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Sección: Bitblioteca
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Gisela Parra, Presidente del Consejo de la Judicatura Todos los matices de verde coinciden en la vegetación que rodea la escalinata por donde asciende el curioso grupo encabezado por una pareja de monjas. Las religiosas avanzan saludando a los vecinos que adelantan a la comitiva para tomar los callejones que conducen a sus casas; y detrás de ellas, en correcta formación, vienen las internas del colegio cuya excelente conducta y notable desempeño en las clases de catecismo les ha valido el privilegio de visitar algunos barrios de Caracas para impartir la fe católica y prodigar medicinas. Después de una semana transcurrida entre los muros del internado, las chicas aspiran profundamente para llenarse los pulmones con el aire transparente que circula en las colinas y ofrecer el rostro al sol que se cuela entre los árboles. Y mientras ellas se concentran en ascender sin tropiezos por los escalones construidos con la tierna torpeza de ciertas coperativas, los parroquianos salvan las distancias con alegres zancadas. Atareados como van, se voltean, sin embargo, a mirar el grupo que se desplaza en silencio con la mirada en el suelo y las manos atadas con rosarios; no deja de ser curiosa la contemplación, cualquier sábado, de estas niñas pálidas que vienen a salmodiar avemarías con voz afinada para instruir criados. Corren los años cincuenta. Nadie las molesta, nadie les enseña los colmillos y todas volverán a casa sin desmedro de sus anillos con zafiros. Si alguien se vuelve a mirarlas es porque llama la atención la fila de muchachas con uniformes de lino blanco, crujientes por el almidón, largo hasta la mitad de la pierna y adornado apenas con un bies rojo que orla los bolsillos y el cuello. Con las pantorrillas cubiertas por las blancas medias, ninguna destaca... excepto una que sobresale por su estatura e inquieta a las monjas por su rebeldía: ¡Gisela, regrese a la fila de inmediato! Parra Mejías, Gisela Margarita... cada mañana la voz de la maestra despabila a la niña flaca del salón. En qué estará pensando. No tiene ni ocho años y ya endosa varias anécdotas de lo que será el torbellino de su vida. Ha nacido en Caracas, bajo el signo de Tauro, un 28 de abril (de 1937, si hemos de creer en una supuesta partida de nacimiento esgrimida por algún detractor); una entre ocho hermanos, su madre, Josefina Mejías, es de La Pastora y su padre, Rafael Parra, es un ingeniero barquisimetano especializado en vialidad que se emplea a fondo construyendo carreteras en todo el país. Cuando tenía tres años, y residía en la costa sucrense, la pequeña Gisela, que jugaba en la parte trasera de la casa orientada al mar, se ha resbalado y ha caído al agua. Su madre está quebrantada de salud y permanece en cama sin escuchar los gritos, por lo que la niña patalea horrorizada y traga agua a raudales. En el último momento la madre ha intuido algo y ha corrido a la orilla justo a tiempo para salvarla. El episodio marcará a la chiquilla con cierta fobia a las profundidades, más concretamente a estar en un lugar donde no pueda tenerse bien afincada con su propio pie. Luego, cuando tenía siete años, la familia embaló todas sus pertenencias para seguir al padre hasta Cumaná donde ya se encontraba trabajando. Tomaron un avión rumbo a la capital sucrense, y cuando la nave aterrizó en Maiquetía, donde hacía escala, se le estalló una llanta y se volteó aparatosamente, con lo que se le partió un ala, y ya por último se incendió con los pasajeros y la tripulación adentro. Alguien abrió la puerta e indicó a gritos que era preciso saltar inmediatamente, cosa que había de hacerse desde la considerable altura propiciada por el derrumbe del avión hacia un lado y con la gravosa circunstancia de que abajo había fuego. Todos se arrojaron por la puerta y cuando el capitán iba a hacerlo también se encontró a una señora con un niño en brazos y otros dos aferrados a sus faldas, uno de los cuales era Gisela. Tras empujar a la mujer, el capitán tomó a cada niño por la cintura y se lanzó a la brisa de La Guaira, calentada por el incendio. Poco después el avión se consumió en las llamas sin haber dado tiempo a rescatar las propiedades de la familia, que se quemaron íntegramente. Uno o dos años después de este lance de supervivencia que le dejaría un singular bloqueo para experimentar el pánico en las alturas por severa que sea la avería de la nave en que vuele... y mucho ha volado no sólo por su natural intrepidez sino también por eventos biográficos que serán expuestos más adelante, Gisela vive una experiencia digna de mencionar por lo que tiene de profética: cerca de su casa, ahora en Maracay, vive un muchacho grandulón, que no asiste a la escuela porque tiene problemas mentales. Lo que natura le ha negado a su intelecto se lo ha compensado con creces a su musculatura y el resultado es una criatura temible que espera a las cinco chicas Parra con la intención de aterrorizarlas, e incluso golpearlas, cuando vuelven del colegio. Esta tarde Gisela viene sola, es muy pequeña y muy delgada, una hormiga al lado del gigante que se ha apostado en mitad de la acera sin dejarle escapatoria. Ella empieza a temblar, es seguro que el babieca la hará polvo. Ya no puede ni cambiarse de acera, la montaña de bobo con pectorales se le viene encima. Y entonces ella, sacando arrojo de donde no hay, levanta el bulto y se lo lanza al estómago del coloso que se la queda mirando estupefacto... y rompe a llorar con agudos hipidos. A partir de ese momento el ascendente del titán quedará desactivado y ella habrá inaugurado un estilo de lucha en el que va a descollar en el futuro. Nunca olvidará el instante en que venció al bravucón sentándole cara con valentía cuando aún no cursaba el quinto grado. Por esa época vino su abuelo paterno a visitar la casa de Gisela en Maracay. Era la primera vez que lo veía y todavía recuerda su apostura y su gran encanto personal, cualidades con que el viejo contaba para triunfar en su embajada. Venía a buscar a la abuela, que lo había abandonado harta de sus correrías. El abuelo era un hombre alto, muy guapo, sus ojos celestes, había sido juez en Cumaná; y ahora estaba decidido a instalarse en el centro del país para recobrar a su mujer y, de paso, frecuentar a sus nietos. A los pocos días coronó sus intentos con el éxito y se despidió de la familia en la acera; encontraría una casa y reclamaría a la abuela para vivir juntos lo que les restaba, que parecía ser mucho vista la vitalidad del tipazo, un descendiente de corsos. Cuando Gisela recibió el beso de despedida en la puerta tuvo la clara impresión de que jamás volvería a ver a su abuelo. Lo supo. Y en menos de seis horas el hombre estaba muerto, fulminado de un infarto al corazón. No sería ésta su última premonición; después las ha tenido, algunas muy inquietantes, otras francamente insidiosas como esa bengala que se enciende en su cerebro cuando tiene enfrente un amigo, un amigo de verdad, que está a punto de traicionarla. Le viene ese extraño desasosiego, de pronto se dispara una alarma y ella sabe que esa persona que se acerca a abrazarla mañana la venderá sin miramientos. Puede ser escalofriante, la parte buena es que nunca falla.
Con los colores del Departamento Libertador, Gisela Parra. Esta encantadora señorita, que bien podría ceñirse esta noche la corona de Miss Venezuela, ha completado el segundo año de Derecho en la Universidad de los Andes; qué estudiosa es esta hermosa muchacha de 1,77 metros de estatura y sesenta kilogramos, fíjense ustedes que antes de ingresar a la carrera de Leyes, ya había hecho un año de Farmacia en la Universidad Central de Venezuela para complacer a su papi, un papi lindo del tipo represivo que quería ver a su muñequita vestida con un chaquetón blanco, parada, con el típico garbo de la mujer venezolana, detrás del mostrador de una botica. Pero no, ella cree en la justicia, admira a Rafael Caldera y afirma que algún día todos seremos iguales ante la ley, por eso se ha inscrito en Derecho y ahora acaba de cambiarse para la UCV donde terminará graduándose con honores. Esta espigada muchacha, que alguna vez ha destacado como capitana de equipos de volibol, ha sido una de las últimas en inscribirse en este maravilloso certamen pero apenas la vio nuestro exigente jurado de admisión, compuesto por Abelardo Raidi y Reinaldo Espinoza Hernández, le ha sido colocada la banda del Departamento Libertador y todos le han augurado un gran futuro en la pasarela. Este año se ha presentado una deliciosa coincidencia y es que tenemos dos hermanas compitiendo por el título: haciendo una excepción que hará historia, los merideños han permitido que su estandarte sea defendido por una muchacha nacida fuera de las fronteras de ese divino estado andino y hete aquí que la flamante Miss Mérida 1961 es la preciosa Gloria Parra Mejías, hermanita de la bella Gisela. Las dos concursantes provienen de una familia de hermosas mujeres y dice aquí... debe ser un chiste... en fin, dice aquí que la feúcha de la camada es la imponente Gisela, propietaria, como ustedes pueden observar, de un largo par de piernas, un porte de reina que para qué, y un rostro de portada sólo comparable al de Jacqueline Kennedy, la bella primera dama norteamericana a la que se parece como dos gotas de agua. Aquí tenemos a la despampanante Gisela, quien se describe a sí misma como agresiva y a la vez sentimental, caramba, es una gata esta chica. A ver, señorita, ¿cree usted que las jóvenes deben llegar vírgenes al matrimonio? Totalmente, es lo que me ha inculcado mi familia. Nos imaginamos que su meta es casarse ¿verdad? Sí, tres veces, para ser precisos. Ejem, y su sueño será tener hijos ¿no es así? Tendré uno. Pero mi sueño es depurar el poder judicial venezolano, poner en plaza pública a los jueces corruptos, hacer una reforma integral que le devuelva a los ciudadanos alguna credibilidad en el poder judicial y que le recuerde a los jueces que sobre ellos pesa la mirada de la comunidad. Mi sueño es tan profundo que aspiro hacer una reforma al Código Procesal Penal que incluya, entre otras muchas modificaciones, el establecimiento de los juicios con escabinos o jurados en Venezuela. Qué lindo ¿algo así como Matar un ruiseñor, donde un negro es declarado inocente de violar a una blanca porque el abogado, que lo hace un Gregory Peck so-ña-do, lo demuestra delante de un jurado full de campesinos? Algo así, podría decirse. Cheverísimo, soñar no cuesta nada. ¡Un aplauso para Miss Departamento Libertador! Gisela Parra ¿Gisela Parra? Pero si yo soy Gisela Parra. Y no soy delincuente. En noviembre de 1961, poco después de realizado el concurso de Miss Venezuela en el que saliera electa Gloria Lillue (quien después se casaría con el animador de televisión Franklin Vallenilla) y Miss Departamento Libertador quedara entre las finalistas, la reina de belleza sufrió un allanamiento a su hogar con posterior detención en la sede de la policía política. El ambiente estaba muy caldeado en esos días porque un grupo de cinco estudiantes universitarios había secuestrado un DC 6 -V de Avensa que cubría la ruta Maiquetía-Ciudad Bolívar, y lo había desviado hacia Curazao. Sin explicarle el motivo de la detención, Gisela es llevada a la policía en compañía de su madre y ambas ven pasar las horas sin que nadie les explique el motivo de tan intempestiva invitación. Ella preguntaba y nadie le respondía. Ya en la madrugada el jefe de la Disip, Erasto Fernández, les ofrece una taza de café y ella, por entablar alguna conversación le pregunta qué ha pasado con el asunto del avión. Y ahí empezó un diálogo de corte absurdo-policial que, para hacer el cuento corto, terminó con la revelación de que Gisela Parra estaba allí porque alguien había usado ese nombre para comprar los boletos que usarían los plagiarios. Ella recuerda que esta información fue recibida con una gran carcajada de alivio de su parte y con la súplica a Fernández de que no dijera nada hasta que el asunto se aclarara. Pero era tarde. Ya el uniformado se había apresurado a deslizar el chismecito y a la mañana siguiente, cuando la detenida fue a presentar declaración y a ser reconocida por la empleada que había expedido el pasaje (quien estableció que Parra no tenía nada que ver con ese asunto) ya se encontraban allí los periodistas. Se armó tremendo escándalo. Un sainete sin sentido porque para entonces Gisela, que estaba todavía en su año de reinado, era «apolítica», como corresponde. Parra Mejías, no Maytín Mejías. Ese enredo de identidades no es más que una bajeza. En enero de este año, la misma semana en que la doctora Parra fuera juramentada como presidente del Consejo de la Judicatura, se presentaron al semanario Quinto Día los abogados Carmen Evelyn Parra y Carlos Guía Parra, madre e hijo, para hacer una denuncia que el mencionado periódico publicó con gran despliegue: «La abogada Carmen Parra reconoce a Gisela como su media hermana, pero la acusa no sólo de haber cambiado su identidad por cuanto según su señalamiento, el verdadero nombre de la togada es Gisela Margarita Maytín Mejías, sino que además le reprocha haber influido en el cambio del estado civil de su madre, para hacerla heredera en la participación del testamento de Rafael Nabor Parra Henríquez». La denuncia puso en marcha una historia enriquecida con aportes calóricos provenientes de un litigio por el testamento del ingeniero Rafael Parra, fallecido en julio de 1984; una supuesta identidad falseada por parte de la presidente del Consejo de la Judicatura, quien no sería hija de su padre sino hija de un señor Maytín que efectivamente tuvo una hija con la señora Mejías pero que no es Gisela; una proliferación de partidas de nacimiento; una acusación de simulación de matrimonio de los padres de Gisela y otra de tráfico de influencias... «Alegando que cualquier información» siempre según la nota de Quinto Día «sobre el caso es difamatoria e injuriosa contra su familia, en el transcurso de estos años Gisela Parra Mejías ha enviado correspondencia a la prensa afirmando que el problema sucesoral donde se ha visto envuelta no es sino una campaña para cobrarle su lucha contra la corrupción en el poder judicial. La doctora Parra es un factor de primer orden en el proceso de reestructuración del sistema judicial venezolano, razón por la cual tiene que ver con todos los otros jueces que la acompañan en su gestión; sin embargo, quienes la señalan, entre ellos el juez Carlos Guía Parra, la acusan de terrorismo judicial; este último sostiene que el juez del estado Sucre fue designado por ella para presidir la Reforma del Poder Judicial en esa entidad, precisamente donde manifiestan que la magistrada se valió de su condición de tal para imponer la existencia de un acta matrimonial». Cuando se le mencionan las imputaciones de su media hermana y de su sobrino, la doctora Parra hace un gesto displicente con una mano. «Ah, esa bajeza. Eso es un problema familiar del que prefiero no hablar. Carlos Guía Parra y su madre han dedicado toda su vida a destruir. Y yo no voy a caer en eso porque nací para la misión contraria: para construir. Yo nací para lo bueno, para lo grande. Mi madre ganó un juicio en primera instancia hace ya casi doce años en el cual las pruebas demostraron que el desaparecido documento de haber contraído matrimonio con mi padre se suplió con pruebas que la ley contempla como válidas. Y fue dictada una decisión que todavía, a estas alturas, ellos no han podido destruir. Eso está en tribunales y éstos decidirán. Lo cómico de este asunto trágico es que la herencia no es ni siquiera tan cuantiosa como muchos creen». El aludido semanario ha difundido una suma de depósitos bancarios que asciende a 7 millones doscientos mil bolívares. «Cuando esto se resuelva», acota Parra, «mi parte no me alcanzará ni para un viaje. Lo único que me interesa de todo esto es que mi padre, el único que hubiera podido desconocerme, nunca lo hizo y, muy por el contrario, siempre me dispensó un gran amor y una protección sin límites que aún después de muerto alcanza para sustraerme del lodo con que estas personas intentan salpicarme. No hablemos más de esto, por favor, no quiero descender a los niveles de esta gente». Gisela Parra... de Martínez, por el momento. Una vez egresada de la universidad con el título de abogada fue cosa de cambiarse la toga y el birrete por un vestido blanco, un velo y una corona. Todo de un blanco deslumbrante porque ella tenía con qué. Era tan virgen como una aparición proyectada frente a unos pastorcitos. Y así concurrió al altar del brazo de un colega llamado Vladimir Martínez, novio que suponemos azorado cuando torció la llave dentro de la cerradura en el Hotel Tamanaco para entrar allí con la recién desposada, la bella Gisela que habría de darle un hijo el único por parte de ella, hoy de treinta años y que permanecería a su lado por cinco años. Completado el lustro, ella puso fin al enlace sin arañar la amistad que aún une a los ex cónyuges. Dos años después Gisela cambiaba de nombre y se ponía de Castro. Había reincidido en la notaría, esta vez con un piloto de Viasa llamado Juancho. Juancho Castro, según ella, un hombre excelente, adorable, carismático, buenmozo, divertido, «que llenó mi vida de risa, de alegría, de muchas cosas hermosas, me hizo mucho bien... pero las cosas comienzan y terminan». Y, después de quince años, el matrimonio con Juancho Castro llegó a su final también. Gisela correría a reimprimir sus tarjetas de visita con la orden de que le pusieran, después del Parra, el Pacheco. «Cometí el error de pensar que uno puede refugiarse, y no hay refugio. Uno tiene que vivir la vida, solucionar sus problemas y seguir adelante. Después de mi segundo divorcio me casé con Elías Pacheco, economista, un hombre magnífico también, pero un error en mi vida. A los pocos meses supe que no debía haberme casado con él. Y tomé la decisión que correspondía. Mi matrimonio duró un año. Así que éste es mi balance: el primero me dio un hijo; el segundo me hizo muy feliz; y el tercero me enseñó que puedo vivir sola sin ningún problema. No descarto que me enamore nuevamente, pero no creo que vuelva a casarme». Eso es lo que ella dice pero lo más probable es que se la vuelva a ver merodeando por la prefectura buscando un certificado de soltería porque Gisela Parra es de las que nacen para ser señoras. Eso se le ve. Incluso cuando le dicen doctora, uno percibe que el tratamiento encubre la deferencia que se destina a una auténtica señora. Y lo otro es que ella ha refinado al máximo sus dotes de seductora en el marco de una pareja constituida. Es lo que se llama una coqueta en la intimidad, de ésas que no escatiman esfuerzos para hacer de un aniversario celebrado en casa un evento memorable y para ello es capaz no sólo de ponerse un traje largo y joyas vistosas, sino de contratar mesoneros que acarreen delicadas vituallas a la mesa haciendo alarde de discreción mientras un pianista desgrana dulces melodías para dos comensales que se eligen mutuamente de plato principal. Presidente, yo soy Gisela Parra y no estoy de acuerdo con sus planteamientos. En el año 1980 se abre un concurso de credenciales para nombrar los jueces de dos tribunales de Impuesto sobre la Renta, uno de los cuales gana Parra. En el año 81 era presidente del Tribunal; en el 83 vino la transformación de toda la estructura tributaria; y en el año 87 Gisela Parra anuló el Registro Automotor Permanente, declarando su ilegalidad. «Entonces comenzó mi calvario. Aquella decisión de emitir un amparo contra el RAP movilizó una investigación en el Tribunal de Salvaguarda donde se demostró que había un ministro y un viceministro involucrados en hechos de corrupción. A partir de ese momento, se me trató de destituir del poder judicial, y tardé cinco años de mi vida defendiéndome. Ésa es la factura que me tiene el lusinchismo; ésa es la razón por la que he sido perseguida sin descanso, por haber detectado la corrupción y haber contribuido a probarlo. Ese asunto de Quinto Día tiene que ver con eso. Luego, viene el cambio de gobierno. Después de aquellos cinco años luchando para esclarecer la verdad quedé tan exhausta que pensé en abandonar la carrera judicial. Ya había demostrado quién soy yo y quiénes eran mis enemigos. Me voy, pensé. Y en ese momento me llamó el presidente Caldera para ofrecerme el cargo de magistrado del Consejo de la Judicatura. Acepté y aquí estoy». En ningún momento me he atribuido una relación personal con el presidente Caldera establece Parra ni mucho menos una pertenencia a su entorno íntimo. Lo había conocido cuando estaba encargada de la presidencia de la Asociación de Jueces. El doctor Caldera, entonces presidente de la Comisión de Reforma Constitucional, en su calidad de senador vitalicio, propone la creación de la Alta Comisión de Justicia, que en principio iba a estar integrada como por cuarenta y cinco personas, entre las cuales estaría el Fiscal General de la República, presidentes de colegios de abogados, decanos de Derecho, representantes sindicales... es decir, más de lo mismo. Nos reunimos en la Asociación de Jueces, hicimos un estudio profundo sobre la parte constitucional, jurídica y de la corrupción del poder judicial, y yo cuando terminamos invité al doctor Caldera a que asistiera a un taller con los jueces, a que nos sentáramos a debatir y que nos oyera. Cuando se supo que yo había ido a invitar a Caldera para exponerle que no estábamos de acuerdo con su idea, me dijeron que siendo un hombre tan soberbio, él ni se iba a molestar en escucharnos. «Sin embargo, fue. A mí me tocó exponerle nuestro razonamiento, cosa que hice con claridad y respeto. Le explicamos que ese modelo que él proponía no era el conveniente para depurar el poder judicial porque iba a ser una especie de Consejo de la Judicatura ampliado, con los mismos intereses que siempre han conspirado contra el poder judicial para que éste no sea lo que debe ser. Era seguir en manos de la partidocracia. A partir de ese momento, la jauría empeñada en mi descalificación, toda esa vileza, desfiló por el despacho del doctor Caldera, y me parece que fue entonces cuando él se interesó en averiguar quién era yo y se dio cuenta de que soy una persona honesta y luchadora». Atentamente, el general Visconti, con la amable mediación de Gisela Parra. En septiembre de 1994 nuestra experta en Derecho Tributario se encontraba en Lima para asistir a un congreso internacional de esa disciplina. Allí le llega la especie de que los conjurados venezolanos para derrocar el gobierno de Pérez en un segundo intento son considerados por algunos lugareños como unos héroes. Héroes del neorrealismo italiano puesto que los insurrectos sobrevivían en galpones asignados por el gobierno peruano donde se apretaban con sus familias y con la tropa alzada que se impacientaba en medio del ocio. «Decidí alquilar un carro e irlos a visitar. Y no porque tuviera una especial simpatía con su causa. Yo, desde luego, no quiero un golpe de Estado para mi país ni una dictadura militar. Pero reconozco que esa gente nos devolvió el espíritu de lucha y nos demostró que hay que tener ideales, restearse, no importa lo que uno pierda. Y ellos perdieron mucho, su carrera, su profesión. Yo, que amo mi carrera y que estuve a punto de perderla por cumplir con mi deber, sé lo que se siente cuando uno la arriesga. Al llegar me reuní en privado con el general Visconti y con otros oficiales. Y les dije que a pesar de estar contra los golpes y contra los regímenes castrenses, yo estaba allí para darles las gracias por habernos devuelto la fe y la fuerza para luchar, por habernos dado un ejemplo de coraje, de valentía. También les dije que ellos no habían fracasado justamente porque habían triunfado en su gran papel de devolvernos las fuerzas para luchar por los ideales. Ellos me pidieron que repitiera esto a sus familias, a los oficiales de menor rango y a la tropa concentrada en aquellos galpones. Fue algo bello, muy emotivo. Terminamos abrazados, llorando. Ellos me entregaron una carta para el doctor Caldera, entonces candidato a la presidencia, y a mi regreso le pedí una cita, le conté todo esto y le pedí que cuando ganara las elecciones se acordara de esta gente y les ofreciera su apoyo». Con la llegada del próximo gobierno terminará el desempeño de Parra al frente del Consejo de la Judicatura. Y cuando esto ocurra ni ella ni la institución serán las mismas. El Consejo porque el poder judicial habrá entrado en una nueva etapa que llevará su sello; y ella porque el poder el poder así, sin apellidos la habrá rozado y no sabemos si se acostumbrará a estar a la intemperie. Desde ya niega que tenga aspiraciones presidenciales (declaración que sería más creíble si no insistiera en peinarse como una jefe de Estado) pero goza con esa reputación de Quijote, de isla de decencia en un mar fétido, que se ha labrado con impecable punto de cruz. Ella, gran aficionada al baile y a las caminatas al aire libre, se mira en el espejo, ausculta la piel de los párpados, se pone una mano en el vientre y murmura: «ahora es cuando hay Gisela para rato». Me parece que es verdad.
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