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Ética o Rififí en Pinamabrán Giardinelli, Mempo. «Ética o Rififí en Pinamabrán». Página/12 (Buenos Aires), 24 de enero de 1997 De las infinitas cosas insólitas que se leen o escuchan este verano, me parece que entre las más irritantes debería figurar la admiración que han provocado los boqueteros de Barrio Norte. Esos tipos que con singular audacia y precisión llegaron hasta la bóveda de un banco, seis metros por debajo de la avenida Callao, y robaron se dice como 25 millones de dólares de cajas de seguridad de gente obviamente rica y algunos de los cuales eran, además famosos. Lo que en mi opinión ratifica esta versión criolla de Rififí es que los valores de la sociedad argentina han cambiado de manera mucho más dramática de lo que se podría pensar a primera vista. Lo cual, en sí, no tendría nada de malo si no fuera que en este caso lo que se transparenta es que el valor más afectado por la mutación es la probidad. Que no está de más recordar que viene del latín «probitas» y significa: «Bondad, rectitud de ánimo, hombría de bien, integridad y honradez en el obrar». Con su caída se derrumban otros valores consecutivos: honestidad, trabajo, esfuerzo, equidad, justicia, todos esos valores que la escuela pública y tantas familias argentinas enseñaron durante décadas y que se derrumban ahora como ilusión de niño. Es inaudito pero cierto: hoy nuestra sociedad discute si el señor Fendrich fue un piola o un tonto. Si está bien que algunos tipos hagan justicia por mano propia. Si conviene andar armados por si acaso. Si los boqueteros son genios de la ingeniería. Y además de lo increíble que resulta que estos temas sean materia opinable, tema de discusión, en todos estos casos hay y así se siente en mucha gente incauta un inocultable sentimiento de admiración. La hicieron bien, se dice, se salvaron. Total, acá nadie va en cana ni la plata se hace trabajando... Es el resentimiento el que los aplaude. Es la ironía feroz de esta sociedad embrutecida en la que se perdona cualquier cosa. Y es hay que decirlo de una vez la consecuencia del pésimo ejemplo del soberano. Porque todo este cambio conceptual de los valores es derivación directa de los indultos menemistas de 1990. Fue a partir de aquella decisión que se consolidó el resquebrajamiento de toda idea de Probidad y de Justicia. En aquel entonces muchos anticipamos (desde estas mismas páginas) que se estaban criando cuervos. Hoy hay que interpretar que vienen a quitarnos los ojos, figuradamente en esta inaudita degradación ética que significa aplaudir a los chorros, consentir a los mafiosos, justificar el robo y la deshonestidad, admirar la ventaja del que planeó en las sombras una apropiación indebida. Se entiende: los subrayados son, de hecho, menemismo puro. Hace sólo un año y medio el pueblo argentino lo ratificó. De ahí la soberbia y el optimismo que hoy se ve en ese sitio de la costa atlántica que bien podríamos rebautizar como Pinamabrán. Es la ética colectiva lo que está fregado en este país. Es la ética de la ciudadanía lo que dinamitaron el presidente Menem y sus amigos con indultos y frivolidad, con conductas sospechables, dobles discursos y tanta mentira. Y es que la ética es siempre rígida, implacable. Es una convicción profunda, secreta, elaborada lentamente en base a educación, ejemplos, modelos. Y así como no da tregua, no admite dobleces. No se puede ser ético para algunas cosas y para otras no. La ética es como el embarazo: se está o no se está. Se es ético o no se es. Por eso mismo es trabajosa, por eso mismo es odiosa, y es temida, y provoca tantas resistencias y acomodamientos verbales. Por eso es tan importante para la convivencia democrática y por eso es tan difícil que toda una sociedad la sostenga, cuando los ejemplos a la vista son tan groseros. Hace más de cien años decía, brillantemente, Leandro N. Alem: «Que se rompa, pero que no se doble». Y lo decía como dogma para el partido que estaba fundando. Idea ética por excelencia, que desdichadamente muchos radicales olvidaron luego y tantos desconocen actualmente. Pero idea ejemplar que modeló una de las conductas más límpidas de la historia argentina. Y que llevó a Alem al suicidio hace casi un siglo, el 1 de julio de 1896. Fue la misma convicción que antes llevó a San Martín, otro ético, al ostracismo. La misma que después desesperó el alma caliente de otro ético: Lisandro de la Torre. Siempre, en todo tiempo y lugar, hay responsables de la corrupción y de lo que pasa en una sociedad. Y en toda democracia el principal responsable de la moralidad republicana debe ser el presidente de la república. Porque el ejemplo ético se proyecta de arriba hacia abajo, desde el poder hacia la gente común. Por eso Pinamabrán es un carnaval. Por eso la pelea con Cavallo es un sainete por entregas. Por eso las Samanthitas firman autógrafos. Por eso asistimos a constantes disputas entre malos y peores. Por eso este modelo es imperdonable. Por eso hoy duele tanto ser argentino. Por eso cuesta tanto seguir amando a este país. Por eso es imprescindible amarlo más que nunca y obrar en consecuencia. Con pura y simple probidad.
Transcripción hecha por Horacio Daniel Massimino hmas@iname.com Giardinelli, Mempo. La revolución en bicicleta. Primera parte: La mañana. Capítulo I. Buenos Aires: Seix Barral, 1996. 13-22.
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