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El almuerzo etíope

Milagros Socorro

Caracas, noviembre de 2000

Dos horas después de haber llegado a Washington, nos encontrábamos sentados en el restaurant etíope que recomendaba el folleto turístico. No teníamos ninguna noción de lo que traería la mesonera cuando por fin saliera de la cocina con la confusa selección que habíamos ordenado. Estábamos allí porque nunca habíamos probado la comida de Etiopía, porque teníamos curiosidad y porque somos el tipo de muertos de hambre que no le hacen ascos a nada y todo nos lo comemos con gran delectación, aún haciendo severas críticas... en torno a un plato vacío.

Finalmente llegó la bonita morena que atendía el salón, nos puso una palangana repleta de distintos guisos delante, nos sonrió con mucha gracia y dio la espalda olvidando el par de cubiertos del que nos creíamos merecedores. La empleada regresó y con cierta condescendencia nos explicó que la comida etíope se come sin cuchillo ni tenedor sino más bien cogiendo de la fuente con la mano, pero no con la mano desnuda sino con trozos de una especie de panqueca que ellos sirven en abundancia (exactamente como el barrido de las salsas que hacen los franceses con el pan). Ella misma partió lo que parecía una tela y, empleando el fragmento para separar un pedazo de carne con dedos muy diestros, se lo dio a comer al caballero que suele escoltarme, a quien en lo sucesivo llamaremos El Marido. Todo muy pedagógico excepto por el hecho de que la amable etíope, en la falsa convicción de que todo el mundo se alimenta de candela, olvidó decirnos que la gastronomía de su país flota en un picante tan severo como las tiranías que han acogotado a su pueblo.

El caso es que a los diez minutos la frente del Marido estaba completamente cubierta de sudor y pequeños ríos comenzaban a bañar su noble rostro. En ingenua creencia de que las acelgas guisadas le darían un respiro e interrumpirían el flujo de unas lágrimas que ya habían comenzado a aparecer, El Marido hundió los dedos en el promontorio vegetal pero, oh vaso de agua apurado de un solo trago, también la legumbre estaba fuertemente impregnada de ají. Mientras, yo comía con el apetito habitual sin sudar, lagrimear, toser ni hacer ningún tipo de sonido gutural. Apenas me interrumpía para contemplar al Marido, un oficial retirado, con el aspecto de haberse pasado la semana anterior haciendo flexiones y levantando pesas, una espléndida criatura cuyas gracias no me canso de admirar, quien ahora se medía cuerpo a cuerpo con una pata de pollo etíope que tenía el sabor de una antorcha.

Fue la primera de las varias revelaciones que tendría ese día con respecto a su sensibilidad. Las otras iban a producirse en el Museo de las Casas de Muñecas y los Juguetes, donde accedió gustoso a acompañarme a pasar la tarde y donde permitió que la exquisita colección exhibida lo sedujera y fascinara. Cuando llevábamos un rato allí, entré en una salita donde está un precioso conjunto de casas de muñecas del siglo XIX y, en el vidrio que protege una de las piezas, vi la cara del Marido reflejada. Me quedé absorta en la contemplación de sus ojos, concentrados en los mil detalles de aquella diminuta mansión. Cuando advirtió que me encontraba a su lado me hizo un par de comentarios salidos de su entusiasmo. No supe qué admirar más si la belleza de esos objetos por los que siento debilidad o la de ese hombre conmovido ante una lámpara de cinco milímetros y una cama del tamaño de una nuez tendida por una niña del 1800.

Desde entonces he estado pensando en la maravilla que se opera en los hombres —me refiero a la naturaleza masculina— cuando permiten que se exprese su sensibilidad o dan pie para que esta se profundice y afine. Entre todas la visiones de la capital norteamericana que conservo de ese viaje, incluidos mármoles del Capitolio, los salones de la Casa Blanca y los tesoros del conjunto smithsoniano, ninguna se compara con la expresión del Marido dibujada en el vidrio que lo separaba de una antigua muñeca inglesa.


Milagros Socorro en La BitBlioteca



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