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Sección: Bitblioteca
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Hermann Escarrá Caracas, 14 de enero de 2000 Pese a observar siempre una presentación personal muy atildada (cabe sospechar, incluso, que se permite sazonar su toilette con una coqueta media cucharada de gomina en el cabello) Hermann Escarrá tiene el aspecto de los malos del cine mexicano. Si se presentara a un set de rodaje tocado con un sombrero de charro y murmurara, mientras la cámara lo toma en close-up, algo así como: «Puede estar tranquilo, patroncito, que ya el hombre aquel no le cantará más serenatas a su chamaca...», el público juraría que el aludido galán se encuentra ya en la panza de un caimán o yace en una cuneta, llorado por una muchacha de largas trenzas oscuras. Debe ser esa papada que bordea su rostro como un salvavidas. O podrían ser esos párpados siempre hinchados, como los de un cura acostumbrado a beberse los restos del vino de consagrar. El caso es que Hermann Escarrá no tardaría ni un minuto en conseguir empleo en los Estudios Churubusco donde mantienen colgado un cartel que dice: «Se buscan actores para interpretar tipos rudos, malvados y atrabiliarios». No obstante, el ex senador electo por Barinas en las filas del MVR es todo lo contrario al gordete pérfido por el que podría pasar si uno se atuviera a una impresión superficial. En realidad, la personalidad de Escarrá se acuesta más a la de un obispo austero y solemne que secretamente concordara con los postulados de la Teología de la Liberación pero que se abstiene de enviar a la feligresía a echar tiros y opta por recomendarles a sus ovejas que memoricen las leyes terrenales y procuren su aplicación mientras se encomiendan a San Judas Tadeo. El martes pasado el constituyente Escarrá compareció ante el Consejo Nacional Electoral en cumplimiento de su promesa (¿o sería una amenaza?) formulada en noviembre, antes de la realización del referéndum, de introducir un proyecto de enmienda a la nueva Constitución para corregir ciertos disparates que él atisba en la Carta Magna, como es la unicameralidad de la Asamblea Nacional, el papel de la Fuerza Armada Nacional y, sobre todo, el nombre del país (a Escarrá parece que le salta el botón del flux con vibraciones de radar antipayasadas cada vez que piensa que Venezuela podría adoptar la cursi denominación de República Bolivariana, pobrecito, es que es un hombre serio en medio de la gran bailanta gubernamental). De manera que se dedicó a recoger el millón 400 mil firmas necesarias para apoyar el intento de modificación del texto constitucional. Una tarea verdaderamente impresionante en un país azotado por vendavales de todo orden. Y ninguno de los tantos desastres han logrado amilanar a Escarrá, quien observa todas las virtudes que eran apreciables en un muchacho de comienzos del siglo pasado: es piquito de plata (habla como un libro de Moral y Cívica); es católico practicante (fue recibido por el Papa en diciembre e incluso le pidió que le echara la bendición a Chávez); tiene el don de la tolerancia (fue miembro de la comisión que más palo llevó en los debates de la ANC y, sin embargo, no se le ha escuchado todavía el primer comentario carajeando a gente que se lo ha labrado minuciosamente); es ahorrativo (ha sustentado su iniciativa de someter a consulta su proyecto de enmienda el mismo día de la megaelección argumentando que así no se suscitan gastos adicionales); y no le hace ascos al trabajo, la prueba está en que ya consignó los documentos para comenzar a hacerle remiendos a la Constitución en cuya redacción él mismo participó. Escarrá se ha propuesto ganarle una a Chávez. Un millón de firmas podrían sugerir que se ha puesto en la senda correcta.
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