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Sociología de tacones altos

La maldición de Las Águilas

Milagros Socorro
msocorro@facilnet.com

Caracas, 4 de marzo de 2000

Una secuencia natural sería que aquella figura política que ocupara la Gobernación del Zulia se convirtiera de inmediato en una referencia nacional, polo de conciencia del debate político y cuadro seguro para ocupar la Presidencia de la República. Por ser el Zulia un estado de especial complejidad: alta densidad poblacional; su capital, Maracaibo, es la segunda ciudad del país, sede de universidades e institutos de investigación; enclave de actividad agropecuaria y minera; entidad fronteriza (con todo lo de rico y conflictivo que tal condición supone); emplazado en torno a un portentoso lago y su puerto; al pie de la dulce, azulada, Sierra de Perijá; región multiétnica y multicultural, bella y horrible... la incomprendida República del Zulia debería ser el lógico laboratorio de jefes de Estado de Venezuela. Y al abandonar el Palacio de Las Águilas, donde despacha el primer mandatario regional, sus ojos deberían incandescer por la honda herida del sol y por la magnitud del reto que se impondría: ahora Miraflores.

Pero la realidad, como siempre, es vil. La Gobernación del Zulia es el beso de la muerte para quienes la han ejercido. Los mandatarios anteriores al año 1990 no son recordados ni en los muros de los caminos secundarios donde las pintas alusivas a la aventura electoral desafían las décadas y los aguaceros. Omar Barboza fue gobernador en dos ocasiones y, sin embargo, no deben llegar a veinte los venezolanos que recuerden su cabeza prematuramente blanca y su talante incomprensiblemente melancólico. Los años 90 se inician con el copeyano Oswaldo Álvarez Paz en el timón del despacho de Las Águilas, frente a la plaza Bolívar de Maracaibo. El discípulo de Caldera intentaría cumplir la hazaña de ser el primer maracucho en Miraflores pero las elecciones le fueron adversas y al ex gobernador lo envolvieron las sombras.

Al ser electa para el cargo, con el apoyo del MAS, Lolita era una reconocida criminóloga, profesora universitaria de los más altos laureles, senadora que había puesto en jaque a Lusinchi... y antes de que terminara su mandato, las paredes de la ciudad lucían un deleznable bordado de odio cuyo punto de cruz rezaba: «En el Zulia la mano peluda tiene las uñas pintadas»; «Lolita tiene sida»; «Lolita es judía, no quiere a La Chinita»; «Lolita da miedo, tiene pacto con el Diablo»; «No cree en San Benito»... y, más insultante todavía, «Lolita es caraqueña».

Después de dos años de dura faena, Aniyar perdió las elecciones y desapareció del mapa político nacional. Le tocaba, pues, el turno a Francisco Arias Cárdenas, cuya primera manifestación se había producido el 4 de febrero de 1992, cuando tomó la Residencia del Gobernador (entonces Álvarez Paz) y lo redujo sin dar un solo empujón. Esa madrugada Arias Cárdenas era un comandante del Ejército, un alzado rebosante de testosterona, a quien le bastaba adelantar la mandíbula para imponer su autoridad. Era un purasangre taciturno, de quien cabía sospechar ciertos tormentos religiosos cuando le parpadeaba la fe y le relinchaban los instintos. Parecía el cuadro seguro para salir de Las Águilas en hombros a Miraflores.

Anda y míralo ahora. Del antiguo Arias Cárdenas queda un rescoldo que los periódicos llaman Pancho, un hombrecito envejecido y menguado cuya probable perspectiva sea medirse en las elecciones regionales con un desprestigiado alcalde adeco y una desconocida que pulula envuelta en una manta guajira.


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