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El comercio como generador de crecimiento y riqueza

Mike Moore
Director General de la Organización Mundial del Comercio

Ginebra, 14 de febrero de 2001

Vivimos unos momentos históricos apasionantes.

Nunca hubo, en la historia de la Humanidad, un momento en el que hayamos tenido la oportunidad que ahora tenemos para construir una sociedad con mejor calidad de vida y más segura para todos. Las nuevas tecnologías y la eliminación de barreras nos permiten un nivel de acercamiento que jamás existió y por tanto un mayor acceso a la cultura y a los productos de otros países. Nos permiten conocernos mejor y ello es bueno para evitar perjuicios y conflictos y por tanto facilita la paz y el progreso.

Este fenómeno que muchos conocen como globalización representa un desafío colosal para el desarrollo armonioso del género humano. Sin embargo, pocos aspectos económicos y sociales de la actualidad son tan polémicos como el de la globalización. No es de extrañar . Acercar la gente, sus productos y sus mercados es un cambio enorme que afecta a todos. Y una convulsión de estas dimensiones es inquietante, especialmente si se percibe como imprevisible e incontrolable. ¿Están justificados los temores que muchos tienen ante este fenómeno?.

Algunos dicen que la globalización conduce a la desigualdad o que un aumento del comercio internacional resulta automáticamente en una distribución desigual de recursos. Nosotros, en la OMC, creemos lo contrario. La lección más importante de los últimos cincuenta años es la conveniencia de aceptar el mundo que hay más allá de nuestras fronteras en lugar de rechazarlo. La apertura es algo bueno. No hay más que comparar la pesadilla proteccionista de los años treinta con todo lo logrado desde la Segunda Guerra Mundial gracias a que las barreras comerciales se han ido apartando poco a poco. Desde que el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT) fue creado, en 1948, el comercio mundial se ha multiplicado por quince. El nivel de vida tanto en los países desarrollados como en vías de desarrollo se ha triplicado lo que ha sacado a millones de personas de la pobreza.

Según nuestros propios estudios, los del Banco Mundial y analistas independientes, los países en vías de desarrollo más abiertos al comercio son los que han logrado acercarse más a los niveles de desarrollo de los países más avanzados. Datos aportados por los analistas de la Universidad de Harvard Jeffrey Sachs y Andrew Warner demuestran que durante los decenios de los años 70 y 80 los países más abiertos al comercio internacional crecieron a una media del 4,5 por ciento anual. En el mismo periodo de tiempo, los países cerrados al comercio crecieron solo a un ritmo del 0,7 por ciento al año. Históricamente, en Europa Central y del Este, y en el Sudeste Asiático hay muchos casos que ilustran esta realidad. Las experiencias dispares de Alemania Occidental y Oriental, y de Corea del Sur y Corea del Norte son un ejemplo de la diferencia entre una economía abierta y otra cerrada como la que hay entre el día y la noche.

Es cierto que el comercio en sí no es suficiente para solucionar los problemas. Para paliar la pobreza también se requiere una gestión política adecuada, ayuda para disminuir la deuda, y, por supuesto, inversión en educación e infraestructura. Pero el comercio más libre, desde nuestro punto de vista, es un requisito previo necesario para el crecimiento económico y para una mayor prosperidad.

El desafío para todos nosotros es cómo lograr que estas experiencias tan enriquecedoras para el género humano puedan ser realmente compartidas por todos. Una forma de conseguirlo es con instituciones internacionales fuertes y democráticas, que permitan que nadie se sienta marginado, donde se respeten los derechos de todos, donde cada cual vea defendidos sus intereses legítimos. La Organización Mundial del Comercio hace precisamente eso : establecer una base legal para los crecientes intercambios comerciales, para que haya una relación comercial y económica fluida y ordenada entre estados en beneficio de todos. El sistema multilateral del comercio, creado después de la devastadora tragedia de la Segunda Guerra Mundial, es un sistema que ha tenido efectos positivos para la Humanidad durante más de cincuenta años. Es un sistema basado en el imperio de la ley y no en el del ejercicio del poder del más fuerte. Frente a esto está la antítesis del unilateralismo, una receta para la tensión y la inestabilidad en las relaciones económicas internacionales.

Pero la apertura de los mercados, que permita un mayor acceso a todos, y por tanto beneficios para todos, debe conseguirse a través de las negociaciones e intercambios basados tanto en la realidad como en la percepción de las ventajas mutuas que ello aporte. Las injusticias en el sistema comercial mundial existen porque no hay la suficiente liberalización comercial, no porque haya demasiada. Las perspectivas para los países menos avanzados aun se ven dificultadas por las restricciones comerciales que se aplican a sus productos , sobre todo alimentos y vestidos. Se necesitan por tanto nuevas negociaciones para apartar estos obstáculos. No hay que olvidar que los que más perdieron por la falta de acuerdo en la fallida reunión de Seattle, en 1999, fueron precisamente los países pobres.

La mejor forma de reparar estas injusticias es en una ronde de negociaciones donde se tengan en cuenta los intereses de todos y donde se dé una atención especial a las necesidades de los menos favorecidos. Una nueva ronda de negociaciones es una póliza de seguros contra las llamadas al proteccionismo que se suelen escuchar cuando la economía global se enfría. Y todos sabemos que los perdedores del proteccionismo somos todos, pero sobre todo los más pobres.

El Instituto Tinbergen calcula que los países en vías de desarrollo ganarían 155.000 millones de dólares al año gracias a una mayor liberalización comercial. Ello supondría también disponer de alimentos más baratos y abundantes, llamadas telefónicas de precio reducido, mejores servicios financieros y una propagación más rápida de Internet.

Me complace tomar nota del reciente comunicado de los Ministros de Comercio de la Comunidad Andina en el que reiteran su pleno respaldo al sistema multilateral de comercio y al lanzamiento de una nueva ronda de negociaciones. Estoy de acuerdo con su declaración de que esta nueva ronda debe tener por objetivo el desarrollo, la generación de empleo y el mayor bienestar de todos los miembros a través de la progresiva liberalización del comercio de bienes y servicios.

De vez en cuando leo críticas que acusan a la OMC de ser un organismo antidemocrático que no rinde cuentas ante nada y ante nadie. Esto sencillamente no es cierto. El papel de la OMC es contribuir al desarrollo económico pero no actúa por su cuenta. En cualquiera de las múltiples reuniones que semanalmente se desarrollan en la OMC puede apreciarse el funcionamiento democrático de la institución. Todos los representantes de los países miembros, grandes o pequeños, débiles o poderosos económicamente, tienen voz y voto. Y es así como debe ser porque son los gobiernos quienes controlan la OMC y son sus representantes o embajadores en Ginebra los que dirigen el organismo a través del Consejo General y sus órganos subsidiarios. Son los gobiernos, que deben rendir cuentas a sus parlamentos y a sus votantes, los que nos dicen lo que hay que hacer, cuál es nuestro presupuesto y lo que podemos o no podemos emprender. La OMC existe para ayudar a estos mismos gobiernos a fijar las reglas que regulan el comercio. Cuando estas reglas no se cumplen nuestro sistema de solución de diferencias, elaborado por los propios miembros tras años de negociaciones, les ayuda a solucionar los problemas de acuerdo con las reglas por ellos establecidas y ratificadas.

¿Por qué cada vez más y más países expresan su confianza en la OMC?. Porque este organismo significa un orden comercial mundial más justo. Porque ningún miembro ve en peligro su soberanía, ya que todas las decisiones se toman por consenso, y porque todos, grandes y pequeños, pueden hacer valer sus intereses legítimos incluido, en caso necesario el recurso al arbitraje a través del Organo de Solución de Diferencias. En él puede haber ganadores y perdedores pero las decisiones tienen, como principio, la justicia emanada de la ley comercial internacional que todos los países han suscrito.

La OMC tiene un importante papel que desempeñar en el progreso económico del mundo. Abolir la OMC no aboliría la globalización, la haría más caótica e injusta. Estoy convencido de que si la OMC no existiera la gente clamaría por tener un foro donde los gobiernos pudieran negociar reglas, ratificadas por los respectivos parlamentos, que promovieran el comercio libre y un marco transparente y previsible para la actividad empresarial y para un intercambio de bienes mayor y más justo entre los seres humanos.



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