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El discurso literario argentino a mitad de los noventa

Mempo Giardinelli

Disertación de apertura del VIII Congreso Argentino de Literatura, pronunciado el pasado 11 de octubre de 1995 en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Nordeste, Resistencia, El Chaco, Argentina.

Es un hecho que nuestro discurso literario, desde que se restableció la democracia hace 12 años, ha cambiado muchísimo y se ha vinculado con todos los códigos sociales que expresan a los argentinos de este fin de siglo y de milenio. No podía ser de otra manera: así lo imponen la zarandeada vida cotidiana de esta porción desesperada del planeta que llamamos Argentina y el ritmo vertiginoso de la llamada posmodernidad.

Arranco desde aquí porque es una premisa cierta, en mi opinión, que reflexionar sobre el discurso literario no implica solamente pensar qué literatura hacemos, sino reflexionar qué significa hacer literatura en una sociedad todavía autoritaria y tan degradada económica, social y culturalmente. La crisis que vivimos es colosal, pero lo abrumador de nuestro tiempo no es que estemos en crisis, porque en América Latina siempre hemos estado en crisis, por lo menos desde hace 503 años... Lo que ahora sí es nuevo es el tamaño. Nunca el mundo había vivido crisis semejante, ni Argentina situación parecida: políticamente atontados, económicamente destruidos, socialmente condenados a la injusticia, el embrutecimiento y la violencia, la crisis no deja área sin afectar. Y en nuestro campo, el del libro y la lectura, el panorama es desolador: el analfabetismo en Argentina ha crecido de manera alarmante y si hace 20 años prácticamente estaba eliminado, en febrero del año pasado el gobierno admitió que 23.6% de los argentinos mayores de 24 años no sabía leer ni escribir. La producción de libros argentinos, que en 1953 era de más de 50 millones de ejemplares y que al salir de la dictadura en 1983 era de sólo 12 millones, en 1993 parecía recuperarse con 42 millones de ejemplares, pero 25% de esa producción era falsamente argentina pues se imprimía fuera del país. Los títulos publicados en 1993 fueron 10.542, superiores a los apenas 2.500 que nos dejó la dictadura en 1983, pero todavía inferiores a los 11.000 de hace 40 años. La lectura se deslizó por la misma pendiente: hace 40 años se leían 2.8 libros por habitante/año, ahora hemos bajado a sólo 1.2 libros por habitante/año. Finalmente, hace unas semanas se realizó una encuesta que reveló que ocho de cada 10 maestros van enfermos a trabajar, por miedo a perder el plus por presentismo; 24% de las maestras ha perdido un embarazo, y 40% sufre de angustia, insomnio o desconcentración.

La literatura argentina, es obvio, acompaña al proceso colectivo. Pero su crisis se expresa sólo en términos de mercado, porque la creación viene atravesando un periodo muy rico, casi un renacimiento. Memoria versus Olvido, las dos fuerzas en lucha constante, circular e inconciliable que cruzan la tragedia argentina desde 1810, determinan la producción narrativa y poética de los ochenta y los noventa, como poco antes la literatura del exilio (el de la transterración y el de los que padecieron intramuros a la dictadura) fue otra expresión de la eterna batalla por la libertad que es la literatura, para decirlo sartreanamente.

Desde luego que la literatura no está para hacer política, y eso suena muy bien, pero la hace. Todo el tiempo. Por eso, aunque el mundo ha cambiado mucho, y nosotros también, no tengo dudas de que los escritores latinoamericanos seguimos teniendo mucho más que ver con Sartre que con Fukuyama.

Este año he tenido el privilegio de leer, como jurado, 150 novelas presentadas al Premio Rómulo Gallegos, y encontré obras que contienen aportes nuevos a la narrativa hispanoamericana, que inauguran caminos, se alejan de modas, aluden a nuestro tiempo; y sus temáticas y audacias narrativas permiten ser optimistas. Pienso, por ejemplo, en los colombianos Eduardo García Aguilar y Armando Romero; en los mexicanos Carmen Boullosa, Ignacio Solares y José Agustín; en Denzil Romero de Venezuela; en los chilenos Alberto Fuguet, Ana María del Río y Ramón Díaz Eterovic, y en los uruguayos Fernando Butazzoni y Napoleón Baccino. En todos ellos, de distinto modo, está presente la batalla Memoria versus Olvido. Y esto se debe, en mi opinión, a que el público tiene interés por la narrativa y por su propia historia, y estos escritores detectan ese interés. Es como si la gente supiera que la memoria, de tan dolorosa que es, resulta insoportable como práctica cotidiana; pero a la vez el inconsciente colectivo necesita que la memoria permanezca, y entonces delega en sus escritores el guardarla. La gente sabe y sabrá siempre que allí está, en sus libros.

Literatura y democracia

Hace años, cuando la literatura latinoamericana discutía la cuestión del compromiso del escritor, muchos lo interpretaban como una excusa para debatir el protagonismo social y las perspectivas de una revolución que entonces, en los sesenta y setenta, parecía posible e inmediata. Ahí están las obras del llamado realismo social, los debates del caso Padilla en Cuba y nuestro Julio Cortázar intentando demostrar que se podía hacer política sin traicionar al arte. Eran las necesidades de la época: ¿cómo no cultivar la convergencia del discurso político-ideológico con el literario, si todos lo hacían? Paz, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez lo hacían, como antes lo habían hecho Bulgákov, Brecht y Neruda. Y como incluso en Europa lo siguen haciendo Naipaul, Kundera o Rushdie.

Es natural que ahora desechemos los productos bastardos de aquella corriente, que junto a obras ya clásicas también produjo, al amparo de la llamada "literatura comprometida", mucho texto menor, panfletario y cuyos resultados fueron nefastos; se desdeñó a Borges, Arciniegas y Mallea; se escribieron estupideces dogmáticas, y hubo "comprometidos" mediocres y mafiosos como nunca faltan en las letras latinoamericanas. Hoy hemos aprendido que aun con fallas la democracia es el mejor ámbito para la creación artística. Sabemos que precisamente son las formas las que hacen a la esencia de la vida democrática y de la creación estética. Es el cuidado de las formas lo que abre y ensancha espacios en la vida republicana, para que se expresen todos los discursos, pero sobre todo para que no se mate a la gente, no haya censura y el disenso sea estímulo y no represión. Y sabemos que en el arte las ideas más eficaces política y socialmente son las que no se propusieron tal eficacia, y que cuando el objetivo de la literatura es lograr un impacto político o ideológico: la literatura empieza a morir.

Sin embargo, queda una pregunta flotando: ¿qué obra produce el artista que es capaz de ignorar las miserias que definen el curso de la sociedad donde vive? Porque, digámoslo, a veces resulta muy difícil permanecer en silencio, y además hay silencios que repugnan. Y no hay obra moral de autores inmorales, como no hay estética valiosa si proviene de la carencia del rigor creativo. No hay belleza en la ignorancia, y por eso la cultura popular debe tener un altísimo sentido estético para que su ética sea valiosa.

Cuando un país parece haber decidido suicidarse culturalmente es muy difícil que unos pocos empecinados tuerzan esa voluntad. Cuando una sociedad se entrega al frenesí de la corrupción, la magia, la mentira y la ignorancia disfrazada de cultura, es muy difícil inventariar la razón. Pero no es imposible, y la democracia y la libertad de expresión, que alientan la pérdida del miedo y la recuperación de la inteligencia, dan sentido a la producción intelectual. Si la tendencia contemporánea es el pragmatismo, y el pragmatismo suele equivaler a olvidos éticos, nuestra mejor opción sigue siendo resistir con ideales y principios. Por eso en un país como el nuestro hacer cultura es resistir. En una sociedad a la que se enerva con olvidos por decreto y con la impunidad de tantos, y donde se indulta a dictadores y asesinos, el único destino de los intelectuales es la resistencia cultural. Sobre todo porque ya prácticamente no tenemos Estado y en materia cultural vivimos en un desierto. Más allá de la buena voluntad de algunos funcionarios, la verdad es que el Estado argentino actual no es más que un campo de negocios para favorecer a parientes y amigos, a la manera de un califato que va camino de convertirse en una narcorrepública. Ahí está, liquidada, la educación pública obligatoria, laica y gratuita, y encima ahora han parido esa Ley de Educación Superior que acabará con la gratuidad y con la autonomía universitarias.

No hay peor violencia cultural que el proceso de embrutecimiento que se produce cuando no se lee. Una sociedad que no cuida a sus lectores, que no cuida sus libros y sus medios, que no guarda su memoria impresa y que no alienta el desarrollo del pensamiento, es una sociedad culturalmente suicida. No sabrá jamás ejercer el control social que requiere una democracia adulta. Que una persona no lea es una estupidez, un crimen que pagará el resto de su vida. Pero cuando es un país es el que no lee, ese crimen lo pagará con su historia, máxime si lo poco que lee es basura, y además la basura es la regla en los grandes sistemas de difusión masivos.

Un país así puede estar caminando, sin saberlo, a su propio funeral como nación. Por eso quiero pensar que los narradores y poetas argentinos, en general, sabemos que es así y con ustedes (críticos, profesores, investigadores) vamos tejiendo la trama múltiple y compleja del discurso literario argentino de este tiempo en el que impera la llamada estética de la posmodernidad. Que es una estética de desencanto en la que la violencia es parte del paisaje de vida con modo seco, casi casual, y un tono poético lleno de imágenes sobre las diferentes formas de desaliento contemporáneo. Las novelas posmodernas pronuncian el apocalipsis y la destrucción, como si fuera el único destino final de la humanidad. La mirada posmoderna nos ofrece todo un repertorio de paradojas y de pesadillas: el vértigo, la fascinación y el asco que nos produce el horror en nuestras narices; las novedosas formas de represión que son nuestro neonaturalismo; y la misma vocación censora de ayer, aunque con maneras más sutiles. Bien ha sentenciado con brillantez Augusto Monterroso: "En el mundo moderno los pobres son cada vez más pobres, los ricos más inteligentes, y los policías más numerosos".

Frente a esto parece ridículo reivindicar el romanticismo, pero no puedo ni quiero dejar de proponerlo como arma de resistencia. En estos tiempos implacables, los así llamados "temas nacionales" parecen desdibujados, gastados por el costumbrismo, y han perdido vigencia y prestigio literarios. Lo mismo puede decirse de la oralidad como impronta textual. Pero no ocurre eso con la historia y mucho menos con la sensibilidad y la pasión por reconstruirla. En este sentido, la novela histórica "que parece estar nuevamente en boga en estas décadas" está dando pie a nuevas formas de romanticismo. Por el afán de revisar la tragedia colectiva y por el apasionamiento imperante, bien podemos pensar que los narradores latinoamericanos de antes del boom, los del boom y nosotros mismos, nunca hemos dejado de ser románticos hasta el tuétano y en los dos sentidos: el social de Esteban Echeverría y el amoroso e íntimo de Jorge Isaacs.

Elogios de la posmodernidad

Ahora bien, ¿qué es lo que define a la posmodernidad, al posboom? ¿Minimalismo, intensidad, neoexistencialismo, desaliento, desdén por los llamados "valores morales", agobio de la Ética? ¿Las formas comprimidas y la oposición a lo barroco, la presencia de los sistemas audiovisuales, la declinación de la capacidad lectora de las sociedades contemporáneas y su sustitución por el pensamiento mágico? ¿El fiasco del 68, de Vietnam, de la perdida revolución social latinoamericana y la llamada muerte de las utopías? Todo eso y mucho más, como la decadencia general de nuestras sociedades, el deterioro de la calidad de vida, el paroxismo de la violencia urbana, el desastre ecológico, el desprecio por la vida, el resentimiento y el no creer en nada: ni en Dios, ni en la madre, ni en la política. Ésta es, guste o no, la estética contemporánea, la del mundo en que nos movemos y donde producimos nuestras obras.

No deja de ser un cambalache. Mezcla de Biblia y Calefón, la posmodernidad es una suma de conflictos y posturas, de contradicciones en pluralidad alucinante que va delineando su estética y también su filosofía. Sólo así se comprende la coexistencia de epígonos como Beckett, Carver o Bukowsky mezclados con Almodóvar, Madonna y Sting, y con Fito Páez, los Redondos y la Mona Jiménez. Todas estas características "intercambiables y dinámicas" se expresan en esta estética que, del brazo del avance tecnológico, genera tantas resistencias a los argentinos, que a fuerza de fracasos nos hemos vuelto indiferentes ante las emociones, nietzscheanamente escépticos ante los cambios, y sobre todo expertos en derrotas. Por lo menos mi generación ha asistido a la debacle del sueño de la revolución social latinoamericana y a la extinción de los bienes sociales del peronismo. No es ésta la cultura de la democracia que los argentinos queríamos en 1983, después de tantos y tan crueles años de dictadura, pero eso no parece ser hoy lo importante. Una mitad del país desprecia al doctor Menem, mientras que la otra mitad lo quiere o lo tolera sin importarle la corrupción generalizada y por puro miedo al abismo de la inestabilidad de la economía. Frente a la decadencia general, a todos nos impresiona más o menos lo mismo. Es un fenómeno universal: por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial el mundo se empeña en celebrar la hipocresía, la ignorancia y la falsificación, y desencadena más y más violencia mientras más declama por la paz. Es un raro mundo esquizofrénico en el que coexisten hermosos discursos principistas con una actitud política generalizada de pragmatismo, corrupción y mentiras. En muchos países se consagra el olvido en nombre de la memoria, se predica la paz haciendo guerras, los que manejan las máquinas de matar se declaran pacifistas y reciben el Premio Nobel, los ladrones discursean sobre moral, los traficantes de drogas tienen acceso o directamente ya están en el poder político, nadie se arrepiente de nada, y no siempre hay suicidios dignos para mostrarse al mundo. No sonará agradable, ni lo inventé yo, pero "parafraseando a Raymond Chandler" éste es el mundo en el que ustedes y yo vivimos.

Así entendido, las actitudes iconoclastas que desprecian todo lo establecido y consagrado quizá pueden ser vistas como una saludable actitud de rebeldía. ¿Por qué no pensar que acaso la posmodernidad es el grito de rebelión posible de este fin de milenio? ¿Y por qué no pensar, también, que como todo grito lo es a la vez de impotencia y de dolor, y es pedido de auxilio, anhelo de redención? En la literatura todo, siempre, es continuidad y ruptura. Ser moderno es siempre una manera de rebelarse frente a lo establecido. Es cuestionar y quebrar reglas, y esto ha sido norma en toda la historia de la humanidad porque hace a la naturaleza del intelectual y del artista. Y como nadie puede evitar la sensación de asombro que produce el mundo en que ahora vivimos, se desprende que la posmodernidad viene a ser la modernidad de la modernidad. En la literatura, el así llamado posboom no es otra cosa que la modernidad del boom. Por eso yo prefiero hablar de "Escritura de las Democracias Recuperadas", en lugar de posboom. Lo ha dicho bien Marilyne Robinson en un estupendo trabajo crítico sobre la narrativa de Raymond Carver: "La idea de lo moderno es ahora tan, tan vieja, que ha tenido que ser reetiquetada como lo posmoderno, con la garantía de que el nuevo producto es aun más árido, más cínico, más abismal que el producto al que estamos acostumbrados".

Estética de este tiempo, la posmodernidad signa nuestras obras independientemente de nuestros propósitos. Y es desde esta conciencia que deberíamos ver los avances cibernéticos, porque la tecnología va a determinar en gran medida el devenir estético de los próximos años.

Libro electrónico, libro inmaterial

La paradoja del mundo actual es tan grande que la decadencia y el desencanto coexisten con una revolución tecnológica tan extraordinaria que deja a Julio Verne así de chiquitito. Y es que ahora mismo nos enfrentamos a un fabuloso desafío, una revolución que para algunos es mayor que la de Gutenberg: me refiero al libro inmaterial, libropantalla, videolibro o libro electrónico. El texto electrónico produce cambios técnicos, pero también modifica la manera y la costumbre de leer. Es la lectura misma la que resulta afectada, y ahí radica, en mi opinión, la verdadera crisis del libro a esta altura del fin del siglo y de milenio. Creo que es vano todo rechazo y que es mejor comprender el fenómeno, para ver de qué modo puede ser útil a lo que verdaderamente nos importa: el crecimiento intelectual de la gente, el desarrollo de las armas que nos permitan combatir el embrutecimiento.

Un historiador del libro, Henri-Jean Martin, sostiene que "el libro ya no ejerce más el poder que ha sido suyo, ya no es más el amo de nuestros razonamientos o nuestros sentimientos frente a los nuevos medios de información y comunicación de los que a partir de ahora disponemos". Tan apocalíptica idea da lugar a un fascinante artículo publicado por el diario Clarín para su cincuentenario, titulado "¿Una extravagante felicidad?" Allí, el especialista en historia del libro y la lectura de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en París, Roger Chartier, dice que el libro tal como materialmente lo conocemos ha perdido su poder y que esto es una revolución, temida por muchos y alentadas por otros como sucede con todas las revoluciones. Ésta consiste dice Chartier en "la transformación radical de las modalidades de producción, de transmisión y de recepción de lo escrito". Desde luego que la lectura seguirá siendo el modo de acceder a todo conocimiento, aunque esté en una pantalla; y esto no deja de ser tranquilizador frente a las visiones más apocalípticas. Quiero decir: el ser humano, para su crecimiento intelectual, seguirá necesitando de la lectura. Aun frente al ordenador hay que leer, y todavía no hay otro modo de producción que la escritura, ni otro modo de transmisión que la lectura. Además, nunca se acabará la necesidad de archivar y, por ende, de leer. La humanidad siempre precisa fijar ideas y palabras, esa necesidad garantiza que la lectura continuará siendo el mejor medio de aprendizaje para toda persona.

Pero lo que sí cambia completamente es lo que yo llamaría la residencia del texto y su democratización. Estamos acostumbrados a encontrar los textos en libros, revistas, periódicos, pero ahora tienen su domicilio en una pantalla. Hace 15 siglos se pasó del códice al libro manuscrito y hace cinco siglos de éste al libro impreso: en ambos era un cuerpo sólido, materia con forma, organización y lógica sucesión de hojas y páginas. Hoy el libro electrónico es el saber y la memoria virtual, flotante, y obliga a leer en una pantalla. No sé si ésta es una revolución mayor que la de Gutenberg en el siglo XV, como pretende Chartier. Pero sí es cierto que estamos en presencia de una revolución igualmente inquietante y capaz de cambiar no sólo el pensamiento sino el modo de pensar de ahora en adelante. Cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles prensables (que permitiría la reproducción infinita de los textos y la producción de libros en serie) la lectura oral en voz alta que requería el manuscrito dio paso a la lectura silenciosa, visual e íntima que hemos amado en estos siglos, y también abrió el camino para la conservación, la reproducción masiva y la propiedad de los libros.

El libro electrónico cambia incluso la organización del texto, su estructura, el acceso y hasta la redacción, que puede pasar a ser colectiva, modificada arbitrariamente, o bien adecuada a y por cada lector. Esto es impactante, porque la representación de los textos, en tanto iconos, letras flotantes en la pantalla, y con la fascinante pero a la vez pavorosa posibilidad de modificación a piacere, convierte al texto en una inmaterialidad. La materia que llamamos libro deja de existir y lo que existe es un brillo que titila y que podemos leer aunque no tenga fijación ni corporeidad. Lo voy a poner en un ejemplo: dentro de 30 años el hijo de mi hija quiere leer Don Quijote de la Mancha, y recurre a la computadora que le pone el texto en pantalla. Pero sucede que a alguien (sus padres, un censor, un chistoso de la red mundial, cualquiera) le pareció que no era conveniente que ese chico leyera este o aquel capítulo (entonces lo suprimió) y en cambio quiso subrayar este o aquel episodio, los que pudo reescribir o modificar a su antojo...

Y otro ejemplo más cercano: supongamos que los últimos cuentos de nuestro Miguel Ángel Molfino le plantean reparos ideológicos, morales o de simple gusto al programador de Ese mismo viejo ruido en CD ROM. Entonces elimina fragmentos, cambia situaciones, altera diálogos y modifica radicalmente la trama de uno o de todos los cuentos que dan la vuelta al mundo en la versión que se lee en CD ROM, y ni el mismo Molfino sabe qué están leyendo sus lectores...

Es claro que no se augura aquí la muerte del libro, y quien sostenga que el amor a los libros tal y como los conocemos y nos gusta leer no tiene por qué morir, tiene razón. Es claro que preferiremos seguir leyendo con el volumen en nuestras manos porque eso nos da la posibilidad de la anotación, la acotación al margen, el subrayado y el recorte, la cita y el comentario, el doblez y el salto de páginas, en fin, el placer íntimo de volver a una página cada vez que lo deseamos.

Pretender que eso morirá es como pretender que se acabará el romanticismo. Pero no podemos negar que el libro inmaterial ya es un hecho, parte de la cultura del presente y lo será más y más en el futuro; y además debemos saber que con el texto electrónico se puede hacer exactamente lo mismo, más fácilmente y más velozmente...

Y es que lo que está cambiando es la forma de representación: para nosotros el libro es un objeto material que impone su forma, estructuras y espacios, y donde el lector sólo puede ocupar márgenes y áreas en blanco. Pero para muchos niños el libro ya no es así; y para los estudiantes y los investigadores "es decir, los lectores" de mañana y de hoy mismo, el libro es sólo una información. Es un título a buscar en el inagotable menú de las computadoras, donde pueden hacer todo lo mismo que hacemos nosotros, los bibliófilos. El texto electrónico permite anotarlo, moverlo, copiarlo, difundirlo con comentarios, fragmentarlo y hasta puede llegar uno a convertirse en coautor. Por ejemplo: un tipo que simplemente combinara fragmentos de todas las críticas académicas y todas las investigaciones realizadas sobre El libro de arena, de Borges, estaría de hecho escribiendo un nuevo libro sobre El libro de arena de Borges... Y mediante la traducción simultánea que cualquier buena computadora tiene, en un rato este tipo puede despachar a la autopista informática "su propio libro" y en varios idiomas.

Desde luego, al igual que en los ejemplos anteriores, el límite es solamente ético, lo cual, convengamos, en estos tiempos es peligrosísimo. Como es evidente, en breve todo esto reformulará un montón de conceptos: el copyright, los derechos de autor, los de traducción, estarán cuestionados. Y dado el ejemplo anterior es obvio que la noción de originalidad también habrá cambiado. Y la cuestión jurídica (el depósito legal, por caso) y las formas de catalogación y clasificación bibliotecológicas, etcétera...Vaya revolución...

Que ahora, por fortuna y dentro de todo, por lo menos podemos pensar, reflexionar y advertir. Porque en tiempos de Gutenberg, el buen alemán ni siquiera patentó su invento que en un par de años logró que toda Europa estuviera plagada de imprentas, pero hubo que esperar cinco siglos para que empezara la reflexión sistemática sobre su invento.

Y lo que también cambia revolucionariamente es el acceso a los libros, su democratización. La comunicación a distancia permite hoy que cualquier lector llegue a cualquier libro, esté donde esté. Todos los textos del mundo están siendo transferidos a formas electrónicas, lo cual universaliza el patrimonio bibliográfico. Con los servicios de la red interbibliotecaria que permite pedir en Buenos Aires lo que tiene México, y a México lo que tiene Texas, y a Texas lo que tiene Moscú y así..., cualquiera puede leer cualquier texto, en cualquier forma, idioma y localización.

Pero hay que insistir que el límite es solamente ético, y entraña el riesgo de que en un par de generaciones "y con que metan mano algunos centenares de lectores electrónicos", podríamos asistir al cambalache libresco más fenomenal: el Martín Fierro y el Fausto, el Quijote y Crimen y castigo pueden acabar siendo una misma masa textual difusa.

Quizás aquí radica la garantía de sobrevivencia de los libros tal como los conocemos y los amamos. Seguirán siendo fuente, verdad escrita y asentada, censo del pasado y de la historia, constancia del saber original, testimonio del talento. Por eso las bibliotecas han de seguir su labor de atesoramiento; por eso los acervos bibliográficos seguirán siendo importantes. Y cada vez más importantes porque allí se guardará el orden de los textos que ha leído y leerá la humanidad.

Escribimos para no morirnos, decía Juan Rulfo, escribimos para existir, para seguir respirando. Parafraseándolo, podemos decir que también leemos para vivir mejor. Se trata de mejorar los hábitos de lectura, materia que requeriría un congreso específico, tal y como se hace en muchos países hermanos; ya es hora de hacerlo aquí y lo propongo formalmente a esta Universidad. Porque el futuro no será solamente un asunto tecnológico, y nosotros seguiremos haciéndonos preguntas acerca de lo que vamos a escribir y a leer en los años que se avecinan. ¿Qué les diremos a nuestros chicos, a los que empiezan, a nuestros alumnos? ¿Qué literatura les propondremos si pareciera que hoy ya no se enseña a pensar?

En este texto, que acaso parezca sombrío porque nuestra realidad lo es, también ha de caber el optimismo, y lo baso en el simple hecho de que están vivos y actuantes más de un centenar de narradores y poetas argentinos, cuyas obras obligan a pensar que nuestro discurso literario es en cierto modo un lujo a contrapelo. Porque más allá de las reglas del mercado son reivindicaciones del intelecto militante. Seguimos leyendo y escribiendo porque nos importan las visiones singulares sobre los asuntos universales que son la vida, este mundo, este tiempo. Y en esta Argentina enferma de humillaciones, impunidad y desaliento generalizados; en este país inficionado de hipocresía, miedo, eufemismo y desconcierto, la literatura no se detiene. No muere. No morirá. Porque la ilusión siempre está de nuestro lado y porque escribir no es "no debe ser" solamente hacer literatura. Ha de ser también, para nosotros, intelectuales, gente de letras, cultura y pensamiento, trabajadores del libro y la lectura, una indeclinable batalla por la restauración de la ética y los valores que conlleva: honradez, trabajo, solidaridad, rectitud. Y ha de serlo imperiosamente, urgentemente, para que sigamos siendo nación en el siglo XXI. Porque no tenemos alternativa: la ética es, hoy en día, realmente lo único que nos queda. Y lo único que dignificará nuestra literatura.



Santo oficio de la memoria

Mempo Giardinelli en La BitBlioteca



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