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Sociología de tacones altos

El albergue de la gente harta

Caracas, 26 de marzo de 2000

Tal parece que en el sur del país sobra el territorio. Es fama que en los estados Bolívar y Amazonas las extensiones deshabitadas alcanzan magnitudes suficientes para acoger ciudades enteras con sus barrios periféricos y sus centros comerciales de dimensiones feudales. En una parcela de tan abundante terreno baldío vamos a levantar el Albergue de la Gente Harta, una especie de club cuya membresía deberá cumplir con un solo requisito: estar hasta el gorro de todo. Pero hasta la coronilla de absolutamente todo.

La primera etapa del Albergue de la Gente Harta recibirá a los socios cansados de esperar el futuro. Un enorme edificio será el hospedaje de aquellos refugiados que calcularon la llegada del futuro a sus, digamos, treinta, cuarenta o cincuenta años; y que vieron deslizarse esa edad —a toda carrera, por lo demás- sin que el futuro diera el más mínimo indicio de haber llegado. En este grupo estarán las personas que trabajaron y estudiaron como mulas; hicieron sacrificios para ahorrar cantidades que parecían nimias pero que era todo lo que podían separar de sus gastos mensuales; y dejaron de regalarse con lujos —incluso pequeños lujos- todo por apostar a un futuro que nunca llegó... y que si llegó pasó de largo con tal velocidad que no llegaron a verle ni un piconcito.

Por ser los despechados del futuro el grupo más numeroso y de más contenida ferocidad, se ha decidido abrir inicialmente el mencionado pabellón. Allí tendrán lugar las terapias de grupo orientadas a convencernos unos a otros de que el futuro era un fraude más; que nunca existió; que nunca existirá; y que en una palabra: no hay futuro. No, por lo menos, en nuestro país. Desde el centro de la Amazonia venezolana retumbarán nuestros cantos rituales, repitiendo como un tantra de mala leche y desencanto: no hay futuro en esta vaina / el porvenir era una quimera / la decepción nunca amaina / y la esperanza es una ramera.

Un segunda etapa contemplará a los que tiraron la toalla extenuados de lidiar inútilmente contra malandros, estafadores, cobradores de peaje, especuladores, paquetes chilenos, clonadores de cualquier cosa, violadores, mecánicos, plomeros, clínicas privadas, secuestradores, ruleteadores, promotores de dietas milagrosas, liceos y universidades piratas, vendedores de hierbas contra la impotencia... en fin, atracadores en pleno. Esta área tendrá cupo no sólo para las víctimas y familiares de la raza infernal, sino también para aquellos ciudadanos que han sido apenas rozados por un pétalo de la flor nauseabunda de la delincuencia: aquéllos a quienes les han arrebatado las cartera, el reloj o los lentes; los han bajado de su carro a punta de pistola; los han manoseado en el metro o en un autobús o se les han metido en su apartamento para despojarlos de electrodomésticos. Y pueden contar, también, con plaza segura los autoexiliados que después de las ocho de la noche se niegan a asomar la nariz fuera de su casa por temor a caer en el insaciable molinillo de la muerte y el terror. Este grupo constituye una importante cuota de la Gente Harta, que podrá contar, nada más rellenar la planilla con un sitio en el enorme Albergue que germinará en el sur del país.

Desde luego, el proyecto contempla la llegada masiva de mujeres hartas de soportar a sus maridos mirando descaradamente a otras mujeres y coqueteando con ellas en plan «el popular González» mientras en casa son unos plomazos; de hombres hartos de recibir latigazos para sean «exitosos» y provean las ingentes necesidades del hogar y de su mujercita —incluso las ficticias, creadas por la publicidad y otras frivolidades; de abuelas hartas de cuidar muchachos ajenos; de gente harta de arrastrar relaciones acabadas; de familiares hartos de cuidar pacientes tiránicos; de enamorados hartos de recibir como explicación, para mucho desplante y mucha malquerencia: «es que yo soy así»; de empleados hartos de fingir que les interesa el trabajo o que toleran al jefe; de ministros hartos de ser ridiculizados por el presidente; de hombres y mujeres hartos de pasar hambres, estirarse pellejos y fruncir la panza para fingir una juventud de muy largo superada; de electores hartos de patrañas; de televidentes hartos de babiecadas; de venezolanos hartos de creer en un cambio que se niega, se pospone, se escamotea, se parece cada vez más al no-cambio.

Para todos los que alguna vez creímos en algo que se nos disolvió entre los dedos, habremos de crear el Albergue de la Gente Harta. Desde ese sur profundo mandaremos todo muy largo al carajo.


Milagros Socorro en La BitBlioteca


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