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El síndrome de Maiquetía

Milagros Socorro

Diciembre de 1999

Si al regresar de un viaje al exterior experimentas una mezcla de tristeza con rabia; desgano con desesperación; desolación con vergüenza étnica; «qué es esto» con «Dios mío, qué horrible»; agotamiento con decepción; «ay, chica, no sé qué tengo» con «qué pasó aquí que todo da la impresión de estar sumergido en una pulgada de tierra»; espanto con dejadez... No te alarmes. No consultes a ningún médico. Deja esos ansiolíticos. Ya se te pasará. Lo que ocurre es que tienes el Síndrome de Maiquetía, dolencia que acomete a los venezolanos que asoman la nariz más allá de la frontera y la devuelven a suelo patrio con un consiguiente cuadro de melancolía que se expresa en: pesadez de los miembros; fuertes deseos de pasarse el día echado en una cama y arropado hasta la cabeza; horripilamiento ante la sola mención de términos como chavismo, Chávez, PPT, Pablo Medina, bolivariano, liquiliqui y autóctono; bochorno por sentirse perdido de frívolo; vaga sensación de pitiyanquismo; terror a encender el televisor no sea que por ahí irrumpa la cursilería, el sentimentalismo más obsceno, la estulticia más cabal... y el rostro tiznado del hampa «renovando» el idioma con sus requiebros y sus amenazas veladas.

Si vuelves a Venezuela después de haber estado en lugares donde el presidente NO aparece en televisión más de media hora por semana (sumando todas sus intervenciones en ese periodo); donde existen las mujeres ciclistas, las bellas mujeres ciclistas, deambulando en dos ruedas por las calles batiendo sus faldas ingrávidas; donde el consumidor existe como entidad política y económica (y no como anomalía, como qué necedad, como qué le pasa a esta vieja loca); donde es posible caminar la noche como quien tamborilea sobre la panza del amante; donde lo normal es que si te cobran el equivalente a cien dólares por una cena para dos es porque cada centavo ha sido invertido en un buen recuerdo (y no en una estafa o en un «disculpe, señor, pero esto no fue lo que yo ordené»)... si te repatrias después de comprobar que hay otras formas de vivir; otra consideración por el paisaje, por el patrimonio cultural y geográfico; otras carteleras de cine; unas Primeras Damas incapaces de salir en televisión besuqueando al presidente o mirándolo cuando habla como si entendieran lo que dice y esto fuera una destilación de talento... en fin, si regresas después de haber comprobado que Venezuela es uno de los países más caros y violentos de la Tierra, mira, lo normal es que no levantes cabeza en varios días.

Del viaje, el retorno. La vuelta a casa comienza desde que se ha cruzado la puerta para salir al mundo y vivirlo desde la propia experiencia, que es la única posible. Se inicia la aventura para terminarla con la cabeza llena de imágenes y el corazón ardiente por la novedad, el riesgo, las visiones de lo remoto, su temperatura, su extraño resuello. Y, al final, el regreso se presenta como el alivio a la maltrechez de los pies, al dolor del bocado que no se volverá a probar y que en el instante en que habita la boca es como el rescate de un antiguo momento del alma (hay cucharadas que nos devuelven una mirada, el amado perfil del ausente, el olor de los cuadernos en septiembre, el gesto de la madre). El regreso es el sedimento del corazón desbocado: sólo recordaremos lo que en verdad se parece a nuestros ojos, lo que ciertamente cuadra con nuestra naturaleza profunda (por eso recordamos la camisa del colector de tickets mientras se nos ha olvidado el museo completo. La memoria es así, qué se hace).

En casi todo el mundo la vuelta a casa implica pisar el felpudo y soltar las maletas con aire mundano. Entre nosotros no. Entre nosotros regresar al país después de una incursión al exterior supone tragar grueso en el momento de llegar a la casa por temor a que la delincuencia te haya dispensado una visita; recuperar los rituales del terror porque el transeúnte que se acerca puede ser tu asesino o tu violador; volver la cabeza porque no toleras la sensación de ver todo tan feo, tan destartalado, tan impresentable y encima tener vergüenza de uno mismo porque «cómo es posible que yo esté en este plan tan superficial».

Si has experimentado todo lo que aquí se ha descrito no creas que estás solo. No temas haberte convertido en traidor de tu pueblo porque no toleras a la gritona sin dientes que te pide una limosna como si te exigiera una pensión de paternidad. No sufras en silencio. Es que tienes el Síndrome de Maiquetía. Y eso no tiene cura.


Milagros Socorro en La BitBlioteca



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