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El álbum familiar de Amargo y dulzón

Stefania Mosca

Caracas, miércoles 27 de noviembre de 2002
Michelle Ascencio, Amargo dulzón, Caracas: Casa nacional de las Letras, 2002.

El álbum familiar la recoge en estado de alerta. Sabia aún teniendo apenas cinco o seis años. Esa edad en que «antes» es olvido para las niñas, según recoge Cristina Peri Rossi en su clásico libro. Está vestida de blanco y la foto y la posición de los rostros, la disposición de los cuerpos emula la de aquellos foráneos de manera inconsciente, como condenados a ejercer esta aviesa forma del olvido sobre nosotros mismos. Altina observa y empieza, para narrar, por entender de dónde vienen los nombres.

Hay un juego de espejos París Haití Caracas Guinea Siboney Cibao, que se elabora a medida que Altina sigue el rastro del ancestro vasco en Amargo y dulzón. Las mujeres guardan la memoria y, como una manta de retazos, el hilo de la nostalgia, la dulzura de lo evocado y la amargura de lo perdido, van tejiendo la manta, engranan las historias de la casa, de los fogones, de las camas, de las abuelas, las tías, de los hombres ausentes, de los agónicos, de los hombres afuera, hacia el poder y la guerra.

Así se recupera algo muy hondo, acaso individual del autor que, sin embargo, como un velo amable y colectivo envuelve y expresa la sensibilidad del Caribe y sentimos el rumor de sus lenguas, el asadero de las razas, la purga, el azote, la esclavitud y el alma que recoge lo dulce y la caricia en el paisaje de la infancia.

La escritura claramente responde a momentos de la historia, pero esto no afecta el lugar ajustado en la ficción de la verosimilitud. Suceden sentimientos sobre este trasfondo histórico, sucede memoria. Se actualiza el pasado desde el presente, desde los ojos de Altina que siempre ven. Sus ojos que escuchan lo que le cuentan las abuelas, las tías, la madre. Cada cuido ella lo ve, o lo teme. Altina está en el álbum familiar. Son de Altina los padres, los perfiles y la sonrisa.

Hay un veneno que recorre lo narrado. Un veneno que viene justamente de la mano de la historia y habla de exclusión y muerte, de crueldad e injusticia, el veneno de la ocupación, el veneno de Lespine sobre Toribia. La historia y su horror y el silencio en los antepasados como guarida, como clave de salvación. Nombres, personas, sus padeceres, sus refugios, sus recuerdos. Instantáneas fotográficas. Su alma: un trocito de manta, otro pedazo para cubrir los sueños.

Mientras Altina recupera los retazos para la manta que teje la novela, el presente llega. Cibao queda atrás y la memoria del origen es un parloteo en los pasillos de la casa. Las mujeres vuelven a relatar la historia. Los cuerpos de mujer que siente y suspira y luego no sienten y suspiran aún más.

La rebelión fue un accionar sin norte que disgregó, una y otra vez, la memoria callada, cimbrada en la piel. Cuántos blancos en la vida de la familia, cuántos menos negros, mulatos o más negros. Los nombres son los de los amos y la injusticia y la exclusión siguió propagándose en el mismo sino.

El espacio de la novela es el Caribe. Vemos amalgamarse la distorsión y los efectos de los contenidos, la lengua y el orden del colono, que conquista del territorio y los cuerpos. El horror y la memoria fragmentada e híbrida del Caribe, de ese mar que nunca será el mar de Guinea, el mar del sitio donde Toribia ya más nunca regresará. Esa pérdida se torna el sino que, de generación en generación, pretende compensarse y termina por hacerse más obvio, más tangible, más silencio, más veneno.

La novela inicia su recorrido hacia el final dividiendo los tiempos, señalando los orígenes y el presente en París, en la Calle de los negreros. Debe haber una placa, en París tienen una placa para todo. La novela entonces afianza sus bases, las delimita, define y arranca hacia el final, hacia el encuentro con el padre. Los valores, las valoraciones, el entredicho, lo callado se adueñan de algunas imágenes. Destaca la solidaridad en la humillación. Levantar la cabeza en ese penoso aparte de no ser ciudadano.

Las fotos quedan colocadas en el álbum y al final sabemos que aunque Altina es la testigo, será Coralia quien escriba. Rivalidad, pasión, exclusión, crueldad, todo atado a la ternura de quien se acerca a la infancia y entiende que ese tiempo, los gestos de la primera vez no dejan de acompañarnos en el beso como el primer beso y al ver el sol y al correr por el pasillo y al decir, si aún podemos decir, la palabra amor.

El pasado, apenas recogido y quieto y amarillo en el álbum de fotografías, cobra vida en una escritura transparente, bella, apta para el dialogo y apegada a la representación de la historia. Estructura y narración fluyen con la sonoridad del habla. Todo se recorre sin contratiempos, hacia el interior de una afectividad que, en la escritura, se recupera a sí misma y enmienda el abandono y la postergación.



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