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Automóviles, flujo vial y Constituyente

María Eugenia Esté

El Nacional, domingo 2 de mayo de 1999

El automóvil es un medio de relación social. Ya nos lo mostraron magistralmente George Lucas y David Cronenberg en películas como American Graffiti y Crash. La primera, un poco ingenua a la luz de los acontecimientos finiseculares y las velocidades cibernéticas, despliega sus imágenes en el contexto de los años 50, el auge del American Way of Life, y el preámbulo generacional de lo que sería el movimiento hippie. El automóvil, siendo el objeto y signo paradigmático del capitalismo industrial, es no sólo un medio de transporte que extiende la intimidad del hogar a la calle, sino el modo mismo de relación entre los jóvenes, su lugar de iniciación sexual, una forma de competencia y rivalidad, símbolo del prestigio y el éxito social. La segunda película, titulada en castellano Extraños placeres, expone una relación mucho más violenta, y por ello quizá más actual, e íntima entre el automóvil, la velocidad y el cuerpo. No es sólo que el carro sustituye a la cama y enciende los fuegos sexuales. Cronenberg hace del automóvil, la circulación vial a altísimas velocidades y el accidente automovilístico, el órgano sexual mismo y el instrumento de transformación del cuerpo, pero también del espíritu y el deseo del hombre de nuestro tiempo.

La propagación del automóvil modificó sustancialmente el escenario urbano. Los paseos peatonales y las estrechas vías construidas para los coches de caballos fueron paulatinamente sustituidos por las autopistas de alta circulación y velocidad, reduciendo y confinando el tránsito peatonal a espacios específicamente diseñados para tal fin. La velocidad de circulación del parque automotor parece estar en relación directa tanto con el desarrollo económico y tecnológico de un país como con la educación vial de los conductores. Podrían establecerse las reglas siguientes: en la sociedad todo huye, todo se fuga, lo propiamente social es el flujo, la circulación, y a mayor civilidad, más libertad de los flujos, menos cortes, menos interrupciones. El flujo continuo y seguro de vehículos en las autopistas, y el flujo alternado de vehículos y peatones en avenidas y calles, es el propósito de quienes organizan la red vial; y constituye una idea rectora del comportamiento de quienes después de un exhaustivo aprendizaje y examen obtienen su licencia de conducir. No es el caso venezolano, por supuesto.

Un chofer bien educado sabe que debe respetar la luz roja del semáforo porque primero, si no lo hace viola ley y pueden multarlo; segundo, de ello depende la vida de otro chofer o algún transeúnte; y tercero, esto garantiza el flujo continuo o alternado de vehículos y peatones. También debe respetar el rayado del empalme para ingresar a la autopista porque de lo contrario interrumpe el flujo continuo del canal paralelo, que además suele permitir una mayor velocidad, cortando también la circulación en su propio canal.

El tránsito automotor es una gran máquina de flujos y cortes, como lo es en general la ciudad, además del sistema financiero y los centros de producción de saber. El primero hace circular vehículos, los otros personas, mercancías, servicios, dinero, saber e información. Los flujos continuos y en red caracterizan a las sociedades abiertas y desarrolladas. Sus instituciones políticas y sociales son espacios de interrupción de flujos que deben sin embargo mantener su propia fluidez interna.

Un funcionario público está al servicio de quien paga su salario a través de los impuestos y las contribuciones, canalizando, codificando y en cierta forma obstaculizando el libre y alocado régimen de los flujos sociales. No obstante ello, su eficacia se mide en relación con su capacidad para permitir la circulación o el flujo constante de las cosas, los servicios o las abstracciones que se encuentran en cierta forma a su cargo. Debe, pues, hacer uso de las normas y procedimientos para hacer que los flujos se dirijan en el sentido que la administración quiere, pero sin obstaculizarlos, sin detenerlos.

El funcionario venezolano, público o privado, piensa que cumple mejor su labor en la medida en que más obstáculos, más complicaciones, más interrupciones procura a la circulación de los flujos. Así es el policía, el portero de un ministerio, la secretaria, la enfermera, pero también el gerente del banco, el profesor universitario, el alcalde, etc.

El promedio de velocidad en la ciudad de Caracas es de 11 Kph porque conductores y peatones no sabemos circular. Los choferes venezolanos creen que circulan más velozmente si se comen la luz o se saltan el rayado del empalme y pasan directamente al canal rápido. En este aspecto, nada diferencia al hombre de la calle, de la sociedad civil, y al hombre de Estado, al «constituyentista», que aparece hoy ante nosotros como el ciudadano de nuevo tipo que encarna la Revolución Pacífica y Democrática. Los cambios sociales no se producen por decreto y están más relacionados con los acontecimientos silenciosos que tienen que ver, diría Gabriel Tarde, con una evolución de las costumbres, con la cultura vial, diríamos nosotros, con la manera como usamos nuestro automóvil.


American_Graffitti
American Graffiti
Crash
Crash!

María Eugenia Esté en La BitBlioteca



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