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Marco Polo vuelve a casa

Milagros Socorro
msocorro@facilnet.com

5 de noviembre de 1999

Tras mucho tiempo recorriendo el mundo, Marco Polo regresó a Venecia, de donde había salido en el año 1250 de la Encarnación de Cristo. Múltiples y azarosas habían sido sus andanzas, legendarias sus aventuras y entrañables las amistades que había hecho allende los mares. Tan encumbradas eran sus nuevas relaciones y tan adeptas le eran éstas, que a su llegada Marco Polo afirmó que ahora tenía dos amigos reyes, «yo que antes no tenía ninguno» (y omitió comentar, por delicadeza, que apenas si se codeaba con gálfaros de cuartel).

Durante el tiempo que duró su ausencia toda Venecia estuvo pendiente de sus correrías. «Marco Polo recaló en Ceilán», referían en los mercados. «Marco Polo pasó por el Archipiélago Malayo», rumoreaban junto a las fuentes. «Marco Polo estuvo en Singapur», cuchicheaban en las barberías.

El gran andariego de Venecia se hizo célebre en las regiones que visitó por la dulzura de su talante, por su discreción y simpatía. En la gran Armenia y en La Persia, en Samarcanda y en Catai hacía gala de la conocida cordialidad de su gentilicio. «Este Marco Polo es un encanto», se sabe que observó Cublai Kan, señor de los tártaros y fundador de la primera dinastía de los mongoles, cuando el viajero pisó la China. Los intérpretes se maravillaban de la economía de sus expresiones. «Este Marco Polo sí es callado», señalaban los traductores.

Cuentan los cronistas que en Cipango, una isla que se encuentra hacia Levante, en pleno océano, a mil quinientas millas del continente, Marco Polo fue conducido a la presencia del Emperador a quien propinó uno de sus acostumbrados abrazos campaneados. Y es fama que cuando el veneciano estaba zarandeando al Emperador, a quien ni siquiera su mujer rozaba más allá de los comercios inherentes a la mera función reproductiva, el señor de Cipango, con los ojos en blanco, musitaba: «Si la Emperatriz supiera, ahora descubro, que a mí lo que me gusta es que me batuqueen».

Un exitazo el Marco Polo cuando en apartados parajes discurría. Pero hete aquí que un día regresó a Venecia y lo primero que proclamó fue que la ciudad le había quedado chiquita. «De ahora en adelante se llamará Pequeña Venecia», vociferó como quien pregona, desde una góndola, «yo me juego a Rosalinda»... esas cosas de Marco Polo. Y como se enteró de que su capricho no colaba entre los venecianos —que se negaban a llamarse pequeñosvenecianos en lo sucesivo- exigió que se repitieran los comicios y que le soplaran quiénes habían votado en contra de su propuesta. «Pero bueno, Marco Polo, ¿no y que dicen hasta en las Filipinas que tú eres una perita en dulce?, se asombraban sus contemporáneos cuando los metía en cintura con gestos destemplados.

«Qué le pasará a Marco Polo, chico», temblaban sus amigos al ser mandados a callar, a ponerse firmes, a saludar con el canto de la mano en la frente y a marchar derechitos. Marco Polo dialogaba en el extranjero en las lenguas más ignotas pero al llegar a Venecia iniciaba un monólogo rociado de gruñidos y sacadas de pecho como aquél que dice «en esta vaina mando yo».

Tan disímil era su conducta dentro y fuera de las fronteras de Venecia que maese Rustichello de Pisa acuñó, aludiendo al altanero, una frase que después se haría famosa. Y es aquella que dice: Marco Polo es claridad para la calle y oscuridad para la casa.


Milagros Socorro en La BitBlioteca



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