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Nombres de la adulación

Milagros Socorro
msocorro@facilnet.com

El Universal, sábado 24 de noviembre de 2000

Es una lástima que el presidente Chávez haya omitido los nombres de quienes le sugirieron que prohibiera la parodia que de él hace el actor Rolando Salazar, quien lo imita en un programa de televisión, exagerando los rasgos más visibles del mandatario y haciendo mofa de ellos, como le cuadra a este tipo de remedos.

En un encuentro con periodistas, Chávez comentó que había visto la actuación de Salazar y le había gustado mucho. E inmediatamente confesó que algunas personas —y es aquí donde la Historia se pierde el registro de tan conspicuas identidades— le habían sugerido que “no permitiera eso”, pero que él no pensaba suspenderlo porque se trataba de “un acto de creación artística”... ¡Qué no daríamos por ver las caras de estos aduladores en el momento en que su jefe desestimó sus propuestas de ejercer un atropello a la libertad de expresión y, como dice el propio Chávez, de creación! ¿Cómo se habrán quedado? Cómo habrán sido esos balbuceos, esas miraditas al piso, esos barboteos para cambiar de tema y disipar en el ambiente la patética impresión de sus esfuerzos por halagar al mandamás. Chávez calló sus nombres pero cabe sospechar que a ellos no les importaría en lo absoluto aparecer ante el país como los tipejos que animan al poder a pulverizar los derechos de la Nación, las bases sobre las que se apoya su democracia y su más profunda naturaleza civilizatoria. Nada de eso les importa a ellos, con tal de hacerse gratos al objeto de sus carantoñas, con tal de ser los autores de la idea que va a halagarlos, aunque ésta sea la que instile en las mentes de los poderosos un terrible riesgo para lo que debería ser defendido con las vidas de todos nosotros: la libertad y la democracia.

Por el mismo camino, las autoridades del IESA, en patética interpretación de los deseos de sus mentores o de algún superior, han despedido al economista Felipe Pérez, miembro del plantel de profesores de esa institución, después de que éste, en pleno ejercicio de unos derechos conquistados por muchas generaciones de venezolanos, dio a la prensa la declaración que mejor le pareció, según sus criterios y sin atentar contra las normas que regulan la expresión en el ámbito público. Y hete aquí que alguien consideró que a Pérez tenían que prohibirlo (en gesto idéntico al de los bichitos que le susurraron a Chávez que acallara al cómico) y, sin pararse en mientes, lo echaron del IESA, ofreciéndole al país una cátedra abierta de torpeza, intolerancia, soberbia y bobería. Justamente lo contrario de lo que deberían ser las emanaciones de tan alto foro de las ideas, como lo es —o creíamos que era— el IESA. Y lo más probable es que los barones de la banca venezolana, supuestamente agraviados por Pérez, ni siquiera se amoscaron al leer las opiniones de Pérez, o no le dieron demasiada importancia. ¡Ah!, pero para eso están los aduladores, para interpretar las susceptibilidades del señor y cortar la cabeza del fastidioso. Esos son los peligrosos, los que traicionan lo que sea para conseguir los favores del poder sin importarles los valores y las tradiciones que agrietan con sus exabruptos.

Esos son los nombres que debemos conocer y esas son las caras que debemos conservar en el álbum de la memoria nacional, la única que va a persistir después de que todo haya pasado.


Milagros Socorro en La BitBlioteca



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