gelos» la risa sardónica.

Parece que los pobladores recurrieron más a menudo al uso de esta planta, porque Livio nos cuenta que en el año 180 A.Cr.n. el Senado Romano recibió una epístola del pretor Cayo Menio, gobernador de Sardonia, por la cual informaba a los senadores acerca de la trágica suerte de miles de isleños fallecidos con los síntomas de la «risa sardónica» y por esta misma causa él había condenado ya más de mil personas y estaba aun —en razón de las denuncias existentes— rastreando las huellas de muchos más.

Cuatro años más tarde el Pretor Q. Nevio informaba al Senado Romano que en su carácter de gobernador de la isla tenía que investigar otros numerosos envenenamientos en esta isla tan desgraciada, desgarrada por la perfidia y maldad humana. Valerio Antias sostiene que en esta oportunidad fueron condenadas por el Pretor cerca de dos mil personas, sin mencionar siquiera la considerada cantidad de víctimas, los cuales por culpa de otros cinco mil condenados, tenían que dejar este mundo —tantas veces inmundo— con una tristeza, oculta detrás de una cara grotescamente deformada por la «risa sardónica», calambres faciales que indicaban la pronta muerte...

La pena aplicable a los condenados por causa de envenenamiento estaba determinada por la ley y en forma siempre desigual, ya que a los culpables, pertenecientes a las familias patricias y de ecuestres, se les solían desterrar, pero a los más humildes, les ahorraron los «gastos de un viaje», pues los echaron —por lo menos en Roma— ante las fieras.

Los médicos de Opiánico y Xenophonte y el médico de la emperatriz Agripina no fueron los únicos que en vez de curar mandaron a algunos a la muerte, después de haber sido bien sobornados... Los laureles del emperador Augusto comenzaron a marchitarse, cuando corrió la fama de que estaba involucrado en un hecho poco limpio. Dijeron que la muerte de uno de sus contrincantes, llamada Pansa, fue causada por una herida que el Glycon, en vez de curarla, la untaba con un poderoso veneno...

Los médicos en Roma —en la mayoría griegos— no gozaban de muy buena fama, ni siquiera existía entre ellos mismos una colegialidad armoniosa... Marcial nos dice en uno de sus picantes epigramas que...»el médico Baccara ha encomendado su penis a un rival para que lo cure. Estoy convencido de que Baccara, el muy ingenuo médico, terminó de ser castrado...

Del deseo de curar de vez en cuando nacen curiosos acontecimientos... Sabemos que en la antigua Roma había médicos que hicieron sembrar las enfermedades a fin de tener trabajo y conseguir mayor prestigio, curándolos.

Se hizo muy famoso Rupilio, el médico de Opiánico que —sobornado por la infiel mujer Sasia— aseguró para su patrono un viaje sin regreso por medio de un veneno...

El veneno —tanto en Roma como en toda Italia y Cerdeña— era el medio seguro e imprescindible para hacer desaparecer a aquellos prójimos, los cuales por el simple hecho de querer vivir, molestaban con su vida los nefastos planes de algunos malvados. Para apagar la voz de la conciencia que quizás de vez en cuando protestaba, había en estos lejanos tiempos un medio seguro, al que llamaban dinero.

LAS ESTAFAS

El necio y el bobo fueron víctimas del avivado...

Casi diariamente aparecieron los incendios y lo llamativo era que casi todos los casos fueron previamente asegurados. Ese negocio —de vez en cuando nada provechoso— ha sido luego casi arruinado por el incendiario emperador Nerón. Los negocios de seguros quebraron definitivamente.

En las estafas ni faltaba la viveza de los mercantes del trigo...

Apenas comenzaron a soplar los vientos sobre las encrespadas olas del Mare Magnum —llamado así el Mediterráneo en aquellos tiempos— ya se había levantado la voz de protesta del siempre hambriento pueblo romano, por la demora de los barcos que traían el grano desde Egipto y Sicilia.

Es una larga historia que se repetía a cada rato como el tan variante clima de Italia... la estafa con el trigo...

El gran mercado marítimo de los granos estaba casi sin excepción en las manos de los Navicularios Colegiados, llamados así en aquellos tiempos a los Capitalistas. Les acompañaban como la pena a la culpa los inescrupulosos especuladores que acumulaban en sus nunca limpias manos además del capital también los créditos hipotecarios. Fueron dueños de empresas de obras públicas, pero muy especialmente se ocupaban del comercio marítimo de granos que les aseguraba grandes ganancias.

Precisamente la dudosa limpieza de semejantes operaciones marítimas fue una entre las distintas y muy numerosas causas que por medio de las estafas promovieron la progresiva decadencia de la antes tan ejemplar moral de los romanos. La honestidad y moral en los comercios estaba por desaparecer, porque el ansia de poder y la avaricia corría irrefrenablemente detrás del oro, sin distinguir ya entre los medios para conseguirlo.

La estafa comenzaba con los comerciantes navicularios marítimos de cereales que crearon artificialmente una «Inopia frumenti» —falta de granos por medio de una dolosa retención de las naves— y al mismo tiempo proclamaron la llamada «Avara Venditio», la venta del trigo, pero con precios elevados.

El Estado —temiendo una revolución por el hambre— solía intervenir contra semejantes manipulaciones por medio de severas multas, pero aunque las ganancias superaron la elevada suma de las multas, los estafadores no tenían ningún inconveniente en elevar los precios de los granos todavía más, «porque los barcos —retenidos en el Sur— por causa de unas tormentas no podían llegar»...

Era inútil recomendar a las autoridades que tendrían que impedir las maniobras de los acaparadores de las mercancías para evitar el incremento de los precios. Convencer con semejantes consejos a los depravados para que sigan con mejores modales, resultó ser un reverendo fracaso, hasta que un severo edicto del emperador Trajano los amenazaba con la pena capital o con la relegación a una isla, para morir algo más lentamente...

El transporte marítimo de granos fue siempre acompañado por la sombra de las estafas... El Magister navis, que en la mayoría de los casos era el dueño de la nave, tenía amplias posibilidades para cometer sus estafas en tres diferentes etapas —en el mismo puerto donde recibía la carga—, luego durante la travesía en alta mar y por tercera vez en el puerto de Ostia, donde tenía que descargar.

En el puerto de la salida —Alejandría— no era difícil para el patrón de la nave, hallar gente depravada. Había allí funcionarios, los cuales —si sus manos eran lo suficientemente untadas— indicarían al guía del transporte una menor cantidad de trigo que lo que había sido entregado. La diferencia el capitán podía venderla al mejor postor en los puertos más cercanos de la costa africana, preferiblemente en la colonia romana de Leptis.

Otro modus operandi era que el capitán compraba en el puerto de Alejandría con la complicidad del funcionario trigo de segunda calidad, pero la guía que le acompañaba, lo calificaba como trigo de primera calidad con el respectivo precio elevado. El trigo vendido luego en Ostia por un precio muy alto aseguraba al patrón una ganancia muy grande, un comercio deshonesto, cubierto por una guía comprada...

Otra costumbre era que durante la travesía en alta mar el dueño de la nave comenzaba a vender en la costa africana una gran parte del trigo y al llegar al puerto itálico de Ostia, declaraba que lo faltante tuvo que arrojarlo durante una gran tormenta en el mar, para evitar un naufragio.

Algunos de estos depravados, si podían vender toda su carga con un elevado precio durante la trayectoria de su viaje, entonces hacían su negocio. Llegaron a Ostia, sin barco y sin tripulación, mintiendo que sufrieron un naufragio. Para hacer creíble su estafa, tenían la costumbre de hacer desaparecer su tripulación en Sicilia, y algún tiempo después, cuando las olas del disgusto ya se habían esfumado, comenzaban de nuevo con la variedad de sus fechorías.

La estafa consistía en la circunstancia de si la fábula acerca de un naufragio ha sido aceptada en el puerto de Ostia, entonces el dueño de la nave podía reclamar todavía la indemnización correspondiente por el barco y la carga que era una suma más que considerable.

Se vende cualquier cosa, hasta humo...

Dice Aelio Lampridio que el emperador romano Alejandro Severo —alrededor de los años 230 de nuestra época— tenía en su corte imperial un funcionario, a quien llamaban Vercomio Turino. El muy atrevido y poco respetuoso hizo correr la fama de que tenía una amistad muy íntima con el Emperador y que ejercía sobre él una gran influencia. Todos aquellos que recibían de Alejandro Severo cualquier clase de favores, tenían que pagar grandes sumas a Turino que sostenía que los beneficios los recibían gracias a su oportuna intervención.

El Emperador, al enterarse de semejante picardía, decidió dar un castigo ejemplar a su funcionario tan desleal que vendía humo y muy caro a sus desprevenidos súbditos. Verconio Turino fue condenado a una pena pareja a su culpa: atado a una estaca en el Foro Transitorio, se encendió una hoguera con leños húmedos para que muriera sofocado por el humo...

Mientras se ejecutaba la sentencia, un pregonero del Emperador anunciaba a los espectadores: «Con humo se castiga a aquel que vende humo a los demás».

Para epilogar este capítulo dignamente, citaremos el caso de un banquero de Siracusa, llamado Pitio que estaba untado con toda clase de viveza griega...

Nos comenta Cícero que había en Siracusa un caballero romano, un tal Cayo Canio, un hombre discreto y algo ingenuo, porque él estaba convencido de que como era honesto, todo el mundo también lo era.

Este Canio, ya que era un hombre bastante adinerado, más de una vez expresó ante sus amigos su deseo de querer comprar una casa con campo para poder invitar allí luego a sus amigos, recrearse y divertirse a sus gustos.

Al escuchar esto un tal Pitio, banquero, hombre perspicaz y listo, se acercó a Canio y le dijo: «¡Carissime Amice! Veo que tú necesitas un rincón un poco apartado. Yo tengo uno. Desde luego no es para la venta, pero ya que eres mi amigo, te le ofrezco para que te sirvas de él como si fuera tuyo, y para que tú veas que lugar hermoso es, te convido que vengas mañana bien temprano y almorzarás conmigo».

Canio aceptó el convite y el banquero Pitio mandó llamar a unos pescadores, para que al otro día fuesen a pescar delante de su casa de campo, dándoles las instrucciones sobre lo que debían hacer.

Al día siguiente Canio fue a comer en el campo a la hora señalada. Pitio tenía un cocinero experto y las comidas eran realizadas a las mil maravillas. Estaba también a la vista una multitud de naves pesqueras. Cada uno de estos pescadores se acercaba luego a la casa y echaba un montón de peces a los pies del dueño del campo.

»¿Pero qué es esto, Pitio?» preguntó el asombrado huésped Canio. «¿Tantos peces? ¡Cuántas barcas! ¡Increíble! ¡Fantástico!»

Entonces el anfitrión Pitio respondió: «Aquí en mi campo está reunida toda la pesca de Siracusa: de aquí toman el agua para la ciudad y es la quinta más importante».

En Canio crecieron entonces grandes deseos de adquirir esa casa-quinta y durante el almuerzo le suplicaba al dueño Pitio que se la vendiera. El banquero se hizo rogar mucho, hasta que al fin cedió ante la insistencia de Canio que estaba ya decidido ofrecer cualquier precio. Summa summarum, el caballero romano Canio compró la casa junto con el campo por un precio muy elevado...

Canio nadaba en la felicidad al ser el dueño de esta hermosa propiedad, y al otro día invitó a sus más dilectos amigos para la inauguración.

Él mismo llegó muy temprano ya, pero ni un sólo barco estaba a la vista «¿Qué es lo que pasa?» preguntó ya un poco inquieto a un vecino. «Me dijeron que hoy habría una fiesta de los pescadores y yo no veo ni un solo barco ¿Por qué razón ahora no veo ninguno?»

»No sé, Señor, qué es lo que ocurre» respondió el vecino, «pues aquí nadie, absolutamente nadie suele venir a pescar y le confieso que ayer me sorprendió la gran cantidad de barcos, y me preguntaba ¿qué habría atraído a tantos pescadores?»

Se aclaró entonces cómo el ingenuo Cayo Canio cayó en la tan hábilmente preparada trampa. El caballero Canio se encolerizó mucho, pero para esta tan hábil estafa no existía todavía ningún remedio.

En estos lejanos tiempos los artificios y los pérfidos engaños estaban muy en boga, y los griegos de Siracusa fueron sabios en hacer entender una cosa y hacer otra, estafando a los menos perspicaces.

En el mundo —tanto en el pasado como también en nuestro presente— habrá siempre dos diferentes clases de gente. Unos serán los Canios, otros los avivados Pitios. Para hallarlos, basta ir a los Tribunales...

En la antigua Roma construir una vivienda resultó ser muy, muy caro pues en la mayoría de los casos los costos reales duplicaron la suma de los presupuestos originales.

Pretextos para semejantes estafas —ni siquiera bien disimuladas— nunca les faltaban a los avivados constructores romanos... Vitruvio, este excepcional capaz y honesto arquitecto romano detestaba del alma a los audaces y al par deshonestos colegas que olvidaban a cumplir con el presupuesto y la palabra dada.

Para evitar semejante calamidades —aun si inútil— insistía aplicar una ley de los efesianos. Allí estaba en plena vigencia una ley —que si bien a primera vista parecía ser dura— era más que acertada y justa.

Esta ley obligaba al arquitecto o a un idóneo constructor, cuando se encargaba realizar una obra, tenía que fijar los costos a que podía ascender la construcción de la vivienda.

Una vez aceptada por ambas partes la suma estipulada en la presencia del Magistrado, los bienes del arquitecto quedaban ipso jure hipotecados hasta concluir la obra.

Al terminar la obra, si los costos habían respondido a lo estipulado, el arquitecto podía levantar la hipoteca, en caso contrario los excesos de los gastos los tenían que pagar de su propio bolsillo.

Esta ley de los efesianos nunca fue aplicada en Roma.

Ni la religión romana logró liberarse de la peste de los engaños que se le adhería como el humo del incienso que quemaron alrededor de los altares de sus numerosos dioses.

Los avivados sacerdotes inventaron a sus dioses, los cuales —desde luego— jamás fueron mejores que sus venales servidores.

Para sembrar la credibilidad inventaron que los dioses podián aparecer también como los demás seres humanos y éste no muy santo fraude, igualmente facilitaba al hombre elevarse al rango de los dioses...

De la anthropo-morphosis nació la Apo-theosis que luego se perpetuó como el tiempo, y como herencia del pasado quedó apegado a nuestro presente.

La credibilidad en lo absurdo creció en estos lejanos tiempos hasta la potencia del infinito, y para demostrar al lector lo sostenido, le presentaremos a continuación un solo caso para que vean, cuando dos augures sacerdotes romanos se cruzaron en una calle angosta de Roma, por qué razón se sonrieron como cómplices... conocían perfectamente las mentiras y artimañas que les servían para engañar al estúpido pueblo...

La antigua mujer romana era muy religiosa y en vez de rezar, prefería platicar, conversar con un Dios y no confiar sus secretos a un ser humano...

La historia de los antiguos Anales sostiene que en estas épocas tan lejanas existió una muy peculiar relación entre los seres humanos y los dioses, los cuales fueron creados por los mismos sacerdotes; por esta simple razón las divinidades nunca fueron ni mejores, ni más virtuosos que sus excesivamente venales pontífices.

De vez en cuando ocurrió lo contrario, pues en la antigüedad había siempre dioses humanizados y seres demasiado humanos que pretendían poner sobre su cabeza la aureola de los dioses...

El «diálogo» de las mujeres con los dioses solía tener sus consecuencias humanas, y cuando lo inexplicable ya no podía ser ocultado, las muy religiosas mujeres tenían siempre a mano un ser divino, a quién podían acusar...

Las galantes aventuras de los dioses no fueron jamás vengadas y menos todavía rechazadas; por ello, en caso de que la resistencia de una dama fuera demasiado grande, entonces algunos hombres pedían del cielo una humilde representación...

Josephus Flavius, íntimo del emperador Tito refiere que casi al mismo tiempo en que el Procurador de Judea, un tal Pontius Pilatus, cometía un error judicial, ocurrió en la muy hedonista Roma un acontecimiento risueño, hasta tragicómico, comentado por la chismosa alta sociedad romana. Fue así:

Mundus, un riquísimo caballero romano, en una reunión social tuvo la oportunidad de conocer a Paulina, mujer famosa por sus virtudes y por su extraordinaria belleza. Estaba casada con Saturnino, otro caballero del orden ecuestre, dueño de grandes fortunas que vivía con su Paulina en un fastuoso palacio.

Mundus se enamoró de esa mujer perdidamente, y unos días después le confesó a ella misma el secreto de su ardiente corazón.

Paulina, ya que era una mujer muy honesta rechazó la declaración muy indignada, pero el fracaso de su primer intento excitó a Mundus todavía más, y tanto que un día en su desesperación cometió un desliz mayor, pues a la riquísima Dama de la alta Sociedad Romana le ofreció doscientos mil sestercios, si iba a la cama con él por lo menos una vez.

Ante semejante desfachatez la indignación de Paulina ya no tuvo límites, y al caballero Mundus lo mandó a lo más profundo de los infiernos.

Destrozado éste por su gran fiasco, regresó triste y amargado a su casa. Su vieja ama de llaves, preocupada por su amo, cuyo ánimo, al parecer, arrastrábase por el suelo, le preguntó la causa de su infortunio.

Mundus le contó entonces su triste historia a la vieja, comentándole que ni siquiera el poder del dinero podía ablandar el corazón duro de Paulina.

¿Y, cuánto le ofreciste? preguntó la vieja. —Doscientos mil sestercios— le contestó él, tristemente. Mucha plata —meditó la vieja—. Pero señor, yo le arreglo este problema si usted me da la cuarta parte. —Trato hecho— le contestó Mundus, y la vieja, al recibir lo solicitado, salió apurada de la casa.

Al llegar al Santuario de la diosa Isis, pidió una urgente entrevista con el Sacerdote Supremo de la diosa, diciendo que ella traía mucho dinero que quería entregar como ofrenda piadosa al venerable Pontífice. La vieja fue inmediatamente recibida y después de una breve audiencia se retiró del Santuario.

Muy pronto también el sacerdote de la diosa Isis salió del templo y se dirigió con grandes pasos al palacio de Paulina y solicitó allí una entrevista urgente con la dueña de la casa.

El Pontífice saludó a Paulina ceremoniosamente y dijo:

»Señora, vengo con un mensaje divino que no puedo, ni debo mantenerlo oculto: Nuestro venerado dios Anubis se enamoró perdidamente de Ti. Me encargó a mí, humilde servidor suyo, hacerte llegar esta noticia, además de su invitación, pues quiere verte sin falta mañana a la noche en nuestro Santuario. Dios quiere estar Contigo».

»No. No puede ser ¿Tú crees, sacerdote que el dios Anubis se enamoró de mí?» Exclamó Paulina. «Sí, Señora». Le contestó el sacerdote, «es la pura verdad, y te advierto que no sería conveniente rechazar la invitación, porque la venganza de un Dios es terrible». «Pero de mil amores», exclamó la virtuosa Dama, y al salir el sacerdote, se apresuró a comentar la gran novedad inmediatamente a su muy ingenuo marido y desde luego a todas sus amigas más íntimas.

»Imagínate, Sempronia», dijo a una de ellas, «el dios Anubis se enamoró de mí, y ya mañana a la noche me recibirá en su Santuario».

Concurrió en el día y la hora indicada al Santuario, y quedó allí solita con el dios Anubis en una sala completamente oscura, sin que hubiera podido ver el semblante de su Dios..., porque al ver a un ser Divino, los ojos quedarían para siempre cerrados.

Con la salida del Sol, Paulina regresó a su palacio, y le contó a su marido que la entrevista con el dios Anubis fue maravillosa, y con lo que contó a sus amigas, sembró la envidia entre ellas.

Poco tiempo después, Paulina —llevada en una litera por sus esclavos— en una de esas angostas calles de Roma se encontró de nuevo con el caballero Mundus. «¿Cómo andas, Paulina? Mira que boba eres, rechazaste doscientos mil y yo con la cuarta parte de esta suma compré el derecho de ser una noche Anubis...»

Josephus Flavius comenta con su pluma maestra lo que después ocurrió. Se armó en Roma un reverendo escándalo. El emperador Tiberius al enterarse del asunto, furioso por lo ocurrido mandó a la cruz al sacerdote de la diosa Isis, junto con la vieja que tramó toda esta vergonzosa tragicomedia: ni la diosa Isis se salvó. Su santuario fue derrumbado y su estatua echada al río Tiberis.

A Mundus mayormente no le pasó nada. Sólo tuvo que emprender un viaje largo al exilio, y para que su riqueza no se sintiera sola, se confiscaron sus bienes que fueron a acrecentar algo las siempre vacías arcas del Fisco. Mundus por lo menos logró salvar su vida, porque la culpa en realidad no era de él, sino de los dioses que permitieron que sus venales pontífices vendiesen su imagen a los hombres...... y para no cometer semejantes deslices, si la mujer era excepcionalmente bella, los dioses en vez de mandar a un representante, preferían aparecer personalmente...

En Egipto, el dios Osiris que ya estaba un poco viejo, envió a la doncella electa solamente su Espíritu, pero el mujeriego Apolo en Grecia prefirió presentarse personalmente.

Enamorado de Creusa, hermosa hija del rey de Atenas Erektos, Apolo el Dios adorado, decidió hacer lo impostergable.

Tomando la imagen de un joven atleta se acercó a ella, cuando Creusa paseaba por la montaña; mientras los dos conversaban muy alegremente, decidieron descansar un rato en una gruta cercana...

Al despedirse cariñosamente, la princesa Creusa regresó al palacio real y el atleta Apolo a su Olimpo...

Parece que en la gruta ocurrió algo, pues diez meses después Creusa dio a luz a un niño; pero como estaba de novia, tuvo que esconder su deshonra, y por ello ordenó a una de sus siervas que llevara el niño a la cercanía de la gruta, confiando su suerte a los buitres.

Apolo, furioso por semejante sacrilegio, pidió al dios Mercurio que lo rescatase y lo dejase en Delphos al cuidado de la sacerdotisa.

Creusa, mientras tanto se casó con su novio Xutho que era un famosos guerrero y muy ingenuo, por no decir bobo. Vivían ambos en plena armonía sin que hubieran podido tener un hijo, a quien dejar un día el cetro y el trono. Decidieron entonces hacer una peregrinación a Delphos, para consultar al oráculo, y rogar al Dios Apolo que se les concediese tener un hijo.

La sacerdotisa al escuchar atentamente el pedido, preguntó a Creusa para qué quería tener un hijo, cuando hacía un tiempo que ya tenía uno. «¿Y de dónde?» replicó algo fastidiado la reina Creusa. La sacerdotisa entonces le dijo: «Quiero que sepas que tu hijo está conmigo; pues cuando tú lo expusiste poco después del parto, Apolo me lo hizo traer y desde hace quince años está a mis cuidados».

La sacerdotisa seguidamente hizo traer al niño, y lo presentó diciendo: «Ion: Esa mujer es tu madre. Creusa Ion es tu hijo».

Creusa, conmovida y bañada en lágrimas, confesó su culpa diciendo: «Ion, te engendré con Apolo, en la gruta de los ruiseñores. Allí me uní con él en furtivo lecho, y en la décima revolución del mes te dí a luz ocultamente. Luego del parto, mira mi hijo...» —dijo señalando unos vestidos que trajo la sacerdotisa— «te vestí con esas telas con mis manos virginales. Confieso que cometí un grave pecado, pues te expuse entregándote a las aves».

El hijo Ion, fastidiado por tantas explicaciones de su madre, sólo se limitó a decir: «Cuida Madre mía de no achacar al Dios tu falta, como suele suceder a las vírgenes...»

Hasta allí los pintorescos relatos de Eurípides acerca de nacimiento de semidioses, y de otros autores que cuentan milagrosas historias de amores de dioses con mujeres bellas pero demasiado humanas... En el Congreso de los hijos de dioses no faltarán Pythagoras, Platón, ni el emperador Augusto y estará presente el conquistador de Oriente, Alejandro Magno.

Este último, al entrar en el Santuario del Dios Ammon Krio-prosopos, detrás de la imagen de un macho cabrio, en su oráculo, en el desierto de Libya, escuchó la voz de este Dios. «Tú eres mi hijo predilecto». Desde este momento Alejandro estaba convencido de que su padre verdadero no era Philipo, sino este dios egipcio...

En estos lejanos tiempos los dioses frecuentemente se comunicaban con los humanos, y éstos, a su vez, no podían resistir la tentación —de vez en cuando— de sentirse como si fueran dioses.

Si los dardos de Cupido lograron herir hasta a los mismos dioses, se puede imaginar lo que habrá pasado con los débiles seres humanos, porque ni la filosofía, ni siquiera el trono, puede matar los sentimientos...

FALSIFICACIONES Y TRAICIONES

¿Cómo obtener herencias mediante «trucos»? Más vale que nos hable acerca de esta tan espinosa cuestión el joven Plinius...

Encontrábase muy enferma Verania, la viuda de Pisón. Al enterarse de la enfermedad de la viuda, acudió casi inmediatamente a su casa el peor enemigo de su marido fallecido, un tal Régulo, un hombre realmente desvergonzado que había sido para Verania siempre un horror...

Sin embargo lo dejaron pasar la sinverg